A veces solemos olvidar que antes de la caída del muro de Berlín, conocido también como la post edad media o el interregno pre twitter, existía una literatura política altamente comprometida, ideada fundamentalmente por escritores altamente comprometidos; pero no con compromisos ecológicos del tipo: salvemos a la rana gigante del Titicaca o zoohumanizadores como: Dona un riñón para hacer feliz a un perrito.
Su compromiso, por muy rancio y anacrónico que nos suene, era con nuestra propia especie. Muchos de ellos creían sinceramente en que la lucha contra los poderes fácticos era una obligación moral y la búsqueda de la igualdad, una necesidad improrrogable. Claro que ellos no vislumbraban, ni en sus sueños más alocados que algún día podríamos llegar a estar en contacto con el american dream de consumo, a tal punto de considerarlo como propio, y renunciar a cualquier derecho laboral (como esa manía musulmano-terrorista de crear sindicatos o esa necesidad de vagabundo barriobajero de tomar vacaciones anuales), en aras de la competitividad que nos permitiría comprar lo mismo que se compra en las mejores ciudades de Europa y Estados Unidos. Imaginen que ni siquiera consideraban la posibilidad de gastarse el 30% de su sueldo en un seminario de liderazgo para garantizar el triunfo sino que hasta llegaban a barbaridades como juntarse a tomar un trago y hablar ¡oiganlo, bien! sobre literatura, arte y qué hacer para cambiar el mundo! ¿Pueden creerlo?
Naturalmente, la existencia de ese componente político hacía que la mayoría de aquellos escritores mostraran una imaginación contenida (opuesta, sobre todo, a los desbordantes delirios del realismo mágico)
y una estética cuidada pero poco ostentosa, casi siempre al servicio de la ideología. Por ello, uno siempre sabía cuando un personaje era bueno o malo, casi como en las telenovelas (y casi siempre era malo si era rico, militar o de derecha; mientras el héroe, un 95% de las veces, era un aspirante a escritor dedicado circunstancialmente al periodismo y con una enorme tendencia al debate filosófico literario en burdeles, al buen estilo griego clásico).
Esta novela comprometida fue crucial en la literatura latinoamericana de la segunda parte del siglo XX; pero luego de la caída de la mayoría de régimenes socialistas y la reinvención del comunismo chino que mantiene de su antecesor el control de los medios, la censura, la falta de libertades y la concentración de poderes, pero se deshizo de la pesada carga que significaba la búsqueda de la igualdad; la mayoría ha entendido que la utopía social es sólo eso y que las opciones son dos: O te insertas en el mercado o te vas a la mierda. Y que dentro del mercado igual te irás a la mierda, por el vacío emocional que eso conlleva.
Así, literatura del siglo XXI tiende mucho más al nihilismo, la soledad y el individualismo antisocial; por mucho que en algunos países de latinoamérica, la mayoría de aspirantes a escritores sigan anclados en repetir la vieja fórmula, para lo que ambientan sus historias en ese pasado legendario, en el que no había celulares y la violencia de Estado era el enemigo a vencer, aterrados de escribir una historia que no esté ambientada en ese mundo con el que sueñan y que sólo conocieron de oídas.
