jueves, 29 de marzo de 2012

Breaking Bad: Y líbranos de todo mal, amén

No hay mucho que decir sobre Breaking Bad que no se haya dicho antes. Se trata de una de las series más impactantes, no de los últimos tiempos, sino de la historia de la televisión en general. Más adictiva que la metanfetamina azul de Walter White o que la gran final de American Idol.


Como lector típico de Periódico de a china, estoy seguro que usted ha visto, al menos, tres temporadas de la serie. De no ser así, vaya inmediatamente a descargar su torrent pues el resto de la entrada no va a hablar más de la serie, sino de la enorme confusión que suele darse acerca de la evolución del personaje central.


Se suele aceptar, sin mayor escepticismo, que el personaje de Walt, conforme avanzan las temporadas, el cáncer y su inmersión en el mundo del narcotráfico, se va deshumanizando, alcanzando, en caída libre, los márgenes de la sociedad e incluso rebasándolos. Sin embargo, lo que Heisenberg hace, en realidad, es reubicarse hacia arriba; pasar del pueblo llano a la élite de los negocios corporativos y, acorde con su nuevo estatus, se desentiende de los problemas vecinales. Le ha pasado a Mark Zuckerberg y a Bill Gates; a Steve Jobs, a Mc Cartney y a Roman Abramovich. Incluso le ha debido pasar a Tongo.



Lo que sucede, es que los seres humanos nos vamos imponiendo cadenas -o nos las van imponiendo- casi desde que nacemos. Desde el primer pañal hasta el saludo cordial en la cola del supermercado, hasta el día de nuestra muerte deberemos aceptar infinidad de restricciones en aras de una mejor convivencia social; pues, por sobre todo, nos debemos al grupo. Todos cumplimos un papel en el hormiguero, nos guste o no.


Una gran mayoría acepta, sin pensar casi en ello, la inexistencia de su existencia. Son ellos quienes formarán el necesarísimo grupo de "buenas personas" como el mismo Walter White antes del cáncer. Estudiarán, se casarán, trabajarán, tendrán hijos, se jubilarán, viajarán (de viejos) y morirán. Así de simple, sin presiones extras. Hormigas con cable e internet. Miembros de una iglesia, de un club social o de un partido político.


Ellos -nosotros- forman la fuerza laboral y productiva del hormiguero pero ¿Para qué hacer miel sin reinas que la disfruten? ¿De qué sirve la explotación si no es para beneficiar a unos pocos?


Por ello, la misma maquinaria destina ingentes recursos a todo nivel para hacernos comprender que el camino recto no sólo es necesario, sino la única manera de alcanzar la felicidad. Pero allá. muy lejos, al final del túnel está la luz: El éxito. Y de ese edénico "algo" nos habla "El Secreto" y cualquier otro libro de autoayuda. Pero para llegar a él hay que ser bueno y competitivo. Trabajar horas extras sin cobrarlas porque "el jefe sabrá recompensarnos en su momento". "Ven hasta los domingos y en pocos años todo esto será tuyo, hijo mío".


Pero cada escalón que subimos es lo mismo. Incluso las grandes cúpulas son parte del todo y, como la abeja madre, pueden disfrutar de la riqueza hasta saciarse, pero cumpliendo con su propia condena. Un capo de la mafia o el CEO de Apple están obligados a explotar, a utilizar infantil mano de obra barata para el bienestar del resto de la colmena. Un bullyer que no golpea a otros niños, terminará, por fuerza, por ser reemplazado. Un dictador que no viola y tortura, será cambiado por uno que si lo haga en el siguiente golpe de Estado.


Lo que la enfermedad hace con Walter, es volverlo consciente del precario lugar que ocupar el hombre-hormiga en el ránking de superviviencia cuando las cosas se ponen difíciles. Eso es todo. Más o menos lo que pasa con el post-grunge fumador de hierba cuando lee "Padre rico, padre pobre" y decide afeitarse, lavarse concienzudamente las vergüenzas y hacer un MBA y cuando trabaje en el banco le importará una mierda la suerte del color púrpura en la pintura contemporánea. 

Del mismo modo, Walt trata de mantener sus valores pequeño burgueses pero su propio ascenso le fuerza a cambiar sus parámetros. No es una cuestión de narcotráfico ni de crimen, pues a cualquier político de éxito no le temblaría la mano para hacer bestialidades más graves que las de nuestro héroe. Lo suyo es simple adaptación a los códigos empresariales. Y ya sabemos, por Darwin, que en este mundo del Señor, quien no se adapta, muere.