Luego de un año de problemas técnicos, este blog regresa con toda la energía que es capaz de entregar un anoréxico frente a un buffet de pastas.
Y sin mayores explicaciones sobre nuestra prolongada ausencia o sobre la pésima, e incorrecta políticamente, broma del párrafo inicial, nos metemos de lleno en un tema de constante actualidad desde que al bueno de George W. Bush se le dio por recordarnos que la moral es sólo una: La cristiana; y, que cualquier acción que se aleje un palmo de las enseñanzas divinas (que tan bien saben adaptarse a cualquier intento de progreso social) debe ser castigada con el escarnio público, ya sea que la cometa un terrorista islamofílico, un actor alcohólico y adicto al sexo de pago o una señorita universitaria que pasa sus vacaciones de verano enseñando las tetas en un exótico festival de algún país hispanohablante.
Moralismo al que se adscriben desde reaccionarios derechistas de toda la vida hasta esa abundante especie de cucaracha urbana llamada "librepensador socialdemócrata" pasando por adolescentes fundamentalistas fanáticas de Crepúsculo.

A raíz de algunas fotografías, como las que vemos en este post, gran parte de la prensa internacional (en español, pues en verdad no me he tomado el trabajo de verificarlo en otras lenguas) ha decidido que los rostros alcoholizados y felices de las niñas que ofrecen un toque de su piel a los buenos parroquianos que agradecen tener algo mejor que hacer que ser perseguidos por un toro (y que en algunos años sería recordado, por ellas, como una travesura juvenil, que les arrancaría una sonrisa en medio de la monotonía de sus vidas adultas de madres de familia) reflejan en realidad el pavor, la impotencia y la desesperación de unas mujeres esclavizadas para el sexo, condenadas a satisfacer las perversiones de la masa por el simple hecho de querer ser espectadoras de un espectáculo folclórico.
Es muy cierto que la calidad de un héroe es proporcional al poderío del rival con el que debe enfrentarse. Pues no es lo mismo un gigante que aplasta bandidos en un camino cualquiera que Ulises engañando a Polifemo ni el capitán de un acorazado de guerra aniquilando piratas somalíes en piraguas que Miguel Grau enfrentando con su único buque a toda la armada chilena.
Los actos que ensalzan a un hombre por encima del arrojo patriótico o de una vulgar bravura son aquellos en que eres manifiestamente inferior a tu rival y, aún así, lo enfrentas, sabiendo que te puedes dejar la vida en ello. El heroísmo es ilógico, irracional, absurdo; es por eso que es tan escaso y tan admirado.
Si tienes todo el poder del mundo, es fácil convertirte en un paladín de la justicia como Supermán (Probablemente el personaje más plano del mundo del cómic: Justiciero mediocre, reportero mediocre y probable miembro del Tea Party) y aún así hacerlo mal, pues con todo el poder, al menos pudo acabar con la guerra en el mundo con la amenaza de sus superrepresalias (Un poco lo que hizo Iron Man, que utilizó el poder de su traje para eso y no para amedrentar carteristas que disminuyeran el valor comercial del metro cuadrado de tu zona)
Si bien la fortaleza del rival es el requisito para convertirte en héroe, la complejidad de éstos puede lograr que seas uno interesante. Y es justo en esto, que la mayoría de películas de superhéroes fallan, pues casi siempre la historia trata sobre vencer a un supervillano cuyo único fin es el dominio mundial.
A diferencia de casi todas estas películas (y sí, también a diferencia del sobrevalorado Batman de Tim Burton), las de Cristopher Nolan se caracterizan por dotarle de enemigos a quienes no podríamos llamar simplistamente como "malos malísimos", ni siquiera como "malos" a secas, pues las motivaciones que los llevan a ser quienes son se encuentran más allá de la idea judeocristiana del mal absoluto.
En Batman Begins, por ejemplo, el villano, Ra's Al Ghul es el líder de una sociedad secreta que tiene como fin purificar la raza humana, combatir el pecado y hacer de nosotros una sociedad global inmaculada (Pues como Josémaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, o el bueno de Mitt Romney y sus mormones),
Cualquiera que haya jugado el Pro Evolution Soccer en los últimos diez años sabía -antes del súbito reconocimiento de la prensa- que Pirlo es un jugador espectacular, pero no sólo eso, pues en el mundo hay muchos. Lo que hace diferente al italiano es que su capacidad para mejorar el juego del resto de sus compañeros: Italia juega bien porque Pirlo juega bien; y, en un deporte colectivo, eso es mucho más valioso que las 25 bicicletas que pueda hacerte un Neymar cualquiera. Esa clase de jugadores es verdaderamente rara y -curiosamente- Italia "the master of catenaccio" ha tenido algunos de los motores más talentosos de la historia, como Roberto Baggio, Del Piero o Gianni Rivera.
Ese nivel de talento potenciador no está, por supuesto, al alcance de cualquier "fenómeno". Ninguno de los Ronaldos, ni el "Religioso", ni el Borrachín ni el "Shemale lover"lo han tenido. Ellos necesitan de un equipo que juegue para ellos, o, al menos, jugar solos y eso sólo crea leyendas individuales y, jamás, equipos legendarios.
Hay otro tipo de jugadores que parecen estar muy cerca de ese nivel pues su talento reside en el juego de toque más que en la gambeta personal, lo que necesariamente hace que dependan de los demás para desplegar su creatividad. Sin embargo, si ellos no tienen una genialidad, sencillamente pasan desapercibidos por grandes extensiones de tiempo en cada partido. ¿Ejemplos? Zidane y en menor -mucho menor - medida, Iniesta
Y hay otros a quienes la prensa, la fanaticada de un equipo popular y los programadores del PES interesados en ampliar sus mercados inventan poderes sobrehumanos y fabrican injustas glorias a jugadores apenas cumplidores y cuyo mayor mérito es ser lo suficientemente regulares como para no cagarlas cotidianamente. Son jugadores que basan su juego en el toque intrascendente, en demorar la pelota, en dormirla, en volver tan aburrido como el softball a un juego que se supone vertiginoso. Son jugadores que nunca se han dejado crecer el pelo y probablemente jamás hayan probado drogas ni ido de putas. Tienen vidas planas como su juego y eso, unido a ocasionales pelotazos con criterio en espacios vacíos, les generan ese aire de estar por encima de la humanidad que tan bien utiliza la prensa, deseosa de modelos intachables para vender camisetas sin miedo a escándalos maradonianos, para convertirlos en figuras. El ejemplo más evidente: Xavi.

Curiosamente, en los últimos años, la presión extradeportiva lo ha idealizado al punto de ningunear a verdaderas figuras como el grandioso Pirlo. ¿Que Xavi es el mejor volante central de las últimas dos décadas? ¡Por favor! Qué facil es jugar a un toque con Ronaldinho o Cesc, o habilitar a un Messi a quién sólo basta con ponerle la bola a unos cuarenta y cinco metros de distancia para que llegue a ella con comodidad y meta no uno, sino dos goles a la vez. ¡Pero a ver intenten hacer lo mismo con el Pipo Inzaghi o Luca Toni!
Y sin embargo ¡Se ha llegado a decir que el verdadero talento del Barza no es Messi sino Xavi!
Mientras la realidad nos demuestra que el Barcelona sólo gana con el argentino en cancha (y por eso lo hacen jugar de titular hasta en los entrenamientos con la sub 15 ¡no vaya a ser que nos ganen y quién agarra esa papa caliente!) y que España basa sus éxitos en la solidez defensiva, en su destreza en los penales y en matar de aburrimiento (que en eso sí, Xavi es un grande), Pirlo brilla en un equipo considerado injustamente como defensivo como el italiano y con su calidad impresionante le acaba de dar un nuevo título a la Juventus (que se ahogaba en el mar de la mediocridad antes de su llegada).
¿El partido con España? Pues, en vista de mis desastrosos pronósticos en el Mundial (100 por ciento de desacierto), no aventuraré un resultado. Sin embargo, si existe un Dios, Italia gana 2 a 0 y Pirlo es elegido Balón de Oro del campeonato.
Finalmente, en honor del buen Xavi, tengo que decir que no considero que sea el jugador más sobrevalorado del mundo. Ni siquiera lo es de España. Ese gran honor ya lo tiene Valdez. Y si hacemos extensivo a los técnicos ese reconocimiento, pues Guardiola es indiscutible.
A pesar de vivir en un mundo donde la corrección política ha convertido a la sinceridad en un esperpento contranatura y donde la ecología y la ecoamistad se alzan como los nuevos baluartes de la política internacional, aún existen, ¡sorpréndase, usted!, algunas (muy pocas, apenas unos cientos de millones) personas para quienes el "diferente" sigue siendo un ser inferior que merece ser protegido o eliminado, de acuerdo al nivel de brutalidad al que llegue esta buena gente.
Es por eso que el equipo de Periódico de a China ha confeccionado un completísimo cuestionario para ayudarle a definir, si aún no lo tiene muy claro, si es usted la nueva encarnación del Dalai Lama o se acerca, más bien, al activismo genocida de un Himmler redivivo. Aquí vamos:
A finales del siglo XIX , el espacio exterior era un lugar mucho más fascinante de lo que puede ser ahora. La inexistencia de cualquier tipo de industria aeroespacial permitía que las historias extraterrestres más delirantes pudieran tomarse como ciertas y exacerbaran la imaginación popular. Desde autores de ficción como H.G. Wells con su "Guerra de los Mundos" hasta astrónomos como Percival Lowell en “Marte como morada de la vida”, eran muchos los que aseguraban la existencia de vida inteligente en el planeta rojo y, casi siempre, se daba por descontado que la suya era una civilización mucho más avanzada que la nuestra.
Eran tiempos más inocentes (al menos el ciudadano de a pie, que como estudiante de postgrado de humanidades contemporáneo y progresista, creía en la bondad natural del ser humano), anteriores a las dos guerras mundiales, en los que empezaba a desarrollarse la idea de "occidente" como el conjunto de valores conocidos y representante de las verdaderas "virtudes humanas" y en donde los Fukuyamas del momento seguramente irían por calles y plazas prediciendo el "fin de la historia".
Sin un enemigo real o, al menos, tangible, la idea de "nosotros" corría el riesgo de resquebrajarse y como aún no se había inventado al "demonio comunista" como depositario de todos los males y perversiones del mundo, tuvimos que recurrir al espacio exterior para importar un enemigo inmensamente poderoso y amoral cuyo único móvil era el beneficio económico, sin importarle el destino de las cultural "inferiores". Esos Estados Unidos de la maldad, fueron, por supuesto, los marcianos.

La misma premisa se utilizó cien años después, luego de la caída de la URSS y la venida de ¡ahora sí el original! Fukuyama. Sin enemigos evidentes para para la ya madura "sociedad civilizada", echamos mano del espacio nuevamente con un boom de películas de aliens cuyo aterrador pico se alcanzó con la infame "Día de la Independencia", hasta que la tragedia del 11 de setiembre se encargó de definir como el nuevo engendro del mal al islamismo, absolutamente dispuesto a acabar con nuestra democrática civilización.
Pero volvamos a aquellos tiempos pretelevisivos y veremos que uno de los autores más importantes del momento, Edgar Rice Borroughs -el J.K. Rowling de la época victoriana y creador de Tarzán para mayores señas- no podía quedar al margen de la moda espacial, por lo que, no sólo adelantándose sino también superando a la madre de Harry Potter y sus exiguas cinco entregas, legó para la humanidad diez (sí, leyeron bien: diez) historias marcianas, las que tuvieron como uno de sus personajes principales a un ex soldado de la guerra civil estadounidense del lado confederado (o sea los retrógradas que querían mantener la esclavitud sin entender que el futuro iba por los asalariados a remuneración mínima) de quien no se sabía mucho más, salvo quizás una probable inmortalidad y su capacidad para aparecer en pleno planeta rojo sin sorprenderse más que si le hubieran cambiado el horario a un par de series de la Fox.
Es este personaje el que rescata Disney (probando su ya conocida originalidad) en la película que se titula, como no: "John Carter" y que se basa, casi en su totalidad, en la primera entrega de la ¿decalogía? de Borroughs: "Una princesa guerrera".
La película, aunque pensada claramente en contentar a un público muy infantil, no es tan mala como uno esperaría, especialmente luego de estos cien años en que la mayoría de prepúberes saben que el pequeño planeta vecino tiene tanta vida como destinos turísticos, Afganistán. Curiosamente lo clásico no se siente rancio a pesar de mantener la parte de la historia ambientada en la Tierra en el tiempo de la novela (cosa que no hacía, con pésimos resultados, el bodrio de "War of the Worlds" de Tom Cruise) y, a pesar de lo largo del metraje, se hace llevadera (Quizás ayude un poco a tal objetivo, la buena cantidad de piel que muestra constantemente cierta roja princesa).
A pesar del resultado pasable (que cuando se habla de Disney ya es decir mucho, y sí, me refiero también a Pixar aunque me caiga el Universo culturoso encima), es necesario decir que existe una adaptación previa mucho mejor lograda y con un personaje que calza mucho mejor en la piel de John Carter. Estoy hablando, si alguien aún no se ha dado cuenta, de Planet Hulk, la adaptación definitiva de aquella historia.