Esa cierta familiaridad (extraordinaria, es cierto; pero que no va más allá de la que pueda sentir por un cachorro feo) trastoca la psique de nuestro héroe, exigiéndole idealizar las cualidades mortales de su amada y, por tanto, divinizar el camino que debe recorrer para conquistar su corazón (entendiéndo corazón como órganos sexuales, aunque nuestro pobre bufón ardería rubicundo ante la sola mención de la carne).
¿Pero qué pasa cuando lo consigue? ¿Cuando la historia no termina en un clásico "No eres tú, soy yo", o en un "Tú mereces a alguien mejor que yo"? sino en un matrimonio civil-religioso de plena validez, de los que brindan indubitables derechos sucesorios al consorte superviviente?
Eso es, justamente, lo que nos narra Triste San Valentín (Blue Valentine) y nos confirma que el único amor eterno es el amor de verano, por su imposibilidad de culminación práctica. Pero, para entender la evolución de los hechos narrados por la película, debemos hacernos la pregunta de toda la vida ¿qué es el amor?. Ahora mismo se lo explicamos, pues gracias a Ryan Gosling y Michelle Williams, por fin nos ha quedado claro. Y, como siempre, queremos compartir nuestra sabiduría recién adquirida, con ustedes:
