lunes, 1 de marzo de 2010

Lo que todos esperábamos: ¿“Al fondo hay sitio” regresa?

Es de mal gusto, lo sé. Pero es más fácil, es mejor sonreír como si no ocurriera nada. Para ser feliz no hace falta mucho: un lugar donde dormir, un poco de agua y comida para no pasar hambre ni sed. ¿Interrumpirá nuestra paz encender el televisor a las 8 de la noche y ver Al fondo hay sitio? Claro que no. Las estadísticas lo dicen. Sólo se trata de un divertido programa para disfrutar en familia. ¿A quién le importan las pésimas actuaciones, los personajes ridículos, las situaciones predecibles, los parlamentos estúpidos?, ¿quién gastará su tiempo haciendo hígado por un programa que, valgan verdades, no ofende a nadie?, ¿alguien será tan pedante como para exigir profundidad a una serie cuyo mayor delito es ofrecernos entretenimiento?

Encendamos la tele. Una flaca buena, dos flacas buenas, tres flacas buenas. ¿La historia? Dos familias –los Maldini y los Gonzáles– pertenecientes a antagónicas clases sociales enfrentan las más jocosas situaciones una vez que los Gonzáles se mudan a una lujosa zona residencial de Lima. Romance, infidelidad y los más disparatados reveses se irán sucediendo sin dejar un segundo indiferente al televidente. Seamos justos: ¿quién no se ha conmovido con las historias de Fernanda y Joel, de Miguel Ignacio e Isabela, de Grace y Nicolás?, ¿quién podría afirmar que la bobería no es adictiva?, ¿acaso alguien se sentirá a salvo del garrote de la frivolidad? Que lance la primera piedra.

Sé que el lector asiduo de Periódico de a china sabrá comprenderme. Al fondo hay sitio no es ni un socarrón análisis de las diferencias sociales en el Perú, ni tampoco una comedia inteligente de los estereotipos más fácilmente reconocibles en nuestro país. Al fondo hay sitio es, simplemente, la estupidez misma, la tontería que no necesita explicación, la necedad televisada y distribuida a todos los hogares peruanos sin otra pretensión que la de hacer bien lo que hace: volver absurdo hasta lo que defecamos. ¿Quién podría culpar a este programa por lucrar con eso?

Es mejor –reiteramos– dejarnos de poses, abandonar de una vez y para siempre cualquier tufillo intelectual, pues la televisión no está para eso. Seamos claros. Ver a Teresita contorsionarse al ritmo de la voz de Tommy Portugal no es un espectáculo dionisíaco, es, únicamente, esa distracción que necesitamos todos para sentir que en un mundo que no tiene sentido es preferible morir con el cerebro repleto de los disfuerzos faciales de Magdiel Ugaz.

Al fondo hay sitio nos recuerda, a fin de cuentas, que todos somos capaces de disfrutar de lo mismo a la misma hora, al abrigo del calor hogareño y de la estulticia convertida en ley. Y aquel que diga lo contrario vagará incomprendido por las calles en que fuimos y somos, con la “Terecumbia” rechinando en sus orejas.

C. Q.