lunes, 18 de agosto de 2014

La Civilización del Espectáculo: El Marqués se tapa la nariz ante la plebe

Mario Vargas Llosa suele resaltar su condición de arequipeño, a pesar de no haber hecho en esa ciudad más que nacer; pues, pasó la totalidad de su niñez y juventud entre Bolivia, Piura y Lima, ciudades que han influenciado grandemente en su obra; principalmente, en sus primeras épocas de escritor. 

Arequipa, a sus libros o a su vida, no le ha dado nada; pero él no se cansa de publicitar su arequipeñismo. ¿Será por la magnificencia que evoca el nacer al pie del majestuoso volcán Misti? ¿Será la sangre rebelde y creativa que tenemos todos los arequipeños? ¿O será que, como todos, Vargas Llosa ha cedido al impulso del espectáculo y, definitivamente, suena más poético el nacimiento en una ciudad andina que, mal que bien, conserva un cierto hálito legendario (pero no tan lejos del mundo, como una recóndita Cochabamba) tomando distancia de ese provincianísimo desierto que era la Lima del siglo XX y del calor húmedo de una Piura que lo hubiera acercado más a la caribeña cosmovisión de su némesis García Márquez (¡Horror de horrores parecerse al naco con guayabera!)

Aceptémoslo, (mientras bebemos un vaso de cognac Jenssen Arcana, nos fumamos un Cohiba Behike 54 y escuchamos el Canon en Re Mayor de Pachelbel) Vargas Llosa se ha pasado los últimos 40 años tratando de construir su propio realismo mágico; claro que, más que realismo ha buscado pasar de un oscuro, o más bien mediocre, origen sudamericano, a una alta realeza europea; y lo único de mágico que ha logrado, es convertir dos apellidos en uno compuesto, primero; y en título nobiliario, después. 


Naturalmente, el primer Marqués de Vargas Llosa puede tener las ansias arribistas que desee y eso no nos afecta en lo más mínimo; ni tampoco disminuye el aprecio que tenemos por sus libros una vez pasada esa adolescencia en que creíamos que toda novela debía hacernos una cicatriz en el corazón para considerarla buena.


Vargas Llosa es un estupendo escritor. Uno de los pocos latinoamericanos de su época que no se regocija, masturbatoriamente, en los adjetivos;  con una fluidez en su prosa, casi angloparlante. Sin embargo, por mucho que le pese, no es un autor universal. No tiene la complejidad de Joyce ni la sutileza de Borges. Carece de la claustrofobia emocional de Kafka y de la profundidad psicológica de Dostoievski. Incluso le falta la cursilería místico tradicionalista de García Márquez, que hace que miles duerman con sus libros junto a la almohada.


Como ya lo dijimos hace mucho, es un constructor de libros bien escritos que te atrapan desde las primeras páginas y que no puedes dejar hasta terminarlos. Pero que, luego, se van diluyendo en tu mente hasta recordar, apenas, el argumento. Mario, por supuesto, odia eso. Su ego es infinito; su afán de trascendencia, enorme; y su resentimiento, absoluto (Como ha sufrido, en carne propia Fujimori). Por ello, reniega de ser un escritor tan bueno como Murakami o Hemingway. Este último, denostado en su ensayo "La Civilización del Espectáculo" como uno de los representantes de esa literatura efímera, en la que, por supuesto, no se reconoce.

Ese "pequeño" ensayo, como lo define, modestamente, el mismo Vargas Llosa, aunque él lo vea como el estudio definitivo sobre el postmodernismo y la muerte de la civilización occidental (ninguneando en el camino a Derrida, Foucault -de quién disfruta, socarronamente, sus sofísticos ensayos- y a cualquier otro que no acepte, religiosamente, el derecho de la élite a monopolizar la verdadera cultura, la alta cultura -como le llama, afectadamente) es, en realidad, un triste aviso de la llegada a la ancianidad del último grande del boom (La falta de originalidad es tan clamorosa, que hasta el título lo ha copiado, descaradamente, de un ensayo de 1967 de Guy Debord; aunque, claro,  para Mario La Société du Spectacle solo es un nombre "parecido" al suyo). 


Sus 170 páginas se resumen en: La civilización ha degenerado en el culto al espectáculo. Nada más. Para decir eso pudo usar su cuenta de Twitter y aún le hubieran sobrado 87 caracteres. Ni qué decir de las 174 páginas de verborreica nadería que entrega a los amantes de la forma (de los que despotrica) y de la tapa dura, que son, finalmente, el target principal de las editoriales.

Aunque, buscando arduamente en cada página del libro, se encuentra un par de ideas que, aunque no tienen que ver directamente con el objeto del ensayo; son, en cierto modo interesantes:


1° Si bien, la verdadera cultura ha muerto y lo que queda no vale la pena ni para matar el tiempo en el baño; la culpa no es sólo de esas ideas progresistas que le hacen tanto daño a la humanidad; sino, fundamentalmente, de esa multiracialización de la venerable Europa, producto de migrantes zaparrastrosos que, a diferencia suya, no han sabido olvidar sus propias costumbres y convertirse en dignos ciudadanos del primer mundo. Su defensa de la prohibición del uso de la burka en las escuelas occidentales "en aras de la libertad" arrancaría lágrimas de placer a Donald Rumsfeld.

2° El erotimo es bueno, porque pertenece a la alta cultura. La pornografía es mala porque pertenece a la plebe. La facilidad con que tenemos sexo en la actualidad ha hecho que se pierda el elemento más importante del sexo, tal es: La imaginación. La falta de sexo nos lleva a la reflexión, a la invención de sucesos en los que el acto sexual solo es el mcguffin de la expresividad literiaria; y que, para el onanismo en las altas esferas, es más grato el Lolita de Nabokov que un clip de BDSM de 7 minutos. El sexo sin límites es para los perros y para las masas. Las élites, en cambio, hacen el amor y fantasean, lúbrica y artísticamente, dentro de sus monogamias. Es decir, hasta los genitales del buen Mario tienden al elitismo.

Finalmente, pienso que Vargas Llosa tiene razón cuando precisa que no puede existir una cultura popular como verdadera cultura (En el sentido de considerarlas actividades que te llevan a alcanzar el placer por si mismas); ello se debe a que tal cultura popular busca, como objetivo principal, matar el rato. Su condición es, definitivamente, efímera y no pretende, salvo en almas excesivamente simples, alcanzar mayor trascendencia. 

Sin embargo, para Mario, dicha cultura popular es la única que existe en la actualidad. El sentido estético ha muerto, al haber perdido, la civilización, al crítico encargado de señalarte el camino correcto de la belleza creativa para que logres disfrutarlo verdaderamente (Por supuesto, el crítico se dirige a la gente bien pensante, con alto poder adquisitivo y buenas relaciones. Los otros, tienen que trabajar y no perder el tiempo en cosas que no les permiten tener mi automóvil con el brillo adecuado). Varguitas da como ejemplo, entre otros, a Chris Ofili y sus esculturas de mierda de elefante, sin pensar que tales manifestaciones pseudo artísticas, desde Warhol, no existen para la gran masa (Que con el reguetón, telenovelas, gatos en el Youtube y Esto es Guerra, tienen más que suficiente para cubrir sus inquietudes intelectuales), sino para la misma élite cuyo fallecimiento llora plañideramente.

Por otro lado, a pesar del consumismo -que no negamos es nefasto para toda expresión humana- la cultura o alta cultura, como prefieran, sigue existiendo. Transformada, quizás, pero aún fuerte. Sigue perteneciendo a unos pocos (unos pocos más que antes, pero jamás podría considerarse de consumo masivo). Naturalmente, desde el advenimiento de la Internet, la élite que la crea y consume ha cambiado. En la actualidad basta que te conectes a la red y, con un poco de esfuerzo y constancia, logres encontrar aquellas obras que te satisfagan, con guía adecuada incluso, o evitarla si lo prefieres. Ya no tienes que haber nacido dentro de una élite o haber llegado a ella para acceder a la cultura. No tienes ni que aguantar las ínfulas pedantes del gurú intelectual de turno para que te preste un libro. Puedes ser un obrero de construcción y no, solo, el hijo de un embajador para acceder a la cultura. Además, los parámetros de belleza siguen existiendo y la bazofia es evidente, por mucho que la industria cultural oficial, y Vargas Llosa, digan lo contrario. Eso, por supuesto, hace que el corazoncito se le parta a Marito, porque ya no se siente especial ni por eso ¡Tanto ganar un Nobel, para nada!

Es claro que la mayoría seguirá compartiendo fotos de comida en el facebook y salvando perritos con sus firmas; o pagando millones por un trozo de mierda que se les vendió como arte. Esa es la civilización del espectáculo. La otra, la civilización de verdad aun existe, por mucho que los likes de Combate, y Vargas Llosa, digan lo contrario.