lunes, 18 de agosto de 2014

La Civilización del Espectáculo: El Marqués se tapa la nariz ante la plebe

Mario Vargas Llosa suele resaltar su condición de arequipeño, a pesar de no haber hecho en esa ciudad más que nacer; pues, pasó la totalidad de su niñez y juventud entre Bolivia, Piura y Lima, ciudades que han influenciado grandemente en su obra; principalmente, en sus primeras épocas de escritor. 

Arequipa, a sus libros o a su vida, no le ha dado nada; pero él no se cansa de publicitar su arequipeñismo. ¿Será por la magnificencia que evoca el nacer al pie del majestuoso volcán Misti? ¿Será la sangre rebelde y creativa que tenemos todos los arequipeños? ¿O será que, como todos, Vargas Llosa ha cedido al impulso del espectáculo y, definitivamente, suena más poético el nacimiento en una ciudad andina que, mal que bien, conserva un cierto hálito legendario (pero no tan lejos del mundo, como una recóndita Cochabamba) tomando distancia de ese provincianísimo desierto que era la Lima del siglo XX y del calor húmedo de una Piura que lo hubiera acercado más a la caribeña cosmovisión de su némesis García Márquez (¡Horror de horrores parecerse al naco con guayabera!)

Aceptémoslo, (mientras bebemos un vaso de cognac Jenssen Arcana, nos fumamos un Cohiba Behike 54 y escuchamos el Canon en Re Mayor de Pachelbel) Vargas Llosa se ha pasado los últimos 40 años tratando de construir su propio realismo mágico; claro que, más que realismo ha buscado pasar de un oscuro, o más bien mediocre, origen sudamericano, a una alta realeza europea; y lo único de mágico que ha logrado, es convertir dos apellidos en uno compuesto, primero; y en título nobiliario, después. 


Naturalmente, el primer Marqués de Vargas Llosa puede tener las ansias arribistas que desee y eso no nos afecta en lo más mínimo; ni tampoco disminuye el aprecio que tenemos por sus libros una vez pasada esa adolescencia en que creíamos que toda novela debía hacernos una cicatriz en el corazón para considerarla buena.


Vargas Llosa es un estupendo escritor. Uno de los pocos latinoamericanos de su época que no se regocija, masturbatoriamente, en los adjetivos;  con una fluidez en su prosa, casi angloparlante. Sin embargo, por mucho que le pese, no es un autor universal. No tiene la complejidad de Joyce ni la sutileza de Borges. Carece de la claustrofobia emocional de Kafka y de la profundidad psicológica de Dostoievski. Incluso le falta la cursilería místico tradicionalista de García Márquez, que hace que miles duerman con sus libros junto a la almohada.


Como ya lo dijimos hace mucho, es un constructor de libros bien escritos que te atrapan desde las primeras páginas y que no puedes dejar hasta terminarlos. Pero que, luego, se van diluyendo en tu mente hasta recordar, apenas, el argumento. Mario, por supuesto, odia eso. Su ego es infinito; su afán de trascendencia, enorme; y su resentimiento, absoluto (Como ha sufrido, en carne propia Fujimori). Por ello, reniega de ser un escritor tan bueno como Murakami o Hemingway. Este último, denostado en su ensayo "La Civilización del Espectáculo" como uno de los representantes de esa literatura efímera, en la que, por supuesto, no se reconoce.

Ese "pequeño" ensayo, como lo define, modestamente, el mismo Vargas Llosa, aunque él lo vea como el estudio definitivo sobre el postmodernismo y la muerte de la civilización occidental (ninguneando en el camino a Derrida, Foucault -de quién disfruta, socarronamente, sus sofísticos ensayos- y a cualquier otro que no acepte, religiosamente, el derecho de la élite a monopolizar la verdadera cultura, la alta cultura -como le llama, afectadamente) es, en realidad, un triste aviso de la llegada a la ancianidad del último grande del boom (La falta de originalidad es tan clamorosa, que hasta el título lo ha copiado, descaradamente, de un ensayo de 1967 de Guy Debord; aunque, claro,  para Mario La Société du Spectacle solo es un nombre "parecido" al suyo). 


Sus 170 páginas se resumen en: La civilización ha degenerado en el culto al espectáculo. Nada más. Para decir eso pudo usar su cuenta de Twitter y aún le hubieran sobrado 87 caracteres. Ni qué decir de las 174 páginas de verborreica nadería que entrega a los amantes de la forma (de los que despotrica) y de la tapa dura, que son, finalmente, el target principal de las editoriales.

Aunque, buscando arduamente en cada página del libro, se encuentra un par de ideas que, aunque no tienen que ver directamente con el objeto del ensayo; son, en cierto modo interesantes:


1° Si bien, la verdadera cultura ha muerto y lo que queda no vale la pena ni para matar el tiempo en el baño; la culpa no es sólo de esas ideas progresistas que le hacen tanto daño a la humanidad; sino, fundamentalmente, de esa multiracialización de la venerable Europa, producto de migrantes zaparrastrosos que, a diferencia suya, no han sabido olvidar sus propias costumbres y convertirse en dignos ciudadanos del primer mundo. Su defensa de la prohibición del uso de la burka en las escuelas occidentales "en aras de la libertad" arrancaría lágrimas de placer a Donald Rumsfeld.

2° El erotimo es bueno, porque pertenece a la alta cultura. La pornografía es mala porque pertenece a la plebe. La facilidad con que tenemos sexo en la actualidad ha hecho que se pierda el elemento más importante del sexo, tal es: La imaginación. La falta de sexo nos lleva a la reflexión, a la invención de sucesos en los que el acto sexual solo es el mcguffin de la expresividad literiaria; y que, para el onanismo en las altas esferas, es más grato el Lolita de Nabokov que un clip de BDSM de 7 minutos. El sexo sin límites es para los perros y para las masas. Las élites, en cambio, hacen el amor y fantasean, lúbrica y artísticamente, dentro de sus monogamias. Es decir, hasta los genitales del buen Mario tienden al elitismo.

Finalmente, pienso que Vargas Llosa tiene razón cuando precisa que no puede existir una cultura popular como verdadera cultura (En el sentido de considerarlas actividades que te llevan a alcanzar el placer por si mismas); ello se debe a que tal cultura popular busca, como objetivo principal, matar el rato. Su condición es, definitivamente, efímera y no pretende, salvo en almas excesivamente simples, alcanzar mayor trascendencia. 

viernes, 1 de agosto de 2014

Con Ánimo De Amar y Her: Dos Películas, La Misma Moraleja

Si quieres saber, buen lector, lo que significa el amor, no tienes más que leer este enlace o este otro. En ambos casos, lo que queda en claro, es la fuerza de la biología, la compulsión obsesiva de los genes por perpetuarse; sin importar que emocionalmente resulten en fracasos estruendosos para los pobres esclavos del ADN, que somos los humanos. 

Sin embargo, hoy estamos decididos a contrariar a todo fanático de la comedias románticas, que nos tilde de pesimistas y hablaremos de dos filmes en los que el amor triunfa:  In the Mood For Love (Con Ánimo de Amar, Deseando Amar o, sencillamente, 花樣年華) de Wong Kar Wai y Her (Ella) de Spike Jonze.

¡Un momento! -me dirán, seguramente. Cómo podemos hablar del triunfo del amor si en ninguna de las dos películas hay un happy ending, luego de la declaración romántica camino al aeropuerto que logra reconciliar a la pareja que sintió fracturada la pureza de sus sentimientos por un malentendido de cuando aún no se amaban; ni hay boda ostentosa donde sus amigos, a su vez, puedan enamorarse. ¡Ni siquiera llegan a tocarse, por Dios Santo!

Y es cierto que en ninguna de ellas, se llega  la consumación física del amor. En un caso, por decisión voluntaria de los involucrados; y, en el otro, sencillamente, es imposible porque a una de las partes le falta, justamente, un cuerpo. Pero en ambas historias, el verdadero fracaso no es el de los amantes frustrados; pues, todas las partes mantienen intactos sus sentimientos hacia la otra parte luego de las separaciones (Samantha de Her no cuenta porque no es humana); y, presumimos, que seguirán manteniéndolos, e incluso, reforzándolos durante años; a menos que les aparezca en el camino una historia que pueda superar a la anterior. Eso es una de las tres cosas que nos alejan del resto de los animales: Nuestra capacidad por perennizar el deseo hacia lo que nunca hemos tenido ni podremos tener (las otras dos son la risa y la pornografía, claro). Siempre recordaremos a la niña que no besamos, al viaje que no hicimos, al carro que no tuvimos, a la vida que no nos tocó, con una ternura que ya quisieran nuestros hijos que hubiéramos tenido con ellos alguna vez. 


Es el mismo sentimiento que una vez tuvieron Jesse y Céline, antes de mandar su momento perfecto a la mierda y cerrar el círculo del enamoramiento-hastío, del que hablaremos en un par de párrafos. Porque, al fin y al cabo, el ADN no va a quedarse sentado mientras ve peligrar su perpetuación por las nefastas perversiones sociales que se inventan los humanos, como el amor platónico o el virtual. 

Veamos: Al amor lo hemos inventado para justificar el sexo monógamo y fundar familias, lo que redunda en la perpetuación de la especie y del orden social. Ante ello podemos oponer algún tipo de rebeldía: El sexo indiscriminado, la masturbación, el sexo grupal, la abstinencia (acompañada de violento fundamentalismo, por supuesto, o de drogas duras); pero a la larga, por mucho que luchemos contra ello, solo nos queda la soledad y el vacío que esta genera (verdadero motor del ADN para sus maléficos planes) y, no hay sexo que dure mil años y, por muy Hugh Hefner que seas, en apenas unas décadas te cansaras de la carne o, peor aún, ésta te será completamente inútil y te lanzarás a los leones, desesperado por unas migajas de compañía, por una caricia, por un "te quiero" que por muy falso que sea, siempre termina sonando mejor que un "son cincuenta la hora, incluye poses, pero no acabar encima mío", como le pasa al bueno de Hefner que por muy dueño del imperio Playboy que sea, terminó claudicando a un matrimonio con alguien que podría ser la nieta de su nieta porque la soledad ya apaleaba sus viejos huesos y, a diferencia de cualquier persona común, tiene el dinero suficiente para pagar una mentira hasta la muerte.
Cuando no eres Hefner, las cosas son aún más sencillas; todos pasamos por el mismo ciclo: Amor, Relación, Hastío, Separación y a repetir el proceso una, dos o catorce mil veces hasta que una circunstancia X: Hijos, vejez, pobreza, fealdad, etc; hace que te sea imposible repetir el bucle otra vez; y, en ese momento aparece un nuevo componente: Resignación. Es allí cuando entran a tallar las telenovelas, los partidos de fútbol, los tés de tías, los viernes de poker, la delegación inmediata del peso de todo lo que quisiste y no pudiste ser, a las espaldas de tus hijos. Es ese el momento, cuando ni tú ni tu pareja se soportan pero no conciben la vida el uno sin el otro, cuando los genes se felicitan unos  otros por la excelente labor realizada.

En In the Mood for Love, la pareja, o mejor dicho, la no pareja formada por Chow y Su, descubre que sus respectivos esposos son, en realidad, amantes y de una manera un tanto morbosa, empiezan a reunirse, entre otras cosas, para seguir tangencialmente las actividades de sus cónyuges. En una situación así, lo normal es la venganza sexual. Sin embargo, nuestros queridos personajes descubren, poco a poco, la enorme afinidad que existe entre ellos. Una afinidad que ni con prácticas forzadas hubieran podido alcanzar con sus verdaderas parejas. Es decir, se enamoran. Pero el hecho de que la circunstancia de su encuentro sea, justamente, la infidelidad, los cohíbe de manera permanente de llegar a algo físico, por el temor a vulgarizar sus sentimientos. Así se pasan gran parte de la película: sin tocarse pero muriendo de ganas de hacerlo; hasta que Chow (siempre es más débil el hombre, por su constante producción de espermatozoides, ya lo sabemos), le propone  a Su irse con él a Singapur. Ella duda el tiempo suficiente como para no encontrarse con él a pesar de su posterior arrepentimiento. Vamos, que al final tampoco habían sido de plomo nuestros héroes. Pero, como no se le ocurre hacer un libro para encontrarla, lo suyo queda como una historia no escrita para siempre, un boceto, un pudo ser, el tipo de amores cobardes que no llegan a historias y se quedan allí, que nos decía Silvio. Y ellos arrepintiéndose toda la vida por sus reparos morales; envejeciendo en posteriores historias grises y añorando borrar el minuto en que las cagaron; pero, claro, ni la vida, ni las películas de Wong Kar Wai te dan segundas oportunidades (Bueno, Chunking Express, sí. Pero no estamos para comedias románticas)

Por el lado de Her, tenemos una historia casi típica: El amor virtual. Siempre somos mejores con el filtro de un teclado. Siempre podemos acudir a la Wikipedia si nos falta un dato o a una página de chistes, para hacernos más amenos. Además, los silencios no son incómodos en la internet y los minutos sin decirnos nada nos sirven para actualizar los estados del feisbug y revisar la prensa. En circunstancias así, es mucho más fácil impresionar y ser impresionado. Es cierto que nos maquillamos un poco, pero también que nos desnudamos emocionalmente sin vergüenza, si sabemos que nuestra amada/o puede ser bloqueado/a con un click, si las cosas no resultan lo que esperamos. Si, encima, nuestra pareja virtual es una supercomputadora que no duerme y que tiene acceso directo a información privilegiada, jamás nos aburriremos con ella. El problema es que, por muy interesante que Samantha sea, el amor implica sexo, porque el contacto físico nos aleja, temporalmente, de nuestra soledad. Puede haber infinidad de personas que digan: A mi lo que me gusta es su interior; pero sin deseo sexual el vacío no desaparece. Sino pregúntense porqué se pasan la vida buscando un hombre/mujer y no se dan por satisfechos jugando playstation o entrenando en el gimnasio con los amigos/as. Los amigos te entretienen, no te llenan; y nuestra inmensa debilidad de portadores de ADN nos obliga a buscar esto último, no las conversaciones. Es por eso que Samantha, máquina finalmente y despojada de esas angustias, busca una sustituta real para que Theodore pueda tener sexo con ella, lo que le resulta mucho más frustrante (Ya vimos lo del deseo en general y lo del deseo individualizado, que es lo que llamamos amor). Finalmente, ella se harta de él, de su patética humanidad (=sexo) y evoluciona por sobre los humanos, con lo que Theodore pierde su atractivo ante el "No eres tú, soy yo"  más mecánico pero sincero de la historia de la cinematografía.

Para concluir, debo confesar que inicié este post para hablar de las bondades del amor frustrado, del coitus interruptus sentimental, que predican estos filmes; pero descubrí que ambas películas nos dicen lo mismo: El amor sin sexo puede que te dure toda la vida; pero no hay Cristo que no prefiera una historia tormentosa, autodestructiva y absolutamente apasionada, aunque te dure, apenas, unas pocas horas. 

miércoles, 30 de julio de 2014

El Planeta de los Simios 2: Violencia Interracial para Dummies

Ahora que millones de comprometidos protestan activamente contra la masacre de Gaza a través de caritas tristes en sus estados de facebook; o, los más revolucionarios marchan, juntas firmas, hacen vigilias o hasta dedican novenas a la virgen para que socorra a los palestinos (Actos que han demostrado, previamente, su enorme efectividad al hacer de nuestro mundo el oasis de paz e igualdad en que lo han convertido las buenas intenciones), la Meca del cine no podía dejar pasar la oportunidad de ganar algunos milloncillos con la indignación popular; así que, qué mejor que estrenar una película que trata, justamente, del origen del odio interracial; aunque, claro, odio entre monos y humanos, que tampoco es cuestión de indignar a los financistas judíos.

El Amanecer del Planeta de los Simios, sigue la historia del chimpancé César luego de una década de su fuga y del inicio de la gripe simia, que diezmó a la humanidad (que seguramente no calibró la gravedad del asunto, pensando que: "Esta vez no vamos a caer en el cuento de la pandemia para forrar en dinero a las farmacéuticas con nuestro miedo, como ya lo hicimos con la aviar y la porcina"), se ha convertido en el líder de un esbozo de civilización sui generis, en la que el componente pacifista es crucial, lo que se pone de manifiesto en el principal dogma de su pueblo: Simio no mata simio (cuyo precursor es nuestro peruanísimo: Otorongo no come otorongo. Aunque, claro, éste otro dicho se refiere a los nulos intentos de fiscalización de las autoridades por parte de las autoridades, para evitar que algún día se les fiscalice a ellos).

El hecho es que César realiza un trabajo más que aceptable en su mundo intermedio entre la naturaleza salvaje y la civilización, aunque su corazoncito siempre tiende hacia los enemigos humanos. Por lo que, cuando éstos aparecen, después de considerarseles extintos por lo menos un par de años, a pesar de estar viviendo a cuatro kilómetros unos de otros como mucho (Debe ser que sin internet, las distancias son infinitas), decide hacer que su pueblo les ayude a recuperar la luz y, por tanto, el predominio sobre el resto de la naturaleza. Esto no es tomado a bien por todos sus seguidores, en especial por Koba, el bonobo resentido contra la humanidad (sólo porque lo torturaron infinidad de veces cuando era un sujeto de pruebas de laboratorio). Para él, un humano bueno es un humano muerto; por lo que, la colaboración estrecha entre razas para lograr objetivos comunes se le hace tan insostenible como a Estados Unidos la posesión de armas nucleares, en el Medio Oriente, de cualquiera que no sea el Estado de Israel.


Koba se debate entre la lealtad a César y el convencimiento de que aquel está cometiendo un error; mientras, el propio César se debate entre su pasado entre humanos, que le hace ayudarlos, así sepa que el éxito redundará en el restablecimiento de las condiciones anteriores a la plaga, y la lealtad hacia su amigo y su pueblo.

El conflicto entre lo que está bien y lo que está mal; el elegir entre tus propios valores y los colectivos; el apoyar lo moralmente correcto, contra lo racionalmente incorrecto, se presentan casi desde el comienzo de la película y el desarrollo de tan peliagudos temas dura más o menos 43 segundos, antes de convertirse en un bodrio absolutamente predecible, en el que tanto monos como humanos son buenos como la harina de quinua, salvo uno por bando, que son malos muy malos e intolerantes y por su culpa se inician todas las desgracias que pueblan el resto del metraje y justifican la película.

Sin embargo, el argumento Disney parece que no pasó por una censura integral esta vez; ya que, sin querer, han mostrado el verdadero problema: La masa ignorante. Los simios siguen sin despeinarse tanto el pacifismo universalizante de César como los delirios mesiánico catastróficos de Koba (Lo mismo pasa con los humanos, pero esta película trata de monos, por eso no hablamos de esa parte). Ayudan a los humanos y luego los matan sin que, salvo por un mono joven (ya saben, esta juventud descarriada), exista el menor conflicto ético por la masacre desproporcionada. Es más, si bien el justificante del ataque a los humanos es un pretendido atentado terrorista por parte de un humano (¿Les suena a un medio oriente conocido?), esto es una vulgar excusa para desatar la xenofobia tan cara a los cromosomas que compartimos todos los monos; puesto que, cuando César reaparece, nadie piensa: "Abrase visto lo hijo de puta que había sido este Koba, manipulador de mierda"  sino empiezan a hacer los clasicos ruiditos simiescos alrededor de su líderes, mientras ellos combaten a muerte, para saber si seguirán a los neofascistas o al partido pirata. Pero, claro, como son masa, tampoco existe un juicio moral contra ellos, una vez que vence César, pues se sobreentiende la amoralidad de la plebe; lo que resulta más aterrador que cualquier epidemia. 

lunes, 14 de julio de 2014

Oldboy 2013: O cómo convertir el oro en plomo

Luego de reconocer, hidalgamente, que Messi jamás será Maradona (Por lo que este post puede ser considerado spam, o directamente: Basura) volvemos a nuestros temas tradicionales: Sexo, violencia y cubos rubik.

Todos esto se halla en abundancia en Oldboy de Park Chan Wook. Probablemente el filme que más veces haya visto y disfrutado en mi vida, sin tener que condimentarlo con ningún tipo de alucinógenos. La historia nos ofrece un poco de gangster movie a lo Johnnie To, gore extravagante a lo Takashi Miike, las piruetas excesivas de Ang Lee y hasta el romanticismo poético y meloso de Wong Kar Wai. Si eso fuera poco,  tenemos también una tragedia edípica inversa, una clase práctica de alimentación marina baja en grasa y una venganza tratada de tal manera que nos demuestra la torpeza autoral de directores encumbrados como Scorsese en "Cabo de Miedo".
Park Chan Wook significó mi entrada con fuerza al cine surcoreano (Oh sí, existe cine en otras lenguas además del inglés y del español), uno de los más retorcidos e interesantes del retorcido e interesante cine oriental (que es mucho más que pataditas de artes marciales y horrorosas teen movies). 

El mérito del director en haber hecho de Oldboy lo que fue, es enorme. Pero, hubo un tiempo en que pensé que con semejante historia, hasta un realizador de más bajo nivel hubiera logrado una más que decente película. Es por eso que, a pesar de los comentarios negativos (achacados, en mi inocencia, a la pedantería culturosa de los críticos) sentí maripositas en el estómago (como si se tratara volver a ver a un amor de infancia, mitificada en tu consciencia, por el paso del tiempo) cuando supe que se había filmado un remake estadounidense. Es cierto que Hollywood se caracteriza por minimizar cualquier atisbo de originalidad de las versiones que realiza y que simplifica los guiones para que lleguen a ser comprensibles hasta para el organismo mononeuronal más obtuso. Pero ¿y qué? -pensé. Oldboy es tan, pero tan buena, que hasta ganaría un Mundial sin ayuda (como lo pensé de Messi).

Sin embargo, desde la elección del director, empecé a sospechar que las cosas podrían terminar peor que si la historia hubiera sido realizada por Spielberg. Spike Lee es un realizador plano, con un estilo visual aburrido y para quien el humor es cosa de racistas del Ku Kux Klan. Spike se ve a sí mismo como una especie de Malcolm X cinematográfico. Pontificador hasta la náusea, siempre tuvo la virtud de arruinar películas entretenidas con su carga de moralina revanchista. Además, ¿Qué se podría esperar de alguien que critica virulentamente a Tarantino por usar muchas veces la palabra "nigger" en sus películas? Justamente a Tarantino, que es el mayor evangelista del cine asiático en Occidente.

Por si fuera poco, los actores principales tampoco parecían dar la talla: Josh Brolin es un buen actor, pero sin los matices necesarios para representar al torturado Oh Dae-su. Al igual que con el director, su clamorosa falta de humor va en contra del personaje. Y el personaje de Lee Woo-jin para Elizabeth Olsen (la hermana menor de las freaky twins, que parece ser la que se llevó el talento actoral en la familia), cuando era un papel cantado para Chloe Grace Moretz tampoco alegra demasiado. 

Y la esperanza, a pesar de las evidencias (Como con Argentina), se mantuvo hasta el infame momento en que empezó ese bodrio y tuve que echar mano a la bolsa de papel (que siempre llevo conmigo para situaciones como ésta) y vomitar mi indignación mezclada con granos de arroz de la comida vespertina. Spike Lee consiguió convertir una gran película en en una infame y vulgar película de acción ochentera, más propia de Van Damme o Nick Nolte (Hasta se parece a Brolin, éste último) y lo que era una trágica y tortuosa historia se vuelve, por obra y gracia del mercado subnormal al que se dirigen las producciones hollywoodenses, en un producto convencional, con la misma calidad artística que esto. 

Lo bueno de todo esto es que me hizo olvidar la frustración de la final perdida y adquirí la certeza de que nunca más veré adaptaciones hollywoodenses (Certeza que, por otra parte, me falla desde los lejanos tiempos de Vanilla Sky).

sábado, 12 de julio de 2014

Ahora si La Final: Luego no nos quedara mas que ese aburrido conflicto de Gaza

Cada cuatro años el mundo entra entra en un limbo. Atrás quedan los problemas económicos, las crisis familiares, las masacres y genocidios de toda la vida. Atrás quedan la muerte y la enfermedad, la intolerancia religiosa y la lucha esclavizante por ser el mejor. Al cabo, todo eso nos estará esperando una vez que salga el campeón y se desvanezca el efecto del último chute de heroína televisiva que nos ofrece la Fifa durante un mes (Ya le costará entender a Brasil durante los próximos años que ofrecer no es lo mismo que regalar). 

Así que aquí estamos: A un puñado de horas de la normalidad, de la rutina, de la exasperación, del pleno convencimiento de que lo que no es una mierda, no tardará en serlo. Pero, por primera vez desde que tengo uso de razón, llego a ese último día con la fe intacta, con la adrenalina al cien y el orgullo de no haber hecho el ridículo en mis predicciones. 

Es así que, el país que siento, alienadamente, como propio en cuestiones futbolísticas (mira lo que logras Perú: Emigración fanatiquista), ha llegado a la final. La Argentina de Messi, que me jugó tan feo en el 2010, puede cobrarse la revancha en la última instancia, ya no en los mediocres cuartos de final; y, a pesar de lo que dice la inmensa mayoría, las posibilidades de ver a Messi en el papel de Maradona besando la copa, son muchas.

¿Pero no es Alemania el equipo más goleador? ¿El de la mejor defensa? ¿El del mejor arquero? ¿No es quizás, el fútbol de Argentina tan, pero tan pobre, que ha hecho de ¡Rojo! una de sus figuras? ¿No es que Messi está cansado, viejo, agotado, aburguesado y ya no es ni la sombra de lo que fue alguna vez? ¿No es que el llamado a ser el salvador, Di María, está lesionado? ¿No es que se juega en el Maracaná y los brasileños preferirían moler el Pão de Açúcar y venderlo como tierra para abono a que Argentina campeone en su país?, ¿No es que, por último, el 89 por ciento de la población humana está hasta las narices de la petulancia de los argentinos y considera que lo que les hace falta no es un baño, sino un océano de humildad?

Pues todo es cierto y, sin embargo, por mera repetición de la historia debería ganar Argentina. Ya saben: El tiempo circular, el eterno retorno. Como lo dice Borges (argentino, claro) en un poema: "Los astros y los hombres vuelven cíclicamente". Y en este caso, el astro ha vuelto y acompañado por el mismo grupo de impresentables. Maradona, arreglaba los entuertos del mediocre equipo que le tocó en suerte de la misma manera en que ahora lo hace Messi. Los paralelos entre ambos no quedan sólo allí: Los dos tuvieron un Mundial previo, el de la esperanza, que trocó en absoluta decepción (82 para Diego, 2010 para Messi); ambos tienen un sidekick, un Robin en quien apoyarse cuando se dan cuenta que el resto del equipo está allí sólo para llenar la página del país en el album Panini: Valdano para Maradona(Aunque no tan determinante como Cannigia en el 90) y Di María para Messi. Además, en la parte de atrás del equipo destacaba nítidamente un tal Ruggeri, de la misma manera que ahora lo hace Mascherano. La única diferencia con ese Mundial, sería que Romero se ha convertido en el salvador de los penales, como lo hizo Goycochea en el 90 ¡Hasta se llaman Sergio los dos! y, en esa Copa perdió Argentina. Por eso, salvo ese pequeño detalle, Argentina está predestinado a ser campeón. ¡Hasta el rival es el mismo! 

Y si nos arrancamos la metafísica de encima y nos ponemos pragmáticos (Especialidad alemana, por otro lado), también deberíamos dar por favorito a Argentina, pues si Messi no ha brillado en los últimos partidos, es porque los rivales han renunciado a cualquier tipo de ataque para evitar que se les escape, lo que es equivalente a gol, en su caso. Prefieren, claro, la lotería de los penales. Alemania es demasiado orgullosa para hacerlo así. Los teutones van a intentar pasar por encima, como con Brasil, con su fútbol exquisito. Y esos metros que necesariamente regalarán a la Pulga, serán suficientes para consagrarlo como leyenda. 

Y luego del festejo, claro, ya tendrán tiempo los medios de buscarnos otro entretenimiento para olvidarnos de Gaza y seguiremos felices con nuestro circo (que el pan ya no es tan fácil que los lo inviten)