
La película en Latinoamérica tiene el miserable título de “Quinientos días juntos”. Lo menciono sólo para cuando la vayan a pedir en su videotienda legal favorita, pues no pienso perder tiempo en repudiar semejante desatino y voy a tratar de superar la dificultad de escribir con la bilis que me sale por los ojos al haber reventado mi hígado de furia e iré directamente a lo que todos los lectores de Periódico de a China esperan ansiosos: que les cuente el final de la película.
Pues todo se resume en que no, el perdedor esta vez no se queda con la bella damisela. Aunque cabe aclarar que para hacer una cierta concesión a la audiencia, el protagonista termina buscando un trabajo decente que le permita algún día llegar a ser -al menos- miembro supernumerario del Opus. Fuera de este guiño a los viejos valores judeo-cristianos de toda película de bien (perdonable, por otra parte, puesto que se tiene que vender, y el hecho de mostrar a un fracasado que no tiene intenciones de cambiar es casi tan escandaloso como fumar en un filme hollywoodense contemporáneo), la película refleja fielmente la triste realidad emocional de la gran mayoría de varones pertenecientes (no cronológica, sino actitudinalmente) a la nefasta generación X.
Óiganlo bien: ¡Los hombres también creen en princesas azules! (Y no, no estoy hablando nuevamente de Avatar). A pesar del mito del macho latino que sólo ve a la mujer como un pedazo de carne, la realidad nos muestra que son muchos los hombres que realmente se pasan la adolescencia (es decir, el periodo comprendido aproximadamente entre los 13 y los 45 años) buscando al “gran amor de su vida”. Es cierto que tales personajes no suelen ser aquellos que están destinados a regir los destinos de la humanidad sino, más bien,frikis de toda calaña con distintos niveles de desadaptación social -como jugadores de Age of Empires, autistas o escritores.