lunes, 5 de abril de 2021

Conoce a tus candidatos como solo Periódico de a China puede mostrártelos

 En estas elecciones, lo primero que nos preguntamos es: ¿Cuál será el crimen por el que el siguiente presidente se vaya a la cárcel? Pero hasta que eso pase -y nos rasguemos las vestiduras, dolidos y sorprendidos como si fuera la primera vez- seguiremos pensando que ¡Ahora si! ¡Por fin apareció un candidato que transformará nuestra chabola patria en un rascacielos que rivalizará en prestancia, belleza y primermundismo, con en mismo dios. Y hablando de Dios, aquí va nuestro primer analizado:


  • HERNANDO DE SOTO: Brillante personaje del siglo XX. Es evidente que, como un Mick Jagger de la economía, ya por encima de las ocho décadas, ve sus mejores éxitos en forma de recuerdo. Pero como el mítico Stone, se resiste a quedar en el olvido y, aunque el paso del tiempo ha convertido en anacrónicas sus teorías, siente que aún puede dar una última gira, que en el caso de De Soto, se trata de la aventura política que se debía. Y aunque el país que pretende gobernar se le haga tan extraño, como un Perseverance aterrizando en el Marte de nuestros cerros poblados, no ha dudado en captar para su equipo de lujo a quienes pueden mostrarle ese Perú profundo: El Buñuel de los Andes, Chibolin, o los “jurisconsultos” de San Isidro, por poner algunos ejemplos ilustrativos. No tendrá plan de gobierno ni partido, ni sabrá lo que es el friaje pero compensa esas nimiedades con un curriculum gordo como un libro y un ego tan fuerte que lo hace inmune a cualquier ataque de realidad que le pueda caer encima. Por si fuera poco, es hombre, blanco y amigo de Bill Clinton, ¿Acaso se necesita algo más para ser un candidato de lujo? Y como para convencer a los indecisos, ahora se pone en modo “más aliaguista que aliaga” y ha asegurado que se acabó eso de que el Estado nos consiga las vacunas. ¡Que no somos Venezuela!


  • RAFAEL LÓPEZ ALIAGA: Como cuando te tragas una espina de pescado, el Porky te deja la sensación de susto así el peligro haya pasado. Apareció altisonante, despotricando contra los medios, los políticos, los extranjeros, los homosexuales y contra todo aquello que pudiera causarle un pestañeo incómodo al párroco de la iglesia. Siendo, además, hombre, blanco y gordo, los fascistas asalariados de medio pelo, cuyo complejo freudiano de amor hacia los gordos blancos y millonarios es legendario, sintieron cosquillas en sus partecitas, sabiendo que habían encontrado a su champion. Pero ¡Oh, sorpresa! Solo el diez por ciento de peruanos  cree que aún estamos en la Edad Media, así que sus silicios no son tan sexys para el elector peruano promedio. Y, teniendo en cuenta que De Soto es tan hombre, tan blanco y tan gordo como él, y además amigo de Bill Clinton, buena parte de sus posibles votantes ya se le están escapando. Pero no hay que ser mezquinos y debemos reconocer que sus nulas cualidades oratorias, su absoluta falta de empatía, su ignorancia ramplona y su ausencia completa de ideas contribuyeron en algo para, al menos de momento, no permitirnos gozar de un gobierno desastroso de esa imitación de Trump hecha en Compupalace.                


  • VERÓNICA MENDOZA: La Vero es la mejor candidata de lejos. Se ha preparado por años para ser presidenta y en base a una constancia y esfuerzo loables, ha aprendido a hablar en diferentes escenarios, a caer bien, a conocer cada detalle de su plan de gobierno. Ha dejado atrás a la antipática secretaria de Nadine y a la mediocre candidata del 2016 y como  K’antu cusqueña ha florecido a la mejor de sus versiones. Pero de allí a votar por ella hay una eternidad y media. Para empezar no es hombre y eso en un país con casi medio milenio de sostenido machismo ya es un handicap casi insalvable. Peor aún, representar una opción de izquierda - aunque tan suavecita que le das un soplo y ya está en el centro, le das un soplo más fuerte y se cae directo en una social democracia a la alemana- la pone en una posición poco envidiable: Por un lado, una buena parte del inmenso universo de emprendedores, oficinistas, profesionales de mando medio o bajo, técnicos e independientes que forman el sector socioeconómico C (y una parte del B) que suele ser quien decide las elecciones (al menos en segunda vuelta), ha sido víctima de la feroz campaña de apolitización de los noventas -o han sido educados en ello- con lo que cualquier cosa que se desvíe un poquito del libre mercado ya es considerado terrorismo. Sin contar con que el desastre de Maduro ha permitido crear un “cuco” implacable con eso de “nos vamos a convertir en Venezuela”. ¡Si hasta Trump lo ha usado en campaña! Por otro lado, la tibieza de su socialismo le impide conectar con ese Perú profundo, ese que no lee estupideces como este post porque pasa su tiempo tratando de sobrevivir. Ese pueblo que en la pandemia ha pasado hambre y no se ha dedicado a aprender a hornear 18 clases de pan. Ellos quieren un cambio inmediato, profundo y eso es algo que el progresismo miraflorino de la Vero es incapaz de darles, ni siquiera de prometérselo con convicción. La guinda del pastel la pone, justamente, su progresismo: En el Perú la religión ha utilizado siglos para convertir nuestra psique colectiva en un cúmulo de prejuicios y miedo, disfrazados de “familia tradicional” y “valores cristianos”. Es innegable que la inmensa mayoría de peruanos son religiosos, católicos o evangélicos especialmente, y de esencia tremendamente conservadora. Una religiosidad transfóbica, homofóbica, machista, misógina y antiigualitaria es casi un sello de identidad en el Perú, la misma religiosidad que aupó a Mussolini o a Franco en el siglo pasado o a Trump y a Bolsonaro en éste. Ante eso, incidir en el enfoque de género o en los derechos de las minorías es visto como perversión pura y dura. Así que, a puertas de las elecciones, a la pobre Verito no le queda más que apelar a la vieja confiable y darle duro al “salvemos la patria del fujiapromontesinismo”, esperando que esta vez sí sea suficiente.


  • KEIKO FUJIMORI: Viendo la evolución de su voto, parece que el fujimorismo no estaba tan muerto como nos parecía hasta hace unos meses, el olor a podrido era, simplemente, su olor natural. Quizás el hecho de que el mayor impulsor de su caída, Vizcarra, haya demostrado ser un impresentable de cuidado, ha hecho que muchos corazoncitos vuelvan a teñirse de naranja. Sin embargo, como pasó con el peronismo, en algún momento van a tener que dejar a al apellido Fujimori de lado para volver a inundar al pueblo con su populismo. Keiko es consciente de que no va a ser presidenta. No lo logró con un abrumador apoyo en el 2016. Mucho menos lo hará ahora que es una candidata del montón. Pero se presenta, quizás porque impulsa el voto por sus congresistas y, de esa manera, se asegura de pasar la valla; o, quizás lo hace porque no sabe ser otra cosa que candidata o porque quiere apelar al alangarcianismo de que la gente tenga que escoger entre el “cáncer o el sida” y ella intente mostrarse como un COVID de cepa antigua. ¿Quien lo sabe? De cualquier manera, es más fácil que Acuña aprenda el alfabeto completo, que ella gane las elecciones.


  • JOHNNY LESCANO: El bueno de Johnny es lo que te queda cuando al populismo le quitas el enojo. Te promete todo, pero no te dice como lo hará. No es un gran orador pero es capaz de hablar de lo que sea, así lo desconozca, sin inmutarse. No le tiembla ni un párpado para mentir o para plagiar medio plan de gobierno, pero es hombre, es conservador y es provinciano y eso, en el Perú sirve como para estar primero en las encuestas durante mucho tiempo, como el candidato más sensato. Ya tenía la elección ganada, cuando su único rival era López Aliaga. Era la segunda vuelta soñada. Pero le han salido dos enemigos inesperados: De Soto, que se está llevando a sus votantes acomodados y Castillo que le está quitando el pueblo que lo veía como su único representante. Lescano lleva lustros rondando el poder y a nadie se le ocurrió que fuera presidenciable. La pobreza de candidatos lo hizo favorito, pero la realidad de su nadería parece que ha vuelto a imponerse.


  • PEDRO CASTILLO: El profesor chotano ha saltado de “otros” a candidato en pocas semanas. Claro que ninguna prensa, ni la más progresista, quiere aceptarlo. Al cabo, el sí representa el temido golpe al sistema que le endilgan a la Vero. Castillo es el candidato más peligroso para el sistema porque en la pirámide social, el es de los que cargaban los ladrillos para construirla y sabe, de primera mano, lo que es la marginación horrorosa que enfrenta una cantidad enorme de peruanos. Es cierto que no es el más preparado, quizás no el más brillante. Definidamente no es el más cosmopolita pero es el único que representa al peruano de a pie. Al que le piden papeles si pasea por El Olivar, es al que no invitan a debates ni a entrevistas, al que no van a buscar los conglomerados económicos para hacerle la campaña. Es cierto que las taras de su educación modesta se reflejan en su xenofobia y en su conservadurismo. Pero, eso en lugar de ser un handicap, lo pone en una posición inmensamente ventajosa ante la Vero y su progresismo casi alienígena en el país de las procesiones; e incluso sobre Lescano, pues tiene todo lo que tiene aquel, pero sin el tufillo de falsedad del primero. Pedro no es una ficción proletaria como lo eran Toledo o Humala y, por eso, quizás sea mucho más difícil amaestrarlo. El intento desesperado de invisibilizarlo no ha podido esconder del todo su popularidad creciente y, es cierto qué tal vez no le alcance. Salió del anonimato quizás muy tarde, pero, en cinco años, cuando el electo siga con la tradición y nos deje más pobres, mas humillados y más engañados, quizás sepamos que su momento ha llegado.


- GEORGE FORSYTH: Tiene COVID. 


jueves, 18 de marzo de 2021

Perú o la Cenicienta de los pies cochinos - Parte 1

 Esta es la historia de una chica no muy guapa, ni de grandes luces, pero con ese je ne sais quoi capaz de atraer a lo más granjeado de la toxicidad sentimental, a la cual -dicho sea de paso- se había vuelto adicta desde muy niña. El nombre de nuestra heroína es, faltaba más: Perú y aunque no es, tampoco, rica y, difícilmente puede codearse con las verdaderas populares, quienes no evitan arrugar la nariz con ese asquito bienintencionado que te da el saberte del primer mundo, pertenece a un orgulloso grupo de marginales, las sudacas, que, como ella se desviven en un perpetuo concurso para encontrar al más grande canalla para presumirlo frente a las otras. 

Nuestra cándida Perú, en esas lides, y a pesar de su apariencia desvalida, es una artista como pocas: Maniaco depresivos con tendencias megalómanas, militares apocados, alcohólicos de engolosinadas voces, orientales de sonrisas inocentes y perversiones inenarrables o gringos jubilados que en lugar de sugar daddies terminaban sacándole sus pocas monedas de la cartera, eran algunas de sus últimas conquistas. 

Para no seguir haciendo leña del árbol caído que es la vida de nuestra querida Patria -que ese es su segundo nombre- diremos que a todos los amó bien, se entregó sin reparos, se burlaron de ella una y otra vez, pero siguió adelante -con algunas recaídas como la del loquito suicida. 

La lógica de nuestra Perú es la de serie romántica de Netflix, tipo Emily en Paris: De tanto pisar caca, terminarás encontrado un diamante en el piso.  Así que ni bien empiezan a secársele las lágrimas la tenemos de nuevo en la cancha, dispuesta a dejarlo todo, especialmente su dignidad y su economía, en manos de un nuevo galán que le prometa el cielo. 

El último de sus romances desastrosos fue un enamoramiento de esos tercos, absurdos, ilógicos, de aquellos que llevan a cualquier hijo de vecino a preguntarse ¿Pero qué le ha visto a ese? Cortito de mente, directamente feo, de palabra tosca y gesto procaz, cursi, hipócrita descarado, primero pasó desapercibido como el chofer del carro de su gringo senil, pero una vez que lo chocó contra una pared y lo dejó en el asiento trasero desangrándose, ya libre de ataduras, corrió hacia ella haciendo corazoncitos con las manos. Quizás fue ese único gesto lo que la conquistó o fueron sus apariciones diarias en televisión. El hecho es que al poco tiempo los ojos enamorados de Perú veían a su reptiliano cortejador como si fuera un remix bailable de Brad Pitt con el cerebro de Tesla y la catadura moral de dos Gandhis. Obviamente, eso hizo que Juancho -coloquial apodo entre amigos de lupanar- confiara en exceso de su posición ante su amada. Creyó ser un dios para ella y ella casi lo creyó también. Pero algo que todos aprendemos en la vida es a no chocar jamás con la amiga viperina y Juancho lo aprendió a la mala. No importa cuanto la desprecies -que ese es, finalmente, el papel de la amiga viperina- una vez que ha decidido terminar tu relación, te endilgará las mayores inmoralidades -ya es otra cosa que en el caso de Juancho todas hayan resultado ciertas- hasta que los rotundos "me dices eso por envidia" se van convirtiendo en tímidos "tiene sus cosas malas pero me quiere"y luego en resignados "es una mierda, pero hemos hablado y va a cambiar" hasta concluir en un "todos los políticos son iguales".

Y es así que una vez que el estado sentimental del feisbug de Perú cambió a "es complicado", aparecieron un par de docenas de buitres dispuestos a darse un banquete con las esperanzas en proceso de descomposición de nuestra heroína. De ellos hablaremos en el siguiente capítulo. 

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Maradona: La Mano del hombre

 No hay nada que no se haya dicho de Maradona: Que es un dios, un demonio, un ángel caído. O, de manera más prosaica: Un drogadicto, un tramposo, el mejor futbolista de la historia. Si la literatura hubiera tenido que encarnarse en un ser humano, lo hubiera hecho, sin dudar, en el Diego. Y es que es difícil encontrar en la historia un personaje más literario. El recorrido desde el tugurio infantil a la gloria del argentino, hace palidecer a todos los Huckleberrys del mundo. Sus constantes viajes al infierno no tenían como guía a Virgilio sino a una pelota, que era a la vez su Beatriz. A qué alturas inimaginables hubiera llegado En busca del tiempo perdido si Proust hubiera hablado del cebollita y no de su propia y anodina vida. Samsa despertó convertido en un insecto? Cuantas veces el Diego amaneció convertido en cosas mucho más espantosas? El choque cultural del Salvaje en el Mundo Feliz no es, acaso, un preludio de esa relación perpetua que tuvo con la FIFA, conminándolo a sonreír, a comportarse, a ser ejemplo de juventudes, a vender merchandising, mientras el se inhalaba todo su derecho a sufrir? No son los sesenta años de soledad acompañada por multitudes del Diego el realismo más mágico que podamos haber presenciado? No es, de repente, ese partido con Inglaterra, el aleph en el que confluye todo lo bueno y todo lo malo, todos nuestros anhelos y nuestros odios?

Pero Maradona no es literatura. El Diego es, simplemente, el ejemplo más claro de lo que puede hacerle a un ser humano el sistema social cuando el azar -disfrazado, en este caso, de talento exquisito- catapulta a alguien destinado al olvido mucho más allá de lo permitido por las buenas costumbres. La movilidad social es aceptable siempre que conlleve triunfos modestos: que el hijo del obrero se haga profesional, que el abogado de provincia haga una maestría en el extranjero, que el ingeniero que se ha matado estudiando, con el sacrificio de toda su familia para lograr su título, se compre un departamento en un barrio caro. El salto de la pobreza extrema a la riqueza extrema es una anomalía. Un rico puede hacerse muy rico y no hundirse en el proceso porque se educa, desde chico para esa posibilidad. En cambio, al muy pobre nadie lo educa más allá de la supervivencia. En Sudamérica, el 20 por ciento de la parte más baja de la jerarquía social alcanza un nivel de ingresos medios en el transcurso de 6 a 12 generaciones aproximadamente y a finales de los setentas del siglo pasado, era mucho peor. Por ello, nadie de su entorno esperaba, en el mejor de los casos, más que un destino gris de trabajador manual, cargado de hijos, deudas, alcoholismo, drogadicción y frustraciones; pero entonces, Maradona empezó a patear la pelota y así, como en un pestañeo, pasó a ser idolatrado como todo un dictador del siglo XX y se entregó de lleno a ese hedonismo desesperado de quien nunca tuvo nada. Maradona no aprendió de arte, cultura, idiomas, ni a invertir en bolsa o a disfrutar de Mahler. El Diego hablaba de fútbol, bailaba cumbia y sobrecargaba sus cinco sentidos con el dinero que le chorreaba. Se compraba Ferraris negros que descartaba por falta de estéreos y aunque cargado de lujos, nunca dejó de ser un trabajador manual (o pedal), cargado de hijos, deudas, alcoholismo, drogadicción y frustraciones. El sistema nunca le hubiera permitido otra cosa.  El pobre nunca pertenecerá al mundo de los ricos así gané más que aquellos pero, como pasaba con los gladiadores exitosos y los romanos, aquellos aprenden a tolerar a la estrella de los deportes y al ídolo pop, siempre y cuando conserven las formas, como Pelé, a quien justo por eso odiaba. Maradona nunca pensó en ser un austral Tio Tom y, quizás, esa fue su perdición. A diferencia de O Rei, nunca le interesó guardar la compostura porque sabía que no le debía nada a quienes pretendían domesticarlo y, antes de ser una mascota decidió, quizás sin darse cuenta, convertirse en una tragedia.

martes, 15 de octubre de 2019

El Joker: De bofetones y cosquillas

Aunque parezca una sola película, el Joker nos cuenta una historia dentro de otra, como matrioshka rusa. La primera de ellas, de la que habla todo el mundo, es la de la caída en el abismo de la locura, recreada a la perfección por Joaquin Phoenix, quien construye un personaje enternecedoramente trágico que termina convertido en un chiflado homicida y, por azar, en un símbolo del reclamo social, o de la anarquía, si lo prefieren. 
Ahora bien, aunque la película intenta, o nos hace creer mediante torpes e intencionados paletazos con brocha gorda, mostrarnos un “monstruo que llegó a serlo por culpa de la sociedad”, la degradación del personaje no tiene que ver con “lo dura que está la calle”, sino, más bien, con su enfermedad mental. Veamos: Arthur jamás fue una persona normal. Su problema no era la timidez o la falta de gracia. Ni siquiera su risa histérica. Lo eran sí, la esquizofrenia y un trastorno maniaco bestialmente contenido con fármacos, así como los traumas del abuso infantil, también reprimidos con pastillas. El “monstruo” estuvo siempre allí, solo que se hallaba encadenado. Es por eso que el payaso sufre hasta el momento en que deja el tratamiento. Me atrevo a presumir que la descarga de adrenalina que sobrevino a sus primeros asesinatos (puramente impulsivos, pues no parece disfrutarlos en un primer momento) fue lo suficientemente fuerte como para terminar de expulsar de su cerebro los restos químicos (que ya no le quedaba mucho, tampoco, desde el recorte presupuestario del ESSALUD de Ciudad Gótica) y disfrutar de su yo, sin restricciones. Ese baile en el baño es una Epifanía de reencuentro interior y como nos dice ese dogma milenial,  ”Debemos aceptarnos como somos para alcanzar la felicidad” y eso es, justamente, lo que hizo el Guasón. Ahora bien, ya no es su culpa que su yo interno no le llevara a “viajar donde el destino lo lleve porque el dinero se recupera pero la vida no” sino a asesinar a quienes, consideraba, lo habían agredido.
Al respecto, hay un detalle muy interesante: Aunque lo disfrutara, nunca mató a nadie que bajo su punto de vista no lo mereciera. En ese sentido está muy lejos del sociópata que construyó Heath Ledger en el Caballero Oscuro y mucho mas cerca del Batman de la misma película (Aunque este último tenía una visión mesiánica que recuerda a una patología diferente).  El Joker de Phoenix no dañó a nadie que no le hiciera algo malo, ni siquiera al enano que deja ir aún sabiendo que lo denunciaría, simplemente porque aquel nunca lo trató mal. 
La actitud del Guasón es un poco lo que haría cualquiera de nosotros si no nos viéramos cohibidos por el miedo a las consecuencias -como la cárcel- las que, recalquemos, a un enfermo mental como el Joker difícilmente le importarían en en ese momento. Entonces, el filme nos muestra que Fleck no es, particularmente, peor que cualquiera de nosotros, simplemente las circunstancias y la ausencia de fármacos lo pusieron en una situación que se tornó irreversible. Entonces, podríamos argumentar que sí fue la gente la que lo llevó a asesinar. Pero, repito, en una situación en que la discriminación lógica está hecha pedazos (recuerda algunas de tus borracheras para que tengas una idea),todos actuaríamos más o menos igual. Las personas no son virtuosas por naturaleza y esa es la razón de las leyes y de la policía: Contenernos. 
Sin embargo, cuando la sociedad está construida para pisotear al débil, al diferente, al pobre, al extranjero y para ensalzar, moral y materialmente, al rico (como sucede con papá Wayne en la película o con “que noble es ese multimillonario que tiene una fortuna que no podrá gastarse en 25 generaciones, que ha donado diez mil dólares para ayudar a poner fibra óptica en un poblado de los Andes”) y las fuerzas policiales y  los poderes del Estado cumplen el rol de mayordomos y soldados del capital, llega un momento en que ni la más feroz propaganda ni la más agresiva campaña de consumo logra contener el desencanto, lo que nos lleva a la segunda historia de la película, que a diferencia de la primera, tiene un protagonista más etéreo: la masa. 

Todd Philips sabía que la actuación de Phoenix es tan buena que los productores y demás financistas, obnubilados por el evidente éxito económico que les deparaba, no lograrían ver la lectura atrozmente subversiva que esconde su película. De todas maneras -toda precaución es poca- se protegió un poco mas construyendo ese burdo trasfondo “social” de que la creación del Joker es, en parte, culpa de los recortes en medicinas y de la “gente sin corazón”. Y es que probablemente sin eso, la película hubiera sido muy sospechosa para escapar de la censura. ¿Y qué es lo que nos muestra, entonces? Pues, simplemente, el desencanto del que hablábamos en el párrafo anterior, que, como la enfermedad del Guasón, va creciendo hasta ser incontenible. Por supuesto se nos dice, también, que el millonario de buen corazón hubiera logrado el cambio, pero lo mataron (otra concesión a los productores que ven en esto propaganda de la buena) pero, sutilmente, insinúa que el “moralmente virtuoso” papá de Batman es un tremendo hijo de puta que se acostó con su sirvienta y cuando se sintió con algún derecho sobre “el patrón”, no dudó en encerrarla en un hospital psiquiátrico, un millonario para quien el pueblo no es más que un grupo de payasos, monos que no entienden que la sumisión es el único camino para el orden, un orden que solo él y los que son como él pueden darles. Para Wayne, como para cualquier rico, el pueblo no es más que escoria que le mancha el zapato y hay que limpiársela. Sin embargo, la inmensa seguridad que les brinda el poder y la propiedad de los medios de comunicación, hace que no se den cuenta que el pueblo no solo está consciente de ese desprecio, sino que, poco a poco, también va percibiendo que el sistema busca aprisionarte, aplastarte y venderte la ilusión de felicidad (representada en la película por el programa de televisión de De Niro). En cierto momento la gente empieza a dudar de que el trabajo semi esclavo y los ingresos ínfimos les brinden alguna esperanza para el futuro, así los libros de autoayuda les digan que “el pobre es pobre porque quiere”, especialmente si, con la internet, tienen para comparar sus vidas a las de los Waynes del mundo. Pero -y aquí está lo subversivo- Philips no nos vende la idea romántica de que “el pueblo logra acabar con las injusticias cuando toma conciencia de su poder”, pues la masa puede estar colérica pero los siglos de condicionamiento la han convertido en una mayoría estúpida y servil. La combustión social puede generar un incendio pero no para destruirlo todo y construir algo nuevo donde ellos -y todos- sean importantes, sino, simplemente, están esperando un nuevo líder, un nuevo dueño a quien servir, pero que represente sus fobias y que canalice sus resentimientos. Alguien que les dé carta abierta para ser ahora ellos los hijos de puta. No importa si este alguien no tiene un discurso estructurado, una propuesta concreta. No importa, siquiera, si los reclamos populares le importan un comino al novísimo paladín. Solo necesitan un ícono que legitime sus barbaridades pues no quieren acabar con injusticias de ningún tipo, sino reemplazar, ellos mismos, a las élites en su impunidad y abuso. No importa si ese ídolo de barro es Trump o el Joker o Hitler. La masa solo esté esperando construir un tirano que les prometa oprimir a los otros, hasta que claro, los termine oprimiendo a ellos, como siempre. Esa es el mensaje desolador del filme. La otra, la parte del Gausón, es solo la evolución de una enfermedad sin tratamiento.

domingo, 19 de mayo de 2019

Game of Thrones: No llores por mi, King's Landing

El final de Game of Thrones es como la vida misma, en el sentido de que cuando piensas que nada puede ser peor, logra serlo. Parece que por ahorrar costos, despidieron a los guionistas un par de capítulos antes del fin y usaron ese dinero en hacer un muy buen efecto de ceniza (lo único bueno del capitulo). Si Lars Von Trier puede hacer películas sin guiones ¿por qué no nosotros? casi sentimos decir a los productores mientras le entregan las crayolas a sus nietos para que garabateen las escenas más importantes.

Es increíble como una serie que logró unir a familias y comunidades enteras, como no se veía desde las reuniones prehistóricas alrededor de las fogatas, pudiera necesitar menos de ciento sesenta minutos para arruinarse de tal manera que en este momento miles de madres están en los Registros Civiles tratando de cambiarle el nombre a sus Daenerys Kalheesis por algo mas tradicional como Kimberly Yahaira y los tatuajes de Jon Snow están tratando de retocarlos para que se parezcan mas al hipster que conocieron en la reunión mensual de veganos. Cuando Lost destruyó su buen nombre con un último capítulo infecto, nadie podía presumir que alguien podría arrebatarle el honor de peor final de la historia, con el mérito de que GOT logró dupicar su efectividad, al lograr los dos peores últimos capítulos de la historia. 

Este final tiene desde momentos que causan vergüenza ajena como el “chiste” sobre democracia que suelta Sam, hasta despropósitos -en una serie que se preciaba, al menos al inicio, de retratar de manera adulta los conflictos políticos por el poder- como nombrar como rey a un personaje insulso, sin el menor peso en el desarrollo de las guerras de los hombres (y con un papel dudoso en la otra, contra los caminantes blancos) y que gracias a la secesión inmediata de su hermana, tampoco pertenece a ese país. Si todo se resuelve tan fácil, ¿para qué tantos años de masacres? ¿Tanto hacerla larga con que Jon es Targaryan para que al final a nadie le importe y lo manden desterrado a pesar de que todos los gobernantes importantes son familiares suyos? ¿Y Daeneyrs, la nueva malvada, es tan inocente para no tomar medidas para protegerse de quien sabía que tenía la tozudez moral de un Juan Calvino? 

La serie ha perdido para siempre su lugar en los anales de la televisión -como si Messi estuviera en la final del Mundial y en el último segundo fallara un gol frente al arco y sin portero. Hay tantas cosas malas en este par de capítulos que no hay manera de despotricar de todas, así que nos centraremos en lo más evidente: La pauperización psicológica de los personajes, especialemente
Daenerys. 

La Madre de dragones fue el PERSONAJE de Game of Thrones. Pasó de ser una moneda de cambio para los intereses de su cobarde hermano hasta convertirse en la líder a la que seguían fielmente miles de personas. Si el “empoderamiento" femenino tuviera que encontrar una representante, sin duda ella sería la candidata ideal. Su poderosa personalidad, su sentido de la justicia, su idealismo libertador incluso apocaban su capacidad de no quemarse o de tener hijos dragones. Sin ser una fanática de la moralina como el soso Jon Snow, siempre fue capaz de buscar la equidad en sus decisiones sacrificando, muchas veces, incluso sus intereses.

Por eso sorprende que en la recta final la hayan convertido en una psicótica hambrienta de poder, sin la menor empatía por el pueblo al que decía estar liberando, con una crueldad mayor a la de la peor Cersei y, sobre todo, sin la menor inteligencia en sus decisiones. Quemar Desembarco del Rey, sabiendo las consecuencias que acarrearían a la gobernabilidad de los Siete Reinos es el equivalente intelectual del “Hulk aplasta”. Peor aún, nos muestran un espectáculo infinitamente machista porque nos habrá dado pruebas de perspicacia y compasión enormes pero basta que Cersei mate a su amiga y a su dragón para que se cebe con miles de inocentes. “Actuó así porque seguro estaba en sus días” parece decirnos el sobrino de Trump que funge de escritor del capítulo. Y es que una mujer que quema mercaderes, libera esclavos, tiene una personalidad poderosa, se acuesta con quien le da la gana y quiere cambiar el mundo, es algo muy incómodo en tiempos neofascistas como para que termine triunfando. Mejor volverla loca y sádica, desaparecerla y darle la posta del “emponderamiento” a la pelirroja que si se comporta como una mujercita bien.

Si bien todos los personajes han terminado perdiendo todo tipo de matiz para pasar a ser o “buenos” o “malos”, lo hecho a los personajes femeninos no tiene nombre. Arya pasa de ser una superheroína que acabó con el malo más malo a una niña asustada sin la menor influencia en los asuntos posteriores. Lo que se negó a hacer en las primeras temporadas, lo logró en los dos últimos capítulos: Se volvió Nadie. Sansa, termina siendo una engreída y chismosa por partes iguales que mientras mantenga su corona, no se preocupa gran cosa por el destino de los Siete Reinos ni por el de su hermano, a quien manda, alegremente, a la guardia de la noche para evitar tenerlo cerca y que se vuelva un problema para ella (Claro que como todo lo hace muy regia y digna, pretenden que la veamos como  una estadista madura, una reina Victoria reloaded). Brienne, como no, termina llorando a su hombre perdido, que es para lo que viven las mujeres así se les nombre caballeros (la larga mano del Partido Republicano no se cansa de acomodar la historia en orden a sus “valores judeocristianos” de toda la vida). Cersei, la gran oponente, un poco más de lo mismo.