Para ellos, el futuro equivale a libertad, independencia, aventura; y, no a la monotonía de un trabajo de oficina que te mantenga sentado frente a una computadora desde que sale el sol hasta que cae la noche, realizando el mismo trabajo repetitivo año tras año, y esperando el fin de semana para emborracharte y comprar un nuevo gadget en el Mall para sentir que vas progresando (que probablemente te sientas como culo de estreñido pero en las brumas del licor y la admiración hipócrita de tus amigos ante tu carro nuevo reafirmas la convicción de que vas por el camino correcto y que ya tendrás tiempo de disfrutar de la vida, que ésta empieza, recién, a los setenta).
Es por eso que si le preguntas a un niño, éste jamás te contestará: "Yo de grande quiero ser burócrata"; pero por lo menos 7 de cada 10 astronautas potenciales terminarán dedicándose al apasionante oficio de los trámites, ya sea en el campo público o privado.
Sin embargo, hay un grupo de personas, que muy pronto dejan de lado cualquier inquietud filosófica judeo cristiana y descubren que este valle de lágrimas tiene menos lágrimas (y es más cercana a esa fantasía infantil) cuando la vives en tu propio yate en el Mediterráneo y la condimentas con drogas y sexo a mansalva. Es así que, en lugar de preguntarse cosas como: ¿Dónde vamos? ¿Qué hacemos aquí? se cuestionan cuántos millones podrán ganar hoy. Claro que para alcanzar tal nivel de comodidad, no basta con el duro trabajo de sol a sol, que eso solo te alcanza para no retrasarte con la hipoteca y para vivir una gris y mediocre vida matizada, apenas, con el hastío, las enfermedades y el envejecimiento.
Ellos pertenecen a un nivel diferente. Ellos no piensan juntar ahorros durante veinte años para darse "un gustito". Tienen que conseguirlo todo, absolutamente todo, y mientras más rápido mejor, que el tiempo no está para desperdiciarlo. Por eso, tales personajes suelen tener elementos comunes, claramente identificables como: Una enorme fuerza de voluntad, unos estándares de moralidad bastante laxos, un magnetismo gigantesco y, claro, una gran idea o, al menos, un gran talento y saber como utilizarlo para asestar el golpe preciso en el momento perfecto. Si, además, no te tiembla la mano a la hora de traicionar a tus supuestos amigos y de explotar niños al otro lado del mundo, puedes convertirte en un visionario santificado, como Steve Jobs.
Justamente Jordan Belfort, el lobo de la película, era uno de ellos: Un aspirante a dentista que cuando descubre que las bocas de los demás no lo harán millonario decide convertirse en broker de Wall Street, con tan mala suerte, que inicia su trabajo el Lunes Negro (19 de octubre de 1987), dia nefasto para las bolsas de valores del mundo, lo que ocasionó la quiebra de su empresa; situación que le obliga a replantearse el futuro y, en lugar de rendirse y convertirse en otro white trash sustentador del american dream ajeno, decide tomar al toro por las astas y utilizar las falencias del mercado bursátil en beneficio propio hasta evoluciona de ser, originalmente, un birlador de ahorros de jubilados y amas de casa esperanzados en el sueño del millón propio, hasta convertirse en el presidente de Stratton Oakmont, empresa con más de mil trabajadores especializados en birlar los ahorros de grandes inversionistas, con tan buenos resultados, que en un par de años gran parte de dichos trabajadores se convierten en millonarios. Porque, eso sí, a pesar de que la crítica señale a Jordan como un egoísta manipulador interesado en su beneficio personal, la película lo muestra como un hombre preocupado en el bienestar de su entorno cercano, haciendo lo indecible por su satisfacción (La escena en que la alta dirección de la empresa decide la contratación de un enano para jugar tiro al blanco, con una seriedad que esperaríamos en una comisión multinacional que decidiría el destino de Ucrania, es por demás paradigmática). 

