Todo ser vivo ocupa la mayor parte de su vida en conseguir, fundamentalmente, dos cosas a lo largo de su vida: Comida y sexo. Ni siquiera las planta escapan de ello y, por eso, se desviven por complacer a quienes les servirán de órganos sexuales externos, como son los insectos, a quienes brindan, solaz, esparcimiento y, sobre todo, comida; pues, ambas necesidades van íntimamente relacionadas. Quien tiene la posibilidad de satisfacer las necesidades alimenticias propias y ajenas con mayor abundancia, es quien termina teniendo mayor éxito en el amor. Esta regla se aplica para la margarita, para el dromedario y para el humano, casi sin distinción. Sin embargo, éste último, ha reemplazado, a lo largo de siglos de evolución intelectual, el uso de aptitudes personales (como la fuerza, la rapidez) por algo mucho más efectivo, como el dinero. Aún hay quien duda que el dinero dé felicidad, pero nadie, en su sano juicio, se atrevería a negar las propiedades afrodisíacas de éste.
