jueves, 25 de febrero de 2010

Tantas veces Melcochita

No es guapo. Tampoco inteligente. Entre sus logros figura el de haber sido invitado al programa del cómico norteamericano David Letterman. Y también el de haber compartido el escenario junto a Celia Cruz. Digámoslo de una vez: no podemos resistirnos a Melcochita. La sola mención de su nombre es una invocación al improperio y la carcajada. Verlo produce una suspensión –¿momentánea?– de nuestra actividad sináptica. Sus actuaciones son, a la par que un encendido alegato contra la lógica aristotélica, la ratificación contemporánea del espíritu de la antigua comedia griega. Su paso fulgurante por programas capitales en la televisión peruana como “Risas y salsa” o “Recargados de Risa” no podrá ser olvidado por el televidente agradecido con el artista que lo entretiene. Así es Melcochita: jocosamente popular, divertidamente igual a todo el mundo. Por eso nos gusta, porque sentimos que podríamos invitarle un ceviche y dos cervezas sin sentirnos desairados. Nos imaginamos gastándole un par bromas, dándole una palmada en el hombro y luego diciéndole a nuestros amigos: “¿Sabes a quién vi hoy? A Melcochita”, y estallaría la carcajada.

Hasta aquí todo bien. Hasta aquí ningún problema a la vista. Apagamos la tele y regresamos a nuestras labores. Pero ¿qué ocurre si sobreviene el escándalo?, ¿qué pasa si Melcochita –nuestro mejor comediante, el tío cague e’ risa– aparece en todos los periódicos, los noticieros y los programas de farándula envuelto en el vaho de la infidelidad y la mentira?, ¿qué ocurre si la comedia que representa fuera de la pantalla irremediablemente regresa –oh las parcas– a ella? Pues nada, o casi nada. La comedia sigue su curso. Ya sabemos: las entrevistas, las especulaciones, los rumores. El interés popular por el personaje se acrecienta, se enriquece, adquiere matices hasta ahora desconocidos: ¿Melcochita tramposo?, ¿chibolero?, ¿pegalón? Consumimos con apetito el nuevo material para el debate. Somos duros, acerbos, no le perdonamos la seriedad al cómico, al payaso: ¿qué derecho tiene este tipo de acostarse con una chica de 26 años?, ¿no tiene vergüenza –viejo burro– de engañar a su mujer y embarazar a una chibola?, ¿no se da cuenta que lo están usando?

Todo, más o menos predecible; todo, más o menos rentable. En el fondo, esperamos que Melcochita reciba su merecido y que después regrese triunfante al escenario. Ése es su destino: entretenernos a toda costa. Y está bien. ¿Podríamos exigirle algo diferente? Seamos honestos: admiramos a Melcocha. Posee el raro don de ser igual a todos, con el distintivo de ser popular como pocos. Su vida nos interesa y nos sentimos autorizados a hablar de ella. Al criticarla nos resarcimos de nuestros errores. Nos damos cuenta de que somos mejores. Nos sentimos satisfechos de nuestra integridad moral. Y casi podemos decir –si nos urgen a ello– que sólo se trata de un viejo verde, de un viejo e´mierda. Salvo que oscuramente sabemos que ser un viejo e’ mierda en la tele es algo extraordinario.

C.Q.