jueves, 29 de diciembre de 2011

Triste San Valentín: Como siempre, no se puede vivir del amor (2)

El amor es la excusa ideal que tiene la vida para convencernos de la importancia de  la reproducción y crianza de vástagos, como lo vimos en el post anterior. Por ello, otra característica diferenciadora de éste es que, una vez cumplidos sus propósitos de propagación genética, muta sustancialmente. 

En el caso femenino, suele  trasladarse directamente a los descendientes,  por lo que el antiguo depositario de sus fervientes pasiones pasa a ser completamente prescindible en el plano emocional, que no en el económico, que es, justamente, la manera en que evoluciona el amor femenino: Si tienes los medios económicos para brindarle a ella y a sus retoños el nivel de vida que sus atributos le merecen, convertirá esa antigua pasión en un amable desprecio, en una dulce costumbre, que te recompensará con sexo ocasional y regalos baratos por tu cumpleaños.


En caso del hombre, el amor no se trasladará, sino que se hará extensivo a sus herederos en primer grado, por quienes sentirá un ansia de protección proporcional al sentimiento que mantenga por su amada. A veces, el sentimiento de "superviviencia post-mortem" hará que se refleje en el niño y cree un sentimiento diferente por él, pero, por lo general, amará, cuidará y atenderá a los niños mientras su amor no se desvíe a una nueva (y generalmente más joven) fémina, en cuyo caso, el cariño por sus crías se irá agotando poco a poco (Y llegaría a desaparecer en caso la nueva pareja le obsequiara un nuevo hijo, por quién sintiera la identificación mencionada).

En Blue Valentine, la historia de amor se da entre un hombre que no cumple con los requisitos de macho reproductor de alta jerarquía:
Pobre, sin profesión, sin "objetivos" (que es la disposición que tiene uno para esclavizarse en cualquier labor para obtener dinero futuro), músico, romántico (que es la disposición que tiene uno para creer en la calidad de las novelas de Paulo Coelho) y que, por lógica, debió terminar casado con una white thrash cualquiera, cargándose de hijos quienes a su vez se reproducirían antes de terminar la adolescencia; con una college girl leída, humanista, de altas expectativas (que es la disposición a convertirse en médico o abogado en países desarrollados o en ingeniero de minas, político o narcotraficante en el tercer mundo), guapa y talentosa (Es decir, la esposa trofeo perfecta hasta para el mismísimo justiciero e iracundo ganador del Nobel de la Paz, Obama).


¿Pero cómo puede llevarse a cabo una relación entre dos seres cuya relación evidente, si la hubiera, sería la de empleado y patrona? ¿Es posible, quizás, que todos los principios antropológicos apenas explicados hayan quedado en simples conjeturas banales como si se trataran de recetas socialistas para un mundo mejor? Pues no se engañen, queridos lectores, todo lo aquí afirmado tiene la misma validez de la Teoría General de la Relatividad para explicar los procesos físicos macroscópicos. Lo que sucede es que el dechado de virtudes que compone el personaje de Michelle Williams tiene dos pequeños defectos que la llegan a hacer asequible para su contraparte masculina: 


1. Ha disfrutado desde tierna edad de una vida sexual ... disipada, por decirlo con la finura de una abuela; y, 
2. Fruto de sus últimos devaneos carnales ha terminado embarazada.

Es por eso que el componente reproductivo de su amor es sustituido, de urgencia, por una necesidad de protección sentimental que, naturalmente, un artista de medio pelo -o hasta un redactor de blogs sin publicidad-, con el cerebro embotado de admiración, buenrrollismo profético y canciones de Silvio Rodríguez- podría llenar tranquilamente.


Entonces, lo imposible sucede: A diferencia de 500 días (en que el héroe termina abandonado y la heroína se casa y es embarazada por "un hombre de verdad"), el perdedor interpretado por Ryan Gosling desposa al "amor de su vida" (Negando de paso un aspecto crucial de hecho de ser un miembro masculino de cualquier tipo de mamífero, como es el reconocer como propios la menor cantidad de hijos posibles (y sólo entre aquellos que compartan tu carga genética). 

El amor idealizado (a la fuerza y artificialmente, huelga decirlo) que siente por su amada, se ve, posteriormente, reflejado en la niña, a quien ama con la misma pasión, y por la que abandona cualquier expectativa laboral (que de cualquier manera no era muy prometedora) y se dedica, a tiempo completo, a la labor de madre de familia


Ahora bien, un hombre que se preocupe por los hijos, que los cuide, que se interese por sus actividades, que juegue con ellos, que vaya a sus recitales, que converse con ellos, alguien en quién los niños confíen y quieran, incluso, más que a su madre, puede ser el sueño teórico de cualquier grupo de mujeres en la reunión del salón de té de los jueves; pero en la práctica, todo ello es nada, si no viene acompañado de un trabajo fijo y un sueldo abultado. 

Por eso, mientras Dean se envuelve en su papel familiar; cada vez con más fuerza, aflora en Cindy  el sentimiento obvio y postergado de desprecio hacia el tipo "que no hace nada por su vida mientras todos los otros que me tiraba son como mínimo asesores legales de una empresa minera"


Dean, aunque insista en que cree en hadas y duendecitos y destinos compartidos, sabe la verdad. Recordemos que es un romántico, no un estúpido (aunque muchas veces los conceptos se confundan) y simplemente se concentra en negar la realidad con terribles esfuerzos (lo que se nota en su tabaquismo compulsivo, alcoholismo incipiente y calvicie prematura), confiando (y en este razonamiento es que ya podríamos calificarlo como un estúpido)en que con un poco de paciencia las cosas volverán a ser como antes, cuando es evidente para cualquiera con dos dedos de frente (y él tiene varias manos) que no habrá ningún regreso pues su relación anormal se basaba en circunstancias excepcionales, que -con el tiempo- han dejado de tener valor.


La escena que grafica de manera más terrible la situación de la pareja no es la del desprecio sexual por parte de Cindy (utiliza el orificio hasta que hayas terminado, no pretendas arrumacos y apaga la luz al salir, parece decir con su actitud) sino aquella en que se encuentra con el hombre que originó toda la historia y empieza a coquetear descaradamente con él y luego, para excusarse a sí misma (y probar, de paso, su superficialidad, que la haría merecedora del amor de Cristiano Ronaldo) le dice a Dean que aquel está gordo y que no se sienta mal (como si hablara de un noviecito adolescente sin mayor trascendencia en sus vidas).


La forma en que se narran los últimos días de una relación más destrozada que la médula ósea de los rescatistas de Fukushima es apasionante, no sólo por la crudeza de la historia, sino por aquellos momentos en que aún son capaces de expresar ternura ante el otro y, por tanto, sembrar dudas (y esperanzas inútiles) sobre si todo está realmente terminado, impidiéndoles acabar de una buena vez con un cadáver que apesta desde el primer minuto de metraje, al punto de hacernos respirar -casi aliviados. cuando las circunstancias desencadenan el final inevitable (que, por supuesto, no es el "vivieron felices para siempre".