miércoles, 13 de abril de 2011

Clásicos del Futuro: La Mala Educación que caracteriza a Almodóvar

Hay peliculas que agreden tu dignidad como el más feroz conchatumadre. Y no hablo de las sosas comedias románticas estadounidenses (Que serán malísimas, pero ya sabes a lo que te enfrentas cuando decides verlas, pues engañarte, no lo van a hacer jamás), ni a películas basofia que te dejan un regusto a ternura como la inmortal “La Maldición de los Ccarjachas”, (una de las películas de terror más desternillantes de todos los tiempos).

Me refiero a esas películas que hieren susceptibilidades de abuela (incluso de nieta) para suplir sus carencias, que buscan impactar para esconder su pauperrimidad y tienen la concha (y la de su madre) de hacerse pasar por obras de arte. Esos filmes que nos obligan, mientras salimos embaucados del cine, a hablar de nuestro encuentro personal con el último demonio exorcizado por el geniecillo de turno quien nos ha hecho descubrir los complejos recovecos del alma humana, al mismo tiempo que sabemos, íntimamente (pensamiento que seguirá en la clandestinidad hasta que una borrachera de esas con diablos azules de sinceridad nos desenmascare) que hemos contemplado una completa y absoluta mierda.


El budín de pan al que me refiero esta vez, le pertenece al políglota estafador y amo absoluto del melodramón en pantalla gigante: Almodovar.  “La Mala Educación” trata de un chico que ama a otro chico, al que conoció en el internado religioso, donde los curas eran homosexuales pedófilos. Uno de los niños protagonistas  descubre la prostitución (a modo de sacrificio en nombre del amor) y, ya puesto en tan rentable negocio, sigue inmolándose con regularidad (por unos euros y a nombre del amor, por supuesto) hasta que lo matan. Esta situación es descubierta, años después, por el otro protagonista, ya adulto. Éste, en nombre del amor, se hace director de películas, como un homenaje al directos favorito de Almodóvar (el mismo Almodóvar) El hermano menor del primero se hace pasar por él para aprovecharse de su luminosa carrera detrás de la cámara, por lo que se coloca, luego de rápidos escarceos, detrás de aquél en su cama. Se lo tira por odio (perdón, hace el amor ¿por odio?) cuando descubre sus maldades, y se sigue acostando con él toda toda la película (porque sí) y cuando todo es bonito y parece que el niñito Gael ya se arrepintió de sus pecados, el famosojovenyprometedordirector descubre que el muy fratricida de su amante era la clase de lacra monstruosa que uno piensa sólo puede existir en el mundillo fundamentalista árabe y llora muy metrosexualmente (u homosexualmente, que aquí si corresponde, sin salirnos de la línea políticamente correcta que pretendemos seguir). Es entonces que decide recluírse en su cómodo chalé veraniego para “pensar” y “sufrir” como sólo saben sufrir los que han sido bendecidos con la malditez conjunta de ser artista y ser homosexual en este mundo machista que nada sabe de sentimientos. 

Este argumento, que podría lograr que Lucía Mendez y Verónica Castro se levanten aplaudiendo de sus tumbas (ya no hacen telenovelas, así que da igual que sigan vivas) y exclamen al unísono: “Esta es una historia de la vida real”; se encuentra matizado -como no puede ser de otra manera tratándose de Almodóvar- con una buena dotación de sexo explícito que ya quisieran para sí los irreductibles fanáticos de John Holmes y Nacho Vidal. 

La escena en que Gaelito lubrica con saliva sus dedos para poder facilitar el tránsito viril al interior de la última porción de su intestino es, al cine almodovariano, lo que la tortuga asesinada y eviscerada en pantalla de Holocausto Caníbal es al cine mondo: Una ruptura de lo establecido; un cagarse en los tabúes de la sexualidad o de la vida animal; no dar un paso, sino tres saltos con garrocha hacia adelante con el único fin que el arte más puro valida: La publicidad. 

Y eso es todo. No hay más historia, no hay más construcción de personajes, ni nada (Casi como "Volver", otra joya del maestro).

“La Mala Educación” es, en definitiva, como si a la viejísima telenovela “El derecho de nacer” se le editara para poder verle  el calzón a la mamá de Cristian Castro.

Así culminamos la reseña de otro par de horas perdidas de muchas adolescencias.