Mostrando entradas con la etiqueta michelle williams. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta michelle williams. Mostrar todas las entradas

jueves, 29 de diciembre de 2011

Triste San Valentín: Como siempre, no se puede vivir del amor (2)

El amor es la excusa ideal que tiene la vida para convencernos de la importancia de  la reproducción y crianza de vástagos, como lo vimos en el post anterior. Por ello, otra característica diferenciadora de éste es que, una vez cumplidos sus propósitos de propagación genética, muta sustancialmente. 

En el caso femenino, suele  trasladarse directamente a los descendientes,  por lo que el antiguo depositario de sus fervientes pasiones pasa a ser completamente prescindible en el plano emocional, que no en el económico, que es, justamente, la manera en que evoluciona el amor femenino: Si tienes los medios económicos para brindarle a ella y a sus retoños el nivel de vida que sus atributos le merecen, convertirá esa antigua pasión en un amable desprecio, en una dulce costumbre, que te recompensará con sexo ocasional y regalos baratos por tu cumpleaños.


En caso del hombre, el amor no se trasladará, sino que se hará extensivo a sus herederos en primer grado, por quienes sentirá un ansia de protección proporcional al sentimiento que mantenga por su amada. A veces, el sentimiento de "superviviencia post-mortem" hará que se refleje en el niño y cree un sentimiento diferente por él, pero, por lo general, amará, cuidará y atenderá a los niños mientras su amor no se desvíe a una nueva (y generalmente más joven) fémina, en cuyo caso, el cariño por sus crías se irá agotando poco a poco (Y llegaría a desaparecer en caso la nueva pareja le obsequiara un nuevo hijo, por quién sintiera la identificación mencionada).

En Blue Valentine, la historia de amor se da entre un hombre que no cumple con los requisitos de macho reproductor de alta jerarquía:

martes, 27 de diciembre de 2011

Triste San Valentín: Como siempre, no se puede vivir del amor (1)

Ya en "500 Días de Verano" intuíamos que las historias de amor suelen ser más un fruto de la persistencia de uno de sus protagonistas (el poseedor del cromosoma Y, por las razones que expondremos en unos instantes) empeñado en superlativizar la relativa vulgaridad de un encuentro cualquiera con un miembro femenino de la misma especie, cuyo mayor atributo suele ser el hecho de haberle hablado cuando, en circunstancias normales, hubiera seguido de largo sin brindarle, siquiera, una mueca de desprecio. 

Esa cierta familiaridad (extraordinaria, es cierto; pero que no va más allá de la que pueda sentir por un cachorro feo) trastoca la psique de nuestro héroe, exigiéndole idealizar las cualidades mortales de su amada y, por tanto, divinizar el camino que debe recorrer para conquistar su corazón (entendiéndo corazón como órganos sexuales, aunque nuestro pobre bufón ardería rubicundo ante la sola mención de la carne). 

¿Pero qué pasa cuando lo consigue? ¿Cuando la historia no termina en un clásico "No eres tú, soy yo", o en un "Tú mereces a alguien mejor que yo"? sino en un matrimonio civil-religioso de plena validez, de los que brindan indubitables derechos sucesorios al consorte superviviente?

Eso es, justamente, lo que nos narra Triste San Valentín (Blue Valentine) y nos confirma que el único amor eterno es el amor de verano, por su imposibilidad de culminación práctica. Pero, para entender la evolución de los hechos narrados por la película, debemos hacernos la pregunta de toda la vida ¿qué es el amor?. Ahora mismo se lo explicamos, pues gracias a Ryan Gosling y Michelle Williams, por fin nos ha quedado claro. Y, como siempre, queremos compartir nuestra sabiduría recién adquirida, con ustedes: