Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de diciembre de 2017

El Cuento de la Criada: El País que Trump quisiera

 La caída del comunismo fue tan rápida, que no le dio tiempo a Occidente de crearse un enemigo a la altura, para justificar los elevadísimos gastos en armamento, el neocolonialismo en aras de la "libertad" y la explotación de sus propias masas con un nada sutil pero efectivo "trabaja duro, que la otra opción es mucho peor. 
Sin un enemigo externo de importancia, es probable que la gente hubiera empezado a cuestionarse la validez de un sistema que se sostenía en el hiperconsumo y en la deuda. Ante tan monstruosa posibilidad, solo quedaba un recurso, uno que no había sido utilizado en años: El enemigo religioso (Debido sobre todo que mucho de la propaganda capitalista se sostenía en la libertad absoluta de credo).  
Demás está decir que esta opción ha probado una tasa de efectividad increíble a lo largo de los siglos, teniendo como única pega que, casi siempre, el celo religioso termina excediendo con mucho el nivel ideal para mantener a las masas tranquilas y así, como quien no quiere la cosa, nos vemos envueltos en yihads, cruzadas, exterminios étnico-religiosos varios y surgimiento de oleadas de "espiritualidad" que terminan constituyendo sectas a cual más pérfida. 
Pero como con las papas fritas que te comes cuando piensas iniciar la dieta, la satisfacción de la necesidad inmediata suele privarnos del más elemental raciocinio (Ya sea que se trate de un gordito hambriento o de un sistema socio económico desesperado por eternizarse), así que, a culpar a los musulmanes de todos los males del mundo, generar una sensación de pánico permanente, la que crea un maridaje perfecto con la xenofobia y el nacionalismo más burdo, y ya podemos incrementar el gasto en armamento (tenemos que protegernos), invadir países estratégicos política o económicamente (debemos hacerlo antes que lo hagan ellos) y reducir la mayor cantidad posible de libertades internas (el enemigo puede estar entre nosotros y el gobierno debe saberlo para protegerte). 
Pasamos, así, a un estado policial y restrictivo (y esta vez, alegremente aceptado como si tuviéramos a la mitad de la liga de la justicia de guardaespaldas) y parece que todo salió de maravillas para el sistema; pero, la Ley de Murphy no perdona ni a las superpotencias y algo, siempre, sale mal. En este caso, el miedo al Islam legitima los fundamentalismos de andar por casa y, de pronto, casi sin darnos cuenta, nos hallamos rodeados de fanáticos religiosos de toda calaña, que, al igual que sus hermanos en imbecilidad musulmanes, consideran que ya basta de libertinajes y que ha llegado el momento de postrarnos humildemente ante su dios, renunciar a herejías y vivir la vida santa que a "Él" le place, lejos de depravaciones homoeróticas, sacrificios de niños (eso a los que los ateos le dicen abortos) y, sobre todo, esa abominación llamada ciencia (para que nos sirve, si toda la sabiduría se halla en "el libro sagrado"). 
Al principio, lo tomamos un poco a broma: "Mira esos catecúmenos como bañan a sus niños a media noche con agua helada para bautizarlos" "Mira como esos sodálites tienen esas barbitas tan graciosas" "mira como esos gringos creen que la Tierra es plana "Mira como ese grupo de loquitos new age deslegitima la evolución y las vacunas con su "consciencia astral". Pero, poco a poco, observamos con terror que ya no son grupúsculos insignificantes, que el extremismo místico y religioso se va convirtiendo en la norma. ¡Hasta los católicos de "yo creo en dios a mi manera", de toda la vida, empiezan a ir a misa los domingos! ¡Ya ni me asombraría que resucite el Partido Popular Cristiano! 
Y en el país que tiene a bien regir los destinos del mundo, las cosas van aún peor: El nivel de idiotización colectiva ha llegado a tal punto que han elegido a Trump como el "Christian Champion" que guiará las huestes del bien en su lucha contra los demonios del Islam; pero, al mismo tiempo, van adoptando comportamientos y valores que no distan mucho de aquellos que, aparentemente, combaten. Difícilmente se dan cuenta que tienen más en común con los adoradores de Alá que con los principios que, al menos en el papel, dice representar su nación. 
Hasta aquí hemos llegado en el 2017; pero en el año 1985, la escritora Margaret Atwood se adelantó a todo esto y creo una ficción que suena estremecedoramente cercana, en la que luego de graves actos de terrorismo, el gobierno estadounidense deja de existir y es reemplazado por una teocracia que obliga a todos los ciudadanos a vivir tal como la Biblia lo exige (Y, aunque no lo creas, amigo cristiano liberal, nada en tu forma de vida se asemeja a lo que el librito de marras ordena). Así, lesbianas, homosexuales, divorciados, ateos, cristianos de facciones diferentes, judíos, y todo aquel que no se amolde a "la palabra de dios" es asesinado, encarcelado o expulsado del país (Esto últimos sólo para judíos, y sólo si corren con mucha suerte). Las mujeres pasan a tomar un papel de sumisión absoluta ante los hombres (si, querido lector/lectora, eso dice en la Biblia. No estaría de más que le eches una ojeada) por lo que deben pertenecer a un hombre en calidad de esposas, sirvientas o "criadas". Estas últimas son las divorciadas, lesbianas, esposas de segundas nupcias, convivientes o solteras sin padres que se hagan cargo de ellas que, se convierten en una especie de vientres de alquiler (sin paga) para las esposas, ya que la mayoría de ellas son estériles. Claro que como la inseminación artificial es pecado, la concepción se realiza por el mecanismo clásico, con el esposo y la "criada" copulando (nunca mejor usada tan clínica palabra) con esta última apoyada en las piernas de la esposa, como una especie de ménage a trois místico y sin nada de pasión, que sólo la perversión religiosa podría concebir. El argumento para este tipo de explotación sexual lo encuentran, como no puede ser de otra manera, en la Biblia, específicamente en la historia de Sara y Agar. 
La historia muestra no solo el estado irracional al que te puede llevar la religión cuando te la tomas muy en serio; sino, otros aspectos, algunos evidentes, como la enorme hipocresía que esconde esta teocracia (completamente inviable en un sentido puro, por antinatural); pero, también algunas actitudes que nos pueden dejar alelados por lo pavorosamente ciertas que pueden llegar a ser (y esto sí, debido a la tendencia a pertenecer que tenemos todos los simios), como la aceptación de las criadas a su nueva condición, con los prejuicios, miedos y conspiraciones que conlleva el dejar de ser las personas que fueron apenas unos años antes. Finalmente, nos acostumbramos a todo y, una civilización como la que describe "El Cuento de la Criada" ya se vive, sin muchas diferencias, en buena parte del Medio Oriente. Lo espeluznante, es saber que, en este momento, no estamos tan lejos de lo mismo.
También hay una serie basada en el libro, pero la verdad, nunca la he visto.


viernes, 29 de agosto de 2014

Jim Thompson: 1280 almas torturadas y un solo escritor verdadero

Hemos hablado hasta la saciedad de la poca estima que sentimos por el personaje Vargas Llosa. Nos parece alguien muy poco fiable para ser un artista: Demasiado ordenado, demasiado meticuloso, demasiado  trabajador, demasiado exitoso. Es cierto que todos ellos son valores positivos; pero, lo son para un funcionario de la Administración Tributaria. Vargas Llosa se ha trazado un plan de vida y lo ha cumplido a rajatabla. Sospecho que hasta los matrimonios con su tía y luego con su prima son parte de una estrategia cuidadosamente planificada; y no, fruto de una mente afiebrada por el amor (Quizás para mantener el apellido inalterable en sus descendientes y justificar, de esa manera, el convertirlo en compuesto).

Nosotros, románticos hasta la náusea, mantenemos una inalterable debilidad por los creadores malditos. Pero no solo por el malditismo alcohólico de Bukowski o Verlaine; sino, también, por el malditismo asocial y reaccionario de un Borges o un H.P. Lovecraft.

No es que pensemos que una obra genial esté, necesariamente, ligada a un autor maldito. Por ejemplo, de los beats, el más consistente literariamente, de lejos, fue Jack Kerouac, cuyas mayores ambiciones en la vida fueron tener una casa cómoda y el reconocimiento de los gurúes zen de moda. Es más, un escritor, un pintor, un escultor consistente son necesarios para mantener en movimiento la rueda de la cultura. Sin embargo, son los malditos los que logran que ésta se salga del camino y empiece uno nuevo.

Claro que no solo el malditismo te garantiza un lugar en el parnaso de los inolvidables, de los ahistóricos o de los genios. La mayoría son una panda de fracasados que, o escriben muy mal (centrándonos solo en escritores) o se encuentran muy drogados para poder intentar hacerlo mejor. Algunos, por otro lado, son buenos escritores, con cuyas novelas no pensarás ser enterrado para que te acompañen en el camino hacia la luz; pero lo suficientemente buenos como para disfrutar de la sinceridad autodestructiva y cínica que suele emanar de sus paginas. Porque, en su caso, la literatura (o el arte en general) es, simplemente, una manera de exorcizar demonios y no la carrera escogida para "alcanzar la excelencia" como pudo haber sido la medicina o la ingeniería aeroespacial.

Es entre ellos, que encontramos a Jim Thompson, un escritor estadounidense de novelas policíacas y guionista, cuya entrada al malditismo se dio casi a la fuerza, al ser hijo de un policia corrupto con ínfulas políticas, que lo dejó a cargo de su abuelo mientras ingresaba en el anonimato mexicano para evitar ser apresado por alguno de sus múltiples delitos. El bendito abuelo lo inició en la lectura pero su influencia fue mayor en el alcoholismo de Jim, al hacerle experimentar sus primeras borracheras con whisky.

Naturalmente, al regreso del padre, éste se escandalizó al ver el camino que estaba tomando la vida de su hijo, por lo que se lo llevó a Texas, donde se dedicó a enriquecerse con petróleo y a ahogarse en la pobreza, cuando se le terminó; lo que llevó a nuestro héroe a trabajar desde periodista hasta panadero en el transcurso de las próximas décadas (incluyendo lo de escritor y guionista, que nunca fueron los trabajos más importantes). Fue entre otras cosas, contrabandista de licor, botones y comunista. Algo debió de ver su esposa en su ritmo de vida, que el exigió someterse a una operación de esterilización (aunque para ese entonces sus genes se encontraban confortablemente repartidos por el mundo). Trató de quedarse de ilegal en París (supongo que para morir como el otro Jim: Morrison) pero ni eso le salio bien y regresó a Estados Unidos a morirse en la pobreza de su particular american dream. 

Por supuesto, como le pasa a cualquier maldito que se precie de serlo, sus obras empezaron a ser reconocidas un tiempo después de su muerte y es así como llega a nuestras manos, ya considerado uno de los grandes del noir estadounidense y nos deja con unas ganas enorme de leer absolutamente todas sus obras. Y no por que sean tan buenas, sino para saber más de lo tremendo hijo de puta que fue su padre y cuantos traumas más, que aún no sabemos, le ha dejado.

martes, 19 de agosto de 2014

Reyes de Arena: G.R.R. Martin nos habla de la política estadounidense en Medio Oriente

G.R.R. Martin es conocido mundialmente por tratarse de un clon de Peter Jackson; y, en menor medida por ser el creador de la saga de fantasía Canción de Hielo y Fuego (No creo que les suene la versión televisiva: Juego de Tronos). Sin embargo, Martin es un autor cuyas obsesiones medievales no le impiden escribir literatura de la importante; es decir, ciencia ficción. Justamente, en un cuento largo llamado Reyes de Arena, nos explica veinte años antes de que suceda, las razones de la barbarie yihaidista que campea en los últimos tiempos en Medio Oriente (Tampoco es que sea EL VISIONARIO, que la estupidez de la política exterior estadounidense es evidente para todos menos para sus encargados).

El cuento nos habla de un hombre de negocios (USA) que ha hecho fortuna en diversos mundos y que cuenta, entre sus pasatiempos, hacer que las diversas mascotas exóticas que va consiguiendo, se maten entre ellas. Para ello, suele organizar agasajos a sus amigos (Europa) para impresionarlo con su boato, lujo y sutiles crueldades, con el ánimo de mantenerlos impresionados con su poder (y por un poquito de orgullo, claro).

 Ya cansado de los animales de siempre (Latinoamérica, Asia, África), cuyos brotes de violencia suelen (o solían) ser excesivamente manipulables, va en busca de algún bicho que logre hacer latir su corazoncito genocida. Es entonces que da con los Reyes de la Arena, una especie de insectos semi conscientes, altamente organizados en sociedades guerreras, feudales, de riguroso poder central y teocráticas (los musulmanes), quienes divididos en grupos cuyas sutiles diferencias solo comprenden ellos mismos, suelen dedicarse a la guerra y a la adoración divina en partes iguales. Por supuesto que la muerte colectiva y el culto a su propia imagen se le hacen irresistibles, por lo que adquiere cuatro grupos de reyes de la arena para ver como se masacran entre ellos. Sin embargo, al momento de comprarlos, se le recomienda alimentarlos adecuadamente para mantener cierto orden (La vieja consigna de pan y circo, tan eficaz universalmente y tan mal utilizada durante siglos). 

Luego de unos días en los que no hay ningún conflicto, el dueño del mundo se aburre soberanamente; por lo que, decide quitarles el alimento. En ese momento, las sutilezas se van al carajo y los reyes de la arena empiezan una atroz carnicería para hacerse con los pocos recursos que les quedan. Ante el éxito de su maniobra, el dueño decide invitar a el grupo de comensales de siempre a unirse a su fiesta destructiva, y lograr, por qué no, un expolio económico a costa de sus bichos (petróleo, que le dicen en el mundo real). La cosa es que todo empieza a ir de maravillas para las perversiones del dueño del mundo y cada vez que los reyes amenazan con la paz, se encarga de quitarles la comida nuevamente y asunto arreglado. 

Pero con lo que no contaba nuestro héroe, es que una sociedad teocrática, no es una sociedad común. La fuerza del resentimiento originado por la religión puede lograr milagros, como el crecimiento desorbitado de los vengativos reyes de la arena, que empiezan a consumir el habitat de su dueño, poniendo en peligro la vida, tal y como la conoce; por lo que, termina sacrificando a sus aliados para salvar su vida, aunque infructuosamente; o, el surgimiento de fundamentalismos musulmanes, yihaidismos varios y violencia irracional ante todo aquello que no corresponda a su religión, destruyendo a su paso cualquier acercamiento a la civilización al que hubieran tenido en los últimos 1000 años.

Hace unos  cuarenta años, el Islam se hallaba aburguesado y relativizado, hasta hacerse, en muchos lugares, casi inocuo. La incipiente globalización había permitido que las mujeres alcanzaran muchos derechos y la tolerancia religiosa era moneda común. Sin embargo,  la ayuda sistemática de los Estados Unidos por destruir cualquier equilibrio político en el Medio Oriente desde aquellos tiempos, ha servido de caldo de cultivo de los extremismos más fanáticos. No es Alá el que aglutina a los fundamentalistas. No es el Profeta el que permite las ablaciones, matrimonios infantiles y la anulación de la mujer y de las minorías. Es el miedo a los Estados Unidos. Es el demonio representado por la bandera de estrellas y barras el que permite la existencia de los talibanes afganos, de los ayatolas iraníes y del Estado Islámico. Estados Unidos ha conglomerado todo el odio de una religión, para hacerlos capaces de los actos más abominables, con la sola excusa de hacerlo contra "América". Cada vez que USA arma a un musulmán para aprovecharse de él, termina siendo traicionado y adquiriendo un nuevo enemigo; pero, como dijimos, la estupidez es la única moneda que conoce ese país en relaciones internacionales; y ha visto muchas películas de acción ochenteras como para darse cuenta de su delicado lugar en la geopolítica mundial.

La única manera de acabar con el extremismo islámico se daría con la destrucción de los Estados Unidos; una vez acabado el enemigo, la simi consciencia religiosa, terminaría por dar paso a la semi individualidad y a las dudas; y de allí a la libertad habrá solo un paso. Curiosamente, la destrucción de la súper potencia no  pasa por unos inefectivos, aunque voluntariosos terroristas islámicos de medio pelo, que saben que sin Estados Unidos se acaba la fiesta y no están dispuestos a eso; sino por su gran aliado y futuro enemigo apenas se le tuerzan las cosas: Israel, o los reyes naranjas de la historia de Martin. 

lunes, 18 de agosto de 2014

La Civilización del Espectáculo: El Marqués se tapa la nariz ante la plebe

Mario Vargas Llosa suele resaltar su condición de arequipeño, a pesar de no haber hecho en esa ciudad más que nacer; pues, pasó la totalidad de su niñez y juventud entre Bolivia, Piura y Lima, ciudades que han influenciado grandemente en su obra; principalmente, en sus primeras épocas de escritor. 

Arequipa, a sus libros o a su vida, no le ha dado nada; pero él no se cansa de publicitar su arequipeñismo. ¿Será por la magnificencia que evoca el nacer al pie del majestuoso volcán Misti? ¿Será la sangre rebelde y creativa que tenemos todos los arequipeños? ¿O será que, como todos, Vargas Llosa ha cedido al impulso del espectáculo y, definitivamente, suena más poético el nacimiento en una ciudad andina que, mal que bien, conserva un cierto hálito legendario (pero no tan lejos del mundo, como una recóndita Cochabamba) tomando distancia de ese provincianísimo desierto que era la Lima del siglo XX y del calor húmedo de una Piura que lo hubiera acercado más a la caribeña cosmovisión de su némesis García Márquez (¡Horror de horrores parecerse al naco con guayabera!)

Aceptémoslo, (mientras bebemos un vaso de cognac Jenssen Arcana, nos fumamos un Cohiba Behike 54 y escuchamos el Canon en Re Mayor de Pachelbel) Vargas Llosa se ha pasado los últimos 40 años tratando de construir su propio realismo mágico; claro que, más que realismo ha buscado pasar de un oscuro, o más bien mediocre, origen sudamericano, a una alta realeza europea; y lo único de mágico que ha logrado, es convertir dos apellidos en uno compuesto, primero; y en título nobiliario, después. 


Naturalmente, el primer Marqués de Vargas Llosa puede tener las ansias arribistas que desee y eso no nos afecta en lo más mínimo; ni tampoco disminuye el aprecio que tenemos por sus libros una vez pasada esa adolescencia en que creíamos que toda novela debía hacernos una cicatriz en el corazón para considerarla buena.


Vargas Llosa es un estupendo escritor. Uno de los pocos latinoamericanos de su época que no se regocija, masturbatoriamente, en los adjetivos;  con una fluidez en su prosa, casi angloparlante. Sin embargo, por mucho que le pese, no es un autor universal. No tiene la complejidad de Joyce ni la sutileza de Borges. Carece de la claustrofobia emocional de Kafka y de la profundidad psicológica de Dostoievski. Incluso le falta la cursilería místico tradicionalista de García Márquez, que hace que miles duerman con sus libros junto a la almohada.


Como ya lo dijimos hace mucho, es un constructor de libros bien escritos que te atrapan desde las primeras páginas y que no puedes dejar hasta terminarlos. Pero que, luego, se van diluyendo en tu mente hasta recordar, apenas, el argumento. Mario, por supuesto, odia eso. Su ego es infinito; su afán de trascendencia, enorme; y su resentimiento, absoluto (Como ha sufrido, en carne propia Fujimori). Por ello, reniega de ser un escritor tan bueno como Murakami o Hemingway. Este último, denostado en su ensayo "La Civilización del Espectáculo" como uno de los representantes de esa literatura efímera, en la que, por supuesto, no se reconoce.

Ese "pequeño" ensayo, como lo define, modestamente, el mismo Vargas Llosa, aunque él lo vea como el estudio definitivo sobre el postmodernismo y la muerte de la civilización occidental (ninguneando en el camino a Derrida, Foucault -de quién disfruta, socarronamente, sus sofísticos ensayos- y a cualquier otro que no acepte, religiosamente, el derecho de la élite a monopolizar la verdadera cultura, la alta cultura -como le llama, afectadamente) es, en realidad, un triste aviso de la llegada a la ancianidad del último grande del boom (La falta de originalidad es tan clamorosa, que hasta el título lo ha copiado, descaradamente, de un ensayo de 1967 de Guy Debord; aunque, claro,  para Mario La Société du Spectacle solo es un nombre "parecido" al suyo). 


Sus 170 páginas se resumen en: La civilización ha degenerado en el culto al espectáculo. Nada más. Para decir eso pudo usar su cuenta de Twitter y aún le hubieran sobrado 87 caracteres. Ni qué decir de las 174 páginas de verborreica nadería que entrega a los amantes de la forma (de los que despotrica) y de la tapa dura, que son, finalmente, el target principal de las editoriales.

Aunque, buscando arduamente en cada página del libro, se encuentra un par de ideas que, aunque no tienen que ver directamente con el objeto del ensayo; son, en cierto modo interesantes:


1° Si bien, la verdadera cultura ha muerto y lo que queda no vale la pena ni para matar el tiempo en el baño; la culpa no es sólo de esas ideas progresistas que le hacen tanto daño a la humanidad; sino, fundamentalmente, de esa multiracialización de la venerable Europa, producto de migrantes zaparrastrosos que, a diferencia suya, no han sabido olvidar sus propias costumbres y convertirse en dignos ciudadanos del primer mundo. Su defensa de la prohibición del uso de la burka en las escuelas occidentales "en aras de la libertad" arrancaría lágrimas de placer a Donald Rumsfeld.

2° El erotimo es bueno, porque pertenece a la alta cultura. La pornografía es mala porque pertenece a la plebe. La facilidad con que tenemos sexo en la actualidad ha hecho que se pierda el elemento más importante del sexo, tal es: La imaginación. La falta de sexo nos lleva a la reflexión, a la invención de sucesos en los que el acto sexual solo es el mcguffin de la expresividad literiaria; y que, para el onanismo en las altas esferas, es más grato el Lolita de Nabokov que un clip de BDSM de 7 minutos. El sexo sin límites es para los perros y para las masas. Las élites, en cambio, hacen el amor y fantasean, lúbrica y artísticamente, dentro de sus monogamias. Es decir, hasta los genitales del buen Mario tienden al elitismo.

Finalmente, pienso que Vargas Llosa tiene razón cuando precisa que no puede existir una cultura popular como verdadera cultura (En el sentido de considerarlas actividades que te llevan a alcanzar el placer por si mismas); ello se debe a que tal cultura popular busca, como objetivo principal, matar el rato. Su condición es, definitivamente, efímera y no pretende, salvo en almas excesivamente simples, alcanzar mayor trascendencia. 

miércoles, 14 de mayo de 2014

Juego de Tronos (1ra Parte): Los chismes de Florcita, pero con sangre

Cuando un libro ha sido un éxito comercial de proporciones descomunales, creando enjambres de frikifans que desmenuzan frenopáticamente cada párrafo para descubrir la verdad definitiva del universo y basan su vida y la vida de sus hijos en cuatro estupideces pretendidamente trascendentes que creen que una divinidad les ha mostrado en prueba de su inmenso amor a la humanidad (Tranquilos mis buenos inquisidores, no prendan la pira aún, que no hablo de la Biblia) y del cual, para aprovechar el tirón se hace una película con actor famoso incluido, que termina causando terribles contracciones estomacales por la vergüenza ajena que origina ese despropósito (Léase: El Código Da Vinci); nos vemos tentados a usar el ejemplar que caiga, descuidadamente, en nuestras manos, con propósitos innobles pero muy funcionales en el cuarto de baño; sin molestarnos en hojear, siquiera, su contenido.

Sin embargo, si el libro en cuestión es uno de fantasía, que tuvo un éxito modesto en sus orígenes, lo que llevo a que se creara una serie que, a su vez, se convierte en un producto de culto, y hace que el libro se vuelva un superventas, nos hace pensar que algo de bueno puede tener para que HBO se haya fijado en esa historia. Si, además, los libros no los puedes usar de la manera mencionada previamente porque los tienes en formato digital, hasta te planteas darles una oportunidad.

Es así que inicié la lectura desganada del primer volumen de Canción de Hielo y Fuego: La verdadera Juego de Tronos, mientras esperaba las últimas novedades infidelo-amorosas de la hija de Susy Diaz; cuando de pronto la metanfetamina azul escondida esta historia paramedieval, aparentemente al uso, se metió a mi cerebro al punto de olvidarme de actividades elementales como mirar el partido de vuelta de las semifinales de la Champions y de otras menos importantes como comer, trabajar o cambiar los pañales de ese bebé que llora y llora sin dejarme concentrar en la nueva conjura de los taimados Lannister.

El marco de la historia no es precisamente original. Se basa, y mucho, en la Alta Edad Media europea y en la mitología y pretendidos códigos de conducta de aquellos tiempos, como: la existencia de los dragones; la irreversibilidad casi absoluta de los juramentos, por muy estúpidos que sean; el desprecio casi unánime a la bastardía y las obligadas violaciones y rapiña luego de una caballerosa toma de castillos.

Pero no solo de feudalismo bebe la historia de G.R.R. Martin. El buen hombre ha comprimido el planeta de tal manera que en la Canción de Hielo y Fuego conviven en un reducido espacio territorial mongoles y persas, ibéricos y vikingos, egipcios, judíos y post romanos. Claro que, a la hora de hablar de civilización, todos tienen claro que Poniente, el noble mundo anglosajón, es quien pone los puntos sobre las íes, Por si fuera poco, el enemigo a la sombra, el enemigo a vencer, the ultimate enemigo, de cuando haya terminado de quedarse sin personajes principales, son los zombies de su tocayo Romero.

viernes, 28 de marzo de 2014

Llamadas Telefónicas: De qué hablamos cuando hablamos de Bolaño


Es algo aceptado, casi universalmente, que el chileno Roberto Bolaño es el último gran escritor latinoamericano del siglo XX. Y como tal, poseía todas las virtudes y defectos que se esperan de El Escritor (con mayúsculas, que no estamos hablando de un Jaime Bayly cualquiera) como ser tremendamente culto en temas creativos (literatura, música, algo de pintura) y un completo desconocedor, o al menos bastante despectivo, con aquellas actividades como la ciencia o la tecnología, tan propias de peones ignorantes que no pueden ni siquiera escribir un par de versos endecasílabos con sinalefas. O, ser escritor por convicción, pero periodista por necesidad. Claro que con un profundo y manifiesto desprecio hacia la profesión que le ponía los porotos en la mesa y hacia la falta de buen gusto característico de todos aquellos que constituían su entorno y que no eran capaces de alcanzar el orgasmo al encontrar una frase que mantiene intacta la fuerza expresiva del original, en la tercera edición traducida al español de "Le Temps Retrouvé". Finalmente, también es notoria su falta de humor, el tomarse demasiado en serio las mayores nimiedades de la vida (Es que, hasta lo más ínfimo es literatura y el arte es lo más serio del universo, nos recordarán nuestros amigos escritores). Sin olvidar esa tendencia a narrar, por lo general, anécdotas propias (Contadas por un alter ego al que no se molesta en encontrarle un nombre vagamente ingenioso, como los Varguitas o Zavalitas del primer Vargas Llosa) como si la vida de un escritor fuera algo interesante. 

Las novelas de un Escritor (Con mayúsculas) suelen ser, por tanto, repetitivas, carecer del menor asomo de ficción y tener una abundancia churrigueresca de adjetivos. Sobre esto último, la culpable suele ser la poesía, ese arte sobrevalorado en el que se forman la mayor parte de novelistas latinoamericanos (Culpa, por su parte, de nuestro idioma, tan propenso al adjetivo calificativo y tan poco dado a los verbos). Bolaño no es una excepción, pero su riqueza técnica inaudita (Comparable, incluso, a la de Borges) le permite transitar con fluidez por los senderos pedregosos del texto largo, sin hacerlo aburrido en ningún momento y, lentamente, casi sin darte cuenta, te sumerge en el submundo de literato pretencioso, venido a menos y devenido a periodista, y tu aceptas enardecido esa inmersión como si te estuvieras zambullendo en las profundidades gloriosas de la Brigitte Bardot de sus mejores tiempos. Sus novelas, como Los Detectives Salvajes, te atrapan en su telaraña de virtuosismo y sientes, indudablemente, que has tenido un encuentro con uno de los capítulos más importantes de futuras enciclopedias literarias del siglo XX. Aunque luego, claro, se te confunda la historia en la mente con las de un Diego Trelles cualquiera. Lo importante no es lo que te contó, sino como lo hizo (Como en el viejo debate en el que no gana la herramienta sino quien mejor la utiliza).

Sin embargo, a Bolaño, eximio maratonista de las letras, no le va tan bien en carreras cortas, pues unas cuantas páginas no le brindan la posibilidad de desplegar todo su arsenal lingüístico. Si bien suele capear el temporal, la mayoría de veces, y nos entrega historias entretenidas, pero prescindibles. En Llamadas Telefónicas, en cambio, es donde peor le va. Todas las historias del libro son del tipo: "Me encontré con José en la calle 27, en el tiempo en que leía un poema manuscrito de un olvidado mujik ruso que jamás pensó en alcanzar la inmortalidad con sus versos, y de pronto, me confesó que aún le gustaba la mayonesa con ajo. No lo volví a ver nunca más, pero pensé en el sabor de los cebollines los siguientes siete crepúsculos".

En particular, Sensini, considerado por gran parte de la crítica (Escritores (Con mayúsculas), al fin y al cabo) como su mejor cuento, me parece una estafa. ¡El Escritor (Con mayúsculas), en todo su esplendor! Porque por mucha metahistoria, cuento dentro del cuento, alegoría a la labor del escritor impenitente, la historia se resume en: "Conocí escritor por carta. Ambos nos presentamos a concursos. Me recomendó que siguiera. Yo soy mejor que eso. El siguió. Volvió a su país y murió. Su hija me lo contó" y eso sólo califica para aburrida historia de bar cuando hay que matar un silencio. Los demás cuentos son mejores, porque ya no los recuerdo. 

jueves, 20 de marzo de 2014

Los Juegos del Hambre: Viaje al mundo del Sinzajo

 Es por todos sabido, que la calidad de las artes populares, como el cine de Hollywood o la literatura de aeropuerto, se ha visto restringida a la utilización repetitiva de historias del tipo: Chico conoce chica. Se aman instantáneamente. Su amor es imposible porque él es un vampiro. Chica conoce otro chico. Es un hombre lobo. Triángulo amoroso. Inmortales que sufren como quinceañera sin fiesta en telenovela mexicana. Algunos malos muy malos por allí, para justificar las trilogías. Muerte de los villanos. Triunfo del amor. 

La guerra por acceder a una cuota de mercado hace casi imposible que te desvíes de esa fórmula, haciendo que nos sintamos en un permanente dejà vu cada vez que vamos al cine u hojeamos un libro de bolsillo. Sin embargo, en contadas ocasiones, algunos autores se aprovechan de la manida fórmula para ir más allá del cuento rosa y denunciar situaciones que para un lector de Arthur Koestler pueden ser, quizás, evidentes; pero para el gran público, acostumbrado a considerar las comedias románticas de Jennifer Aniston como grandes clásicos contemporáneos, son conceptos absolutamente revolucionarios (y si en el camino, te forras de millones, aún mejor).  

Eso es justamente lo que sucede con Los Juegos del Hambre (Los libros, no las películas. Que desde "El Caballero de la Noche", Hollywood es un poco más consciente del subtexto de las películas destinadas a la masa. Salvo en las infantiles, que allí se cuelan joyas contestatarias como "Lluvia de Hamburguesas 2"). 

La trilogía (¡tenía que ser!) de Suzanne Collins, es una historia de aventuras futurista al uso, con protagonista tontorrona que no sabe lo irresistible que es, a pesar de los dos galanes que se la disputan (¿Conocido, no?), y que, luego de inmensos sufrimientos triunfa sobre el poder del malo muy malo que mata de hambre a sus súbditos. Sin embargo, lo que podría ser la versión Disney de Battle Royale no se queda solo en eso. Ya asegurando un público cautivo de adolescentes calenturientas que quieren ser como Katniss Everdeen, la autora se permite mostrar (Apoyándose en la historia de Teseo y el laberinto)  la importancia desmedida que tienen los medios de comunicación en la sociedad actual. La capacidad que tienen para manipular la opinión pública y trivializar hechos atroces al convertirlos en espectáculo. De crear ídolos de barro, en base a la fotogenia y el vestuario adecuados (Como la mítica foto de Korda, del Che Guevara mirando al infinito), de la facilidad de una plebe embrutecida para adoptar tales ídolos como símbolos y de la capacidad de los verdaderos líderes (de cualquier bando) para aprovecharse de dicha figura. La imagen del Che fue utilizada para sostener gran parte del éxito de la Revolución Cubana, por mucho que Fidel lo despreciara; así como la presidenta Coin utiliza al Sinzajo como símbolo de su propio acceso al poder (como elemento decorativo sin ninguna función trascendente en la rebelión que, supuestamente, lidera) sin que le tiemble el pulso a la hora de ordenar su muerte o destruirla emocionalmente, ante el fracaso de la primera orden.

domingo, 16 de febrero de 2014

Benedetti: La primavera tiene una esquina rota cuando se acerca el invierno.

 A veces solemos olvidar que antes de la caída del muro de Berlín, conocido también como la post edad media o el interregno pre twitter, existía una literatura política altamente comprometida, ideada fundamentalmente por escritores altamente comprometidos; pero no con compromisos ecológicos del tipo: salvemos a la rana gigante del Titicaca o zoohumanizadores como: Dona un riñón para hacer feliz a un perrito.

Su compromiso, por muy rancio y anacrónico que nos suene, era con nuestra propia especie. Muchos de ellos creían sinceramente en que la lucha contra los poderes fácticos era una obligación moral y la búsqueda de la igualdad, una necesidad improrrogable. Claro que ellos no vislumbraban, ni en sus sueños más alocados que algún día podríamos llegar a estar en contacto con el american dream de consumo, a tal punto de considerarlo como propio, y renunciar a cualquier derecho laboral (como esa manía musulmano-terrorista de crear sindicatos o esa necesidad de vagabundo barriobajero de tomar vacaciones anuales), en aras de la competitividad que nos permitiría comprar lo mismo que se compra en las mejores ciudades de Europa y Estados Unidos. Imaginen que ni siquiera consideraban la posibilidad de gastarse el 30% de su sueldo en un seminario de liderazgo para garantizar el triunfo sino que hasta llegaban a barbaridades como juntarse a tomar un trago y hablar ¡oiganlo, bien! sobre literatura, arte y qué hacer para cambiar el mundo! ¿Pueden creerlo? 

Naturalmente, la existencia de ese componente político hacía que la mayoría de aquellos escritores mostraran una imaginación contenida (opuesta, sobre todo, a los desbordantes delirios del realismo mágico)
y una estética cuidada pero poco ostentosa, casi siempre al servicio de la ideología. Por ello, uno siempre sabía cuando un personaje era bueno o malo, casi como en las telenovelas (y casi siempre era malo si era rico, militar o de derecha; mientras el héroe, un 95% de las veces, era un aspirante a escritor dedicado circunstancialmente al periodismo y con una enorme tendencia al debate filosófico literario en burdeles, al buen estilo griego clásico).   

Esta novela comprometida fue crucial en la literatura latinoamericana de la segunda parte del siglo XX; pero luego de la caída de la mayoría de régimenes socialistas y la reinvención del comunismo chino que mantiene de su antecesor el control de los  medios, la censura, la falta de libertades y la concentración de poderes, pero se deshizo de la pesada carga que significaba la búsqueda de la igualdad; la mayoría ha entendido que la utopía social es sólo eso y que las opciones son dos: O te insertas en el mercado o te vas a la mierda. Y que dentro del mercado igual te irás a la mierda, por el vacío emocional que eso conlleva. 

Así, literatura del siglo XXI tiende mucho más al nihilismo, la soledad y el individualismo antisocial; por mucho que en algunos países de latinoamérica, la mayoría de aspirantes a escritores sigan anclados en repetir la vieja fórmula, para lo que ambientan sus historias en ese pasado legendario, en el que no había celulares y la violencia de Estado era el enemigo a vencer, aterrados de escribir una historia que no esté ambientada en ese mundo con el que sueñan y que sólo conocieron de oídas.

miércoles, 8 de enero de 2014

La Música del Vampiro: Alma de mariposa que chupa sangre

Las historias de vampiros clásicas, como Drácula o Entrevista con el Vampiro, basan gran parte de su efectividad en el desconocimiento de hechos cruciales y en la imperfección y lentitud de los medios de comunicación que permiten una amplia impunidad a sus fechorías, lo cual sería imposible en esta era de mega información. ¿O alguien se imagina siquiera un mediano éxito en los planes del vampírico conde, si  Jonathan Harker hubiera whatsappeado a Mina: "El que hace las sombras graciosas me tiene encerrado. LOL", luego de haber grabado en la cámara de alta definición de su celular a las tres vampiresas que trataron de seducirlo y colgado el video en el Youtube y haber recibido 100 000 visitas en sus primeras dos horas? ¿O creen que el bueno de Louis hubiera realizado su periplo europeo de descubrimiento si hubiera podido revisar en los comentarios del Trip Advisor cosas como: "El centro de Europa tendrá las mujeres más hermosas del mundo pero para enfrentar chupasangres descerebrados en superticiosos pueblitos de Bulgaria, prefiero la tranquilidad con toques chic, de comerme un jarabe de abedul servido con hierbas y leche congelada en el Noma de Copenhague". ¿O no hubiera sospechado algo raro al ver en el Twitter de Armand el hashtag #Voyamataralaniñavampiraporquemeheobsesionadoconsuprotector ?

Es por eso que cualquier obra que pretenda no seguir del todo con la senda de comedieta romántica de Crepúsculo e intente inspirar algo de terror, debe estar ambientada como máximo a comienzos de los años 90; es decir, antes del advenimiento del celular y la masificación de la internet.

jueves, 5 de abril de 2012

John Carter: ¡Que sí! ¡Que hay vida en Marte aunque las sondas digan lo contrario!

A finales del siglo XIX , el espacio exterior era un lugar mucho más fascinante de lo que puede ser ahora. La inexistencia de cualquier tipo de industria aeroespacial permitía que las historias extraterrestres más delirantes pudieran tomarse como ciertas y exacerbaran la imaginación popular. Desde autores de ficción como H.G. Wells con su "Guerra de los Mundos" hasta astrónomos como Percival Lowell en “Marte como morada de la vida”, eran muchos los que aseguraban la existencia de vida inteligente en el planeta rojo y, casi siempre, se daba por descontado que la suya era una civilización mucho más avanzada que la nuestra.
Eran tiempos más inocentes (al menos el ciudadano de a pie, que como estudiante de postgrado de humanidades contemporáneo  y progresista, creía en la bondad natural del ser humano), anteriores a las dos guerras mundiales,  en los que empezaba a desarrollarse la idea de "occidente" como el conjunto de valores conocidos y representante de las verdaderas "virtudes humanas" y en donde los Fukuyamas del momento seguramente irían por calles y plazas prediciendo el "fin de la historia".
Sin un enemigo real o, al menos, tangible, la idea de "nosotros" corría el riesgo de resquebrajarse y como aún no se había inventado al "demonio comunista" como depositario de todos los males y perversiones del mundo, tuvimos que recurrir al espacio exterior para importar un enemigo inmensamente poderoso y amoral cuyo único móvil era el beneficio económico, sin importarle el destino de las cultural "inferiores". Esos Estados Unidos de la maldad, fueron, por supuesto, los marcianos.
La misma premisa se utilizó cien años después, luego de la caída de la URSS y la venida de ¡ahora sí el original! Fukuyama. Sin enemigos evidentes para para la ya madura "sociedad civilizada", echamos mano del espacio nuevamente con un boom de películas de aliens cuyo aterrador pico se alcanzó con la infame "Día de la Independencia", hasta que la tragedia del 11 de setiembre se encargó de definir como el nuevo engendro del mal al islamismo, absolutamente dispuesto a acabar con nuestra democrática civilización.    
Pero volvamos a aquellos tiempos pretelevisivos y veremos que uno de los autores más importantes del momento, Edgar Rice Borroughs -el J.K. Rowling de la época victoriana y creador de Tarzán para mayores señas- no podía quedar al margen de la moda espacial, por lo que, no sólo adelantándose sino también superando a la madre de Harry Potter y sus exiguas cinco entregas, legó para la humanidad diez (sí, leyeron bien: diez) historias marcianas, las que tuvieron como uno de sus personajes principales a un ex soldado de la guerra civil estadounidense del lado confederado (o sea los retrógradas que querían mantener la esclavitud sin entender que el futuro iba por los asalariados a remuneración mínima) de quien no se sabía mucho más, salvo quizás una probable inmortalidad y su capacidad para aparecer en pleno planeta rojo sin sorprenderse más que si le hubieran cambiado el horario a un par de series de la Fox.
Es este personaje el que rescata Disney (probando su ya conocida originalidad) en la película que se titula, como no: "John Carter" y que se basa, casi en su totalidad, en la primera  entrega de la ¿decalogía? de Borroughs: "Una princesa guerrera". 
La película, aunque pensada claramente en contentar a un público muy infantil, no es tan mala como uno esperaría, especialmente luego de estos cien años en que la mayoría de prepúberes saben que el pequeño planeta vecino tiene tanta vida como destinos turísticos, Afganistán. Curiosamente lo clásico no se siente rancio a pesar de mantener la parte de la historia ambientada en la Tierra en el tiempo de la novela (cosa que no hacía, con pésimos resultados, el bodrio de "War of the Worlds" de Tom Cruise) y, a pesar de lo largo del metraje, se hace llevadera (Quizás ayude un poco a tal objetivo, la buena cantidad de piel que muestra constantemente cierta roja princesa).
A pesar del resultado pasable (que cuando se habla de Disney ya es decir mucho, y sí, me refiero también a Pixar aunque me caiga el Universo culturoso encima), es necesario decir que existe una adaptación previa mucho mejor lograda y con un personaje que calza mucho mejor en la piel de John Carter. Estoy hablando, si alguien aún no se ha dado cuenta, de Planet Hulk, la adaptación definitiva de aquella historia.

lunes, 26 de marzo de 2012

La Trilogía de la Bella Durmiente: La madre intelectual de Stephenie Meyer se pone cachonda

Anne Rice es una escritora de Lousiana (que no es como decir estadounidense, por el fuerte componente franco africano de aquel pueblo), que, aprovechando la rica mitología popular de su tierra y sus propias obsesiones sexuales -en particular el homoerotismo-, brindó a la humanidad una vuelta de tuerca a la figura del vampiro (el que se encontraba anquilosado en la figura del famoso conde creado por Bram Stoker) dotándole de elementos tremendamente novedosos como el desconcierto ante la inmortalidad, la búsqueda de su lugar en un mundo sobre el que se ha elevado tremendamente, la soledad multiplicada del desarraigo, la paradoja del cuerpo eternamente joven que no detiene el envejecimiento del alma, la condena, el placer, la crueldad de unos monstruos que simplemente son como seríamos la mayoría de nosotros si no tuvieramos miedo de la ley, la liberación en el abandono, la búsqueda metafísica y la renuncia a una humanidad que se mantiene en la consciencia como la sensación del miembro ausente en el mutilado.

viernes, 2 de marzo de 2012

MIchel Houellebecq: La gerontofilia no es una depravación cotidiana

Independientemente de su raza, condición social, filiación religiosa o red social a la que pertenezca, el varón heterosexual, de manera global, centra su realización personal en la consecución de dos objetivos: Culos y tetas. Y para conseguirlos, el hombre se basa en dos técnicas:
1. Cuando es joven: En sus condiciones personales. Ya sean, estas, físicas (como un cuerpo de abdominales marcadísimos o un rostro "tierno y a la vez masculino"); o espirituales (un sentido del humor de guionista de "Saturday night live" o la imagen de "rebelde duro que en el fondo sólo espera encontrar algiuen a quien amar" y a quién las mujeres desearan, infructuosamente, cambiar)
2. Cuando ya no se es joven o cuando se es joven pero se carece de las cualidades anteriores: Dinero.
Como todos envejecemos, finalmente, la única posibilidad de tener sexo -de  manera, al menos, bilateral- sólo se alcanzará por medio de billetes (de preferencia divisas convertibles de alta denominación). Ya sea si la transacción es directa y de contraprestraciones inmediatas (como en la prostitución), o mediante un contrato a largo o mediano plazo (como en el matrimonio), la satisfacción sexual será directamente proporcional a la suma invertida.
Como todo hombre aspira, en el fondo, a ser un macho alfa (y no pagar jamás por sexo), dicha transacción le es, casi siempre, insatisfactoria una vez que la polución seminal ha sido realizada. En estos casos, la esposa suele ser una bruja; la amante, una puta; y, la puta, una vulgar portadora de gérmenes venéreos. Lo único que se mantiene constante es el vacío. Afortunadamente, la naturaleza ha tenido la prudencia de hacer que la carga de espermatozoides se renueve constantemente y, con ella, el deseo y la esperanza de trascendencia a través de la carne apetecida.
Pero cuando el sexo empieza a escasear, o se te exije más dinero por él, se hace más dificil lograr alguna satissfacción duradera. Es por ello que inventamos el amor, para dotar (al menos en apariencia) de cierta seriedad, de algo de certidumbre y venerabilidad social a un acto que tiene no gran parte, sino todo de animal o, incluso, pretendemos sustituirlo con el poético sentimiento (cuya utilidad real es la misma que la de la poesía) como si de tofu genital se tratara (Y por ello el amor es más fuerte en la primera adolescencia y en adultez previa a la senectud, que es cuando más urgentes y escasos son los actos carnales).
A pesar de todo intento de disfraz, mientras más te acercas a la vejez, ya no puedes esconder la realidad: Nadie te tocara más que por dinero. Ni siquiera tu esposa si la tienes, pues: o bien ya no tendrán contacto físico o tu necesidad de carnes jóvenes te impedirá lograr siquiera un disfrute mediocre. Eso no es tan terrible si no lo tienes, puesto que tus otros problemas ocupan tu tiempo; pero, si lo tienes ya jamás podrás quitarte la sensación de que ese cuerpo que está debajo del tuyo sólo va a disfrutar del encuentro cuando termine y pueda comprarse algo con lo que le has entregado. Y después está el vacío. La certidumbre de que te has pasado la vida tratando de tener éxito porque inconscientemente sentías que eso te permitiría disfrutar de los placeres femeninos a perpetuidad como el macho alfa del que acabamos de hablar. Lograste todo para ser admirado y lo único que se te admira es el contenido de la billetera.
Eso lo ha entendido muy bien el escritor francés Michel Houellebecq y casi toda su obra literaria-si es que podemos considerarla como tal- es más bien la escritura por capítulos de un enorme ensayo filosófico en tono de ficción sobre la soledad sexual de la vejez y el solitario camino que te lleva hacia allá.
Houellebecq propone que el origen de toda tragedia humana se encuentra en la íntima relación entre el sexo y la mortalidad y que nada podemos hacer para cambiar esa condición salvo la manipulación genética de nuestro desamparo y la desaparición de nuestra especie tal como la conocemos. En algunos casos, como en "Las partículas elementales" la solución es vagamente esperanzadora -al menos para esa raza nueva; pero, en otros, como en "La posibilidad de una isla"; el resultado resulta increíblemente opresivo y mucho más aterrador que nuestras actuales vidas, cortas y sufrientes.

jueves, 26 de enero de 2012

Fuckowski: El supositorio no duele menos con un poco de humor

Si hay algo peor que la religión en sus más variados fanatismos, es, sin asomo de duda, la cultura de la motivación: La superación personal, los libros de autoayuda, los seminarios de reingeniería y centenares de actividades más cuyo objetivo evidentes es convencerte de que no es que el mundo este cubierto de mierda, sino que tu pésima actitud te impide darte cuenta de que en verdad es chocolate. y, por eso, en lugar de quejarte tanto, deberías coger una cuchara, disfrutar el manjar con que te embarran y dar las gracias.
En el libro "Fuckowski: Diario de un Ingeniero", uno de los pocos éxitos literarios originarios de la internet en español, Alfredo de Hoces narra la historia de un informático torturado por la agobiante sensación que te causa el tener la lucidez suficiente para comprender que la materia fecal no es el mejor complemento de las fresas, por mucho benchmarking, empowerment o calidad total.

Lo que nos dice esta pequeña novela (que en realidad no es tal, pues si sus capítulos fueran, apenas más cortos, podríamos hablar, más bien, de un conjunto de aforismos) es lo que cualquiera con dos dedos de frente ya sabe, aunque se niegue aceptarlo: El nacer en el seno de una familia acomodada -o verdaderamente rica-  es lo único que te garantiza un futuro brillante. 

viernes, 18 de noviembre de 2011

Alí en el país de las maravillas: John Kennedy Toole se nos moriría de nuevo

En la colonial y siempre afrancesada Louisiana (aunque el francés sólo lo hablen turistas) un extraño gordo con orejeras y un espíritu antisocial rayano en lo patológico, se ha convertido en uno de los símbolos más reconocidos de la región. El tipo, abyecto por demás, merecería el oprobio de la sociedad en su conjunto, de no ser por la particularidad de no haber existido más que en la FANTÁSTICA (y aquí, como sabrás buen lector, en este periódico de a china, "mediocre" ya suele ser un calificativo positivo) novela "La conjura de los necios" de John Kennedy Toole, otro tipo raro (este sí muy real), de quién uno piensa que jamás salió de su estado natal (ni de su casa, en realidad) como una especie de Lovecraft, pero que sin embargo llegó, incluso, a vivir en Puerto Rico cuando servía para el ejército. 


El bueno de John no tenía mucha tolerancia a los fracasos, así que cuando su novela fue rechazada por un puñado de editores, no se le ocurrió mejor idea que matarse.


Debido a esa decisión alocada de juventud, la humanidad hubiera corrido el riesgo de no haber disfrutado jamás de las aventuras de Ignatius J. Reilly, pero la constancia de su madre (la señora Toole, no Reilly, que también era una madre ejemplar) le permitió alcanzar la gloria póstuma (que muy poco le importará al escritor pero que tanto bien nos hace a los demás) y, sobre todo, nos permitió disfrutar de una de las obras cumbres de la humanidad, mucho más importante para ésta que las ridículas figuras geométricas egipcias o esa patética estructura de fierros entrecruzados que afea Paris.

miércoles, 4 de mayo de 2011

De Rockys y Terminators a Obamas y Papas Beatos: Los Torcidos Senderos de la Admiración

La nostalgia ha transformado a los ochentas en una época, por lo menos, mágica. La música, la vestimenta -hasta las zapatillas Converse- han hecho un exitoso retorno a la moda. La joven Madonna ha vuelto a la vida convertida en Lady Gaga y los revivals y conciertos de reencuentro causan furor por donde se presente. Los remakes fílmicos y televisivos de viejos hits, son cotidianos y hasta Stallone se mantiene vigente con sus infinitos Rockys y Rambos

Uno de los factores de la gran acogida popular de aquella "colorida" década en las nuevas generaciones, es la existencia de héroes para todo el público. Esos modélicos personajes se acostaban con cientos de hermosas mujeres sin protección de látex alguna -y aunque las amaban durante todo un capítulo, no se comprometían; eran capaces de destruir ejércitos completos de malos muy malos, sin rasguñarse siquiera; no tenían castrantes fijaciones metrosexuales (ni siquiera Fast o Michael Knight desperdiciaban su tiempo en gimnasios o su dinero en cremas antiarrugas)

Eran fuertes; decididos; no tenían conflictos morales ni crisis existenciales; no cuestionaban su lugar en el mundo ni si sus métodos de impartir justicia dañaban la capa de ozono; eran buenos buenos y sus enemigos, malos malos, sin mucho más que elucubrar; ninguno hubiera tenido adicciones químicas, neurosis o agorafobia.

Eran, en suma, personajes dignos de admirar y todos lo hacían. No cabía la posibilidad de pensar que, quizás, Mac Gyver violaba múltiples derechos de propiedad industrial con sus inventos, puesto que no pagaban regalías al autor de las patentes. Hannibal Smith no se moría de cáncer ni pensaba en dejar los inmensos habanos de cada capítulo. Marty Mc Fly siempre tendría un Biff Tanen en cualquier época de la historia y las gemelas Olsen no pensaban ser millonarias y disfuncionales sino, una sola niña dulce rodeada de familiares sin un gramo de maldad en sus seres.

Incluso los líderes políticos alcanzaban alturas mitológicas, como la Dama de Hierro: Margaret Tatcher o el Actor-Presidente: Ronald Reagan. Tiempos en que la voz cantante en política la tenían personas como Lech Walesa y otros, como Bono, era cantantes a secas. 

En la música, el glam se había apoderado, incluso, del metal y parecía que "el mundo libre" se encaminaba a una era de prosperidad indiscutible, donde hasta el triunfo contra los demoníacos soviéticos era posible.

Pero llegaron los noventas. La caída del muro y de la Unión Soviética, dejaron a Occidente sin enemigo colectivo. Hasta los violentos genocidas de Sendero Luminoso y otros grupos guerrilleros latinoamericanos fueron controlados y el libre mercado campeó a sus anchas por el tercer mundo, pero la gente no bailaba en las calles coreografías improvisadas sino que se seguía muriendo de hambre. África se hacía más pobre y más violenta. Se recortaban derechos laborales para alcanzar una enorme productividad para "seguir progresando" ¿Y a quién se podía culpar al no haber enemigo común? La muerte de Cobain reafirmó que la fama y la fortuna no dan felicidad y, peor aún, parece que las drogas tampoco. 

La televisión y el cine reflejaban el desencanto que se empezaba a vivir en las calles. ¿Contra quién luchamos? Nadie tenía una respuesta. -Luchamos contra nosotros mismos -nunca es una respuesta que alguien quiera escuchar. Casi sin darnos cuenta, el mundo se volvió cínico. Hasta los superhéroes empezaron a conflictuarse, a dudar de sus motivaciones altruístas. 

De pronto, los niños ya no tenían valores claros. El viejo -y efectivo- modelo tradicional de adquisición moral que se resume en: "Eso es bueno porque sí" y "Eso es malo porque yo lo digo", empezaba a fallar. Incluso se plantearon custionamientos tan antinaturales (hasta para los hippies y comunistas ortodoxos) como ¿Vale la pena? ¿Existen realmente el bien y el mal? ¿Tendrán sentido nuestras vidas?, lo que lleva a pensar cosas del tipo: "Lo que me ofrecen puede que sea tan malo como lo que ya tengo, así que me da igual", con lo cual la presencia del ser humano como especie dominante en la Tierra, se ponía -por primera vez en miles de años- en duda. 
Pero llegó el nuevo milenio, y el hombre -sabedor de su fragilidad ante la ausencia de modelos éticos y sociales- decidó buscar paradigmas de emergencia: "Los musulmanes son los malos malos y los cristianos los buenos buenos", "El estado de bienestar es comunista", "Obama es tan bueno e inteligente que se merece un Premio Nobel de la Paz así haya hecho sus propias y personalísimas aportaciones a las diversas guerras estadounidense en el mundo", "hay que santificar al Papa peregrino, pues ha viajado mucho y de  joven era portero de un club de fútbol y tenía mucho talento y eso demuestra su cercanía a Dios", "America's Next Top Model" nos dará íconos de moda, que dejarán en vergüenza a las Claudias Schiffers del ayer". "El Opus y/o el celibato son opciones de vida razonables".

Y es así, que en pleno siglo XXI, cuando Asimov y tantos otros ya nos tenían colonizando el espacio, seguimos emocionándonos con la "Boda Real" de toda la vida; seguimos lanzando cohetes mientras nos abrazamos jubilosos ante la muerte de "el enemigo de la humanidad número uno de turno", asesinado a la vieja usanza de la CIA y se regalan premios Nóbeles y reelecciones a quienes las ordenan. 

Es que -por mucho desarrollo y evoluciones varias- el mundo necesita héroes, esperanzas, enemigos, aliados, grupos a quienes hay que envidiar y otros a quienes hay que compadecer. Y, claro, un grupo de personas con quienes chismorrear sobre otras personas (Cortesía de las redes sociales). De lo contrario terminaríamos por darnos cuenta de la intrascendencia de nuestras vidas, e incluso optaríamos por la pastilla roja de Matrix, y hasta nos atreveríamos a pensar.

sábado, 2 de abril de 2011

Especial Zombie (4): El Camino de la Cabra

El primer libro de zombies de la historia, la Biblia, ya dejó en claro que cuando el Juicio Final llegara, los muertos se levantarían. El asunto no era saber si sucedería (pues como todos sabemos, el Libro Sagrado no contiene ninguna alegoría, sino la verdad completa y sin medias tintas, por más seudocientíficos que nieguen el "Diseño inteligente"), sino cuándo pasaría. La literatura de zombies es, entonces, algo que excede la ficción, pues su verdadera finalidad no es el entretenimiento, sino teorizar sobre lo que sucederá cuando llegue el inevitable apocalipsis.

El Camino de la Cabra es quizás una de las primeras, sino la primera novela que no rehuye la connotación religiosa de la plaga. Los muertos vivientes son dirigidos por los pastores del Culto, quienes usan ese poder, y a sus miles de fieles, para terminar el trabajo que la divinidad empezó: El fin de la raza humana. Sabemos de sobra que en tiempos de crisis, la fe suele adquirir renovados bríos; profetas, santos y evangelistas adquieren un nivel de popularidad que ya quisiera para si la misma Lady Gaga y conceptos como democracia, libertad de creencia, igualdad o humanismo se convierten en términos subversivos que pueden condenarte a la lapidación si los depositarios de la fe logran oírte. El poder secular palidece y el gobierno -que suele basar su poder en la manipulación de los medios de comunicación- flaquea o, sencillamente, desaparece.

miércoles, 23 de marzo de 2011

El Club de la Pelea: No hay mejor manera de ver la vida que con el ojo morado

La primera regla del club de la pelea es no hablar del club de la pelea. Eso lo sabemos todos y por eso nos mantenemos en silencio, aguantando los rodillazos en los testículos que nos da la vida cada vez que puede. No pronunciamos ni una queja cuando el jefe nos humilla frente al grupo de colegas que, en conjunto, no suman la masa encefálica de un caracol de borgoña. Nos mantenemos impávidos ante la imagen de nuestra novia acostándose con el abuelo de nuestro mejor amigo. No hacemos más que mover los labios sutilmente para elaborar nuestra mejor sonrisa de medio lado cuando cerramos la puerta del automóvil con nuestros dedos en medio. Ya llegará el sábado y el animal amaestrado que se endeuda con tarjetas de crédito para comprarse amanerados mojitos y teléfonos celulares podrá salir del bolso rosado de Paris Hilton y reventarse a patadas con cualquier hijo de vecino que acaba de sacarse el traje de oficinista. Es que sólo con los dientes bien rotos podremos tolerar la llegada de cada lunes

miércoles, 16 de marzo de 2011

Especial Zombie (2): La Guerra Mundial Z

La guerra es parte esencial de la naturaleza humana. Aceptémoslo: Por mucho Gandhi y ONG en el mundo, seguiremos peleando entre nosotros, porque no existe otra raza lo suficientemente fuerte como para servir de catalizador para los apetitos asesinos de nuestra especie.

El objetivo de toda guerra, es -además del homicidio no penado y hasta aprobado- es minar la moral del enemigo, demostrarle que somos los más fuertes, los machos alfa y que deben someterse a nuestros designios.

Pero imaginen que, de pronto, la guerra se lleva a cabo contra un ejército que avanza como langostas, sin moral que minar, sin líderes que asesinar o comprar, sin esquemas tácticos que descubrir y contraatacar. Un ejército que avanza bajo la simple premisa de atacar día, tarde y noche. Un ejército donde no hay soldados que lo sean por un sueldo, por la esperanza de una visa y que no tenga siquiera un objetor de consciencia o un puñado de dubitativos románticos que crees que la barbarie no es correcta. Por si fuera poco, imaginen que éste ejército tiene una cantidad inagotable de reservistas dispuestos a entrar en acción y que esos soldados suplentes se encuentren entre tus propios compañeros. Imaginen que la única posibilidad de cese de hostilidades tenga que ver con la extinción de uno de los dos ejércitos.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Filosofía Barata: Alcen la mano los panas de Nietzsche

Hace un tiempo pasmosamente largo (aunque en mi mente sea sólo como un suspiro o el parpadeo que debe significar la carrera de los Stones para la eternidad de Dios), en el siglo pasado aún, un escritor noruego decidió hacer una especie de "Introducción a la Filosofía para Dummies" para lo que, basándose en el inmortal "Mujercitas", crea una historia sin historia en la que fue insertando una síntesis bastante didáctica de los greatest hits de la filosofía universal. El experimento resulta bastante entretenido y vas creyendo que en realidad es una novela lo que está en tus manos, hasta que casi al final, sino al final, del libro, descubres que te han timado y te han vendido gato por liebre: Tu novelita rosa con ínfulas de Arjona, es en realidad uno de esos libros para intelectuales que fuman mucho, no combinan la ropa y nunca tienen trabajos de ocho horas bien remunerados. Curiosamente nadie destapó semejante Watergate y el criminal siguió impune, siendo traducido hasta en 54 idiomas y convirtiendo a "El Mundo de Sofía" en uno de los pocos éxitos de no ficción de la historia.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Del Crepúsculo al Amanecer: (Spoiler) Bella goes wild

Stephenie Meyer y J.K Rowling tienen en común no sólo el ser mujeres que han escrito historias fantásticas para púberes y adolescentes con un sorprendente éxito comercial sino también comparten una sólida base religiosa que les ha permitido no sólo forrarse de dinero a un punto en que la mayoría de nosotros ni siquiera podremos llegar a imaginar jamás sino que -bajo el traje de hechicero o la brillante piel sin arrugas de un vampiro- han podido esparcir a nivel mundial el dogma central de la moral cristiana, que es: El sexo sólo es bueno, si se practica dentro del matrimonio. Es por eso que los personajes de ambos universos suelen pasar tranquilamente por la vida, sin poluciones nocturnas ni hormonas alborotadas, y hasta los no muertos saben de los beneficios que reporta el consagrar un casto amor a la bendición eclesiástica.