martes, 19 de agosto de 2014

Reyes de Arena: G.R.R. Martin nos habla de la política estadounidense en Medio Oriente

G.R.R. Martin es conocido mundialmente por tratarse de un clon de Peter Jackson; y, en menor medida por ser el creador de la saga de fantasía Canción de Hielo y Fuego (No creo que les suene la versión televisiva: Juego de Tronos). Sin embargo, Martin es un autor cuyas obsesiones medievales no le impiden escribir literatura de la importante; es decir, ciencia ficción. Justamente, en un cuento largo llamado Reyes de Arena, nos explica veinte años antes de que suceda, las razones de la barbarie yihaidista que campea en los últimos tiempos en Medio Oriente (Tampoco es que sea EL VISIONARIO, que la estupidez de la política exterior estadounidense es evidente para todos menos para sus encargados).

El cuento nos habla de un hombre de negocios (USA) que ha hecho fortuna en diversos mundos y que cuenta, entre sus pasatiempos, hacer que las diversas mascotas exóticas que va consiguiendo, se maten entre ellas. Para ello, suele organizar agasajos a sus amigos (Europa) para impresionarlo con su boato, lujo y sutiles crueldades, con el ánimo de mantenerlos impresionados con su poder (y por un poquito de orgullo, claro).

 Ya cansado de los animales de siempre (Latinoamérica, Asia, África), cuyos brotes de violencia suelen (o solían) ser excesivamente manipulables, va en busca de algún bicho que logre hacer latir su corazoncito genocida. Es entonces que da con los Reyes de la Arena, una especie de insectos semi conscientes, altamente organizados en sociedades guerreras, feudales, de riguroso poder central y teocráticas (los musulmanes), quienes divididos en grupos cuyas sutiles diferencias solo comprenden ellos mismos, suelen dedicarse a la guerra y a la adoración divina en partes iguales. Por supuesto que la muerte colectiva y el culto a su propia imagen se le hacen irresistibles, por lo que adquiere cuatro grupos de reyes de la arena para ver como se masacran entre ellos. Sin embargo, al momento de comprarlos, se le recomienda alimentarlos adecuadamente para mantener cierto orden (La vieja consigna de pan y circo, tan eficaz universalmente y tan mal utilizada durante siglos). 

Luego de unos días en los que no hay ningún conflicto, el dueño del mundo se aburre soberanamente; por lo que, decide quitarles el alimento. En ese momento, las sutilezas se van al carajo y los reyes de la arena empiezan una atroz carnicería para hacerse con los pocos recursos que les quedan. Ante el éxito de su maniobra, el dueño decide invitar a el grupo de comensales de siempre a unirse a su fiesta destructiva, y lograr, por qué no, un expolio económico a costa de sus bichos (petróleo, que le dicen en el mundo real). La cosa es que todo empieza a ir de maravillas para las perversiones del dueño del mundo y cada vez que los reyes amenazan con la paz, se encarga de quitarles la comida nuevamente y asunto arreglado. 

Pero con lo que no contaba nuestro héroe, es que una sociedad teocrática, no es una sociedad común. La fuerza del resentimiento originado por la religión puede lograr milagros, como el crecimiento desorbitado de los vengativos reyes de la arena, que empiezan a consumir el habitat de su dueño, poniendo en peligro la vida, tal y como la conoce; por lo que, termina sacrificando a sus aliados para salvar su vida, aunque infructuosamente; o, el surgimiento de fundamentalismos musulmanes, yihaidismos varios y violencia irracional ante todo aquello que no corresponda a su religión, destruyendo a su paso cualquier acercamiento a la civilización al que hubieran tenido en los últimos 1000 años.

Hace unos  cuarenta años, el Islam se hallaba aburguesado y relativizado, hasta hacerse, en muchos lugares, casi inocuo. La incipiente globalización había permitido que las mujeres alcanzaran muchos derechos y la tolerancia religiosa era moneda común. Sin embargo,  la ayuda sistemática de los Estados Unidos por destruir cualquier equilibrio político en el Medio Oriente desde aquellos tiempos, ha servido de caldo de cultivo de los extremismos más fanáticos. No es Alá el que aglutina a los fundamentalistas. No es el Profeta el que permite las ablaciones, matrimonios infantiles y la anulación de la mujer y de las minorías. Es el miedo a los Estados Unidos. Es el demonio representado por la bandera de estrellas y barras el que permite la existencia de los talibanes afganos, de los ayatolas iraníes y del Estado Islámico. Estados Unidos ha conglomerado todo el odio de una religión, para hacerlos capaces de los actos más abominables, con la sola excusa de hacerlo contra "América". Cada vez que USA arma a un musulmán para aprovecharse de él, termina siendo traicionado y adquiriendo un nuevo enemigo; pero, como dijimos, la estupidez es la única moneda que conoce ese país en relaciones internacionales; y ha visto muchas películas de acción ochenteras como para darse cuenta de su delicado lugar en la geopolítica mundial.

La única manera de acabar con el extremismo islámico se daría con la destrucción de los Estados Unidos; una vez acabado el enemigo, la simi consciencia religiosa, terminaría por dar paso a la semi individualidad y a las dudas; y de allí a la libertad habrá solo un paso. Curiosamente, la destrucción de la súper potencia no  pasa por unos inefectivos, aunque voluntariosos terroristas islámicos de medio pelo, que saben que sin Estados Unidos se acaba la fiesta y no están dispuestos a eso; sino por su gran aliado y futuro enemigo apenas se le tuerzan las cosas: Israel, o los reyes naranjas de la historia de Martin.