Aunque haya quien considere que el origen de la moderna mujer urbana se halla en los remotos años sesenta, en la liberación sexual y en la quema de sujetadores; nada más lejos de la tribu que hoy nos ocupa que aquella ilusa fémina que predicaba la ruptura de ataduras morales, el sexo colectivo y sin falsos pudores o la comuna en reemplazo de la familia. Pretender una relación de ascendencia entre estas dos especies, es tan equivocado como suponer que el homo sapiens proviene de los neandertales o que el modelo económico chino ha evolucionado a partir del maoísmo.
Podemos hallar el verdadero origen histórico de tan peculiar especie, en las postrimerías del siglo veinte y los primeros años de este nuevo siglo. La tragedia contemporánea Sex and the City, fue un punto de inflexión en la forma de percibir, y percibirse, al mal llamado sexo débil. A partir de la serie, y sus posteriores, e inolvidables, películas, millones de mujeres en la Tierra descubrieron lo que ya era una verdad a gritos: Las ocupaciones tradicionales del género femenino como criar hijos, atender maridos y dedicarse a los quehaceres domésticos o, cuando mucho, tener una carrera complementaria a la de aquél, se hallaban desfasadas. La mujer había alcanzado un punto de desarrollo en el que, no sólo debía de renegar de esas ocupaciones indignas -que ahora pasaban a ser labores de inmigrantes -o del proletariado. en el mejor de los casos- sino que debería atender a su desarrollo individual por encima de todo.
Podemos hallar el verdadero origen histórico de tan peculiar especie, en las postrimerías del siglo veinte y los primeros años de este nuevo siglo. La tragedia contemporánea Sex and the City, fue un punto de inflexión en la forma de percibir, y percibirse, al mal llamado sexo débil. A partir de la serie, y sus posteriores, e inolvidables, películas, millones de mujeres en la Tierra descubrieron lo que ya era una verdad a gritos: Las ocupaciones tradicionales del género femenino como criar hijos, atender maridos y dedicarse a los quehaceres domésticos o, cuando mucho, tener una carrera complementaria a la de aquél, se hallaban desfasadas. La mujer había alcanzado un punto de desarrollo en el que, no sólo debía de renegar de esas ocupaciones indignas -que ahora pasaban a ser labores de inmigrantes -o del proletariado. en el mejor de los casos- sino que debería atender a su desarrollo individual por encima de todo.
