viernes, 28 de marzo de 2014

Llamadas Telefónicas: De qué hablamos cuando hablamos de Bolaño


Es algo aceptado, casi universalmente, que el chileno Roberto Bolaño es el último gran escritor latinoamericano del siglo XX. Y como tal, poseía todas las virtudes y defectos que se esperan de El Escritor (con mayúsculas, que no estamos hablando de un Jaime Bayly cualquiera) como ser tremendamente culto en temas creativos (literatura, música, algo de pintura) y un completo desconocedor, o al menos bastante despectivo, con aquellas actividades como la ciencia o la tecnología, tan propias de peones ignorantes que no pueden ni siquiera escribir un par de versos endecasílabos con sinalefas. O, ser escritor por convicción, pero periodista por necesidad. Claro que con un profundo y manifiesto desprecio hacia la profesión que le ponía los porotos en la mesa y hacia la falta de buen gusto característico de todos aquellos que constituían su entorno y que no eran capaces de alcanzar el orgasmo al encontrar una frase que mantiene intacta la fuerza expresiva del original, en la tercera edición traducida al español de "Le Temps Retrouvé". Finalmente, también es notoria su falta de humor, el tomarse demasiado en serio las mayores nimiedades de la vida (Es que, hasta lo más ínfimo es literatura y el arte es lo más serio del universo, nos recordarán nuestros amigos escritores). Sin olvidar esa tendencia a narrar, por lo general, anécdotas propias (Contadas por un alter ego al que no se molesta en encontrarle un nombre vagamente ingenioso, como los Varguitas o Zavalitas del primer Vargas Llosa) como si la vida de un escritor fuera algo interesante. 

Las novelas de un Escritor (Con mayúsculas) suelen ser, por tanto, repetitivas, carecer del menor asomo de ficción y tener una abundancia churrigueresca de adjetivos. Sobre esto último, la culpable suele ser la poesía, ese arte sobrevalorado en el que se forman la mayor parte de novelistas latinoamericanos (Culpa, por su parte, de nuestro idioma, tan propenso al adjetivo calificativo y tan poco dado a los verbos). Bolaño no es una excepción, pero su riqueza técnica inaudita (Comparable, incluso, a la de Borges) le permite transitar con fluidez por los senderos pedregosos del texto largo, sin hacerlo aburrido en ningún momento y, lentamente, casi sin darte cuenta, te sumerge en el submundo de literato pretencioso, venido a menos y devenido a periodista, y tu aceptas enardecido esa inmersión como si te estuvieras zambullendo en las profundidades gloriosas de la Brigitte Bardot de sus mejores tiempos. Sus novelas, como Los Detectives Salvajes, te atrapan en su telaraña de virtuosismo y sientes, indudablemente, que has tenido un encuentro con uno de los capítulos más importantes de futuras enciclopedias literarias del siglo XX. Aunque luego, claro, se te confunda la historia en la mente con las de un Diego Trelles cualquiera. Lo importante no es lo que te contó, sino como lo hizo (Como en el viejo debate en el que no gana la herramienta sino quien mejor la utiliza).

Sin embargo, a Bolaño, eximio maratonista de las letras, no le va tan bien en carreras cortas, pues unas cuantas páginas no le brindan la posibilidad de desplegar todo su arsenal lingüístico. Si bien suele capear el temporal, la mayoría de veces, y nos entrega historias entretenidas, pero prescindibles. En Llamadas Telefónicas, en cambio, es donde peor le va. Todas las historias del libro son del tipo: "Me encontré con José en la calle 27, en el tiempo en que leía un poema manuscrito de un olvidado mujik ruso que jamás pensó en alcanzar la inmortalidad con sus versos, y de pronto, me confesó que aún le gustaba la mayonesa con ajo. No lo volví a ver nunca más, pero pensé en el sabor de los cebollines los siguientes siete crepúsculos".

En particular, Sensini, considerado por gran parte de la crítica (Escritores (Con mayúsculas), al fin y al cabo) como su mejor cuento, me parece una estafa. ¡El Escritor (Con mayúsculas), en todo su esplendor! Porque por mucha metahistoria, cuento dentro del cuento, alegoría a la labor del escritor impenitente, la historia se resume en: "Conocí escritor por carta. Ambos nos presentamos a concursos. Me recomendó que siguiera. Yo soy mejor que eso. El siguió. Volvió a su país y murió. Su hija me lo contó" y eso sólo califica para aburrida historia de bar cuando hay que matar un silencio. Los demás cuentos son mejores, porque ya no los recuerdo.