miércoles, 12 de marzo de 2014

House of Cards: No es televisión ...Es Netflix

Es innegable que Breaking Bad ha sido la mejor serie del nuevo milenio y, porqué no decirlo, probablemente de la historia. La forma en que se nos cuenta la transformación de Walter White en Heisenberg es impresionante; y, la radiografía de la adicción al poder, es brillante. Muchos llegamos a pensar que habíamos hallado al personaje amoral definitivo, hasta que llegó Frank Underwood y nos hizo entender que a su lado, el personaje de Bryan Cranston es un ejemplo de empatía y respeto al prójimo.

Hace poco hablábamos del éxito de las nuevas industrias que, verdaderamente, se han preocupado de crear un modelo de negocios, que sepa explotar las ventajas de la Internet y no, solo, se queje de las vulnerabilidades que aquella ofrece. Mencionamos a Spotify: pero, también a Netflix, que, a diferencia de la primera, hace streaming de video y de gratuito no tiene nada. Sin embargo, por una cuota mensual relativamente módica permite ver una amplia cantidad de películas, series y documentales, casi al instante y con una calidad bastante aceptable, lo que ha permitido que muchos, aburridos de enlaces cortados, de películas en movie screener o de caminar algunos kilómetros para conseguir blue rays piratas, hayan optado por suscribirse al servicio. Su éxito es innegable, a tal punto, que le ha permitido incursionar en la producción original, rivalizando con HBO, y teniendo como carta de presentación a una impactante serie de intriga política, como es House of Cards.

House of Cards, como Breaking Bad, trata sobre la ascensión al poder de su personaje principal. Pero, a diferencia de Walter, que llega a dicha carrera de manera involuntaria y una vez dentro empieza a disfrutarla (como quien se dedicó al derecho porque no tenía nada mejor que hacer en las mañanas y termina enriqueciéndose con la defensa de compañías mineras acusadas de desastres medioambientales o genocidio de poblaciones amazónicas aborígenes), Francis sabe desde muy joven que su objetivo en la vida es la acumulación de poder, no de riqueza, que eso para él es un simple añadido por lo que, desprecia de manera categórica a los buscadores de dinero. Para él la vida es una escalera y, por tanto, las mesetas no existen. Un objetivo cumplido implica iniciar el camino para alcanzar el siguiente, como se nos enseña en cualquier manual de autoayuda, pero, a diferencia de lo que te dicen tales manuales, el sabe que alcanzar sus metas requiere de una falta absoluta de escrúpulos, una completa ausencia de lealtades, una capacidad de manipulación digna del mejor Steve Jobs, y una imagen intachable de ciudadano perfecto. En todo ello, Frank es, indudablemente, el mejor. (O casi, pues no podemos minimizar al personaje de Claire).

La serie expone la inmensa hipocresía que se esconde detrás de una actividad tan infame como la política (Cosa que no es ninguna novedad para cualquier latinoamericano de bien, pero puede resultar chocante en sociedades más inocentes, como la sureña Carolina de la que Frank proviene); pero, también, nos muestra la terrible importancia de las apariencias en la vida cotidiana: Ante los ojos del mundo, Peter, un borracho, drogadicto, usuario frecuente de servicios de prostitución, que ha llegado a congresista por circunstancias más azarosas que planificadas, es, a todas luces, un elemento negativo, una lacra social que debe ser erradicada (como lo demuestra la opinión pública a través de los medios); a pesar de los intentos de Underwood, un hombre de bien por donde lo miren,  por lograr su redención. Nosotros, impotentes espectadores, sabemos la verdad, aunque cuando despeguemos los ojos de la pantalla, dejaremos nuestro papel de conocedores privilegiados de la información y volveremos a ser los manipulados de siempre y volveremos a votar por el político sonriente que nos habla de valores familiares, que nos dice que comprende nuestros problemas y que, por fin, alguien se preocupa verdaderamente por nosotros. Porque así somos. Porque si no fuéramos tan estúpidos, no necesitaríamos series como House of Cards para abrirnos los ojos, al menos, durante 50 minutos.

Sin embargo, el personaje más espeluznante de la serie no es Frank. Puesto que, por su misma amoralidad, no tiene reparos éticos al destruir una o muchas vidas, ya que las considera simples contingencias en pos de sus objetivos. En cambio Claire, se muestra humana en algunos momentos. A veces, a pesar de actuar de manera implacable como Francis, deja escapar alguna duda sobre sus acciones. Por momentos deja en claro que tiene una vaga (o no tan vaga) consciencia respecto al bien y al mal, lo que no le impide pactar con una empresa petrolera para publicitarla como ecofriendly, a cambio de una generosa "donación" (como hacen la mayoría de ONGs, por otro lado), entre otras linduras. Mientras Frank es capaz de todo por algo tan innoble como el éxito político (lo que hace que uno entienda algunos de sus actos); Claire, busca alcanzar el éxito a través de la ayuda humanitaria, aunque ello sea lo que menos le importe en el mundo.

Si hay algo que criticar a la serie, es la actitud bastante blanda que toma con respecto a un buen puñado de políticos (como si solo unos pocos fueran malos y los demás fueran confiables) y al papel informativo desinteresado de la prensa, lo que no deja de ser un cliché sin ningún sustento. Me imagino que hay censuras que no se pueden vencer; además, es algo que no se nota tan maniqueo como la decencia de los corredores de Wall Street para Scorsese.