lunes, 10 de marzo de 2014

Spotify: El Judas de las Sociedades de Autores


El advenimiento de la Internet, a pesar de la implacable lucha de los poderes fácticos para impedirlo, logró dar un duro golpe al oligopolio cultural del cine, música y literatura. De pronto, los precios insultantemente altos de los discos, películas y libros originales tuvieron que enfrentarse a la existencia de formatos con idéntica calidad pero gratuitos.

Entonces, como la búsqueda de un nuevo modelo comercial que resultara rentable estaba fuera de toda discusión, el ataque de los medios tuvo que encontrar un nuevo campo donde lanzar su napalm publicitario dejando en claro que lo hacen por nuestro bien. Es así que, de pronto, la propiedad intelectual se convirtió en el mecanismo mágico que había logrado llevar al ser humano desde las cavernas al espacio. Mucho más que la libertad. Mucho más que la igualdad. Infinitamente más que la justicia, los derechos de autor habían sido el elemento central de la evolución, lo que nos había separado de los monos y ahora... ¡Maniáticos, la habéis destruido! (Nótese el plagio descarado a la frase final del Planeta de los Simios). Pero la campaña contra la piratería (llegándose a equipararla con los más execrables crímenes), tuvo un éxito muy reducido porque, aceptémoslo: Seremos bastante manipulables, pero son muy pocos los que creen que le estamos sacando el pan de la boca a Joss Whedon por ver Los Vengadores en Series Pepito o que el pobre Justin Bieber se va a quedar sin dinero para coca y putas si las adolescentes se bajan su último disco por torrent y no compran la Special Edition con la mitad del sueldo que gana papá mensualmente.

Entonces, se tuvo que optar por echar mano al brazo duro del poder: La ley. A partir de allí, la legislación en materia de propiedad intelectual se fue endureciendo tremendamente, lo que no viene al caso analizar en este momento; pero, basta con señalar que joyas legales como la ley SOPA o la ley Sinde han sentado las bases de una libertad staliniana en materia cultural. ¡Hemos llegado a un punto en que así compre mis contenidos legalmente, soy un criminal si oso prestarselos a otra persona!

Las víctimas de esa policía intelectual han sido varias (siempre en favor de los usuarios, por supuesto): Napster, Megaupload, Series Yonkis o The Pirate Bay, entre otras. El primer caso, fue trascendental para que la industria de medios pasara de sentirse amenazada por las nuevas tecnologías a envalentonarse con el cóctel macabro de Internet, legislación represiva y publicidad manipuladora (solicito vuestro perdón por el oximorón), al punto de pensar que a partir de ese momento, seguirían vendiendo los mismos contenidos, pero sin tener que realizar ese molesto gasto que es el soporte físico y que, en adelante, el sueño más antiguo de todo comerciante: La venta de humo, estaba a la vuelta de la esquina.

Es así que se inventó el DRM, para no dejarnos siquiera compartir con nuestros amigos y familiares más cercanos tales contenidos, y las tiendas virtuales abrieron sus puertas (virtuales) para esperar la lluvia, o mejor dicho, la tempestad de dinero. Nuestro gran visionario Steve Jobs, se unió a la fiesta y, haciendo gala de sus poderes sobrehumanos, se dio cuenta de que aún podía engañarse un poco más al alma humana, tocándola en su fibra más sensible (y estúpida); es decir: El ego. Nos metió por los ojos el Aipod, abrió el ATunes y nos vendió, ya no un disco completo, como se estilaba, sino canciones individuales a precios ridículamente altos, porque la estupidez y el hiperconsumo es cool.

Naturalmente Jobs si se hizo rico, pero como el Steve es único y trino, los demás mortales vieron con pasmo que los usuarios seguían compartiendo y la industria seguía muriendo. Varias leyes más tarde y un buen puñado de tecnologías clausuradas (como burdeles ilícitos) después, las cosas no han cambiado mucho y los piratas genocidas siguen colgando y descargando impíamente.

Sin embargo, algunos aceptaron que el modelo comercial tradicional del entretenimiento estaba muerto (y mantenido con respiración artificial) y decidieron crear uno nuevo, que aprovechara, efectivamente, las nuevas reglas de juego ¡Y hasta se les ocurrió pensar en qué era lo que  los usuarios esperaban para pagar por lo que podrían conseguir gratis! Así nacieron varios servicios, entre los más importantes: Spotify y Netflix. Es del primero de ellos que hablaremos ahora, luego de esta brevísima introducción.

Spotify es un servicio de streaming de música.  Por medio de ese programa podemos escuchar música de manera gratuita como si fuera una radio online, pero a diferencia de aquellas, la calidad de audio en Spotify es más alta y no sólo puedes escoger los géneros musicales, sino también el artista, las canciones (en PCs y tablets más no en smartphones), los álbumes,crear listas de reproducción o escuchar las de terceros; así como seguir a otros usuarios y compartir tus propias selecciones a través de redes sociales. Por si fuera poco, brinda un servicio que considero trascendental: La opción de descubrir nueva música en base a tus preferencias anteriorer. Por ejemplo, si escuchaste a Bob Dylan, la próxima vez que ingreses, te sugerirá oir a Johnny Cash o a los Traveling Wilburys y, de esa manera, cumple con una función de educación cultural que antes de la Internet correspondía "Al amigo mayor que fuma y hace novillos a la escuela" y que, en estos tiempos de hiperinformación, es una guía que se agradece para no condenarte a escuchar una y otra vez la misma música de tu adolescencia, resignarte a los hits de moda o perderte en los recovecos de la música basofia, en tu propia, y ardua, tarea de búsqueda en la red. Y lo mejor de todo es que este servicio es gratuito. 

Pero no vayan a pensar que estamos hablando de un grupo de yonkies multimillonarios con ínfulas de mecenas de las artes. Vivimos en un mundo mercantilista y si alguien nos ofrece algo, no nos lo va a dar a manos abiertas. Es por eso que servicios como escuchar canciones individualmente o en modo offline, además de una calidad de audio mayor y ad-free, solo están disponibles en el modelo de pago. Por otro lado, esas limitaciones son razonables y nos permiten disfrutar de Spotify sin molestas restricciones de tiempo, de catálogo o angustiosos períodos de prueba  (Como sucede en otros servicios similares como Deezer). Por otro lado, la suscripción Premium no es mayor al gasto que te implicaría comprar un CD mensualmente, lo que es un trato bastante conveniente. Sin mencionar que el pago de derechos se realiza directamente con las empresas discográficas; por lo que, las dudosas instituciones de gestión y protección de autores no reciben un centavo. 

En la actualidad, Spotify tiene más de 20 millones de suscriptores y cerca de 5 millones, lo son de pago; por lo que, no parece que sea un mal negocio, al menos hasta el momento, o hasta que los medios tradicionales encuentren la forma de declararlo ilegal. De cualquier manera, Spotify es una gran ejemplo de como aún es posible hacer negocios con un mínimo de respeto a tus clientes, ya sean efectivos o potenciales.