jueves, 18 de marzo de 2010

Pisco acholado para el alma



Entre todos los caminos que en el mundo hay, tal vez ninguno sea más transitado que la resignación. No ofrece, por lo general, motivos de queja. El clima no es malo pero tampoco bueno. Se come bien. El colchón es viejo pero acogedor. El paisaje austero. Y apenas si existen las mujeres.

Un funcionario viene a despertarnos. El trato es cortés y distante. Se nos exige apurarnos para llegar temprano. Formamos filas y cada día notamos la llegada de caras nuevas. Entre bostezos, se conversa poco. Cada quien se preocupa por lucir impecable. Hay que usar un terno azul y peinarse con la raya al costado. Ya debidamente formados, se avanza sin problemas.

De vez en cuando alguien muere. Es higiénico y natural. La marcha se detiene un momento. Vienen los empleados funerarios y actúan sobrios y recatados. Todo funciona eficientemente. Se pierde, caminando, la noción del tiempo. Envejecemos sin darnos cuenta y es casi un alivio saber que la muerte llegará. Pero algunos, espantados, toman la decisión de escapar. Se alejan discretamente de la fila y echan a correr sin dirección. Pronto arriban a una trocha. Caminan algunos días y alcanzan una carretera. Allí encuentran bacines, botellas, platos usados y latas de atún. Impera el mal olor y no es raro ver cadáveres olvidados aquí y allá. Es el camino de la esperanza.

Los andariegos son numerosos, pero avanzan desorientados. A veces ocurren aglomeraciones y, más comúnmente, parejas o individuos solitarios se extravían en medio de la nada. De acuerdo a las estaciones, el clima mejora y es posible ver árboles y amplias cañadas que reconfortan los cuerpos. No es raro ver a los amantes hacerse juramentos y promesas que no cumplirán. Cuando el tiempo empeora, muchos intentan emigrar y, en un parpadeo, se encuentran ya en medio de una hilera de personas, satisfechos de haber logrado superar las desgracias de épocas pasadas.

Pero existe un sendero, un puente, un desvío, una trocha que no cruzaremos ni llegaremos a ver. Y la que imaginemos nos acompañará como un mal sueño o una pesadilla, igual a la vaga esperanza que nos hará volver al campamento vacío, donde hallaremos solamente unas ollas usadas y unos zapatos mordidos por un perro que no dejará de ladrar hasta que nos larguemos de ahí.

C. Q.