lunes, 28 de marzo de 2016

Batman v Superman: O como hacer que extrañemos a Ultrón

No creo que alguien mayor de doce años hubiera, siquiera, albergado esperanzas de que Batman v. Superman fuera una gran película. El listón que había dejado la trilogía de Nolan era muy alto (en mucho menor medida la última, que hasta mataba la magia oscura de Gotham, al mostrar en cada toma publicitaria que se trataba de New York) y el nivel de Superman de Snyder era tan bajo que, dificilmente, podría haberse reinventado para esta nueva entrega. Además, es muy evidente que un personaje tan plano, como votante de Donald Trump, requiere de un esfuerzo sobrehumano para ser interesante. 

En ese sentido, poner el peso de la historia en Batman y que el hombre de acero (¿Porqué le seguimos diciendo así, si existe un Iron Man?) sea solo el antagonista, primero, y el sidekick después, hubiera sido una decisión acertada, en caso de que el personaje del murciélago estuviera correctamente construido, lo que no sucede en absoluto. El Batman de Affleck carece de matices (Por las limitaciones actorales del propio Ben y por un guión que raya en lo absurdo y un cuerpo exageradamente musculoso para el Batman otoñal que pretende ser) y las motivaciones para el conflicto entre los dos héroes llevan a las lágrimas, pero de risa, por lo absurdas.

Las películas de Nolan tenían un subtexto muy interesante representado por sus villanos: En la primera, la Liga de las Sombras recreaba el fundamentalismo moral (O religioso, como prefieran), que por buscar la purificación espiritual de la sociedad, no duda en destruirla. En la segunda, la anarquía absoluta representada por el Joker, que se rebela ante "los buenos y los malos" que son tan necesarios para que una sociedad funcione y busca dinamitar una sociedad absurda, basada en retorcidos códigos (aquí un análisis de esos filmes). La tercera tiene en Bane al demagogo antimercado que ataca el sistema económico representado por Wall Street (Para los intereses de otros poderosos) y en Talia Al Ghul al reflejo de "la nueva ecología de mercado", cuyas aparentes buenas intenciones ocultan que es solo otra cara de la misma moneda y cuyo afán de cambio es una excusa para estructurar una nueva oligarquía.

Batman v. Superman, tiene su esbozo de crítica, pero es tan infantil y mal llevado, que termina causando vergüenza ajena. En este caso, hablamos de la discriminación al extranjero, al diferente. El problema, es que mientras es lógico que Batman (O cualquier héroe) enfrente a la anarquía o a la intolerancia, es absurdo que uno de los superhéroes, aparentemente, más inteligentes del universo DC, caiga en el prejuicio contra Superman, porque "es mega fuerte y un poder así, que no puede ser controlado, debe ser destruido". O sea, el puede estar por encima de la ley porque "es bueno" pero los otros no "porque quien sabe como serán", que termina siendo la misma lógica de Supermán (cuya oligofrenia hace que sea un razonamiento esperado en él. Recordemos que es un votante de Trump) al exigirle a Batman una jubilación anticipada sin derecho a pensión.

Obviando la penosa justificación para el enfrentamiento de los superhéroes, que de acuerdo a sus disquisiciones filosóficas previas, debió terminar en la muerte de alguno de ellos,  el que concluya con un "mira que casualidades, mi mamá se llama como la tuya. Eso significa que seremos amixers forever" ya lleva a querer morir atragantando con el pop corn gigante de tus vecinos en el cine, que parecen estársela pasando en grande.

El resto de la historia puede resumirse en "malo muy malo se enoja porque no se mataron entre ellos los héroes. Crea monstruo ultra poderoso para que los mate a los dos, sin tener mucha consciencia de que cuando acabe con ellos acabará, también, con el resto de la humanidad pues nadie más que ellos podrían detenerlo. Están a punto de perder, pero ganan. Parece que Superman muere, pero no". Y para poner el sello de indiscutible estupidez, la cámara lenta que le ponen a cada escena de Wonder Woman es absolutamente patético, por muy sexy que se vea su cabello al viento. 

Luego del visionado de esta película, uno puede pensar en madurar, dejar de perder el tiempo con personajes vestidos en mallas y tomarse la vida en serio; afortunadamente existe Deadpool para que esta sensación sea solo pasajera.

martes, 22 de marzo de 2016

Sumisión: El Pragmatismo según Houellebecq


Sin importar el libro que estemos leyendo, Michel Houellebecq siempre habla de lo mismo: La soledad y el envejecimiento. Sus historias son solo excusas para volver incesantemente a los mismos tópicos y, por lo general, nos regala un final tirado de los pelos, mofándose de nosotros (muchos jamás nos damos cuenta), al darnos a entender, como única moraleja, que en este mundo, en esta carne y en esta civilización occidental, estamos jodidos hasta la médula. 

El ser humano nace, crece, se reproduce y muere. Esta simplista, y deprimente, descripción de la vida es precisa e inevitable, salvo en el aspecto de la reproducción. Este, al que llamaremos el tercer paso de tu existencia, desde finales del siglo pasado va haciéndose menos popular, especialmente en países del primer mundo, conforme pasa el tiempo. La edad promedio del inicio de la paternidad se aleja a pasos agigantados del momento biológico ideal y, en un gran porcentaje, nunca llega a ejercitarse.

Sin embargo, nuestros cuerpos, que no han cambiado gran cosa desde los albores de la humanidad, nos exigen, mediante señales, similares al hambre, que ya llegó el momento de la procreación y que lo hagamos de una vez, para poder continuar con la etapa de manutención hasta que las crías se hagan independientes y poner sumergirnos, resignadamente en la vejez y la muerte y, de esa manera, mantener en movimiento el ciclo de la vida. 

Al alcanzar la adolescencia, se dan las primeras señales: Hormonas desenfrenadas, odio a la autoridad y a los padres. Júntalo con alcohol y drogas y ¡Listo! Embarazo juvenil garantizado. Además, si eso falla, que es común en un mundo con métodos anticonceptivos, nuestros genes -en complicidad con la sociedad- han inventado el amor romántico, que conduce al matrimonio,y este a la reproducción como una manera de "fortalecer" dicho amor y "al hermanito para que le haga compañía". Es así que, un gran volumen de la población termina cumpliendo con el tercer postulado de la vida ("Se reproducen", por si lo olvidaste) y trabajando para "darles lo mejor" y anularse como seres humanos hasta que la vejez los atrapa desprevenidos, con suerte, y se mueren. Ciclo completo y a pasar a la siguiente generación. 

Por otro lado, aquellos que no pasan por esa fase, voluntaria o involuntariamente, aún tienen el "ansia parental" en su organismo, desesperada por expresarse, así que allí entran a tallar los placebos capitalistas del amor, cuyo epítome viene a ser: ¡El perro! Un vulgar cánido que ha evolucionado para entender que el humano es su macho alfa, por lo que puede cumplir el papel de hijo pero sin los molestos problemas que implica uno de verdad, como enseñarle cosas, utilizar casi todo nuestro tiempo en él o ver como, a pesar de nuestros cuidados infinitos, va alejándose de nosotros. Un hijo exige demasiadas responsabilidades y es un freno en las aspiraciones profesionales, tan caras al pensamiento occidental. En cambio el perro solo nos da amor, mejor aún, solo nos da amor cuando lo necesitamos y el resto de tiempo podemos utilizarlo en cosas más productivas y, lo mejor de todo, es que no se irá con sus amigos o con la novia/o  ¡Es mío, solo mío! Además, "se le pueden comprar tantas cosas lindas" y es el infante eterno, un organismo que no se independizará, que estará allí hasta que lo decidamos o hasta que se muera. 

Claro que esa "paternidad animal" termina tergiversando nuestra capacidad de entender a nuestra propia especie, de indignarnos con las injusticias humanas y de involucrarnos en causas que puedan ser perjudiciales para el status quo. Mientras más derechos tengan tus mascotas, el mercado podrá venderte más productos y ¡La rueda de la economía girará perfectamente! Por el contrario, mientras más derechos pidan los humanos, más difícil es que la gente ame su papel de esclavo. 

El hijo (o bueno, el perro) termina siendo nuestra forma de inmortalidad. Una vez que vas envejeciendo, tomas a tu retoño como el relevo que "hará lo que tú no pudiste" y así gozarás de una segunda oportunidad, de una segunda vida que hará que soportes tu esclavitud social hidalgamente, con la esperanza de que tu hijo (tu otro yo) ya no tenga que cargar las mismas cadenas.

Pero hay un tercer grupo: Aquellos que no tienen hijos, ni mascotas, o que no logran creer aquello de que sus vástagos son la extensión de sus propias vidas, están condenados a un tipo de soledad y vacío emocional que sólo comparten quienes carecen de ese otro placebo social que es la religión. Es aún peor cuando son ambos los vacíos a los que te enfrentas.

Así son los personajes de Houellebecq: Hombres educados, cultos, sin problemas económicos, ateos y en el ocaso de su vida reproductiva, sin hijos y sin ganas de tenerlos. Personas en apariencia exitosas, que han fracasado en aspectos menos visibles, más íntimos, y que no suelen solucionar esos fracasos ni maquillarlos con juergas de fin de semana ni con adicciones al trabajo. Es más, suelen no estar cómodos en actividades sociales y toman sus labores como simples fuentes de ingresos (Dicho sea de paso, suelen tener trabajos que les brindan abundante tiempo libre, el que aprovechan en sentirse más miserables).
En su última novela: Sumisión, a diferencia de sus primeras obras (Antes de El Mapa y el Territorio), el sexo tiene un papel secundario, aunque importante para entender sus motivaciones en la deconstrucción de su concepto de amor. A lo largo de la narración, pasa del absoluto descreimiento ante "el amor romántico que producirá hijos" a la añoranza por el "con ella pudo darse el amor romántico que producirá hijos" y de allí al "no hay manera de que una mujer pueda llenar todas mis carencias". En este punto: Jubilado a la fuerza a los 45 años, con una pensión digna de la cédula viva de la 20530, con una pasmosa cantidad de tiempo libre y sin nada que hacer, el protagonista siente que ha tocado fondo, que no importa si pasa un día o cincuenta, se va a morir ahogado en su profundo vacío.    

Es entonces que se le ofrece una solución de un pragmatismo tremendo. François fue profesor universitario en la Sorbona y con la llegada al poder de un partido musulmán, ésta se convierte en una universidad islamista, lo que origina su prematura jubilación. Entonces, el nuevo rector intenta convencerlo de que regrese, para lo cual tendría que convertirse a la fe de Alá y le dice, más o menos, lo siguiente: "¿Cansado de tu middle aged crisis? ¿El nihilismo no te deja disfrutar del canto de los pajaritos? ¿Te gusta comer bien pero no tienes ni tiempo ni ganas para la cocina? ¿Te falta buena conversación? ¿Tu casa no tiene el nivel de aseo que esperarías? ¿Te falta amor? ¿Necesitas una concepto de espiritualidad que le brinde cierto sentido a tu envejecimiento? ¡No busques más! ¡Tenemos una oferta limitada por la que te ofrecemos un Dios que regule cada aspecto de tu vida, de manera que no puedas darte tiempo para dudar (Y no esas mariconadas new age de La Posibilidad de Una Isla)! ¡Pero eso no es todo! ¡Si llamas ahora mismo, tendrás la posibilidad de llevarte no una ni dos, sino cinco esposas! ¡La cocinera! ¡La lavandera! ¡La artista del sexo y la artista de verdad! ¡Incluso la amiga! ¡Todas ellas dispuestas a tratarte como su señor y a convivir entre ellas a sabiendas de su papel secundario en la sociedad pero central en la familia! ¡Olvídese de las mascotas y las películas porno! ¡Olvídese de infidelidades y borracheras de bar con los amigotes! ¡Ahora sí podrás tener todos los hijos que quieras sabiendo que tu libertad no se resentirá un ápice! ¡Esta oferta aplica solo por el día de hoy!

Es entonces que François, luego de un breve momento de duda, entiende la diferencia esencial entre la civilización musulmana y la occidental: Mientras la última ha tratado de crear una sociedad en la que prime el individuo, sin importar su sexo, ha terminado, más bien, desnaturalizando sus características generando una perpetua e inevitable sensación de infelicidad que es combativa con el consumismo y las ansias aspiracionales. La sociedad islámica, en cambio, se encuentra en una mayor consonancia con la genética humana -al fin y al cabo no dejamos de ser animales- y pone como eje social a la familia simiesca tradicional (un macho alfa, el número de hembras que puede alimentar y a sus crías), pudiendo solo el macho interrelacionarse con otras unidades familiares, para crear una nación que se basa en ello y en su sumisión completa a las leyes divinas.

François está cansado, solo, pavorosamente solo y aburrido; por lo que, para él, la elección es muy sencilla; así que renuncia a los conflictos abstractos de su intelecto y se abandona a la placidez de una vida simple, animal (en el buen sentido) y en comunión con todo su entorno. En otras palabras, halla la paz en la ignorancia, que es más o menos lo mismo que buscan los que van a las "marchas por la vida", a las estaciones en semana santa y las misas dominicales. 

Houellebecq nos permite comprender e inmenso éxito del islamismo (y de la religión en general) en un mundo en el que la opción antitética es frustrante, dolorasa, vacua y, a menudo inutil; y permite que comprendamos el porqué del avance de los fundamentalismos incluso entre personas instruidas. ¿Es la de François la opción correcta? Mejor lees el libro y lo decides tu mismo.

sábado, 26 de diciembre de 2015

El Despertar de la Fuerza O la Maquina de Hacer Dinero llamada Disney



A pesar de que las precuelas de Star Wars fueron decepcionantes a todo nivel, no había manera de que el nuevo capítulo no fuera a convertirse en un rompe taquillas a nivel mundial. Las razones son varias, así que solo hablaremos de las más importantes:

1° Star Wars, las tres originales, son una historia de aventuras sin mayores pretensiones. El guión es una excusa para la acción. Los personajes son buenos o malos, sin medias tintas y el malo más malo se redime al final porque en el fondo tenía su corazoncito y, siempre ganan los buenos. O sea, un argumento plano, emocionante y que puede ser comprendido por la santísima trinidad de intelectuales conformada por Acuña, Toledo y Humala. 
En el caso de las precuelas, se trató de construir una historia sobre intrigas políticas, conflictos emocionales y paradojas éticas. Pero se trató de hacerlo de una manera primaria, como para que lo entiendan Toledo, Humala y Acuña. Y eso es imposible. Cuando tratas esos temas de manera burda, se hacen mucho más pesados y eso es lo que pasó con la infumable historia de Anakin.
En cambio, siguiendo la premisa de "Equipo que gana no se cambia", Disney, en uno de esos arranques de cine de autor que caracterizan a la empresa, optó por calcar la historia original: Información crucial contenida en un robot inicia la historia, el personaje en un planeta olvidado que cobra inusual importancia, la Estrella de la Muerte reventando planetas. Los buenos reventando la estrella y claro, las espadas láser. Por si contar lo mismo no fuera suficiente, se le disfraza de homenaje al colocar a los personajes antiguos dentro de la historia.
 
2° Justamente, los personajes son el segundo punto fuerte de la historia. En las precuelas nunca nadie se sintió identificado con los personajes. La historia de amor era sosa y demasiado importante (Las peliculas de acción solo tienen romance como descanso a las balas y eso es algo que Lucas entendió en las primeras entregas pero no en las siguientes) como para identificarse con Amidala o Anakin. Obi Wan nunca se desarrolló del todo y el malo más malo de todos, Palpatine, palidece ante un Alan García cualquiera.
En el Despertar, todos aman a Rey: Una mezcla de Luke con Han Solo y encima mujer. Finn es mejor que C3PO y millones de veces mejor que el abominable Jar Jar Binks, en el papel de bufón. BB8 es un digno sucesor de R2D2. El piloto del que nadie recuerda el nombre se avizora como interés emocional de Rey y Chewbacca tiene el carisma de un Minion así que siempre es una apuesta segura. Encima poner a Luke en el lugar del viejo Kenobi, le da muchos puntos extras. Quizás el punto más bajo sea Leia, a quien la pobreza en la vida real le ha quitado todo rastro de princesa. Ha envejecido muy mal y no se muestra como la aguerrida generala que supuestamente es, sino como una venerable anciana que, definitivamente, conoció mejores épocas.

3° La nostalgia es lo fundamental en el Despertar. Disney sabe que las precuelas fracasaron sobre todo porque los que vieron las películas originales aún no eran tan viejos como para tener hijos que llevar a las salas y a quienes embeber de la culturilla popular que marcó su niñez (Como Mazinger Z o los Thundercats) haciendoles ver que todo tiempo pasado fue mejor. Para ellos es el regalo del regreso de Han Solo y Luke, a quién se aplaude como si fuera Lennon redivivo en su fugaz aparición en pantalla. Las generaciones envejecen y edulcoran toda su mugre preadolescente. Esa es una verdad innegable (Si hasta llegamos a pensar que las golpizas paternales eran buenas, quizás para justificar que tampoco pudimos llegar a ser buenos padres). Todo está editado en el Despertar para agradar por igual a los nostálgicos y emocionar a las nuevas generaciones, no por nada Disney es una máquina de hacer dinero. Incluso la muerte de un elemento innecesario (ante la existencia de Rey), como Han Solo (cuya presencia solo era justificada unos minutos) llega a parecer importante en la historia, cuando se trataba simplemente de desaparecer al único personaje políticamente incorrecto del Universo Starwariano (Un contrabandista bueno es casi como decir que el contrabando es bueno. Lo que es casi como decir que la descarga ilegal de contenidos en la red no es un pecado mortal y que todos los que lo hacen no merecen el infierno).

En suma, Disney ha jugado magistralmente sus cartas. Nos da una película entretenida, plana y con incoherencias estructurales que no se sostendrían desde el mismo momento en que alguien se la tomara en serio. Que no es el caso. Como sus películas de princesas, solo apelan a nuestro embrutecido niño interior para llenar sus arcas y en eso, son los mejores.

Quizás el único punto débil sea Kylo Ren. El grouppie póstumo de Darth Vader es un blandengue conflictivo, típíco millenial llorón, que no le llega a los talones al abuelo, y encima hasta muestra su rostro y no está desfigurado. Sin embargo, Disney tiene un par de años para conseguir un villano a la altura y mandar al pobre Ben Solo al panteón de los despreciados, donde lo espera Jar Jar con los brazos abiertos.

martes, 16 de junio de 2015

Interstellar: Cuando el desarraigo tiene forma de agujero negro

Christopher Nolan es el mejor director comercial que existe en la actualidad. Quizás no es el más taquillero ni el más talentoso; pero, es el único que tiene, en este momento, la capacidad de mantener pegados a sus asientos durante tres horas a un niño de 10 años con un leve trastorno de hiperactividad con déficit de atención y a un tipo que lleva 150 años de atemporalidad en su mente; y, hacer que ambos derramen una lágrima o se estremezcan por igual ante la desgarradora intensidad de algunas de sus escenas. Ya pasaba en Memento, en The Dark Night y en Inception. Sin embargo, en estos tres casos, conmover y entretener era más sencillo pues sus argumentos son mucho más originales que el de su última película: Interstellar.

En este caso, a pesar de tratarse de Nolan; mi expectativa sobre el filme apenas consistía en que no fuera un bodrio pedante y aburrido como "2001" o un festival de efectos especiales sin ningún contenido, como Gravity y que la pareja que del interminable ¿Y qué quiere decir eso amor? no se sentara delante; pero terminó gustándome tanto que no dudaría en tatuarme en el antebrazo izquierdo el póster promocional de la película de encontrar un precio justo, claro. Si acaso tuviera que criticar algo, sería tan solo que la última parte de la cinta es una increíble y espantosa porquería que firmaría como propia el mismísimo Michael Bay, que el final es terriblemente predecible y algunas partes del guión causan una vergüenza ajena casi comparable a la que logra "Cementerio General" en todo su metraje. 

Pero estas son cosillas menores, a las que ya nos tiene acostumbrados Nolan; pues, como lo dije anteriormente,  es el mejor director COMERCIAL, lo que significa que por mucha introspección, pensamiento político subliminal y cierto escepticismo ante los principios occidentales tradicionales; al final nos tiene que brindar una moraleja comprensible para todo público, de preferencia apelando a tontorrones valores estadounidenses, pues siempre hay que pensar en el financiamiento de la próxima película.


Volviendo a Interstellar, aunque se disfrace de ciencia ficción, en realidad es una película que trata sobre la mortalidad, el paso del tiempo y, sobre todo, el abandono parental en familias disfuncionales. El personaje principal, es el equivalente en astronauta del padre que va a comprar cigarrillos a la esquina y 45 años después todavía no ha vuelto. Claro que en su caso, está más que justificado puesto que la tienda de la esquina quedaba a un buen puñado de años luz de su casa. Allí, justamente, se encuentra el dilema moral, o mejor dicho, el conflicto emocional: ¿Vale la pena abandonar a tus hijos, renunciar a verlos crecer, a apoyarlos en el proceso de maduración, dejarlos sin padre y con la herida marcada de ese abandono, por una causa, aparentemente, superior, como la salvación del mundo o alcanzar el sueño del planeta propio? ¿Vale la pena sacrificar a la humanidad por tus hijos? ¿Vale la pena sacrificar a tus hijos por la humanidad? ¿Qué actitud es más egoísta? ¿Existe la posibilidad de que no termines siendo egoísta sin importar tu decisión?

En el caso del protagonista, la decisión es la salvación del mundo y las consecuencias terriblemente trágicas de su elección se plasman en dos escenas: La despedida sin siquiera un abrazo de la hija a la que no verá más  y que no entiende porqué tiene que dejarla (Claro que es un poco complicado decirle a una niña que si no se va, el lugar donde está parada y ella misma no serán más que polvo en pocos años); pero sobre todo, la escena en qué regresa del planeta cercano al agujero negro (donde cada hora de estadía representa siete años en la Tierra, debido a las distorsiones temporales) y  mira los vídeos que le llegaron y, de golpe, se da cuenta de lo que hasta ese momento no había racionalizado: Su pérdida es para siempre. Sus hijos han pasado toda su vida sin él y ya no hay vuelta atrás. La imagen de McConaughey entre risas y lágrimas muestran su dolor de una manera tan demoledora, que, en ese momento, todos sabemos que la decisión que tomó fue la incorrecta. El resto de la película ya no importa nada.  






lunes, 9 de marzo de 2015

Don Jon: El placer culposo de amarse a si mismo

Joseph Gordon Levitt ya se había consagrado como nuestro perdedor favorito en "500 Días de Verano", donde compartía roles con una de las musas del Periódico de a China: Zoey Deschannel; así que, la oportunidad de volverlo a ver en una película que además incluye porno y a Scarlett Johansson (Las otras dos musas de Períodico de a China) no podía desaprovecharse; por eso, casi inmediatamente (apenas a dos años de su estreno), decidimos hacer un análisis de la evolución sociológica de las relaciones de pareja a lo largo de la historia de la humanidad, en base a las actitudes ¡Cómo no! de un personaje de nuestro entrañable Joseph, en este caso: Don Jon.

El personaje en cuestión, se encuentra en las antípodas del Tom Hansen de 500 días: Es un éxito absoluto con las mujeres (De hecho, cada salida suya implica sexo con una mujer con un puntaje de 8 sobre 10 como mínimo. Lo que en el mundo real vendría a ser un 250 sobre 10); tiene un físico envidiable (el esteroico cuerpo con el que sueña todo red neck y sus diferentes variantes culturales); ni asomo de culturetismo indie (de hecho su simpleza es hasta caricaturesca; por ejemplo, su obsesión por confesarse y conseguir una penitencia menor) y un trabajo de bartender (Bueno, en eso si es tan fracasado como Tom Hansen, aunque al menos no llega a ser guionista de tarjetas de pésame).

Sin embargo, allí donde Tom Hansen buscaba el amor puro, eterno e inocente de "chick flick", que tanto suele gustar al adolescente poco agraciado y sensiblón; Jon Martello huye del compromiso con el pánico que le causaría a una niña anoréxica, un Mega de KFC. Jon es un hombre, que en apariencia, ha nacido para disfrutar de la carne, para no razonar, para ser un dios nocturno y modelo a seguir para su grupúsculo de amigos.

Claro que sus innumerables éxitos sexuales no quitan que sea un perdedor, un insignificante y reemplazable elemento de una sociedad para la que sus logros físicos son escoria, como lo es él mismo; lo que genera un círculo vicioso pues, para evitar la punzada permanente de la insignificancia, redobla sus esfuerzos en los campos en que puede sentir que es alguien: La discoteca y el gimnasio. Vamos, que hace lo mismo que probablemente hagas tú con tu vida, sufrido lector del periódico de a china, rompiéndote el lomo en un trabajo repetitivo y cuya mayor satisfacción sea el descanso médico que te regale un par de días libres, y que, para seguir con el auto engaño de la vida plena, te levantas antes de ir la oficina para reventarte el cuerpo en el gimnasio y reventarlo de alcohol en la discoteca de moda, con la esperanza de tener tu aventurilla de fin de semana.

Lógicamente, el tedio se apodera de Jon (Como de ti, claro) y el camino elegido es igual de insatisfactorio: El sexo casual puede ser una maravilla para tu sistema circulatorio y para ser la envidia de tus amigos, pero sin esa confianza que te da el conocer el cuerpo de alguien, la insatisfacción solo se incrementa luego del orgasmo.

Por eso, Jon practica una terapia alterna, casi secreta, pues la verdadera felicidad no suele ser tan glamorosa como el remedo de aquella, y se limpia de frustraciones por el camino de la masturbación. Claro que masturbarse en la actualidad no es lo mismo que hace 20 años. En el siglo XX era una combinación de ingenio, malarabismos tanto mentales como físicos y un par de musas (profesora, vecina, novia del hermano, etc) que intercalabas en aras de la diversidad; mientras, en el presente, dependes, casi exclusivamente, de tu banda ancha.

Jon, hace del sexo solitario un ritual que lo hace sentir más pleno que el compartido; al cabo, hablábamos del placer que te brinda la confianza y ¿en quien puedes confiar más que en ti mismo? Claro, me dirán que si el problema es tan sencillo, lo que el bueno de Juan necesitaba era una novia devota y futura esposa, como le aconsejaba su madre. Y la verdad, es que aunque Jon se negara a aceptarlo (porque la monogamia le confirmaría su condición de perdedor absoluto y simple repetición de su padre), bastaba la llegada de una mujer por encima de la media (en términos cinematográficos, claro, pues en la vida real, Scarlett Johansson es una quimera) para aceptar dichosamente su rendición absoluta al redil de los conformados.

Desde que ella se niega a acostarse con él en la primera cita, la relación evoluciona (o degenera) desde el capricho de posesión a la dócil aceptación de su voluntad. Superación, éxito, contención sexual, visitas familiares extendidas, todo aquello que Jon se negaba a aceptar como importante, va acaparando su vida y, obviamente, la insatisfacción va empujando desde sus entrañas hasta hacerse incontenible y llega el momento en que tiene que desfogarse por el único mecanismo que conoce (otros optarán por el alcoholismo o las drogas, como los paliativos sociales más populares), lo que no es aceptado por la dulce arpía de Scarlett, inmersa en su egoísta adecuación del mundo a sus propias expectativas (en la que SU hombre, es solo un elemento que forzosamente debe encajar en el conjunto).

Para ella, Jon debería estar dichoso de idolatrar su belleza como única recompensa a su esclavitud voluntaria. Pero él, si bien es corto de luces, siente que algo falla en el proceso de idealización de su vida, esbozando un pensamiento tipo: "Si tu vida se acerca a lo que espera tu madre de ella, es que la estás cagando monumentalmente", por lo que reincide en el vicio solitario. 

Naturalmente, Scarlett lo deja, para buscar un yuppie del nuevo siglo, más acorde a sus talentos de modeladora de vidas y nuestro héroe (que para acá ya a regresado a ser el perdedor absoluto que extrañabamos) manda a la mierda el ejercicio estresador de copular con pura estrella taquillera y los trabajos forzados en el gimnasio y se libera, por medio del sexo (como no podía ser de otra manera), de los traumas que su encantadora familia (familia=sociedad) le hacía arrastrar desde pequeño.

Claro que, como no se puede sabotear tantos mitos (así sea en plan comedia tontorrona, para pasar desapercibidos), la película hace una concesión a lo Christopher Nolan y hace que Jon abandone su autoerotismo), lo que tergiversa el demoledor mensaje que se nos estuvo dando.