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martes, 15 de octubre de 2019

El Joker: De bofetones y cosquillas

Aunque parezca una sola película, el Joker nos cuenta una historia dentro de otra, como matrioshka rusa. La primera de ellas, de la que habla todo el mundo, es la de la caída en el abismo de la locura, recreada a la perfección por Joaquin Phoenix, quien construye un personaje enternecedoramente trágico que termina convertido en un chiflado homicida y, por azar, en un símbolo del reclamo social, o de la anarquía, si lo prefieren. 
Ahora bien, aunque la película intenta, o nos hace creer mediante torpes e intencionados paletazos con brocha gorda, mostrarnos un “monstruo que llegó a serlo por culpa de la sociedad”, la degradación del personaje no tiene que ver con “lo dura que está la calle”, sino, más bien, con su enfermedad mental. Veamos: Arthur jamás fue una persona normal. Su problema no era la timidez o la falta de gracia. Ni siquiera su risa histérica. Lo eran sí, la esquizofrenia y un trastorno maniaco bestialmente contenido con fármacos, así como los traumas del abuso infantil, también reprimidos con pastillas. El “monstruo” estuvo siempre allí, solo que se hallaba encadenado. Es por eso que el payaso sufre hasta el momento en que deja el tratamiento. Me atrevo a presumir que la descarga de adrenalina que sobrevino a sus primeros asesinatos (puramente impulsivos, pues no parece disfrutarlos en un primer momento) fue lo suficientemente fuerte como para terminar de expulsar de su cerebro los restos químicos (que ya no le quedaba mucho, tampoco, desde el recorte presupuestario del ESSALUD de Ciudad Gótica) y disfrutar de su yo, sin restricciones. Ese baile en el baño es una Epifanía de reencuentro interior y como nos dice ese dogma milenial,  ”Debemos aceptarnos como somos para alcanzar la felicidad” y eso es, justamente, lo que hizo el Guasón. Ahora bien, ya no es su culpa que su yo interno no le llevara a “viajar donde el destino lo lleve porque el dinero se recupera pero la vida no” sino a asesinar a quienes, consideraba, lo habían agredido.
Al respecto, hay un detalle muy interesante: Aunque lo disfrutara, nunca mató a nadie que bajo su punto de vista no lo mereciera. En ese sentido está muy lejos del sociópata que construyó Heath Ledger en el Caballero Oscuro y mucho mas cerca del Batman de la misma película (Aunque este último tenía una visión mesiánica que recuerda a una patología diferente).  El Joker de Phoenix no dañó a nadie que no le hiciera algo malo, ni siquiera al enano que deja ir aún sabiendo que lo denunciaría, simplemente porque aquel nunca lo trató mal. 
La actitud del Guasón es un poco lo que haría cualquiera de nosotros si no nos viéramos cohibidos por el miedo a las consecuencias -como la cárcel- las que, recalquemos, a un enfermo mental como el Joker difícilmente le importarían en en ese momento. Entonces, el filme nos muestra que Fleck no es, particularmente, peor que cualquiera de nosotros, simplemente las circunstancias y la ausencia de fármacos lo pusieron en una situación que se tornó irreversible. Entonces, podríamos argumentar que sí fue la gente la que lo llevó a asesinar. Pero, repito, en una situación en que la discriminación lógica está hecha pedazos (recuerda algunas de tus borracheras para que tengas una idea),todos actuaríamos más o menos igual. Las personas no son virtuosas por naturaleza y esa es la razón de las leyes y de la policía: Contenernos. 
Sin embargo, cuando la sociedad está construida para pisotear al débil, al diferente, al pobre, al extranjero y para ensalzar, moral y materialmente, al rico (como sucede con papá Wayne en la película o con “que noble es ese multimillonario que tiene una fortuna que no podrá gastarse en 25 generaciones, que ha donado diez mil dólares para ayudar a poner fibra óptica en un poblado de los Andes”) y las fuerzas policiales y  los poderes del Estado cumplen el rol de mayordomos y soldados del capital, llega un momento en que ni la más feroz propaganda ni la más agresiva campaña de consumo logra contener el desencanto, lo que nos lleva a la segunda historia de la película, que a diferencia de la primera, tiene un protagonista más etéreo: la masa. 

Todd Philips sabía que la actuación de Phoenix es tan buena que los productores y demás financistas, obnubilados por el evidente éxito económico que les deparaba, no lograrían ver la lectura atrozmente subversiva que esconde su película. De todas maneras -toda precaución es poca- se protegió un poco mas construyendo ese burdo trasfondo “social” de que la creación del Joker es, en parte, culpa de los recortes en medicinas y de la “gente sin corazón”. Y es que probablemente sin eso, la película hubiera sido muy sospechosa para escapar de la censura. ¿Y qué es lo que nos muestra, entonces? Pues, simplemente, el desencanto del que hablábamos en el párrafo anterior, que, como la enfermedad del Guasón, va creciendo hasta ser incontenible. Por supuesto se nos dice, también, que el millonario de buen corazón hubiera logrado el cambio, pero lo mataron (otra concesión a los productores que ven en esto propaganda de la buena) pero, sutilmente, insinúa que el “moralmente virtuoso” papá de Batman es un tremendo hijo de puta que se acostó con su sirvienta y cuando se sintió con algún derecho sobre “el patrón”, no dudó en encerrarla en un hospital psiquiátrico, un millonario para quien el pueblo no es más que un grupo de payasos, monos que no entienden que la sumisión es el único camino para el orden, un orden que solo él y los que son como él pueden darles. Para Wayne, como para cualquier rico, el pueblo no es más que escoria que le mancha el zapato y hay que limpiársela. Sin embargo, la inmensa seguridad que les brinda el poder y la propiedad de los medios de comunicación, hace que no se den cuenta que el pueblo no solo está consciente de ese desprecio, sino que, poco a poco, también va percibiendo que el sistema busca aprisionarte, aplastarte y venderte la ilusión de felicidad (representada en la película por el programa de televisión de De Niro). En cierto momento la gente empieza a dudar de que el trabajo semi esclavo y los ingresos ínfimos les brinden alguna esperanza para el futuro, así los libros de autoayuda les digan que “el pobre es pobre porque quiere”, especialmente si, con la internet, tienen para comparar sus vidas a las de los Waynes del mundo. Pero -y aquí está lo subversivo- Philips no nos vende la idea romántica de que “el pueblo logra acabar con las injusticias cuando toma conciencia de su poder”, pues la masa puede estar colérica pero los siglos de condicionamiento la han convertido en una mayoría estúpida y servil. La combustión social puede generar un incendio pero no para destruirlo todo y construir algo nuevo donde ellos -y todos- sean importantes, sino, simplemente, están esperando un nuevo líder, un nuevo dueño a quien servir, pero que represente sus fobias y que canalice sus resentimientos. Alguien que les dé carta abierta para ser ahora ellos los hijos de puta. No importa si este alguien no tiene un discurso estructurado, una propuesta concreta. No importa, siquiera, si los reclamos populares le importan un comino al novísimo paladín. Solo necesitan un ícono que legitime sus barbaridades pues no quieren acabar con injusticias de ningún tipo, sino reemplazar, ellos mismos, a las élites en su impunidad y abuso. No importa si ese ídolo de barro es Trump o el Joker o Hitler. La masa solo esté esperando construir un tirano que les prometa oprimir a los otros, hasta que claro, los termine oprimiendo a ellos, como siempre. Esa es el mensaje desolador del filme. La otra, la parte del Gausón, es solo la evolución de una enfermedad sin tratamiento.

lunes, 30 de abril de 2018

Avengers: El Che Guevara puede jubilarse

 Las películas de Marvel, luego de unos tropiezos iniciales han logrado algo que a DC le cuesta demasiado: Tener una identidad. No importa quien las dirija o cual superhéroe sea el protagonista, salvo menores o mayores aciertos en los guiones, al final cada película siempre parece la continuación de la anterior. Pero si bien el mantener una personalidad ha logrado darle continuidad al MCU, también le ha obligado a mantener un núcleo -en recursos argumentales y personajes- del cual no ha podido separarse ningún filme nuevo, a riesgo de convertirse en un nuevo "The Increíble Hulk" (la que pese a sus defectos inmensos fue la última que trato de tomarse en serio el Universo Superheroico, error, por otra parte, en el que sigue cayendo DC). 
Entonces, cuando uno va a ver una película de Marvel no espera ni que le cambie la vida, ni desentrañar complejos subtextos, ni angustiarse por el destino de nuestros héroes o por el de la humanidad. Nosotros vamos por los chistes y por las peleas y, en esos dos aspectos, Marvel cumple a las mil maravillas. El humor funciona en varios niveles, desde el slapstick y el chiste práctico al diálogo ingenioso y la burla sutil hacia los estereotipos que representan los Vengadores. Este humor, comedido pero, también, desbordante hace que difícilmente caigamos en la trampa de tomarnos en serio el momento pseudo dramático (pero en dosis justas, que tampoco estamos hablando de Park Chan Wok), que es indispensable para disparar la escena de acción principal.
Una película de Marvel tiene más o menos la siguiente estructura: Presentación del o de los superhéroes de turno - Diálogo ingenioso - Momento tenso ante un peligro inesperado en el que conocemos al antagonista - Solución del problema - Se minimiza la amenaza o -de tratarse de una película coral- se reconoce el peligro y se convoca a los otros personajes. - Tensión entre los personajes - Dialogo ingenioso - Explota el conflicto entre los héroes - Los protagonistas son vencidos en el momento de su desunión - Entienden que deben estar juntos para ganar - Se unen de nuevo - Dialogo ingenioso - Pelea final - Triunfo - Dialogo ingenioso - Escena poscréditos que nos sirve de adelanto para la siguiente película.
Y eso es todo, simple pero efectivo, como la comedia romántica. Sin sorpresas pero con emociones básicas a raudales, saliamos del cine con la excitación de uno niños pequeños (y no como que nos hubieran tratado como a niños). 
Por todo eso esperaba más de lo mismo de la penúltima película de los Vengadores. Como mucho que terminara en el momento de "tensión en que parece que van a perder" puesto que en verdad solo estaríamos a media película y tendrían tres horas màs para deshacer los entuertos de los villanos. En realidad,  esperaba menos ya que con el mar de personajes que tenían que aparecer en pantalla asumí que con que tomaran lista ya se iba la mitad del metraje. Supuse que necesariamente se reflejaría la tensión de cuarenta y pico de egos tratando de demostrar la trascendencia de su personaje. Además que la imagen de Thanos daba más para un absurdo compinche de Skeletor que para "el villano más malvado del Universo". Por si fuera poco, pensé que Shuri, la hermana de Black Panther (que ha logrado que en mi corazón le diga "no eres tú, soy yo" a la Viuda Negra) no aparecería esta vez.
Sin embargo, quizá porque tienen esa película extra para volver al guión predecible o porque luego de diez años ya los fanáticos habían envejecido lo suficiente para que les digan que Papa Noel (quizás) no existe, han logrado un filme que si de verdad fuera el último, sería un broche de oro para un universo de bronce. La acción es trepidante; los personajes encajan perfectamente y no se les siente metidos con calzador, parece que todos aportan algo (al menos en un primer visionado); y, lo más importante: Thanos, es el primer héroe de verdad de toda la franquicia.
Porque, imaginemos que los superhéroes fueran reales. ¿No te indignarías, querido lector, de que solo usaran sus habilidades para mantener el penoso status quo de nuestra civilización? Ni acabar con las guerras, ni con la pobreza, ni con la injusticia ni con el calentamiento global ni con el tras de Bad Bunny. Simplemente están allí para defender al mundo, o debería decir, al capitalismo corporativo, de amenazas extraterrestres. - Para todo lo demás existe Mastercard -parece que nos dijera Tony Stark enfundado en su traje a medida de 5000 dólares (Lo cual es curioso, porque su personaje fue el único que al inicio de la franquicia intentó hacer algo real con su poder. Recuerden lo de "privaticé la paz mundial". Aunque, claro, Marvel reaccionó a tiempo para no espantar capitales, resucitó a Hydra para usarla como los Illuminatis del MCU y dejar tranquilo al sistema "porque funciona y nuestros héroes solo tienen que permitir que lo siga haciendo").
Entonces, de pronto en un lugar muy lejano aparece un tipo sin mayores poderes pero con una voluntad de hierro y una meta altruista: Salvar al Universo. Como todo aquel que intenta cambiar realmente las cosas, es incomprendido, acusado de genocida, tildado de villano. A medida que va ganando más poder, en lugar de aburguesarse se mantiene incólume en sus principios. Thanos no busca poder ni gloria, solo busca la salvación de la vida y, ninguno de los que se le enfrenta llega a proponer, ni remotamente, una solución alternativa. Están tan acostumbrados a que todo se vaya a la mierda progresivamente, que no ven que haya un problema; es más, ni se lo plantean (Lo cual puede deberse a que los Avengers pertenecen al sector privilegiado de la galaxia, a ese 1% del Universo que tiene asegurada su vida y la de sus nietos). Thanos sacrifica a su familia (Gamora), porque sabe que su ideal es más importante que sus egoístas amores. Mientras por el lado de "los buenos", la mezquindad llega al punto de no importarles que la mitad de Wakanda muera para salvar a Visión. Y es que para los Vengadores, "toda vida es importante" siempre y cuando esté dentro de su grupo social o, por lo menos, dentro de su número de Dunbar. Estoy seguro de que si Thanos firmaba un compromiso asegurando no destruir a ningún ser de los planetas amigos de los Avengers y a mantener  intactas las "democracias" occidentales, le entregaban sin ningún problema las gemas del infinito y lo invitaban a comer shawarmas en los poscréditos. 
Por eso es una maravilla esa parte final de la película cuando parece que Thor lo va a vencer ¡pero no! Por primera vez en el MCU aquel que tiene todo para ganar gana, sin importar sus motivaciones (Claro que el polvito en que se convierten muchos y la frase de Spiderman, en especial, son de lo más cursi que puede existir, pero no pidamos milagros tampoco) y, Thanos muestra, finalmente, lo prístino de su idealismo retirándose a un lugar remoto y mostrando esa sonrisa pacífica de quien ha cumplido su deber a pesar de todo. Tiene las gemas que lo convierten en el ser mas poderoso del universo y se va de ermitaño. Si eso no es nobleza absoluta, ya no sé lo que es. 
Tristemente, en la segunda parte, que debería llamarse "El Capitalismo Contraataca", sus conquistas se las llevará el viento, mientras los esclavos aplaudirán y aullarán alborozados en la boda fastuosa y multimillonaria de Tony con la dueña de Goop, con lo que seguramente cerrarán el ciclo de la franquicia.

sábado, 25 de febrero de 2017

La, la, land: El Amor es un Cuento (O un musical)

Cuando vi que La, la, land había alcanzado el récord de 14 nominaciones al Óscar, casi tuve la certeza de que estábamos ante la reactualización de ese bodrio insufrible (Ganadora de Óscar, por supuesto) que es Shakespeare in Love. Si hubiera tenido como protagonista a la insoportable Gwyneth Paltrow no me hubiera molestado ni en escupir en su póster promocional; pero en su lugar estaba la, generalmente, entretenida Emma Stone; además, Ryan Gosling, el perdedor más cool del cine contemporáneo. 
Por si fuera poco, el director Damien Chazelle, ya en esa joya minimalista  que es Whiplash nos había demostrado que si hace cine es para que el vulgo, que usualmente rasga sus oídos con esas gilletes que representan Kanye West o Selena Gómez (O el Shaky Shaky  o Maluma) escuche jazz (que, ¡Oh, sorpresa! no había sido solo el nombre del amigo del príncipe del rap). 
Así que, con ciertas reservas, había que darle una oportunidad a su visionado.
El resultado fue más allá de lo esperado. Si bien estamos ante una historia predecible (Y sí, sospechosamente parecida a Shakespeare in Love, incluso en el final de un amor no por falta de amor); la película nos ofrece, también una banda sonora increíble, tremendamente emocional  (salvo un par de musicales infectos puestos con calzador para que quede claro que estamos ante un "homenaje" a la "Edad Dorada" de Hollywood) y llena de jazz por todo lado. También está City of Stars, una canción que está destinada a convertirse en uno de los pocos clásicos románticos que no provocan arcadas (como si lo hacen My heart will go on o I will always love you). Justo con esta canción asistimos al momento más emotivo de la película (aún más que el final) cuando Sebastian toca el piano y Mía canta con él. El juego de miradas, las risas que interrumpen la canción. El conjunto de todos los elementos nos hace pensar en un amor sin drama ni tragedia, un amor sencillo y cotidiano al que le importan muy poco los planes, los objetivos, las cláusulas no escritas del contrato que es en verdad una relación. Por supuesto, como en la vida, ese amor dura lo que un suspiro.
La otra escena emotiva, se da, como cualquiera que haya visto la película lo sabe, al final, con esa retrospectiva al "pudo ser" de los personajes mientras, como no, la música nos hace sentir que somos nosotros quienes estamos teniendo los recuerdos, terminando en una desgarradora imagen de Sebastian tocando las notas finales de City of Stars (Que de pronto ya no es la canción de amor, sino la de nostalgia, la de despedida, la de soledad). A propósito, si bien puede parecer que se nos dice que las cosas terminaron entre ellos fue porque tomaron decisiones equivocadas; la verdad es que la escena es más una mala representación del "eres arquitecto de tu propio destino" porque salta a la luz que son muy pocas las cosas que, de verdad, pudieron haber cambiado y que, seguramente, no hubieran influido en su separación.
Vemos, entonces, que la película es lo suficientemente mediocre para ganar no uno, sino una mochila llena de Óscares (Ya sabemos que últimamente la mediocridad es el requisito central para su obtención), pero que musicalmente cumple sobradamente.
Sin embargo, debemos aclarar que el cine difícilmente es inocente, salvo que se trate de filmes increíblemente malos como los de Leónidas Zegarra. Por lo general, y más aún en una película CONSTRUIDA para aspirar a todos los premios y al fervor del público, lo que menos se espera es que pase desapercibida para lo profundo de tu psique (de tu lado consciente solo importa que pagues la entrada) y es mucho más lo que esconde que lo que muestra. Entonces ¿De qué trata realmente La, la, land? Primero que nada, es necesario recordar la influencia de la política en el cine comercial estadounidense. Mucho de lo que se filma y comercializa está influido directamente por el entorno socio político, especialmente cuando este es conservador. Así tenemos la inmensa popularidad de los héroes de acción nacionalistas en los ochenta, cuando el régimen de Reagan estaba en su apogeo. Lo mismo podemos decir de los musicales en el período de la caza de brujas de McCarthy, que era la mejor forma de no arriesgarse a la censura y, de paso, alabar los valores judeo cristianos del "american way of life", con pasitos de baile y felicidad forzada (y muy, pero muy poco uso de neuronas para entender películas que la mamá gallina del gobierno se encargaba de digerir por el pueblo).
¡Un momento! -seguramente me detendrán y agregarán sabiamente -¿Si La, la, land es un musical, estás diciendo que, en realidad, se trata de un producto destinado a la estupidización masiva utilizando métodos clásicos y manipulación emocional con el fin de exaltar valores conservadores que han vuelto a salir a la luz en una sociedad xenófoba y prejuiciosa que acaba de elegir como presidente a Trump, con lo que se inicia una era de neo fascismo comparable a la del bendito Mc Carthy? Y sí, queridos lectores, no lo hubieran podido decir más claramente, así que solo me queda aclarar unos puntos, para los pocos despistados que aún ven en ésta, simplemente una historia de amor convencional matizada por dulces melodías.
1° Trump es un comerciante, un hombre de negocios y su cosmovisión monetaria se ha convertido en un paradigma (No gracias a él. Él es, simplemente, el resultado de tanto reenginering, de "el cielo es el límite", de "dar el ciento veinte por ciento" y estupideces similares cuyo fin es la esclavización voluntaria y feliz de los consumidores). Es por eso que, si bien se nos cuenta una historia de amor, se deja en claro que ésta tiene que terminar porque es incompatible con la consecución de los objetivos profesionales de los protagonistas. Ambos son un lastre en sus objetivos empresariales (entendiendo sus talentos como "su empresa") y tanto besito, ternura, cancioncitas y bailecitos estuvieron bien, pero ha llegado el momento de madurar y convertirse en elementos productivos de la sociedad porque cuando uno está enamorado, te importan una mierda la buena marcha del sistema y la compra compulsiva de objetos como sustituto de la felicidad, y tu productividad un tanto de lo mismo, así que ya, a mirar para adelante sin penas, que lo mejor está por venir una vez que renuncias a esas banalidades sentimentales.    
2° Trump, además de práctico, es un "hombre de familia" y entiende que el fin de una pareja es la procreación, pero no la de razas inferiores, de adolescentes o de white trash, ¡No! Procrear, tal como lo enseña la Biblia es la concepción de hijos caucásicos en hogares millonarios, con el fin de amaestrarlos para cuidar las pertenencias del 1% al que pertenecen. Entonces, en el filme vemos que Mía se casa con un presumible productor de cine, ella misma es una estrella famosa, así que al haber alcanzado "el éxito", se puede permitir la procreación de una hija. Los pocos segundos que asistimos voyeurísticamente a su vida familiar, vemos la cordialidad desapasionada que se espera de "una familiar bien" donde el deseo ocupa el lugar 78 de las prioridades domésticas. Sebastián, por otro lado, también ha alcanzado sus metas, pero al no cumplir el standard mínimo de la fertilidad productiva que se espera de un elemento consciente de la sociedad, se nos muestra más solo que la una; pero, claro, satisfecho con su lugar de macho gamma (que come bien pero que no consigue a la chica), lo que se grafica en la sonrisa final que se dedica la ex pareja. Él parece decirle: "estoy orgulloso de haber gozado de tus carnes temporalmente, sabiendo que, tarde o temprano, serías fecundada por un macho alfa de verdad, para que su estirpe siga predominando sobre la plebe" y ella: "vengo otro día para que nos acostemos, que nada tiene de malo la satisfacción carnal si mantengo impecables mis funciones de madre, esposa y mujer entrepreneur". Por otro lado, como dije "el fin de una pareja es la procreación" en esta era "neocon", así que en todo el metraje no aparece ni un solo homosexual.
3° Trump ya nos ha dejado en claro que no solo el reino de los cielos sino el imperio en la tierra pertenece a los hombres blancos, así que solo aquellos de tal ascendencia tienen que pensar en el ascenso social. Por eso se nos muestra a Sebastian como un pianista fracasado, pero siempre con el sueño de abrir un bar de jazz (hasta que lo logra, una vez pone en claro sus prioridades); mientras que los músicos negros que van apareciendo durante toda la película, son felices en su lugar de obreros remunerados, sin plantearse en ningún momento su paso a la participación y beneficios del capital. "Un negro es feliz entreteniendo a sus amos blancos, como siempre ha sido y debe ser" nos dice subliminalmente La, la, land. El único personaje no blanco que tiene éxito es el compañero escolar de Sebastian que lo recluta para su grupo, y claro, se deja en claro que sus experimentos sonoros tienen como fin destruir la música y el alma del blanquísimo Sebastian, quien, afortunadamente, entre en razón luego de un tiempo. Respecto a latinos, parece que no existieran, lo que es curioso en una ciudad en la que te puedes pasar la vida sin hablar una palabra de inglés.
En suma, la película no es un tributo al "Hollywood clásico", sino al nuevo gobierno estadounidense y al pasado marginador, machista, segregador  e hipócrita que trata de reponer el anaranjado gobernante. Gracias a eso, La, la, land se asegura varios Óscares, pero, también, un lugar en el panteón de las películas más reaccionarias y la primera de esta nueva era. Al menos nos queda la música. 

lunes, 28 de marzo de 2016

Batman v Superman: O como hacer que extrañemos a Ultrón

No creo que alguien mayor de doce años hubiera, siquiera, albergado esperanzas de que Batman v. Superman fuera una gran película. El listón que había dejado la trilogía de Nolan era muy alto (en mucho menor medida la última, que hasta mataba la magia oscura de Gotham, al mostrar en cada toma publicitaria que se trataba de New York) y el nivel de Superman de Snyder era tan bajo que, dificilmente, podría haberse reinventado para esta nueva entrega. Además, es muy evidente que un personaje tan plano, como votante de Donald Trump, requiere de un esfuerzo sobrehumano para ser interesante. 

En ese sentido, poner el peso de la historia en Batman y que el hombre de acero (¿Porqué le seguimos diciendo así, si existe un Iron Man?) sea solo el antagonista, primero, y el sidekick después, hubiera sido una decisión acertada, en caso de que el personaje del murciélago estuviera correctamente construido, lo que no sucede en absoluto. El Batman de Affleck carece de matices (Por las limitaciones actorales del propio Ben y por un guión que raya en lo absurdo y un cuerpo exageradamente musculoso para el Batman otoñal que pretende ser) y las motivaciones para el conflicto entre los dos héroes llevan a las lágrimas, pero de risa, por lo absurdas.

Las películas de Nolan tenían un subtexto muy interesante representado por sus villanos: En la primera, la Liga de las Sombras recreaba el fundamentalismo moral (O religioso, como prefieran), que por buscar la purificación espiritual de la sociedad, no duda en destruirla. En la segunda, la anarquía absoluta representada por el Joker, que se rebela ante "los buenos y los malos" que son tan necesarios para que una sociedad funcione y busca dinamitar una sociedad absurda, basada en retorcidos códigos (aquí un análisis de esos filmes). La tercera tiene en Bane al demagogo antimercado que ataca el sistema económico representado por Wall Street (Para los intereses de otros poderosos) y en Talia Al Ghul al reflejo de "la nueva ecología de mercado", cuyas aparentes buenas intenciones ocultan que son solo otra cara de la misma moneda y cuyo afán de cambio es una excusa para estructurar una nueva oligarquía.

Batman v. Superman, tiene su esbozo de crítica, pero es tan infantil y mal llevado, que termina causando vergüenza ajena. En este caso, hablamos de la discriminación al extranjero, al diferente. El problema, es que mientras es lógico que Batman (O cualquier héroe) enfrente a la anarquía o a la intolerancia, es absurdo que uno de los superhéroes, aparentemente, más inteligentes del universo DC, caiga en el prejuicio contra Superman, porque "es mega fuerte y un poder así, que no puede ser controlado, debe ser destruido". O sea, el puede estar por encima de la ley porque "es bueno" pero los otros no "porque quien sabe como serán", que termina siendo la misma lógica de Supermán (cuya oligofrenia hace que sea un razonamiento esperado en él. Recordemos que es un votante de Trump) al exigirle a Batman una jubilación anticipada sin derecho a pensión.

Obviando la penosa justificación para el enfrentamiento de los superhéroes, que de acuerdo a sus disquisiciones filosóficas previas, debió terminar en la muerte de alguno de ellos,  el que concluya con un "mira que casualidades, mi mamá se llama como la tuya. Eso significa que seremos amixers forever" ya lleva a querer morir atragantando con el pop corn gigante de tus vecinos en el cine, que parecen estársela pasando en grande.

El resto de la historia puede resumirse en "malo muy malo se enoja porque no se mataron entre ellos los héroes. Crea monstruo ultra poderoso para que los mate a los dos, sin tener mucha consciencia de que cuando acabe con ellos acabará, también, con el resto de la humanidad pues nadie más que ellos podrían detenerlo. Están a punto de perder, pero ganan. Parece que Superman muere, pero no". Y para poner el sello de indiscutible estupidez, la cámara lenta que le ponen a cada escena de Wonder Woman es absolutamente patético, por muy sexy que se vea su cabello al viento. 

Luego del visionado de esta película, uno puede pensar en madurar, dejar de perder el tiempo con personajes vestidos en mallas y tomarse la vida en serio; pero afortunadamente existe Deadpool para que esta sensación sea solo pasajera.

martes, 16 de junio de 2015

Interstellar: Cuando el desarraigo tiene forma de agujero negro

Christopher Nolan es el mejor director comercial que existe en la actualidad. Quizás no es el más taquillero ni el más talentoso; pero, es el único que tiene, en este momento, la capacidad de mantener pegados a sus asientos durante tres horas a un niño de 10 años con un leve trastorno de hiperactividad con déficit de atención y a un tipo que lleva 150 años de atemporalidad en su mente; y, hacer que ambos derramen una lágrima o se estremezcan por igual ante la desgarradora intensidad de algunas de sus escenas. Ya pasaba en Memento, en The Dark Night y en Inception. Sin embargo, en estos tres casos, conmover y entretener era más sencillo pues sus argumentos son mucho más originales que el de su última película: Interstellar.

En este caso, a pesar de tratarse de Nolan; mi expectativa sobre el filme apenas consistía en que no fuera un bodrio pedante y aburrido como "2001" o un festival de efectos especiales sin ningún contenido, como Gravity y que la pareja que del interminable ¿Y qué quiere decir eso amor? no se sentara delante; pero terminó gustándome tanto que no dudaría en tatuarme en el antebrazo izquierdo el póster promocional de la película de encontrar un precio justo, claro. Si acaso tuviera que criticar algo, sería tan solo que la última parte de la cinta es una increíble y espantosa porquería que firmaría como propia el mismísimo Michael Bay, que el final es terriblemente predecible y algunas partes del guión causan una vergüenza ajena casi comparable a la que logra "Cementerio General" en todo su metraje. 

Pero estas son cosillas menores, a las que ya nos tiene acostumbrados Nolan; pues, como lo dije anteriormente,  es el mejor director COMERCIAL, lo que significa que por mucha introspección, pensamiento político subliminal y cierto escepticismo ante los principios occidentales tradicionales; al final nos tiene que brindar una moraleja comprensible para todo público, de preferencia apelando a tontorrones valores estadounidenses, pues siempre hay que pensar en el financiamiento de la próxima película.


Volviendo a Interstellar, aunque se disfrace de ciencia ficción, en realidad es una película que trata sobre la mortalidad, el paso del tiempo y, sobre todo, el abandono parental en familias disfuncionales. El personaje principal, es el equivalente en astronauta del padre que va a comprar cigarrillos a la esquina y 45 años después todavía no ha vuelto. Claro que en su caso, está más que justificado puesto que la tienda de la esquina quedaba a un buen puñado de años luz de su casa. Allí, justamente, se encuentra el dilema moral, o mejor dicho, el conflicto emocional: ¿Vale la pena abandonar a tus hijos, renunciar a verlos crecer, a apoyarlos en el proceso de maduración, dejarlos sin padre y con la herida marcada de ese abandono, por una causa, aparentemente, superior, como la salvación del mundo o alcanzar el sueño del planeta propio? ¿Vale la pena sacrificar a la humanidad por tus hijos? ¿Vale la pena sacrificar a tus hijos por la humanidad? ¿Qué actitud es más egoísta? ¿Existe la posibilidad de que no termines siendo egoísta sin importar tu decisión?

En el caso del protagonista, la decisión es la salvación del mundo y las consecuencias terriblemente trágicas de su elección se plasman en dos escenas: La despedida sin siquiera un abrazo de la hija a la que no verá más  y que no entiende porqué tiene que dejarla (Claro que es un poco complicado decirle a una niña que si no se va, el lugar donde está parada y ella misma no serán más que polvo en pocos años); pero sobre todo, la escena en qué regresa del planeta cercano al agujero negro (donde cada hora de estadía representa siete años en la Tierra, debido a las distorsiones temporales) y  mira los vídeos que le llegaron y, de golpe, se da cuenta de lo que hasta ese momento no había racionalizado: Su pérdida es para siempre. Sus hijos han pasado toda su vida sin él y ya no hay vuelta atrás. La imagen de McConaughey entre risas y lágrimas muestran su dolor de una manera tan demoledora, que, en ese momento, todos sabemos que la decisión que tomó fue la incorrecta. El resto de la película ya no importa nada.  






lunes, 9 de marzo de 2015

Don Jon: El placer culposo de amarse a si mismo

Joseph Gordon Levitt ya se había consagrado como nuestro perdedor favorito en "500 Días de Verano", donde compartía roles con una de las musas del Periódico de a China: Zoey Deschannel; así que, la oportunidad de volverlo a ver en una película que además incluye porno y a Scarlett Johansson (Las otras dos musas de Períodico de a China) no podía desaprovecharse; por eso, casi inmediatamente (apenas a dos años de su estreno), decidimos hacer un análisis de la evolución sociológica de las relaciones de pareja a lo largo de la historia de la humanidad, en base a las actitudes ¡Cómo no! de un personaje de nuestro entrañable Joseph, en este caso: Don Jon.

El personaje en cuestión, se encuentra en las antípodas del Tom Hansen de 500 días: Es un éxito absoluto con las mujeres (De hecho, cada salida suya implica sexo con una mujer con un puntaje de 8 sobre 10 como mínimo. Lo que en el mundo real vendría a ser un 250 sobre 10); tiene un físico envidiable (el esteroico cuerpo con el que sueña todo red neck y sus diferentes variantes culturales); ni asomo de culturetismo indie (de hecho su simpleza es hasta caricaturesca; por ejemplo, su obsesión por confesarse y conseguir una penitencia menor) y un trabajo de bartender (Bueno, en eso si es tan fracasado como Tom Hansen, aunque al menos no llega a ser guionista de tarjetas de pésame).

Sin embargo, allí donde Tom Hansen buscaba el amor puro, eterno e inocente de "chick flick", que tanto suele gustar al adolescente poco agraciado y sensiblón; Jon Martello huye del compromiso con el pánico que le causaría a una niña anoréxica, un Mega de KFC. Jon es un hombre, que en apariencia, ha nacido para disfrutar de la carne, para no razonar, para ser un dios nocturno y modelo a seguir para su grupúsculo de amigos.

Claro que sus innumerables éxitos sexuales no quitan que sea un perdedor, un insignificante y reemplazable elemento de una sociedad para la que sus logros físicos son escoria, como lo es él mismo; lo que genera un círculo vicioso pues, para evitar la punzada permanente de la insignificancia, redobla sus esfuerzos en los campos en que puede sentir que es alguien: La discoteca y el gimnasio. Vamos, que hace lo mismo que probablemente hagas tú con tu vida, sufrido lector del periódico de a china, rompiéndote el lomo en un trabajo repetitivo y cuya mayor satisfacción sea el descanso médico que te regale un par de días libres, y que, para seguir con el auto engaño de la vida plena, te levantas antes de ir la oficina para reventarte el cuerpo en el gimnasio y reventarlo de alcohol en la discoteca de moda, con la esperanza de tener tu aventurilla de fin de semana.

Lógicamente, el tedio se apodera de Jon (Como de ti, claro) y el camino elegido es igual de insatisfactorio: El sexo casual puede ser una maravilla para tu sistema circulatorio y para ser la envidia de tus amigos, pero sin esa confianza que te da el conocer el cuerpo de alguien, la insatisfacción solo se incrementa luego del orgasmo.

Por eso, Jon practica una terapia alterna, casi secreta, pues la verdadera felicidad no suele ser tan glamorosa como el remedo de aquella, y se limpia de frustraciones por el camino de la masturbación. Claro que masturbarse en la actualidad no es lo mismo que hace 20 años. En el siglo XX era una combinación de ingenio, malarabismos tanto mentales como físicos y un par de musas (profesora, vecina, novia del hermano, etc) que intercalabas en aras de la diversidad; mientras, en el presente, dependes, casi exclusivamente, de tu banda ancha.

Jon, hace del sexo solitario un ritual que lo hace sentir más pleno que el compartido; al cabo, hablábamos del placer que te brinda la confianza y ¿en quien puedes confiar más que en ti mismo? Claro, me dirán que si el problema es tan sencillo, lo que el bueno de Juan necesitaba era una novia devota y futura esposa, como le aconsejaba su madre. Y la verdad, es que aunque Jon se negara a aceptarlo (porque la monogamia le confirmaría su condición de perdedor absoluto y simple repetición de su padre), bastaba la llegada de una mujer por encima de la media (en términos cinematográficos, claro, pues en la vida real, Scarlett Johansson es una quimera) para aceptar dichosamente su rendición absoluta al redil de los conformados.

Desde que ella se niega a acostarse con él en la primera cita, la relación evoluciona (o degenera) desde el capricho de posesión a la dócil aceptación de su voluntad. Superación, éxito, contención sexual, visitas familiares extendidas, todo aquello que Jon se negaba a aceptar como importante, va acaparando su vida y, obviamente, la insatisfacción va empujando desde sus entrañas hasta hacerse incontenible y llega el momento en que tiene que desfogarse por el único mecanismo que conoce (otros optarán por el alcoholismo o las drogas, como los paliativos sociales más populares), lo que no es aceptado por la dulce arpía de Scarlett, inmersa en su egoísta adecuación del mundo a sus propias expectativas (en la que SU hombre, es solo un elemento que forzosamente debe encajar en el conjunto).

Para ella, Jon debería estar dichoso de idolatrar su belleza como única recompensa a su esclavitud voluntaria. Pero él, si bien es corto de luces, siente que algo falla en el proceso de idealización de su vida, esbozando un pensamiento tipo: "Si tu vida se acerca a lo que espera tu madre de ella, es que la estás cagando monumentalmente", por lo que reincide en el vicio solitario. 

Naturalmente, Scarlett lo deja, para buscar un yuppie del nuevo siglo, más acorde a sus talentos de modeladora de vidas y nuestro héroe (que para acá ya a regresado a ser el perdedor absoluto que extrañabamos) manda a la mierda el ejercicio estresador de copular con pura estrella taquillera y los trabajos forzados en el gimnasio y se libera, por medio del sexo (como no podía ser de otra manera), de los traumas que su encantadora familia (familia=sociedad) le hacía arrastrar desde pequeño.

Claro que, como no se puede sabotear tantos mitos (así sea en plan comedia tontorrona, para pasar desapercibidos), la película hace una concesión a lo Christopher Nolan y hace que Jon abandone su autoerotismo), lo que tergiversa el demoledor mensaje que se nos estuvo dando.

viernes, 21 de febrero de 2014

Carrie: ¿Terror glam o propaganda subliminal republicana?

Empiezo este post con una declaración de principios: Odio la "Carrie" original. Es más, la considero tan mala, evidente, sobreactuada y cargada de detalles innecesarios como "The Shining"; y, a Brian de Palma, tan sobrevalorado como el mismísimo Kubrick. Pienso que Sissy Spacek fue una terrible actriz, tan horrorosa como Shelley Duvall; y, ni qué decir de lo ridícula que se veía a una mujer de 27 años (aparentado aún más) desesperada ante la hemorragia de su primera menstruación. ¡Casi como si viera a Charlie Sheen haciendo "Virgen a los Cuarenta"! 

Reconozcamos que tal vez fue impactante en su momento, por el magro desarrollo de la fluidez audiovisual en los setentas (aunque nos tengan enfermos con eso de que todo tiempo pasado fue mejor y que el cine murió con John Ford y en adelante sólo se veía películas en espera del advenimiento de las series de TV); pero es imposible negar que la vejez de "Carrie" es desastrosa y si algo la salva del olvido más absoluto, es la abundante cantidad de piel desnuda en escenas absolutamente gratuitas, como corresponde a la década que popularizó el porno, que nos hunde en una profunda nostalgia por un mundo que no conocía el sida, y que la mayoría de nosotros no llegó, jamás, a disfrutar. Pero eso no es mérito del filme, puesto que casi todos mostraban bastante carne, ya que el cine era cosa de adultos y la post producción no se preocupaba en buscar una censura suave, que permitiera llegada de preadolescentes cargados de por corn, en tropel a la sala de cine. Era un negocio mucho más amateur y eso se notaba mucho. 

Entonces, la pregunta es: ¿Era necesaria esta adaptación?. Pues podríamos decir que no, que tampoco la novela de Stephen King es para tanto, y además, todos ya sabemos en qué termina la historia; así que, ni siquiera existía el elemento sorpresa de la original. Pero, por otro lado, ya hemos dicho que el cine ha llegado a un nivel de industrialización tremenda, en el que casi todo funciona a la perfección, salvo los guiones, porque ¡Oh, tragedia! la creatividad no puede conseguirse con la sobre explotación laboral de niños asiáticos. Además que, ¿Para qué arriesgarse a mostrar una historia interesante y nueva, si está más que comprobado que no es eso lo que quiere el público? Sino, ¿Cómo explicaríamos que las comedias románticas sigan siendo las apuestas más seguras en cualquier multicine o que las películas más vistas en la historia sean Avatar y Titanic? Pero aún hay algunos depravados que no buscan el triunfo del amor en el cine y, por muy grande que sea su perversión, también compras bebidas gaseosas, nachos y palomitas, así que hay que darles algo, como "Actividad Paranormal 118" o "Aquamán 27"; pero, hasta los superhéroes y los realities de terror llegarían a saturar en algún momento sino hubiera algo más que darles entre entregas. Es aquí donde entran a tallar los remakes: Apuesta segura, pues si antes funcionó, seguramente lo vuelve a hacer; ahorro en guionistas, para gastar más en efectos especiales; y, una pequeña dosis de polémica al compararla con la original esos cinéfilos nostálgicos que aún se masturban con Audrey Hepburn.

Este es el momento en que algún lector desesperado (malacostumbrado, quizás, a la agilidad de nuestra prosa) preguntará: ¿Es que no piensan hablar jamás de la película? Así que pacientísimo fanático del Períodico de a China, no te atormentes más, ya hemos llegado a lo que esperabas: Los spoilers.

viernes, 19 de julio de 2013

Guerra Mundial Z: O como Brad Pitt le puso zombies a Indiana Jones

Hace ya bastante tiempo hablamos sobre Guerra Mundial Z. En aquella oportunidad nos referíamos al libro escrito por el hijo de Mel Brooks y mencionamos que Brad Pitt se había hecho con los derechos para producir la película.

Confieso que a pesar de lo difícil que me parecía llevar a la gran pantalla una historia en forma de reportaje, sin verdaderos protagonistas individuales y sin melodrama romántico de por medio, tenía grandes expectativas depositadas en lo que pudiera hacer con ese material el protagonista de 12 Monos y del Club de la Pelea.

Lo que Pitt me ha demostrado, sin embargo, es que no puedes haber estado casado con Rachel de Friends y luego ser el consorte de Lara Croft por años sin terminar convirtiendo una épica pseudo histórica del terror en un juego de vídeo de cuatro stages con introducción y conclusión ridículamente sensibleras.

El filme, como casi todos los blockbusters de acción de los últimos años, pone absolutamente todas las secuencias espectaculares en el tráiler, esperando que la sobredosis de grasa y azúcar a la que nos entrega la ingesta masiva de pop corn, nachos y gaseosas nos pegue tal subidón que nos impida darnos cuenta que lo que hemos visto es un bodrio cargado de secuencias insulsas, vergonzosas, planas, repetitivas hasta la saciedad y que los únicos tres minutos decentes los pudimos haber visto gratis en el Youtube.

Parece que la fórmula no sólo es exitosa, sino que no se agota, sino de qué otra forma podríamos imaginar que los cines no parezcan sentir ni la menor brisa de crisis económica en la venta de maíz reventado a precio por gramo de la plata repujada.

Pero cuando uno ve una historia muy buena tomada por uno de los star systems menos cuadriculados de Hollywood (que con Soy Leyenda ya se sabía que Will Smith iba a colocar un buen puñado de mierda en el pozo séptico de la historia del cine popular, aunque no a los extremos indignantes a los que llegó y que apenas ha podido superar hace poco con la abyecta After Earth) como que te entran dudas y pagas tu entrada y esperas que lo que estás a punto de ver se acerque a "28 Días Despúes" (sin el final, claro) o al menos al remake de "Amanecer de los Muertos" de Zack Snyder y, de pronto sólo tienes una sucesión de lugares comunes y escenas risibles para justificar la aparición de la mega estrella que salvará el mundo (y no, no estamos hablando de Will Smith, por duro que sea) y como había que justificar la compra de los derechos del libro para tener el título, pues a poner la escena de lo que pasó en Israel de una manera tan patética, que me hace pensar en cóm explicaría el Holocausto Barnie el Dinosaurio (Sin embargo, la secuencia de los zombies trepando unos sobre otros sobre el muro es espectacular, de lejos una secuencia memorable que bien podría cortarse, sin pena, del comistrajo que es este filme y pegarlo en una película de muertos vivientes de verdad).

Pero nada, absolutamente nada, ni siquiera la doble mastectomía preventiva de Angelina es tan terrible, como la forma en que termina salvando a la humanidad Joe Black ... Bueno, sí, el final de Soy Leyenda es aún más esperpéntico, pero, eso sí, por muy poco.

Y si en el libro las tropas marchaban sobre los muertos vivientes tocando en altavoces "The Trooper" de Iron Maiden, en esta infame cinta no hubiera desentonado la potencia emocional que te da "Baby" de Justin Bieber.





domingo, 29 de julio de 2012

Antes de Batman Rises: ¿Porqué las pelis de Nolan son mejores que un libro de Nietzsche?

Es muy cierto que la calidad de un héroe es proporcional al poderío  del rival con el que debe enfrentarse. Pues no es lo mismo un gigante que aplasta bandidos en un camino cualquiera que Ulises engañando a Polifemo ni el capitán de un acorazado de guerra aniquilando piratas somalíes en piraguas que Miguel Grau enfrentando con su único buque a toda la armada chilena.
   
Los actos que ensalzan a un hombre por encima del arrojo patriótico o de una vulgar bravura son aquellos en que eres manifiestamente inferior a tu rival y, aún así, lo enfrentas, sabiendo que te puedes dejar la vida en ello. El heroísmo es ilógico, irracional, absurdo; es por eso que es tan escaso y tan admirado.


Si tienes todo el poder del mundo, es fácil convertirte en un paladín de la justicia como Supermán (Probablemente el personaje más plano del mundo del cómic: Justiciero mediocre, reportero mediocre y probable miembro del Tea Party) y aún así hacerlo mal, pues con todo el poder, al menos pudo acabar con la guerra en el mundo con la amenaza de sus superrepresalias (Un poco lo que hizo Iron Man, que utilizó el poder de su traje para eso y no para amedrentar carteristas que disminuyeran el valor comercial del metro cuadrado de tu zona)    


Si bien la fortaleza del rival es el requisito para convertirte en héroe, la complejidad de éstos puede lograr que seas uno interesante. Y es justo en esto, que la mayoría de películas de superhéroes fallan, pues casi siempre la historia trata sobre vencer a un supervillano cuyo único fin es el dominio mundial.


A diferencia de casi todas estas películas (y sí, también a diferencia del sobrevalorado Batman de Tim Burton), las de Cristopher Nolan se caracterizan por dotarle de enemigos a quienes no podríamos llamar simplistamente como "malos malísimos", ni siquiera como "malos" a secas, pues las motivaciones que los llevan a ser quienes son se encuentran más allá de la idea judeocristiana del mal absoluto.


En Batman Begins,  por ejemplo, el villano, Ra's Al Ghul es el líder de una sociedad secreta que tiene como fin purificar la raza humana, combatir el pecado y hacer de nosotros una sociedad global inmaculada (Pues como Josémaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, o el bueno de Mitt Romney y sus mormones),

martes, 13 de marzo de 2012

Bellflower: The Wonder Years en adulto y sin hiperglicemia

Se ha dicho, sobre esta película, que es una especie de "Club de la Pelea" para el siglo XXI; que lleva la hiperviolencia a extremos nunca vistos; que "trata de dos tipos armados hasta los dientes que aguardan con ansia un cataclismo global para hacerse con el control de la Tierra"; que es una reflexión desoladora sobre el amor. En suma, un filme que, tranquilamente, podría estar firmado por el mejor Park Chan-Wook.


Es por eso que, temeroso de que su visionado me causara, por lo menos, un par de aneurismas cerebrales, me decidí a contratar un equipo médico lo suficntemente capacitado para salvaguardar mi salud al momento de disfrutar de tamaña joya del cine y, acompañado de mi eficiente staff médico, le dí al play. En pocos minutos, empecé a tener serias sospechas sobre la veracidad de los comentarios anteriores. Desde las primeras escenas ya se desarrollaba frente a mí, una comedia romántica indie (que se distingue de la tradicional en que los personajes son proletarios, los white trash de toda la vida, y no "exitosos y jóvenes empresarios que no encuentran el amor") cuyo mayor mérito era la falta de metas a la usanza ortodoxa de los protagonistas (Lograr que un lanzallamas casero sea utilizable es, para ellos, el equivalente más cercano a la esperanza de  conseguir una beca para realizar un MBA en el primer mundo, para el usuario común del Facebook).


Un automóvil con servidor automático de whiskey, un concurso para comer cucarachas en un bar, que es ganado por el personaje principal femenino y un road trip para buscar el restaurante de carretera más asquerosos son el inicio de una historia de amor tan melosa que fácilmente hubiera sido protagonizada por la Meg Ryan pre botox.


Sin embargo, luego del primer beso, no pasa nada (que no pase en la vida real) que merezca algún tipo de atención por un aproximado de 68 % de metraje. En ese momento, la joven y bella protagonista ya se encuentra hasta las narices del adorable y rebeldoso protagonista y retoma antiguas costumbres como acostarse con su casero, sólo que esta vez en la cama del soñador enamorado y minutos después de que éste saliera de casa.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Triste San Valentín: Como siempre, no se puede vivir del amor (2)

El amor es la excusa ideal que tiene la vida para convencernos de la importancia de  la reproducción y crianza de vástagos, como lo vimos en el post anterior. Por ello, otra característica diferenciadora de éste es que, una vez cumplidos sus propósitos de propagación genética, muta sustancialmente. 

En el caso femenino, suele  trasladarse directamente a los descendientes,  por lo que el antiguo depositario de sus fervientes pasiones pasa a ser completamente prescindible en el plano emocional, que no en el económico, que es, justamente, la manera en que evoluciona el amor femenino: Si tienes los medios económicos para brindarle a ella y a sus retoños el nivel de vida que sus atributos le merecen, convertirá esa antigua pasión en un amable desprecio, en una dulce costumbre, que te recompensará con sexo ocasional y regalos baratos por tu cumpleaños.


En caso del hombre, el amor no se trasladará, sino que se hará extensivo a sus herederos en primer grado, por quienes sentirá un ansia de protección proporcional al sentimiento que mantenga por su amada. A veces, el sentimiento de "superviviencia post-mortem" hará que se refleje en el niño y cree un sentimiento diferente por él, pero, por lo general, amará, cuidará y atenderá a los niños mientras su amor no se desvíe a una nueva (y generalmente más joven) fémina, en cuyo caso, el cariño por sus crías se irá agotando poco a poco (Y llegaría a desaparecer en caso la nueva pareja le obsequiara un nuevo hijo, por quién sintiera la identificación mencionada).

En Blue Valentine, la historia de amor se da entre un hombre que no cumple con los requisitos de macho reproductor de alta jerarquía:

martes, 27 de diciembre de 2011

Triste San Valentín: Como siempre, no se puede vivir del amor (1)

Ya en "500 Días de Verano" intuíamos que las historias de amor suelen ser más un fruto de la persistencia de uno de sus protagonistas (el poseedor del cromosoma Y, por las razones que expondremos en unos instantes) empeñado en superlativizar la relativa vulgaridad de un encuentro cualquiera con un miembro femenino de la misma especie, cuyo mayor atributo suele ser el hecho de haberle hablado cuando, en circunstancias normales, hubiera seguido de largo sin brindarle, siquiera, una mueca de desprecio. 

Esa cierta familiaridad (extraordinaria, es cierto; pero que no va más allá de la que pueda sentir por un cachorro feo) trastoca la psique de nuestro héroe, exigiéndole idealizar las cualidades mortales de su amada y, por tanto, divinizar el camino que debe recorrer para conquistar su corazón (entendiéndo corazón como órganos sexuales, aunque nuestro pobre bufón ardería rubicundo ante la sola mención de la carne). 

¿Pero qué pasa cuando lo consigue? ¿Cuando la historia no termina en un clásico "No eres tú, soy yo", o en un "Tú mereces a alguien mejor que yo"? sino en un matrimonio civil-religioso de plena validez, de los que brindan indubitables derechos sucesorios al consorte superviviente?

Eso es, justamente, lo que nos narra Triste San Valentín (Blue Valentine) y nos confirma que el único amor eterno es el amor de verano, por su imposibilidad de culminación práctica. Pero, para entender la evolución de los hechos narrados por la película, debemos hacernos la pregunta de toda la vida ¿qué es el amor?. Ahora mismo se lo explicamos, pues gracias a Ryan Gosling y Michelle Williams, por fin nos ha quedado claro. Y, como siempre, queremos compartir nuestra sabiduría recién adquirida, con ustedes:

Quinientos Días de Verano: No se puede vivir del amor



La película en Latinoamérica tiene el miserable título de “Quinientos días juntos”. Lo menciono sólo para cuando la vayan a pedir en su videotienda legal favorita, pues no pienso perder tiempo en repudiar semejante desatino y voy a tratar de superar la dificultad de escribir con la bilis que me sale por los ojos al haber reventado mi hígado de furia e iré directamente a lo que todos los lectores de Periódico de a China esperan ansiosos: que les cuente el final de la película.


Pues todo se resume en que no, el perdedor esta vez no se queda con la bella damisela. Aunque cabe aclarar que para hacer una cierta concesión a la audiencia, el protagonista termina buscando un trabajo decente que le permita algún día llegar a ser -al menos- miembro supernumerario del Opus. Fuera de este guiño a los viejos valores judeo-cristianos de toda película de bien (perdonable, por otra parte, puesto que se tiene que vender, y el hecho de mostrar a un fracasado que no tiene intenciones de cambiar es casi tan escandaloso como fumar en un filme hollywoodense contemporáneo), la película refleja fielmente la triste realidad emocional de la gran mayoría de varones pertenecientes (no cronológica, sino actitudinalmente) a la nefasta generación X.


Óiganlo bien: ¡Los hombres también creen en princesas azules! (Y no, no estoy hablando nuevamente de Avatar). A pesar del mito del macho latino que sólo ve a la mujer como un pedazo de carne, la realidad nos muestra que son muchos los hombres que realmente se pasan la adolescencia (es decir, el periodo comprendido aproximadamente entre los 13 y los 45 años) buscando al “gran amor de su vida”. Es cierto que tales personajes no suelen ser aquellos que están destinados a regir los destinos de la humanidad sino, más bien,frikis de toda calaña con distintos niveles de desadaptación social -como jugadores de Age of Empires, autistas o escritores.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Amanecer: Cuando el amor rompe camas y paredes

El cambio nos aterra como especie. Muchos de nosotros no hemos cambiado de novia en la vida, no por amor, sino por simple miedo a lo que pueda suceder luego. Las transformaciones las aceptamos de mala gana y, si de nosotros dependiera, las sufriríamos poco y nunca. Esta verdad universal se aplica en las relaciones de pareja, en tu vida laboral, en tus aficiones, en tus amistades de toda la vida y hasta en el lado de la cama que escoges para dormir.


Pero parece ser que esto está cambiando a pasos agigantados, pero ¿Cómo es que nuestra raza ha logrado tantos progresos en un período relativamente corto de tiempo de la historia? ¿Es que hemos evolucionado al del homo sapiens al homo soyunmachusaventurerusquemecagoentodus, para quién lo nuevo y lo desconocido son las más irresistibles feromonas?