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sábado, 17 de abril de 2021

Al Vuelo hacia la segunda vuelta (Segunda parte)

 Si nos fijamos en los mapas electorales del 2011 y del 2016, vemos que, al sustituir a Humala por Castillo, tenemos casi un calco de los ganadores: Él se queda con la mitad sur del país, salvo Ica; la sierra en su totalidad, parte de la selva y Ancash. Fujimori triunfa en la costa norte y la mayoría de la selva; y Lima queda en poder del candidato blanco, millonario y “de lujo” del momento. 

En el 2016, las preferencias se repartían más o menos de la misma manera entre Fujimori, Mendoza y PPK; incluso, yendo, aún, un poco más atrás, encontramos una distribución geográfica similar entre Alan, Humala y Lourdes en el 2006 y entre Toledo, Alan y Lourdes en el 2001. Podríamos atrevernos a retroceder inclusive hasta 1990 y la distribución sería: Norte: Alva Castro (a pesar del terrorífico primer alanato); Vargas Llosa: Lima, además de la selva, Ica y Arequipa; y, el sur para Alberto Fujimori. 


Estamos hablando de un patrón que se repite durante más de treinta años y que nos va a permitir, por supuesto, predecir, con la efectividad de todo un Hayimi, quién será el que le robó el sueño a García, de ser el presidente del bicentenario.

Para empezar, lo que salta a la vista es que, salvo tres que repiten una vez, las votaciones son similares pero los candidatos no lo son. NI siquiera son de los mismos partidos, como para hablar de algún tipo de fidelidad ideológica. 


La respuesta está, donde más, en las afinidades y el interés propio. Las personas, no solo los peruanos, solemos votar por aquel candidato que más se parezca a nosotros o a lo quisiéramos ser; o, por el que piense más parecido a nosotros o que, al menos, comparta nuestros prejuicios y nuestros odios. Al respecto, es bastante ilustrativo el pequeño escándalo que hubo hace unas semanas cuando la gente empezó a quejarse de una página web que te revelaba con qué candidato eras más afín, porque afirmaban que la mayoría de veces salía el Partido Morado o Juntos por el Perú y que estaba, claramente manipulado por alguno de ellos. Resultaba inconcebible, para una amplia mayoría, que su razón y su corazón no caminaran de la mano y que un noble y gallardo desotista, por poner un ejemplo, terminara siendo más afín a la terrucaza que nos iba a convertir en Venezuela que a su elegante y venerable líder espiritual.


Definamos entonces esos tres espacios: 


1. El Norte: Bastión de Alan, primero; y de Keiko, después. A diferencia del Norte de Juego de Tronos, este es cálido y muy poblado, aunque comparte con el de ficción, su fuerte sentido de pertenencia regional -aunque se saquen los ojos entre ellos. Su nivel de pobreza es menor que el del sur o el de la vecina Cajamarca -que, aunque norteña, por su condición serrana es más una extensión de ese otro país que vive entre los andes y la corriente de Humboldt. Además, aunque para el resto de peruanos sea menos evidente, se ven a sí mismos racial y socialmente diferentes y se sienten mucho más cerca, culturalmente, de la capital que del resto del país. El norte, tras décadas de aprismo, que degeneró en alanismo, suele ser proclive a liderazgos fuertes y de moralidad dudosa y no suelen tener mucha atracción por las revoluciones. Además, el espectro de población que, quizás, podría sentirse atraído por Castillo, es, fuertemente, acuñista por lo que las posibilidades de crecimiento, en esta zona, del Castel son limitadas. En una elección de "antes", se puede decir que acá predomina el anticomunismo sobre el antifujimorismo.


1.1. La selva: Aislada por la falta de caminos y olvidada no solo por casi todos los gobiernos, sino por el resto de peruanos, tiene un reducido impacto político por su poca población, por lo que no suele ser muy apetecible para los políticos. Solo dos expresidentes parecieron notar su existencia: Belaúnde y Fujimori. Este último descubrió que invertir unas monedas que nadie había invertido antes, le asegurarían un apoyo que, aunque minoritario, podría ser esencial en el futuro. El futuro es ahora y esos miles de votos pueden ser determinantes.


2. El Sur: De manera poco observadora podríamos asegurar que el sur es comunista. Sus últimos ganadores  lo son, como Castillo; lo eran, como Mendoza; o, lo parecían, como Humala. Sin embargo, Toledo tuvo un apoyo superior al de cualquiera de ellos a pesar de que, ideológicamente, estaba tan lejos de la izquierda, como lo está ahora, tratando de escapar de la justicia, físicamente. Y Alberto Fujimori es la antítesis del comunismo en el Perú.


Lo que todos ellos tenían en común era la promesa de un cambio y la representación de los marginados. En esa zona del Perú, la pobreza, el frío y el olvido estatal son endémicos. La sierra fue la zona más golpeada por el terrorismo y por la crisis económica de los ochentas, lo que solo agravó la situación ya paupérrima que se vivía y, mientras tanto, Vargas Llosa ofrecía, exultante, empeorarlo todo de golpe para mayor beneficio de sus amigos banqueros.  Ante esto, el “chino” representaba al hombre humilde, al no blanco, al tipo sencillo que prometía que las cosas estarían bien -quizás sin explicar cómo pero eso es irrelevante cuando estás desesperado- por eso, cuando Fujimori se hizo más vargasllosista que vargasllosa, el sur se sintió traicionado y esa traición fue el germen del antifujimorismo que fue, desde el nuevo siglo, la segunda razón de peso para apoyar a un candidato. 

Toledo supo aprovechar la imagen de hombre humilde, no blanco, de tipo sencillo que prometía que las cosas estarían bien pero le agregó el mesianismo de una especie de nuevo incanato, que llevaba, implícito, una vuelta de tuerca a las relaciones raciales de poder. Además, transformó, hábilmente, la lucha de clases que se esperaba de él, en una mucho más glamorosa e inocua “lucha contra la dictadura” que le permitió alcanzar su largamente añorado “fujimorismo sin Fujimori”.


Humala aprovechó tanto la imagen de hombre humilde, inaugurada por Fujimori, como el mesianismo de Toledo, pero le agregó una especie de nacionalismo étnico y una homofobia a la vieja usanza para ganarse tanto a los más conservadores como a los de espíritu revolucionario. La jugada fue un éxito que lo llevó a la adoración de masas, pero, finalmente tuvo que moderar su discurso y “cositoficarse”cuando se dio cuenta que ese radicalismo nunca le haría ganar en las remilgadas clases medias que necesitaba en segunda vuelta.


La Vero es una excepción que no debería estar en este análisis. Su lugar le correspondía al Goyo Santos, pero él estaba en la cárcel; y aunque muchos votaron, igualmente, por él, un buen porcentaje se decantó por la Vero, aunque no fue un porcentaje suficiente como para llegar a segunda vuelta como sí lo hicieron todos sus antecesores. Y es que la Vero no solo no parecía un hombre humilde, sino que ni siquiera era hombre y aunque hablaba de lucha de clases y de igualdad, usaba términos que la mayoría de sus votantes prestados no comprendía. Sin contar con que, directamente, desaprobaba en las materias de mesianismo y homofobia.  Al menos sacaba sobresaliente en antifujimorismo, lo que permitió, al menos, un digno tercer puesto, que, trágicamente, le hizo creer en esta elección que era suyo por derecho y no se dio por enterada cuando el verdadero dueño de esos votos vino a reclamarlos.


Pedro Castillo, a diferencia de la Vero, sigue la fórmula del caudillo del Sur: Hombre modesto, no blanco, que promete que las cosas estarán bien, y, además, tiene una dosis moderada de mesianismo y homofobia. Y a diferencia de Fujimori, que vivía en La Molina y era rector de Universidad; o de Toledo, que vivía en Estados Unidos y le gustaba el whisky con hielo y con lobbystas; o de Humala, agregado militar en Corea y en Francia y con pasaporte italiano, es el único de ellos que no solo parece, sino que es un hombre de extracción humilde, de vida humilde, alguien que en verdad es como sus votantes y que sabe como llegar a ellos. Es el primer Candidato del Sur, que no se disfraza para parecerlo y por eso, aunque no haya alcanzado los números de Ollanta o de Toledo, ha logrado quedar primero en las elecciones con una campaña mucho más corta e infinitamente más pobre y siendo, incluso el día de las elecciones, un auténtico desconocido para buena parte del electorado, lo que le garantiza, una amplia base de crecimiento. La pregunta que se cae de madura es: ¿Será suficiente? 


3. Lima: Cuando una ciudad tiene una población equivalente a la tercera parte de la del país y es, a la vez, superior a la totalidad de la de varios países, es imposible homogeneizar su pensamiento, así sea para un ejercicio de simplismo adivinatorio como este post. Sin embargo,  sí se puede encontrar puntos en común, entre diferentes espacios que conforman la capital, para hallar los posibles respaldos electorales. 


Para empezar, los ingresos de la capital son, en conjunto, más altos que los del resto del país. La clase media es más numerosa y es, el único lugar en que se encuentra una clase alta importante. En ese sentido, una buena parte de electores no viven, como en la sierra peruana en un permanente estado de hastío o de necesidad de cambio. Es por eso que, el candidato ganador solía ser alguien que representara a la “aristocracia” económica. Un liberal de derechas, como Lourdes o PPK, que no amenazara el status quo o que, en el caso de Vargas Llosa, encaminara al país a esa derecha. Lo natural, en estas elecciones, hubiera sido que el triunfador fuera Hernando de Soto. Sin embargo, la destrucción de nuestra famélica institucionalidad, que con tanto esfuerzo han logrado Vizcarra y su oposición; así como la pandemia  y sus devastadores efectos han hecho a la gente más proclive a las opciones extremas, que en Lima y Callao eran representadas, no por alguien de izquierda sino por un fascistoide del Opus Dei: López Aliaga, quien aprovechó, hábilmente un discurso antisistema fuertemente defensor del sistema, que encandilaba por igual al supernumerario de su secta, al emprendedor, al empresario o al ama de casa, al exaltar sus prejuicios y fobias. No sorprende, por ejemplo, que los distritos en los que López ganó con contundencia fueran aquellos donde viven, o trabajan, más venezolanos. Si el candidato hubiera tenido la simpatía de, digamos, una tuna a medio podrir, quizás hubiera logrado consolidar su ventaja en Lima y ganar un par de capitales de departamento, especialmente Arequipa, que le hubiera permitido llegar, cómodo a la segunda vuelta. Por suerte para el país, no la tenía.


Otra característica común a la mayoría de limeños es su enorme exposición a los medios de comunicación, lo que los hace proclives a cualquier veleidad de aquellos. Ya desde los tiempos de Fujimori se utilizó activamente la prensa para desideologizar y “apolitizar” la capital y vender el mito del emprendedor que si no puede progresar es por culpa de la izquierda, equiparando sindicatos con organizaciones terroristas, por ejemplo. Pero en los últimos tiempos, ante la debilidad aparente de la izquierda, ese lugar del “cuco social” fue trasladado al antifujimorismo, debido, sobre todo al importante arraigo popular del fujimorismo en los sectores menos favorecidos de la capital, debilitándole con gran contundencia. 


Claro que ser dueño del país o líder de opinión no te vuelve, particularmente, lúcido y mientras se desvivían en ensalzar candidatos de medio pelo tratando de evitar una segunda vuelta entre López y la Vero (a quien veían, erróneamente, como la dueña de los votos del 2016) se les iban colando, por los costados, justamente, aquellos dos que, históricamente, siempre estuvieron allí: Los candidatos del norte y del sur.


Resulta, entonces, que a pesar de su inmensa población, Lima está condenada a tener que escoger entre las opciones que le pongan esos dos polos. Incluso cuando su candidato llegó a la segunda vuelta, lo hizo porque también ganó en Arequipa: Vargas Llosa y PPK. Sin embargo, y esto es muy importante, si bien Lima es irrelevante en la primera elección; es, finalmente, quien termina decidiendo al presidente en la segunda vuelta. Los otros dos bloques no van a cambiar de manera drástica sus preferencias, lo que le deja toda la responsabilidad a la capital.


Entonces volvamos a los datos históricos. El candidato del sur ha ganado en 1990, 2001 y 2011 y el del norte en 2006. PPK ganó solo porque el sur no tenía un candidato que sintiera suyo en el 2016 y aún así tuvo que sufrir para llegar a segunda vuelta frente a la suplente del Goyo. 


Ya que la migración desde la sierra y el sur es mayor en la capital, eso termina favoreciendo a su postulante; lo que le daría un amplio favoritismo a Castillo. Sin embargo, hay que tener en cuenta que Alan ganó en el 2006 porque Humala no cedió en su discurso y, Lima, conservadora como pocas, ya lo sabemos, le negó la presidencia que sí le entregó cuando aceptó convertirse en un Toledo 2.0. 


Respecto al antifujimorismo, aunque en redes parezca una avalancha y hasta el marqués se haya comido los sapos y haya dado su bendición a la hija de su némesis; en la vida real no tiene la importancia que tuvo hace unos cuantos meses. 


Entonces, en este momento, Keiko tiene todas las papeletas para ganar. Sin embargo, es una hegemonía muy frágil. Si Castillo hace concesiones, así sean solo para la tribuna, podrá fortalecerse hasta llegar a la presidencia. Pero sus concesiones tienen que ser muy cuidadosas. Cometería un error apoyando abiertamente las políticas inclusivas de Juntos Por el Perú, porque eso le daría el Keikismo un arma de ataque poderosísima, a cambio del puñado de votos que representa el progresismo en el Perú, quienes, además, en su mayoría tampoco votarían por Fujimori. Si sus concesiones son tan dramáticas que implican un cambio de rumbo total, como pasó con Humala, es probable, que Keiko opte por darle más uso al populismo natural de su partido y terminar debilitándolo en los conos de la capital, especialmente los más golpeados por la pandemia.


Siguiente capítulo: Todo lo que siempre quisiste saber sobre Castillo y tienes temor de preguntar.

jueves, 18 de marzo de 2021

Perú o la Cenicienta de los pies cochinos - Parte 1

 Esta es la historia de una chica no muy guapa, ni de grandes luces, pero con ese je ne sais quoi capaz de atraer a lo más granjeado de la toxicidad sentimental, a la cual -dicho sea de paso- se había vuelto adicta desde muy niña. El nombre de nuestra heroína es, faltaba más: Perú y aunque no es, tampoco, rica y, difícilmente puede codearse con las verdaderas populares, quienes no evitan arrugar la nariz con ese asquito bienintencionado que te da el saberte del primer mundo, pertenece a un orgulloso grupo de marginales, las sudacas, que, como ella se desviven en un perpetuo concurso para encontrar al más grande canalla para presumirlo frente a las otras. 

Nuestra cándida Perú, en esas lides, y a pesar de su apariencia desvalida, es una artista como pocas: Maniaco depresivos con tendencias megalómanas, militares apocados, alcohólicos de engolosinadas voces, orientales de sonrisas inocentes y perversiones inenarrables o gringos jubilados que en lugar de sugar daddies terminaban sacándole sus pocas monedas de la cartera, eran algunas de sus últimas conquistas. 

Para no seguir haciendo leña del árbol caído que es la vida de nuestra querida Patria -que ese es su segundo nombre- diremos que a todos los amó bien, se entregó sin reparos, se burlaron de ella una y otra vez, pero siguió adelante -con algunas recaídas como la del loquito suicida. 

La lógica de nuestra Perú es la de serie romántica de Netflix, tipo Emily en Paris: De tanto pisar caca, terminarás encontrado un diamante en el piso.  Así que ni bien empiezan a secársele las lágrimas la tenemos de nuevo en la cancha, dispuesta a dejarlo todo, especialmente su dignidad y su economía, en manos de un nuevo galán que le prometa el cielo. 

El último de sus romances desastrosos fue un enamoramiento de esos tercos, absurdos, ilógicos, de aquellos que llevan a cualquier hijo de vecino a preguntarse ¿Pero qué le ha visto a ese? Cortito de mente, directamente feo, de palabra tosca y gesto procaz, cursi, hipócrita descarado, primero pasó desapercibido como el chofer del carro de su gringo senil, pero una vez que lo chocó contra una pared y lo dejó en el asiento trasero desangrándose, ya libre de ataduras, corrió hacia ella haciendo corazoncitos con las manos. Quizás fue ese único gesto lo que la conquistó o fueron sus apariciones diarias en televisión. El hecho es que al poco tiempo los ojos enamorados de Perú veían a su reptiliano cortejador como si fuera un remix bailable de Brad Pitt con el cerebro de Tesla y la catadura moral de dos Gandhis. Obviamente, eso hizo que Juancho -coloquial apodo entre amigos de lupanar- confiara en exceso de su posición ante su amada. Creyó ser un dios para ella y ella casi lo creyó también. Pero algo que todos aprendemos en la vida es a no chocar jamás con la amiga viperina y Juancho lo aprendió a la mala. No importa cuanto la desprecies -que ese es, finalmente, el papel de la amiga viperina- una vez que ha decidido terminar tu relación, te endilgará las mayores inmoralidades -ya es otra cosa que en el caso de Juancho todas hayan resultado ciertas- hasta que los rotundos "me dices eso por envidia" se van convirtiendo en tímidos "tiene sus cosas malas pero me quiere"y luego en resignados "es una mierda, pero hemos hablado y va a cambiar" hasta concluir en un "todos los políticos son iguales".

Y es así que una vez que el estado sentimental del feisbug de Perú cambió a "es complicado", aparecieron un par de docenas de buitres dispuestos a darse un banquete con las esperanzas en proceso de descomposición de nuestra heroína. De ellos hablaremos en el siguiente capítulo. 

viernes, 1 de diciembre de 2017

El Cuento de la Criada: El País que Trump quisiera

 La caída del comunismo fue tan rápida, que no le dio tiempo a Occidente de crearse un enemigo a la altura, para justificar los elevadísimos gastos en armamento, el neocolonialismo en aras de la "libertad" y la explotación de sus propias masas con un nada sutil pero efectivo "trabaja duro, que la otra opción es mucho peor. 
Sin un enemigo externo de importancia, es probable que la gente hubiera empezado a cuestionarse la validez de un sistema que se sostenía en el hiperconsumo y en la deuda. Ante tan monstruosa posibilidad, solo quedaba un recurso, uno que no había sido utilizado en años: El enemigo religioso (Debido sobre todo que mucho de la propaganda capitalista se sostenía en la libertad absoluta de credo).  
Demás está decir que esta opción ha probado una tasa de efectividad increíble a lo largo de los siglos, teniendo como única pega que, casi siempre, el celo religioso termina excediendo con mucho el nivel ideal para mantener a las masas tranquilas y así, como quien no quiere la cosa, nos vemos envueltos en yihads, cruzadas, exterminios étnico-religiosos varios y surgimiento de oleadas de "espiritualidad" que terminan constituyendo sectas a cual más pérfida. 
Pero como con las papas fritas que te comes cuando piensas iniciar la dieta, la satisfacción de la necesidad inmediata suele privarnos del más elemental raciocinio (Ya sea que se trate de un gordito hambriento o de un sistema socio económico desesperado por eternizarse), así que, a culpar a los musulmanes de todos los males del mundo, generar una sensación de pánico permanente, la que crea un maridaje perfecto con la xenofobia y el nacionalismo más burdo, y ya podemos incrementar el gasto en armamento (tenemos que protegernos), invadir países estratégicos política o económicamente (debemos hacerlo antes que lo hagan ellos) y reducir la mayor cantidad posible de libertades internas (el enemigo puede estar entre nosotros y el gobierno debe saberlo para protegerte). 
Pasamos, así, a un estado policial y restrictivo (y esta vez, alegremente aceptado como si tuviéramos a la mitad de la liga de la justicia de guardaespaldas) y parece que todo salió de maravillas para el sistema; pero, la Ley de Murphy no perdona ni a las superpotencias y algo, siempre, sale mal. En este caso, el miedo al Islam legitima los fundamentalismos de andar por casa y, de pronto, casi sin darnos cuenta, nos hallamos rodeados de fanáticos religiosos de toda calaña, que, al igual que sus hermanos en imbecilidad musulmanes, consideran que ya basta de libertinajes y que ha llegado el momento de postrarnos humildemente ante su dios, renunciar a herejías y vivir la vida santa que a "Él" le place, lejos de depravaciones homoeróticas, sacrificios de niños (eso a los que los ateos le dicen abortos) y, sobre todo, esa abominación llamada ciencia (para que nos sirve, si toda la sabiduría se halla en "el libro sagrado"). 
Al principio, lo tomamos un poco a broma: "Mira esos catecúmenos como bañan a sus niños a media noche con agua helada para bautizarlos" "Mira como esos sodálites tienen esas barbitas tan graciosas" "mira como esos gringos creen que la Tierra es plana "Mira como ese grupo de loquitos new age deslegitima la evolución y las vacunas con su "consciencia astral". Pero, poco a poco, observamos con terror que ya no son grupúsculos insignificantes, que el extremismo místico y religioso se va convirtiendo en la norma. ¡Hasta los católicos de "yo creo en dios a mi manera", de toda la vida, empiezan a ir a misa los domingos! ¡Ya ni me asombraría que resucite el Partido Popular Cristiano! 
Y en el país que tiene a bien regir los destinos del mundo, las cosas van aún peor: El nivel de idiotización colectiva ha llegado a tal punto que han elegido a Trump como el "Christian Champion" que guiará las huestes del bien en su lucha contra los demonios del Islam; pero, al mismo tiempo, van adoptando comportamientos y valores que no distan mucho de aquellos que, aparentemente, combaten. Difícilmente se dan cuenta que tienen más en común con los adoradores de Alá que con los principios que, al menos en el papel, dice representar su nación. 
Hasta aquí hemos llegado en el 2017; pero en el año 1985, la escritora Margaret Atwood se adelantó a todo esto y creo una ficción que suena estremecedoramente cercana, en la que luego de graves actos de terrorismo, el gobierno estadounidense deja de existir y es reemplazado por una teocracia que obliga a todos los ciudadanos a vivir tal como la Biblia lo exige (Y, aunque no lo creas, amigo cristiano liberal, nada en tu forma de vida se asemeja a lo que el librito de marras ordena). Así, lesbianas, homosexuales, divorciados, ateos, cristianos de facciones diferentes, judíos, y todo aquel que no se amolde a "la palabra de dios" es asesinado, encarcelado o expulsado del país (Esto últimos sólo para judíos, y sólo si corren con mucha suerte). Las mujeres pasan a tomar un papel de sumisión absoluta ante los hombres (si, querido lector/lectora, eso dice en la Biblia. No estaría de más que le eches una ojeada) por lo que deben pertenecer a un hombre en calidad de esposas, sirvientas o "criadas". Estas últimas son las divorciadas, lesbianas, esposas de segundas nupcias, convivientes o solteras sin padres que se hagan cargo de ellas que, se convierten en una especie de vientres de alquiler (sin paga) para las esposas, ya que la mayoría de ellas son estériles. Claro que como la inseminación artificial es pecado, la concepción se realiza por el mecanismo clásico, con el esposo y la "criada" copulando (nunca mejor usada tan clínica palabra) con esta última apoyada en las piernas de la esposa, como una especie de ménage a trois místico y sin nada de pasión, que sólo la perversión religiosa podría concebir. El argumento para este tipo de explotación sexual lo encuentran, como no puede ser de otra manera, en la Biblia, específicamente en la historia de Sara y Agar. 
La historia muestra no solo el estado irracional al que te puede llevar la religión cuando te la tomas muy en serio; sino, otros aspectos, algunos evidentes, como la enorme hipocresía que esconde esta teocracia (completamente inviable en un sentido puro, por antinatural); pero, también algunas actitudes que nos pueden dejar alelados por lo pavorosamente ciertas que pueden llegar a ser (y esto sí, debido a la tendencia a pertenecer que tenemos todos los simios), como la aceptación de las criadas a su nueva condición, con los prejuicios, miedos y conspiraciones que conlleva el dejar de ser las personas que fueron apenas unos años antes. Finalmente, nos acostumbramos a todo y, una civilización como la que describe "El Cuento de la Criada" ya se vive, sin muchas diferencias, en buena parte del Medio Oriente. Lo espeluznante, es saber que, en este momento, no estamos tan lejos de lo mismo.
También hay una serie basada en el libro, pero la verdad, nunca la he visto.


sábado, 25 de febrero de 2017

La, la, land: El Amor es un Cuento (O un musical)

Cuando vi que La, la, land había alcanzado el récord de 14 nominaciones al Óscar, casi tuve la certeza de que estábamos ante la reactualización de ese bodrio insufrible (Ganadora de Óscar, por supuesto) que es Shakespeare in Love. Si hubiera tenido como protagonista a la insoportable Gwyneth Paltrow no me hubiera molestado ni en escupir en su póster promocional; pero en su lugar estaba la, generalmente, entretenida Emma Stone; además, Ryan Gosling, el perdedor más cool del cine contemporáneo. 
Por si fuera poco, el director Damien Chazelle, ya en esa joya minimalista  que es Whiplash nos había demostrado que si hace cine es para que el vulgo, que usualmente rasga sus oídos con esas gilletes que representan Kanye West o Selena Gómez (O el Shaky Shaky  o Maluma) escuche jazz (que, ¡Oh, sorpresa! no había sido solo el nombre del amigo del príncipe del rap). 
Así que, con ciertas reservas, había que darle una oportunidad a su visionado.
El resultado fue más allá de lo esperado. Si bien estamos ante una historia predecible (Y sí, sospechosamente parecida a Shakespeare in Love, incluso en el final de un amor no por falta de amor); la película nos ofrece, también una banda sonora increíble, tremendamente emocional  (salvo un par de musicales infectos puestos con calzador para que quede claro que estamos ante un "homenaje" a la "Edad Dorada" de Hollywood) y llena de jazz por todo lado. También está City of Stars, una canción que está destinada a convertirse en uno de los pocos clásicos románticos que no provocan arcadas (como si lo hacen My heart will go on o I will always love you). Justo con esta canción asistimos al momento más emotivo de la película (aún más que el final) cuando Sebastian toca el piano y Mía canta con él. El juego de miradas, las risas que interrumpen la canción. El conjunto de todos los elementos nos hace pensar en un amor sin drama ni tragedia, un amor sencillo y cotidiano al que le importan muy poco los planes, los objetivos, las cláusulas no escritas del contrato que es en verdad una relación. Por supuesto, como en la vida, ese amor dura lo que un suspiro.
La otra escena emotiva, se da, como cualquiera que haya visto la película lo sabe, al final, con esa retrospectiva al "pudo ser" de los personajes mientras, como no, la música nos hace sentir que somos nosotros quienes estamos teniendo los recuerdos, terminando en una desgarradora imagen de Sebastian tocando las notas finales de City of Stars (Que de pronto ya no es la canción de amor, sino la de nostalgia, la de despedida, la de soledad). A propósito, si bien puede parecer que se nos dice que las cosas terminaron entre ellos fue porque tomaron decisiones equivocadas; la verdad es que la escena es más una mala representación del "eres arquitecto de tu propio destino" porque salta a la luz que son muy pocas las cosas que, de verdad, pudieron haber cambiado y que, seguramente, no hubieran influido en su separación.
Vemos, entonces, que la película es lo suficientemente mediocre para ganar no uno, sino una mochila llena de Óscares (Ya sabemos que últimamente la mediocridad es el requisito central para su obtención), pero que musicalmente cumple sobradamente.
Sin embargo, debemos aclarar que el cine difícilmente es inocente, salvo que se trate de filmes increíblemente malos como los de Leónidas Zegarra. Por lo general, y más aún en una película CONSTRUIDA para aspirar a todos los premios y al fervor del público, lo que menos se espera es que pase desapercibida para lo profundo de tu psique (de tu lado consciente solo importa que pagues la entrada) y es mucho más lo que esconde que lo que muestra. Entonces ¿De qué trata realmente La, la, land? Primero que nada, es necesario recordar la influencia de la política en el cine comercial estadounidense. Mucho de lo que se filma y comercializa está influido directamente por el entorno socio político, especialmente cuando este es conservador. Así tenemos la inmensa popularidad de los héroes de acción nacionalistas en los ochenta, cuando el régimen de Reagan estaba en su apogeo. Lo mismo podemos decir de los musicales en el período de la caza de brujas de McCarthy, que era la mejor forma de no arriesgarse a la censura y, de paso, alabar los valores judeo cristianos del "american way of life", con pasitos de baile y felicidad forzada (y muy, pero muy poco uso de neuronas para entender películas que la mamá gallina del gobierno se encargaba de digerir por el pueblo).
¡Un momento! -seguramente me detendrán y agregarán sabiamente -¿Si La, la, land es un musical, estás diciendo que, en realidad, se trata de un producto destinado a la estupidización masiva utilizando métodos clásicos y manipulación emocional con el fin de exaltar valores conservadores que han vuelto a salir a la luz en una sociedad xenófoba y prejuiciosa que acaba de elegir como presidente a Trump, con lo que se inicia una era de neo fascismo comparable a la del bendito Mc Carthy? Y sí, queridos lectores, no lo hubieran podido decir más claramente, así que solo me queda aclarar unos puntos, para los pocos despistados que aún ven en ésta, simplemente una historia de amor convencional matizada por dulces melodías.
1° Trump es un comerciante, un hombre de negocios y su cosmovisión monetaria se ha convertido en un paradigma (No gracias a él. Él es, simplemente, el resultado de tanto reenginering, de "el cielo es el límite", de "dar el ciento veinte por ciento" y estupideces similares cuyo fin es la esclavización voluntaria y feliz de los consumidores). Es por eso que, si bien se nos cuenta una historia de amor, se deja en claro que ésta tiene que terminar porque es incompatible con la consecución de los objetivos profesionales de los protagonistas. Ambos son un lastre en sus objetivos empresariales (entendiendo sus talentos como "su empresa") y tanto besito, ternura, cancioncitas y bailecitos estuvieron bien, pero ha llegado el momento de madurar y convertirse en elementos productivos de la sociedad porque cuando uno está enamorado, te importan una mierda la buena marcha del sistema y la compra compulsiva de objetos como sustituto de la felicidad, y tu productividad un tanto de lo mismo, así que ya, a mirar para adelante sin penas, que lo mejor está por venir una vez que renuncias a esas banalidades sentimentales.    
2° Trump, además de práctico, es un "hombre de familia" y entiende que el fin de una pareja es la procreación, pero no la de razas inferiores, de adolescentes o de white trash, ¡No! Procrear, tal como lo enseña la Biblia es la concepción de hijos caucásicos en hogares millonarios, con el fin de amaestrarlos para cuidar las pertenencias del 1% al que pertenecen. Entonces, en el filme vemos que Mía se casa con un presumible productor de cine, ella misma es una estrella famosa, así que al haber alcanzado "el éxito", se puede permitir la procreación de una hija. Los pocos segundos que asistimos voyeurísticamente a su vida familiar, vemos la cordialidad desapasionada que se espera de "una familiar bien" donde el deseo ocupa el lugar 78 de las prioridades domésticas. Sebastián, por otro lado, también ha alcanzado sus metas, pero al no cumplir el standard mínimo de la fertilidad productiva que se espera de un elemento consciente de la sociedad, se nos muestra más solo que la una; pero, claro, satisfecho con su lugar de macho gamma (que come bien pero que no consigue a la chica), lo que se grafica en la sonrisa final que se dedica la ex pareja. Él parece decirle: "estoy orgulloso de haber gozado de tus carnes temporalmente, sabiendo que, tarde o temprano, serías fecundada por un macho alfa de verdad, para que su estirpe siga predominando sobre la plebe" y ella: "vengo otro día para que nos acostemos, que nada tiene de malo la satisfacción carnal si mantengo impecables mis funciones de madre, esposa y mujer entrepreneur". Por otro lado, como dije "el fin de una pareja es la procreación" en esta era "neocon", así que en todo el metraje no aparece ni un solo homosexual.
3° Trump ya nos ha dejado en claro que no solo el reino de los cielos sino el imperio en la tierra pertenece a los hombres blancos, así que solo aquellos de tal ascendencia tienen que pensar en el ascenso social. Por eso se nos muestra a Sebastian como un pianista fracasado, pero siempre con el sueño de abrir un bar de jazz (hasta que lo logra, una vez pone en claro sus prioridades); mientras que los músicos negros que van apareciendo durante toda la película, son felices en su lugar de obreros remunerados, sin plantearse en ningún momento su paso a la participación y beneficios del capital. "Un negro es feliz entreteniendo a sus amos blancos, como siempre ha sido y debe ser" nos dice subliminalmente La, la, land. El único personaje no blanco que tiene éxito es el compañero escolar de Sebastian que lo recluta para su grupo, y claro, se deja en claro que sus experimentos sonoros tienen como fin destruir la música y el alma del blanquísimo Sebastian, quien, afortunadamente, entre en razón luego de un tiempo. Respecto a latinos, parece que no existieran, lo que es curioso en una ciudad en la que te puedes pasar la vida sin hablar una palabra de inglés.
En suma, la película no es un tributo al "Hollywood clásico", sino al nuevo gobierno estadounidense y al pasado marginador, machista, segregador  e hipócrita que trata de reponer el anaranjado gobernante. Gracias a eso, La, la, land se asegura varios Óscares, pero, también, un lugar en el panteón de las películas más reaccionarias y la primera de esta nueva era. Al menos nos queda la música. 

martes, 19 de agosto de 2014

Reyes de Arena: G.R.R. Martin nos habla de la política estadounidense en Medio Oriente

G.R.R. Martin es conocido mundialmente por tratarse de un clon de Peter Jackson; y, en menor medida por ser el creador de la saga de fantasía Canción de Hielo y Fuego (No creo que les suene la versión televisiva: Juego de Tronos). Sin embargo, Martin es un autor cuyas obsesiones medievales no le impiden escribir literatura de la importante; es decir, ciencia ficción. Justamente, en un cuento largo llamado Reyes de Arena, nos explica veinte años antes de que suceda, las razones de la barbarie yihaidista que campea en los últimos tiempos en Medio Oriente (Tampoco es que sea EL VISIONARIO, que la estupidez de la política exterior estadounidense es evidente para todos menos para sus encargados).

El cuento nos habla de un hombre de negocios (USA) que ha hecho fortuna en diversos mundos y que cuenta, entre sus pasatiempos, hacer que las diversas mascotas exóticas que va consiguiendo, se maten entre ellas. Para ello, suele organizar agasajos a sus amigos (Europa) para impresionarlo con su boato, lujo y sutiles crueldades, con el ánimo de mantenerlos impresionados con su poder (y por un poquito de orgullo, claro).

 Ya cansado de los animales de siempre (Latinoamérica, Asia, África), cuyos brotes de violencia suelen (o solían) ser excesivamente manipulables, va en busca de algún bicho que logre hacer latir su corazoncito genocida. Es entonces que da con los Reyes de la Arena, una especie de insectos semi conscientes, altamente organizados en sociedades guerreras, feudales, de riguroso poder central y teocráticas (los musulmanes), quienes divididos en grupos cuyas sutiles diferencias solo comprenden ellos mismos, suelen dedicarse a la guerra y a la adoración divina en partes iguales. Por supuesto que la muerte colectiva y el culto a su propia imagen se le hacen irresistibles, por lo que adquiere cuatro grupos de reyes de la arena para ver como se masacran entre ellos. Sin embargo, al momento de comprarlos, se le recomienda alimentarlos adecuadamente para mantener cierto orden (La vieja consigna de pan y circo, tan eficaz universalmente y tan mal utilizada durante siglos). 

Luego de unos días en los que no hay ningún conflicto, el dueño del mundo se aburre soberanamente; por lo que, decide quitarles el alimento. En ese momento, las sutilezas se van al carajo y los reyes de la arena empiezan una atroz carnicería para hacerse con los pocos recursos que les quedan. Ante el éxito de su maniobra, el dueño decide invitar a el grupo de comensales de siempre a unirse a su fiesta destructiva, y lograr, por qué no, un expolio económico a costa de sus bichos (petróleo, que le dicen en el mundo real). La cosa es que todo empieza a ir de maravillas para las perversiones del dueño del mundo y cada vez que los reyes amenazan con la paz, se encarga de quitarles la comida nuevamente y asunto arreglado. 

Pero con lo que no contaba nuestro héroe, es que una sociedad teocrática, no es una sociedad común. La fuerza del resentimiento originado por la religión puede lograr milagros, como el crecimiento desorbitado de los vengativos reyes de la arena, que empiezan a consumir el habitat de su dueño, poniendo en peligro la vida, tal y como la conoce; por lo que, termina sacrificando a sus aliados para salvar su vida, aunque infructuosamente; o, el surgimiento de fundamentalismos musulmanes, yihaidismos varios y violencia irracional ante todo aquello que no corresponda a su religión, destruyendo a su paso cualquier acercamiento a la civilización al que hubieran tenido en los últimos 1000 años.

Hace unos  cuarenta años, el Islam se hallaba aburguesado y relativizado, hasta hacerse, en muchos lugares, casi inocuo. La incipiente globalización había permitido que las mujeres alcanzaran muchos derechos y la tolerancia religiosa era moneda común. Sin embargo,  la ayuda sistemática de los Estados Unidos por destruir cualquier equilibrio político en el Medio Oriente desde aquellos tiempos, ha servido de caldo de cultivo de los extremismos más fanáticos. No es Alá el que aglutina a los fundamentalistas. No es el Profeta el que permite las ablaciones, matrimonios infantiles y la anulación de la mujer y de las minorías. Es el miedo a los Estados Unidos. Es el demonio representado por la bandera de estrellas y barras el que permite la existencia de los talibanes afganos, de los ayatolas iraníes y del Estado Islámico. Estados Unidos ha conglomerado todo el odio de una religión, para hacerlos capaces de los actos más abominables, con la sola excusa de hacerlo contra "América". Cada vez que USA arma a un musulmán para aprovecharse de él, termina siendo traicionado y adquiriendo un nuevo enemigo; pero, como dijimos, la estupidez es la única moneda que conoce ese país en relaciones internacionales; y ha visto muchas películas de acción ochenteras como para darse cuenta de su delicado lugar en la geopolítica mundial.

La única manera de acabar con el extremismo islámico se daría con la destrucción de los Estados Unidos; una vez acabado el enemigo, la simi consciencia religiosa, terminaría por dar paso a la semi individualidad y a las dudas; y de allí a la libertad habrá solo un paso. Curiosamente, la destrucción de la súper potencia no  pasa por unos inefectivos, aunque voluntariosos terroristas islámicos de medio pelo, que saben que sin Estados Unidos se acaba la fiesta y no están dispuestos a eso; sino por su gran aliado y futuro enemigo apenas se le tuerzan las cosas: Israel, o los reyes naranjas de la historia de Martin. 

miércoles, 30 de julio de 2014

El Planeta de los Simios 2: Violencia Interracial para Dummies

Ahora que millones de comprometidos protestan activamente contra la masacre de Gaza a través de caritas tristes en sus estados de facebook; o, los más revolucionarios marchan, juntas firmas, hacen vigilias o hasta dedican novenas a la virgen para que socorra a los palestinos (Actos que han demostrado, previamente, su enorme efectividad al hacer de nuestro mundo el oasis de paz e igualdad en que lo han convertido las buenas intenciones), la Meca del cine no podía dejar pasar la oportunidad de ganar algunos milloncillos con la indignación popular; así que, qué mejor que estrenar una película que trata, justamente, del origen del odio interracial; aunque, claro, odio entre monos y humanos, que tampoco es cuestión de indignar a los financistas judíos.

El Amanecer del Planeta de los Simios, sigue la historia del chimpancé César luego de una década de su fuga y del inicio de la gripe simia, que diezmó a la humanidad (que seguramente no calibró la gravedad del asunto, pensando que: "Esta vez no vamos a caer en el cuento de la pandemia para forrar en dinero a las farmacéuticas con nuestro miedo, como ya lo hicimos con la aviar y la porcina"), se ha convertido en el líder de un esbozo de civilización sui generis, en la que el componente pacifista es crucial, lo que se pone de manifiesto en el principal dogma de su pueblo: Simio no mata simio (cuyo precursor es nuestro peruanísimo: Otorongo no come otorongo. Aunque, claro, éste otro dicho se refiere a los nulos intentos de fiscalización de las autoridades por parte de las autoridades, para evitar que algún día se les fiscalice a ellos).

El hecho es que César realiza un trabajo más que aceptable en su mundo intermedio entre la naturaleza salvaje y la civilización, aunque su corazoncito siempre tiende hacia los enemigos humanos. Por lo que, cuando éstos aparecen, después de considerarseles extintos por lo menos un par de años, a pesar de estar viviendo a cuatro kilómetros unos de otros como mucho (Debe ser que sin internet, las distancias son infinitas), decide hacer que su pueblo les ayude a recuperar la luz y, por tanto, el predominio sobre el resto de la naturaleza. Esto no es tomado a bien por todos sus seguidores, en especial por Koba, el bonobo resentido contra la humanidad (sólo porque lo torturaron infinidad de veces cuando era un sujeto de pruebas de laboratorio). Para él, un humano bueno es un humano muerto; por lo que, la colaboración estrecha entre razas para lograr objetivos comunes se le hace tan insostenible como a Estados Unidos la posesión de armas nucleares, en el Medio Oriente, de cualquiera que no sea el Estado de Israel.


Koba se debate entre la lealtad a César y el convencimiento de que aquel está cometiendo un error; mientras, el propio César se debate entre su pasado entre humanos, que le hace ayudarlos, así sepa que el éxito redundará en el restablecimiento de las condiciones anteriores a la plaga, y la lealtad hacia su amigo y su pueblo.

El conflicto entre lo que está bien y lo que está mal; el elegir entre tus propios valores y los colectivos; el apoyar lo moralmente correcto, contra lo racionalmente incorrecto, se presentan casi desde el comienzo de la película y el desarrollo de tan peliagudos temas dura más o menos 43 segundos, antes de convertirse en un bodrio absolutamente predecible, en el que tanto monos como humanos son buenos como la harina de quinua, salvo uno por bando, que son malos muy malos e intolerantes y por su culpa se inician todas las desgracias que pueblan el resto del metraje y justifican la película.

Sin embargo, el argumento Disney parece que no pasó por una censura integral esta vez; ya que, sin querer, han mostrado el verdadero problema: La masa ignorante. Los simios siguen sin despeinarse tanto el pacifismo universalizante de César como los delirios mesiánico catastróficos de Koba (Lo mismo pasa con los humanos, pero esta película trata de monos, por eso no hablamos de esa parte). Ayudan a los humanos y luego los matan sin que, salvo por un mono joven (ya saben, esta juventud descarriada), exista el menor conflicto ético por la masacre desproporcionada. Es más, si bien el justificante del ataque a los humanos es un pretendido atentado terrorista por parte de un humano (¿Les suena a un medio oriente conocido?), esto es una vulgar excusa para desatar la xenofobia tan cara a los cromosomas que compartimos todos los monos; puesto que, cuando César reaparece, nadie piensa: "Abrase visto lo hijo de puta que había sido este Koba, manipulador de mierda"  sino empiezan a hacer los clasicos ruiditos simiescos alrededor de su líderes, mientras ellos combaten a muerte, para saber si seguirán a los neofascistas o al partido pirata. Pero, claro, como son masa, tampoco existe un juicio moral contra ellos, una vez que vence César, pues se sobreentiende la amoralidad de la plebe; lo que resulta más aterrador que cualquier epidemia. 

domingo, 6 de julio de 2014

Ya en semifinales: Holanda, Alemania y Luchito Suarez.

Ya casi hemos llegado a la final y como no hemos tenido tiempo para hablar de los dos semifinalistas europeos, ni del equipo revelación del torneo, ni del equipo decepción, ni del goleador, ni del mejor jugador hasta el momento, ni de las lesiones ni de Luchito Suarez; vamos ha tratar de abarcarlo todo en un solo post.

Alemania
Si hay una palabra que debería agregarse al diccionario como sinónimo de ganador, es alemán. Incluso luego de haber sido partido en dos, literalmente, el país ha logrado sobreponerse y seguir siendo la mayor potencia europea (A diferencia del Perú, que sigue lamiéndose las heridas de la guerra con Chile de 1879 ¡Que si tuvieramos, todavía, Tarapacá, seguro clasificabamos al Mundial!). Los germanos saben sobreponerse a las derrotas como nadie, y más, cuando estas son catastróficas.

Es por eso que, cuando Alemania fue vapuleada en el Mundial del 98 por Croacia, se dieron cuenta que el fútbol de fuerza y de potentísimos centrodelanteros  había terminado. Había que empezar de nuevo, como siempre; crear un nuevo estilo de juego para recuperar la vieja gloria; y, como siempre , lo hicieron de la mejor manera. El fútbol vistoso, de toque rápido, de gambeta precisa y picardia bávara empezó a destacar, claramente, contra el juego rácano, deslucido y ultradefensivo que caracteriza a los su brasileños de la nueva era. Jugadores como Ozil, Goetze, Kroos, Muller  (no nos olvidemos de Reus, que no está convocado) y tantos otros, son los Atreyus que luchan contra la nada que representan Fred y compañía (Recuerden que Neverendind Story es alemana). Si el fútbol profesional fuera un deporte y no la gallina de los huevos de oro de la Fifa, la semifinal no se jugaría y Alemania accedería directamente al último partido.

Holanda
Si hay una palabra que debería agregarse a diccionario como sinónimo de perdedor es neerlandés. Esa condición es tan evidente, que ni siquiera se les conoce como tales, sino que todo el mundo les dice holandeses (Como que a los españoles los tratáramos de castellanos). Los Países Bajos no se conforman con la mediocridad de no clasificar; ellos ilusionan, juegan bien, tocan el balón y, algunas veces maravillan, para perder de manera lamentable en los minutos finales. Su capacidad para ser segundos los ha mantenido a la sombra de las verdaderas potencias europeas. Les pasa en el fútbol, les pasa en la vida. Ni siquiera su progresismo al tratar el consumo de marihuana o la prostitución son lo que fueron algún día. Lo mejor para ellos, sería perder contra Argentina, para que, de esa manera, quede abierto el resultado de la final; la que de otra manera, sería un regalo anticipado para el ganador de la otra llave.


El Equipo Sorpresa
Sin lugar a dudas, Costa Rica. El equipo modesto de un país casi ahistórico (ya sabemos: Historia=Guerras y ellos ni siquiera tienen ejército) ha logrado lo impensable, una auténtica revolución en el fútbol: Convertir un deporte colectivo, en el que usualmente participan once jugadores por equipo, en un acto individual, en el que once jugadores rivales tratan de meterle un gol a un portero. Keylor Navas no es el mejor arquero del mundo, pero nunca nadie, ni Maradona, ha estado tan inspirado y ha sido tan decisivo en un Mundial. Probablemente lo fiche un gigante europeo a una millonada, para sentarlo en menos de un mes y lamentar lo fácil que caen en el marketing de la Fifa; pero nadie le quitará, jamás, lo tapado.

Luis Suarez y otras incorrecciones
Luchito tiene un problema. No sabemos si es canibalismo, un trastorno obsesivo compulsivo o simple estupidez, pero nada tan grave como para merecer el exageradísimo castigo de la Fifa. Esa institución se ha convertido en un verdadero monstruo, adalid de ese gran mal que aqueja a la sociedad moderna, como es la corrección política. La hipocrecía de la Fifa, vendiendo la idea de igualdad, felicidad y amor sin límites que es el fútbol, contrasta con la realidad de desastres económicos a los que contribuyen directamente sus actividades. Este Mundial le ha costado 63 700 millones de dólares al gobierno brasileño (Entre inversiones públicas e inversiones indirectas), lo que no ha pasado desapercibido para el pueblo más futbolero del mundo, que no es, como se ha observado con las muchas protestas, el más estúpido del mundo. Sin embargo, sus turbios manejos financieros, comparables a los del Vaticano, palidecen ante el título de "Árbitro de la moralidad" que se ha arrogado en los últimos años. 

Con tanta banderita del fair play, canciones de ritmos latinos y publicidad lacrimosa, parece que se ha olvidado la esencia del deporte profesional, que es la canalización de la violencia masculina en tiempo de paz. La masa busca sangre, pero cuando no hay guerras se necesita un sustituto y eso lo brinda el deporte, particularmente el fútbol. Los colores de tu equipo reemplazan, efectivamente, a los de tu señor feudal y tu patria luchando con otras es una versión remozada de una guerra mundial.

No somos más que primates violentos y nos matamos a golpes o jugamos a hacerlo y, como en toda guerra, todos los monitos queremos colaborar con nuestro granito de arena en la batalla. Ya sea reventándole el cerebro a un niño desarmado en Afganistán o gritándole puto al arquero del equipo rival. Es lo que hay. 

Particularmente, considero menos peligrosa la agresión futbolera que la militar y pensar que porque prohíban a la masa gritar "negro de mierda" o "maricón" va a acabar con los prejuicios y nos va a convertir a todos en ejemplos de tolerancia. Es como esconder la mugre bajo la alfombra. Pero, claro, lo importante no es el problema en sí, sino las expresiones superficiales: Qué importa mi profundo odio al diferente, que importa si no se me educa para cambiarlo. Lo importante es que no se vea en la televisión. 

Es más, es aún mejor que no tenga forma de canalizar mis frustraciones de trabajador de sueldo mínimo, subeducado e hipermanipulado por los medios para poder servir de carne de cañón en la próxima guerrita en la que se inventará un noble propósito para morir en aras del enriquecimiento del amo de turno.

Pero eso no importa, el fútbol es un negocio y si el mercado dice que la corrección política está in y los hoooligans out, pues así debe ser y a mover las caderas al ritmo de Jennifer López y a golpear a nuestros hijos en privado para no tirar plátanos en las canchas.

¿Qué no hay que permitir expresiones racistas, homofóbicas ni ningún tipo de intolerancia en un espectáculo deportivo para ser mejores personas? Si lo piensas, me retracto, quien sufre de estupidez, no es Luchito Suárez, eres tú. Si realmente llegaramos a ser tolerantes ya no necesitaríamos espectáculos deportivos profesionales.

jueves, 20 de marzo de 2014

Los Juegos del Hambre: Viaje al mundo del Sinzajo

 Es por todos sabido, que la calidad de las artes populares, como el cine de Hollywood o la literatura de aeropuerto, se ha visto restringida a la utilización repetitiva de historias del tipo: Chico conoce chica. Se aman instantáneamente. Su amor es imposible porque él es un vampiro. Chica conoce otro chico. Es un hombre lobo. Triángulo amoroso. Inmortales que sufren como quinceañera sin fiesta en telenovela mexicana. Algunos malos muy malos por allí, para justificar las trilogías. Muerte de los villanos. Triunfo del amor. 

La guerra por acceder a una cuota de mercado hace casi imposible que te desvíes de esa fórmula, haciendo que nos sintamos en un permanente dejà vu cada vez que vamos al cine u hojeamos un libro de bolsillo. Sin embargo, en contadas ocasiones, algunos autores se aprovechan de la manida fórmula para ir más allá del cuento rosa y denunciar situaciones que para un lector de Arthur Koestler pueden ser, quizás, evidentes; pero para el gran público, acostumbrado a considerar las comedias románticas de Jennifer Aniston como grandes clásicos contemporáneos, son conceptos absolutamente revolucionarios (y si en el camino, te forras de millones, aún mejor).  

Eso es justamente lo que sucede con Los Juegos del Hambre (Los libros, no las películas. Que desde "El Caballero de la Noche", Hollywood es un poco más consciente del subtexto de las películas destinadas a la masa. Salvo en las infantiles, que allí se cuelan joyas contestatarias como "Lluvia de Hamburguesas 2"). 

La trilogía (¡tenía que ser!) de Suzanne Collins, es una historia de aventuras futurista al uso, con protagonista tontorrona que no sabe lo irresistible que es, a pesar de los dos galanes que se la disputan (¿Conocido, no?), y que, luego de inmensos sufrimientos triunfa sobre el poder del malo muy malo que mata de hambre a sus súbditos. Sin embargo, lo que podría ser la versión Disney de Battle Royale no se queda solo en eso. Ya asegurando un público cautivo de adolescentes calenturientas que quieren ser como Katniss Everdeen, la autora se permite mostrar (Apoyándose en la historia de Teseo y el laberinto)  la importancia desmedida que tienen los medios de comunicación en la sociedad actual. La capacidad que tienen para manipular la opinión pública y trivializar hechos atroces al convertirlos en espectáculo. De crear ídolos de barro, en base a la fotogenia y el vestuario adecuados (Como la mítica foto de Korda, del Che Guevara mirando al infinito), de la facilidad de una plebe embrutecida para adoptar tales ídolos como símbolos y de la capacidad de los verdaderos líderes (de cualquier bando) para aprovecharse de dicha figura. La imagen del Che fue utilizada para sostener gran parte del éxito de la Revolución Cubana, por mucho que Fidel lo despreciara; así como la presidenta Coin utiliza al Sinzajo como símbolo de su propio acceso al poder (como elemento decorativo sin ninguna función trascendente en la rebelión que, supuestamente, lidera) sin que le tiemble el pulso a la hora de ordenar su muerte o destruirla emocionalmente, ante el fracaso de la primera orden.

miércoles, 12 de marzo de 2014

House of Cards: No es televisión ...Es Netflix

Es innegable que Breaking Bad ha sido la mejor serie del nuevo milenio y, porqué no decirlo, probablemente de la historia. La forma en que se nos cuenta la transformación de Walter White en Heisenberg es impresionante; y, la radiografía de la adicción al poder, es brillante. Muchos llegamos a pensar que habíamos hallado al personaje amoral definitivo, hasta que llegó Frank Underwood y nos hizo entender que a su lado, el personaje de Bryan Cranston es un ejemplo de empatía y respeto al prójimo.

Hace poco hablábamos del éxito de las nuevas industrias que, verdaderamente, se han preocupado de crear un modelo de negocios, que sepa explotar las ventajas de la Internet y no, solo, se queje de las vulnerabilidades que aquella ofrece. Mencionamos a Spotify: pero, también a Netflix, que, a diferencia de la primera, hace streaming de video y de gratuito no tiene nada. Sin embargo, por una cuota mensual relativamente módica permite ver una amplia cantidad de películas, series y documentales, casi al instante y con una calidad bastante aceptable, lo que ha permitido que muchos, aburridos de enlaces cortados, de películas en movie screener o de caminar algunos kilómetros para conseguir blue rays piratas, hayan optado por suscribirse al servicio. Su éxito es innegable, a tal punto, que le ha permitido incursionar en la producción original, rivalizando con HBO, y teniendo como carta de presentación a una impactante serie de intriga política, como es House of Cards.

House of Cards, como Breaking Bad, trata sobre la ascensión al poder de su personaje principal. Pero, a diferencia de Walter, que llega a dicha carrera de manera involuntaria y una vez dentro empieza a disfrutarla (como quien se dedicó al derecho porque no tenía nada mejor que hacer en las mañanas y termina enriqueciéndose con la defensa de compañías mineras acusadas de desastres medioambientales o genocidio de poblaciones amazónicas aborígenes), Francis sabe desde muy joven que su objetivo en la vida es la acumulación de poder, no de riqueza, que eso para él es un simple añadido por lo que, desprecia de manera categórica a los buscadores de dinero. Para él la vida es una escalera y, por tanto, las mesetas no existen. Un objetivo cumplido implica iniciar el camino para alcanzar el siguiente, como se nos enseña en cualquier manual de autoayuda, pero, a diferencia de lo que te dicen tales manuales, el sabe que alcanzar sus metas requiere de una falta absoluta de escrúpulos, una completa ausencia de lealtades, una capacidad de manipulación digna del mejor Steve Jobs, y una imagen intachable de ciudadano perfecto. En todo ello, Frank es, indudablemente, el mejor. (O casi, pues no podemos minimizar al personaje de Claire).

domingo, 16 de febrero de 2014

Benedetti: La primavera tiene una esquina rota cuando se acerca el invierno.

 A veces solemos olvidar que antes de la caída del muro de Berlín, conocido también como la post edad media o el interregno pre twitter, existía una literatura política altamente comprometida, ideada fundamentalmente por escritores altamente comprometidos; pero no con compromisos ecológicos del tipo: salvemos a la rana gigante del Titicaca o zoohumanizadores como: Dona un riñón para hacer feliz a un perrito.

Su compromiso, por muy rancio y anacrónico que nos suene, era con nuestra propia especie. Muchos de ellos creían sinceramente en que la lucha contra los poderes fácticos era una obligación moral y la búsqueda de la igualdad, una necesidad improrrogable. Claro que ellos no vislumbraban, ni en sus sueños más alocados que algún día podríamos llegar a estar en contacto con el american dream de consumo, a tal punto de considerarlo como propio, y renunciar a cualquier derecho laboral (como esa manía musulmano-terrorista de crear sindicatos o esa necesidad de vagabundo barriobajero de tomar vacaciones anuales), en aras de la competitividad que nos permitiría comprar lo mismo que se compra en las mejores ciudades de Europa y Estados Unidos. Imaginen que ni siquiera consideraban la posibilidad de gastarse el 30% de su sueldo en un seminario de liderazgo para garantizar el triunfo sino que hasta llegaban a barbaridades como juntarse a tomar un trago y hablar ¡oiganlo, bien! sobre literatura, arte y qué hacer para cambiar el mundo! ¿Pueden creerlo? 

Naturalmente, la existencia de ese componente político hacía que la mayoría de aquellos escritores mostraran una imaginación contenida (opuesta, sobre todo, a los desbordantes delirios del realismo mágico)
y una estética cuidada pero poco ostentosa, casi siempre al servicio de la ideología. Por ello, uno siempre sabía cuando un personaje era bueno o malo, casi como en las telenovelas (y casi siempre era malo si era rico, militar o de derecha; mientras el héroe, un 95% de las veces, era un aspirante a escritor dedicado circunstancialmente al periodismo y con una enorme tendencia al debate filosófico literario en burdeles, al buen estilo griego clásico).   

Esta novela comprometida fue crucial en la literatura latinoamericana de la segunda parte del siglo XX; pero luego de la caída de la mayoría de régimenes socialistas y la reinvención del comunismo chino que mantiene de su antecesor el control de los  medios, la censura, la falta de libertades y la concentración de poderes, pero se deshizo de la pesada carga que significaba la búsqueda de la igualdad; la mayoría ha entendido que la utopía social es sólo eso y que las opciones son dos: O te insertas en el mercado o te vas a la mierda. Y que dentro del mercado igual te irás a la mierda, por el vacío emocional que eso conlleva. 

Así, literatura del siglo XXI tiende mucho más al nihilismo, la soledad y el individualismo antisocial; por mucho que en algunos países de latinoamérica, la mayoría de aspirantes a escritores sigan anclados en repetir la vieja fórmula, para lo que ambientan sus historias en ese pasado legendario, en el que no había celulares y la violencia de Estado era el enemigo a vencer, aterrados de escribir una historia que no esté ambientada en ese mundo con el que sueñan y que sólo conocieron de oídas.

lunes, 10 de febrero de 2014

Mujica: Despenalizando la hierba alcanzarás el Nobel


 El premio Nobel de la Paz se parece a los Óscars en que casi nunca gana quien se lo merece, sino quien tiene mayor repercusión mediática. A nadie sorprende, por tanto, que el premio a mejor película de la Academia tenga más en común con los Kids Choice Awards que con un festival cinemátográfico medianamente serio; como, tampoco, sorprende que al pacífico Nobel se haya nominado al teddy bear incomprendido de Adolf Hitler o lo hayan ganado un futbolista playboy burócrata llamado Henry Kissinger (que cuando no estaba pateando un balón o buceando bajo las faldas de las más encantadoras doncellas del momento, solía preparar golpes de Estado en naciones salvajes como Chile, Uruguay o Indonesia, para obsequiarles la redentora civilización de la mano de militares neo fascistas); un presidente estadounidense como Obama (cuyo único mérito parece haber sido negro, pues no acabó guerras antiguas, inició nuevas guerras y Guantánamo...bien, gracias); un candidato a presidente, Al Gore, que ni siquiera pudo ganarle unas elecciones al sociopata fundamentalista de George W. Bush (y gano a pulso su nominación al practicar el ONGero deporte de forrarse en dinero con charlas medioambientalistas, que tan de moda están); un conglomerado de naciones, la Unión Europea (que entre sus mayores éxitos cuenta con la explosión de un buen puñado de burbujas inmobiliarias y la cerrazón permanente de sus fronteras a los sucios bárbaros del sur que no cuenten con ingresos equivalentes a los norteños, además de su gran esfuerzo por combatir la sangre con sangre, como toda la vida).

Por tanto, el hecho de que un grupo de diputados del partido oficialista uruguayo lo haya nominado al innoble premio, no debería sorprendernos por lo exagerado de la adulación, rayana en el ridículo de un Nicolás Maduro X cuando hablaba de un Hugo Chavez cualquiera, puesto que los prohombres de la patria, como buenos congresistas sin importar su nacionalidad, representan los más profundos valores de nuestras democracia y, por eso, valen su peso en materia fecal. Como digo, nadie se sentiría asombrado por una acción como esa o por querer declarar feriado nacional el día del onomástico del ilustrísimo presidente de turno. 

Lo sorprendente en este caso, es que Mujica representa todo aquello que va en contra de los valores judeo cristianos de la actualidad: Despenalización del comercio de la marihuana, aprobación del matrimonio homosexual, aprobación de la ley del aborto; además, de sus virtudes personales como ser un ex guerrillero marxista y mantener, abiertamente, una actitud anticonsumista que puede resultar chocante para muchos (no hablemos ya de la donación del 80 por ciento de su sueldo a un fondo de vivienda para necesitados o a su renuncia al lujo del palacio presidencial para habitar en una modesta casita de campo -que puede verse hasta cool, en estos tiempos de revival del socialismo de clase alta-
sino de algo que suele asquear hasta al rojillo más culturoso, como es su pésimo gusto al vestir, estilo campesino que va al juzgado de paz, que hace ver como un par de dandis de la alta costura a Evo Morales y a Kim Jong Un.

domingo, 19 de enero de 2014

Luego de Weeds: Siempre nos quedará Montevideo

Corría el lejano 2005, aún no existían las tablets, el futuro de la telefonía inteligente le pertenecía a Blackberry, los blogs más exitosos tenían más de ciento cincuenta caracteres por cada post, Bush hijo hundía aún más el prestigio de los Estados Unidos iniciando su segundo mandato y negándose a suscribir el Protocolo de Kyoto, Tabaré Vásquez se convertía en el primer presidente izquierdista de Uruguay, moría el Papa peregrino y en la cadena de pago Showtime se iniciaba una serie sobre una típica madre de familia de clase alta que abandonó sus estudios para convertirse en una correcta esposa trofeo que ante la muerte de su hombre, se ve obligada a mantener su estilo de vida (y subsidiariamente, aunque le parezca en ese momento la razón principal, el de sus dos hijos), lo que hubiera sido imposible con el sueldo de cajera del Walmart, que es el tipo de trabajos al que podía aspirar una mujer mayor de cuarenta y sin diploma universitario en los tiempo de bonanza económica del gigante del norte (que ahora, como si se tratara de una de nuestras repúblicas bananeras, ese puesto sabría a gloria, ante la perspectiva de alimentarse de la basura de los vecinos). Por eso, y porque la de prostituta es una labor a la que se dedicaría una vulgar white trash  y no toda una señora bien de los suburbios, opta por la venta al por menor de hierba en su barrio.

sábado, 7 de diciembre de 2013

A propósito de Mandela: ¿Realmente merece tantos elogios?

La suma de todas las virtudes siempre nos sabe a poco cuando queremos describir a un muerto fresco, quien siempre es el mejor padre, marido ejemplar, gran trabajador y el mejor puntero izquierdo que se recuerde en las pichangas de los sábados. 

Si bien una vez muertos somos los más inteligentes, los más carismáticos y los más guapos, cuando el fallecido no es un vulgar Juan Anónimo sino todo un Nelson Mandela o, al menos, un rápido y furioso Paul Walker, necesitamos una amalgama de adjetivos calificativos en siete idiomas para acercarnos un poco al cúmulo de dones que tuvo en vida el recordado. 

Es en esas ocasiones cuando nadie quiere quedar fuera de la fiesta: Ni los diarios, ni los twitteros, ni los etiqueteros del feisbug ni, por supuesto, Periódico de a China. Pero, por cuestiones de espacio, esta vez no vamos a hablar del noble corazón del oficial Brian O'Conner ni de su alma latina, como tampoco de la devastación planetaria y efecto rebote en el calentamiento global ocasionado por la muerte de Corey Monteith. Solo vamos a hablar del que para los culturosos twitteros de siempres es el clon de Morgan Freeman y para los sudafricanos, simplemente: Madiba. 


viernes, 3 de junio de 2011

El Cuarto de los Marginados y el Periódico de a China se unen contra los falsos ídolos (y contra los verdaderos)

Hace mucho tiempo empecé a tener reparos frente al activismo humanitario, hacia la corrección política y hacia los movimientos sociales que propugnan la igualdad. Y no es porque el cinismo se haya apoderado de mis convicciones y considere que el deterioro del medio ambiente, el maltrato desmedido a los animales, el racismo o la miseria -entre muchos otros-  deban ignorarse y que deba mirar para otro lado mientras disfruto las mieles de mi egoísmo. 

Hablamos mucho de evolución pero parece que, por lo menos la mitad del mundo, se hubiera detenido en el tiempo. Es lamentable que mientras, luego de millonarias campañas publicitarias, un puñado de neo yuppies esperen ansiosos la llegada de la IPad 2 a las Apple Stores, para ser los primeros en disfrutar del nuevo capricho tecnológico mientras que, para un quinto de nuestra población, el tener un cuaderno y un lápiz son lujos tan asequibles como el agua Evian. Ni hablar del asco que me produce esa otra campaña que asegura "que todo peruano por el solo hecho de serlo, tiene derecho a comer rico" y, por tanto, se llevan al más famoso cocinero nacional, Gastón Acurio, a prepararle una pachamanca a los estadounidenses de Perú-Nebraska, mientras en el Ande, verdaderamente, peruano, miles se mueren de hambre y de frío. 

miércoles, 25 de mayo de 2011

Casi Otra Tribu Urbana: Los Tontos Útiles

Es imposible fijar un hábitat específico donde podamos hallar al tonto útil. Se encuentra cómodo en casi cualquier entorno natural o artificial. Me atrevería a asegurar que es una especie endémica, pero, quizás, con una mayor densidad poblacional entre adolescentes, políticos y credos religiosos.

El tonto útil está, siempre, dispuesto a sacrificarse por "elevados ideales" que, a cualquiera a quien no se le haya extirpado el gen del realismo, harían partirse de risa como diciendo: ¿Realmente me consideras tan estúpido como para siquiera tomar en serio aquello que me estás proponiendo?. No hay empresa imposible para él. Ni actos irracionales, inútiles o superficiales. Para el tonto útil cualquier momento es bueno para ser un héroe o para sacrificarse por amor o para apoyar a un militar golpista que asegura que lo hace para defender la democracia.

viernes, 20 de mayo de 2011

Y el nuevo Presidente es: ¡Tongo!

En realidad, los verdaderos finalistas son mucho peores;  pues, al menos, el seboso ¿políglota? que les presentamos hoy, causa risa y, no sólo, vergüenza ajena, cosa que no podemos decir de Ollanta Humala o Keiko Fujimori. Como no queremos que las desgracias del Tahuantinsuyo interrumpan nuestro deber de brindar solaz al mundo, la sección de política peruana se ha mudado al Cuarto de los Marginados, por lo que terminaremos diciendo que si Tongo fuera presidente, "Al Perú, no lo para nadie".

miércoles, 4 de mayo de 2011

De Rockys y Terminators a Obamas y Papas Beatos: Los Torcidos Senderos de la Admiración

La nostalgia ha transformado a los ochentas en una época, por lo menos, mágica. La música, la vestimenta -hasta las zapatillas Converse- han hecho un exitoso retorno a la moda. La joven Madonna ha vuelto a la vida convertida en Lady Gaga y los revivals y conciertos de reencuentro causan furor por donde se presente. Los remakes fílmicos y televisivos de viejos hits, son cotidianos y hasta Stallone se mantiene vigente con sus infinitos Rockys y Rambos

Uno de los factores de la gran acogida popular de aquella "colorida" década en las nuevas generaciones, es la existencia de héroes para todo el público. Esos modélicos personajes se acostaban con cientos de hermosas mujeres sin protección de látex alguna -y aunque las amaban durante todo un capítulo, no se comprometían; eran capaces de destruir ejércitos completos de malos muy malos, sin rasguñarse siquiera; no tenían castrantes fijaciones metrosexuales (ni siquiera Fast o Michael Knight desperdiciaban su tiempo en gimnasios o su dinero en cremas antiarrugas)

Eran fuertes; decididos; no tenían conflictos morales ni crisis existenciales; no cuestionaban su lugar en el mundo ni si sus métodos de impartir justicia dañaban la capa de ozono; eran buenos buenos y sus enemigos, malos malos, sin mucho más que elucubrar; ninguno hubiera tenido adicciones químicas, neurosis o agorafobia.

Eran, en suma, personajes dignos de admirar y todos lo hacían. No cabía la posibilidad de pensar que, quizás, Mac Gyver violaba múltiples derechos de propiedad industrial con sus inventos, puesto que no pagaban regalías al autor de las patentes. Hannibal Smith no se moría de cáncer ni pensaba en dejar los inmensos habanos de cada capítulo. Marty Mc Fly siempre tendría un Biff Tanen en cualquier época de la historia y las gemelas Olsen no pensaban ser millonarias y disfuncionales sino, una sola niña dulce rodeada de familiares sin un gramo de maldad en sus seres.

Incluso los líderes políticos alcanzaban alturas mitológicas, como la Dama de Hierro: Margaret Tatcher o el Actor-Presidente: Ronald Reagan. Tiempos en que la voz cantante en política la tenían personas como Lech Walesa y otros, como Bono, era cantantes a secas. 

En la música, el glam se había apoderado, incluso, del metal y parecía que "el mundo libre" se encaminaba a una era de prosperidad indiscutible, donde hasta el triunfo contra los demoníacos soviéticos era posible.

Pero llegaron los noventas. La caída del muro y de la Unión Soviética, dejaron a Occidente sin enemigo colectivo. Hasta los violentos genocidas de Sendero Luminoso y otros grupos guerrilleros latinoamericanos fueron controlados y el libre mercado campeó a sus anchas por el tercer mundo, pero la gente no bailaba en las calles coreografías improvisadas sino que se seguía muriendo de hambre. África se hacía más pobre y más violenta. Se recortaban derechos laborales para alcanzar una enorme productividad para "seguir progresando" ¿Y a quién se podía culpar al no haber enemigo común? La muerte de Cobain reafirmó que la fama y la fortuna no dan felicidad y, peor aún, parece que las drogas tampoco. 

La televisión y el cine reflejaban el desencanto que se empezaba a vivir en las calles. ¿Contra quién luchamos? Nadie tenía una respuesta. -Luchamos contra nosotros mismos -nunca es una respuesta que alguien quiera escuchar. Casi sin darnos cuenta, el mundo se volvió cínico. Hasta los superhéroes empezaron a conflictuarse, a dudar de sus motivaciones altruístas. 

De pronto, los niños ya no tenían valores claros. El viejo -y efectivo- modelo tradicional de adquisición moral que se resume en: "Eso es bueno porque sí" y "Eso es malo porque yo lo digo", empezaba a fallar. Incluso se plantearon custionamientos tan antinaturales (hasta para los hippies y comunistas ortodoxos) como ¿Vale la pena? ¿Existen realmente el bien y el mal? ¿Tendrán sentido nuestras vidas?, lo que lleva a pensar cosas del tipo: "Lo que me ofrecen puede que sea tan malo como lo que ya tengo, así que me da igual", con lo cual la presencia del ser humano como especie dominante en la Tierra, se ponía -por primera vez en miles de años- en duda. 
Pero llegó el nuevo milenio, y el hombre -sabedor de su fragilidad ante la ausencia de modelos éticos y sociales- decidó buscar paradigmas de emergencia: "Los musulmanes son los malos malos y los cristianos los buenos buenos", "El estado de bienestar es comunista", "Obama es tan bueno e inteligente que se merece un Premio Nobel de la Paz así haya hecho sus propias y personalísimas aportaciones a las diversas guerras estadounidense en el mundo", "hay que santificar al Papa peregrino, pues ha viajado mucho y de  joven era portero de un club de fútbol y tenía mucho talento y eso demuestra su cercanía a Dios", "America's Next Top Model" nos dará íconos de moda, que dejarán en vergüenza a las Claudias Schiffers del ayer". "El Opus y/o el celibato son opciones de vida razonables".

Y es así, que en pleno siglo XXI, cuando Asimov y tantos otros ya nos tenían colonizando el espacio, seguimos emocionándonos con la "Boda Real" de toda la vida; seguimos lanzando cohetes mientras nos abrazamos jubilosos ante la muerte de "el enemigo de la humanidad número uno de turno", asesinado a la vieja usanza de la CIA y se regalan premios Nóbeles y reelecciones a quienes las ordenan. 

Es que -por mucho desarrollo y evoluciones varias- el mundo necesita héroes, esperanzas, enemigos, aliados, grupos a quienes hay que envidiar y otros a quienes hay que compadecer. Y, claro, un grupo de personas con quienes chismorrear sobre otras personas (Cortesía de las redes sociales). De lo contrario terminaríamos por darnos cuenta de la intrascendencia de nuestras vidas, e incluso optaríamos por la pastilla roja de Matrix, y hasta nos atreveríamos a pensar.