martes, 27 de diciembre de 2011

Quinientos Días de Verano: No se puede vivir del amor



La película en Latinoamérica tiene el miserable título de “Quinientos días juntos”. Lo menciono sólo para cuando la vayan a pedir en su videotienda legal favorita, pues no pienso perder tiempo en repudiar semejante desatino y voy a tratar de superar la dificultad de escribir con la bilis que me sale por los ojos al haber reventado mi hígado de furia e iré directamente a lo que todos los lectores de Periódico de a China esperan ansiosos: que les cuente el final de la película.


Pues todo se resume en que no, el perdedor esta vez no se queda con la bella damisela. Aunque cabe aclarar que para hacer una cierta concesión a la audiencia, el protagonista termina buscando un trabajo decente que le permita algún día llegar a ser -al menos- miembro supernumerario del Opus. Fuera de este guiño a los viejos valores judeo-cristianos de toda película de bien (perdonable, por otra parte, puesto que se tiene que vender, y el hecho de mostrar a un fracasado que no tiene intenciones de cambiar es casi tan escandaloso como fumar en un filme hollywoodense contemporáneo), la película refleja fielmente la triste realidad emocional de la gran mayoría de varones pertenecientes (no cronológica, sino actitudinalmente) a la nefasta generación X.


Óiganlo bien: ¡Los hombres también creen en princesas azules! (Y no, no estoy hablando nuevamente de Avatar). A pesar del mito del macho latino que sólo ve a la mujer como un pedazo de carne, la realidad nos muestra que son muchos los hombres que realmente se pasan la adolescencia (es decir, el periodo comprendido aproximadamente entre los 13 y los 45 años) buscando al “gran amor de su vida”. Es cierto que tales personajes no suelen ser aquellos que están destinados a regir los destinos de la humanidad sino, más bien,frikis de toda calaña con distintos niveles de desadaptación social -como jugadores de Age of Empires, autistas o escritores.



Quizás por estas taras socio-emocionales, nuestros héroes (o el héroe de la película, que es de quien estamos hablando) suelen pensar o esperar que al encontrar a esta contraparte femenina sus vidas lograrán enrumbarse hacia el Edén de los placeres sentimentales (que no carnales). Al ser incapaces de optar por los placeres eróticos de la Bolsa de Valores o de la especulación inmobiliaria, estos pobres seres tienden a enamorarse perdidamente como quinceañeras del vampiro Pattinson.


Este tipo de amor suele incluir un par de circunstancias extraordinarias al momento de conocer a la mujer en cuestión (como por ejemplo encontrarla en la sala de tu casa porque te espera para hacerte una auditoría y en lugar de entregarle tus estados contables haces un anillo con la platina de tu caja de cigarrillos y se la entregas al tiempo que le pides que se case contigo y ella, en lugar de denunciarte a la SUNAT por ser claramente un evasor de impuestos, reacciona con una sonrisa benévola) que llevan a pensar al pobre tipo que el destino le ha mostrado, por fin, los números ganadores de la tinka y que este momento estaba escrito hace milenios en una página perdida de la Toráh o en las profecías mayas, justo entre la anunciada venida de Cobain y el fin del mundo del 2012.


Sin embargo, casi siempre la predestinada no tiene las mismas sensaciones metafísicas hacia el predestinado y sencillamente lo ignora, o peor aún, lo convierte en “el buen amigo” (oprobio peor que la muerte, pero que para el obnubilado héroe es como el paso previo al amor eterno que surgirá apenas ella se canse de llorar amantes y descubra que a su lado se halla lo que siempre esperó -como en El Amor en Tiempos del Cólera, pero de preferencia con mayor prontitud).


El asunto da para mucho pero de lo que trata la película es del raro caso en que la mujer de los sueños de nuestro héroe, no sólo cumple con sus requisitos ideales: bonita, divertida, inteligente y con la capacidad de entibiar el Ártico con su sonrisa. Sino que esta vez se encuentra sinceramente atraída por él, al punto -incluso- de iniciar una relación. En este caso el convencimiento que llega a tener el héroe sobre la predestinación llega casi al nivel de la megalomanía de Alan García.


Al principio son sus cualidades de perdedor las que atraen a la damisela hacia él. Son esos atributos de genio potencial y de fracasado evidente los que le parecen geniales y hacen que le vea tan diferente a los demás hombres que ha conocido en su vida y hacen que ella también se sienta enamorada (sin predestinaciones ni eternidades, simplemente enamorada). Si en ese momento les diera un paro cardiaco a los dos y salieran los créditos y una musiquita empalagosa, sería el final perfecto de cualquier comedia romántica. Pero en este caso, la película recién empieza y como una relación predestinada de amor absoluto suele ser sorprendentemente parecida a cualquier otra y, como todas, pasado el efecto inicial de ceguera amatoria aparecen los típicos problemas de pareja.


El protagonista empieza a ver defectos en la heroína, como su terrible necesidad de aceptación social -así lo disfrace de mil maneras-, pero no permite que dichas ideas crucen el umbral del raciocinio y aunque a veces tiene grandes intenciones de matarla, no hace más que obligarse a pensar que es perfecta e idealizarla con mayor ahínco. Luego del filtro de la censura interior -tan efectivo como la que se ejerce en el APRA sobre las propiedades ocultas del dos veces Presidente- regresa del limbo con su amor fortalecido y el convencimiento de que los hados no se han equivocado.


Ella, por su parte, sabe que él es muy diferente a todos los tipos que ha conocido en su vida, pero también descubre poco a poco que dichas particularidades se le hacen intolerables y sus conflictos interiores e incapacidad para ser un ente productivo y satisfecho, que al comienzo le habían parecido tan encantadores, se le hacen insufribles. “Para almas atormentadas me basta y me sobra con los Cullen” -seguramente pensará. Y como toda mujer, empieza a añorar seguridad: emocional, económica, intelectual, incluso sexual. En ese momento terminara su relación esperando, naturalmente, que él siempre esté enamorado de ella.


El héroe siente, entonces, que el mundo se le acaba. El sufrimiento es infinito, de acuerdo a la infinitud de su amor. Quizá se siente un poco liberado pero eso le hace sentir aun más culpable porque está traicionando la rotundidad de sus sentimientos, pero no hay problema: siempre encontrará nuevas maneras de sufrir. Entonces el héroe se dedica con ahínco y fervor a penar durante gran parte del metraje esperando volver con la heroína -por lo de la predestinación, ya saben- y cuando se la encuentra por casualidad en la calle y ella le mira con esa miradita de ternura con la que siempre le ha mirado y le invita a su casa, naturalmente el sabe que ya, que estuvo bueno de pruebas divinas, que la Sarita Colonia es poderosa y que ahora sí le escucho los rezos. El futuro lo siente claro y piensa que ahora sí serán felices, que los créditos saldrán en el momento justo y que el amor triunfará como en las canciones de RBD. Y realmente triunfa, porque ella se casa con otro (a pesar de haberle dicho durante toda la película que no cree en relaciones serias. Ya saben, la constancia de las mujeres es proverbial) y el protagonista descubre, por fin, que de repente eso de la predestinación es como la democracia participativa: puede sonar muy bonito pero en el fondo es pura mierda imposible.


En ese momento, el héroe da un paso adelante en pos de la rehabilitación de su especie y descubre que por muchos paisajes espectaculares que tenga Avatar nunca será una gran película y que, por muchos momentos inolvidables que haya tenido con Summer su verdadera relación nunca estará al nivel de lo que quiso pensar que fue. Y eso no hace menos bella, divertida e inteligente al objeto de su amor tortuoso. Tampoco quiere decir que pensará que en realidad la que estaba predestinada para él estaba por llegar y que sólo había sido un caso de mala apreciación de su parte el sentimiento por Summer. Deja de obligarse a amar porque “estaba escrito” y eso se muestra justamente al final de la película cuando -ya curado de su cáncer sentimental- en una entrevista de trabajo (la concesión a la platea de la que hablaba) conoce a Otoño.


Podrían pensar, agudos y sufrientes lectores que han llegado hasta aquí, que si una era Verano y la siguiente mujer que conoce (y con la que aparentemente saldrá) se llama Otoño, pues todo lo aquí dicho tiene el mismo sentido que los balbuceos de Alejandro Toledo hablando de cuestiones tan complejas como el número de dedos de su mano izquierda y que la predestinación es evidente. Pues déjenme decirles, que yo lo veo más bien del siguiente modo (y como sabrán en Periodico de a China difícilmente nos equivocamos): Summer -o Verano- representa la niñez emocional; los castillos de arena; la playa: el sol; la emoción extrema y a la vez fugaz; el ardor pasional; el momento de la vida en que piensas que meterse hasta donde revienta el tumbo es lo más importante en el Universo. Otoño representa algo que quizás pueda ser tan fuerte, tan pasional y profundo que pueda llegar a convertirse en una especie de Primavera (o sea algo importante, no mariconadas de florecitas y maripositas, que ésta es una metáfora de lo más varonil), o no ser nada espectacular y terminar en un Invierno cualquiera. Donde el momento inicial no determina nada, que no tenemos un destino mágico esperando por nosotros y que, probablemente, las relaciones más importantes de nuestras vidas sólo sean producto de la más pura casualidad, como le pasó al Perú con Fujimori. Habrá quizás mil fracasos o un éxito rotundo (esto último en caso de los redactores y lectores del Periódico de a china, que podemos decir -sin temeridad. que somos todos unos ganadores) pero de cualquier manera todo será culpa o virtud de las mismas relaciones y no de la comedia romántica de final meloso que nos forjamos en la mente.