miércoles, 6 de abril de 2011

Clásicos del Futuro: Titanic o el naufragio del cine

Cuando Titanic fue estrenada, millones de amantes del cine de acción se dirigieron presurosos a las salas. Las esperanzas puestas en el gigantesco buque como escenario para un filme de James Cameron, eran inmensas. Es así que los fanáticos soportaban estoicamente los insufribles minutos iniciales donde sólo se descubre el barco y a una viejecita, que parece haber sido Kate Winslet en su juventud, porque todos sabían que en cualquier momento aparecería Schwarzenegger -fusil de retrocarga en mano- a descabezar a cualquier irlandés que pudiera ser el líder de la futura resistencia -lo que explicaría tanto las razones del hundimiento, como la presencia en los créditos del Justin Bieber de la época: Leonardo Di Caprio.
Conforme pasaba el tiempo, algunos -los más avispados- iban descubriendo que sus vecinos se encontraban plácidamente dormidos en sus butacas y que, quizás, nos habíamos equivocado de sala y habíamos caído en plena maratón de películas románticas. Justo cuando nos disponemos a irnos, aparecen en pantalla las tetas de esa gordita, que tiene un cierto parecido con Kate Winslet, por lo que decidimos darle otra oportunidad a la película. Además, el que le sea descaradamente infiel al novio malo malísimo, con el Justin Bieber del proletariado que viaja a América para alcanzar sus sueños (O audicionar para American Idol), nos permite odiar, más aún, al clon estúpido de Macaulay Culkin a quien hubiéramos querido lanzar por la borda en el inmortal momento en que instituye un gobierno globalizado y se auto denomina monarca de este novísimo macro estado. Empezamos a contar los minutos, o las horas -que me parece dura 127 de ellas- que deben faltar para que aparezca el Terminator a finiquitar al galán de un balazo entre las cejas; cuando, de pronto, el barco se hunde, la gente se muere, algunos se salvan y Di Caprio se congela de manera tan heroica y romántica que ya algunos deciden prender fuego a la sala. Los demás no hacen nada por impedirlo. Las quemaduras de tercer grado son preferibles a la sobre exposición azucarada que acabamos de presenciar.

Varios años después, el odio de una generación de frikis hacia Cameron era inalterable. Al menos, hasta que llegó Avatar y muchos de ellos, engolosinados por los efectos especiales y cuyas secuelas titanescas eran sólo superficiales, lograron volver a su redil. Los demás, celebramos orgiásticamente que su bodrio azul perdiera el Óscar contra: ¡Su ex esposa! MIllones de estafados nos sentimos reivindicados cuando Kathryn Bigelow levantó la estatuilla dorada y, finalmente, pudimos descargar nuestra furia fílmica contra Steven Spielberg.