sábado, 27 de febrero de 2010

Tres cosas hay en la vida: Dios, mi madre y Federer

Y nos toca hablar de tenis ¡por fin! El deporte rey, el que más pasiones levanta, el que se juega incluso en las barriadas más pobres con una raqueta de trapo y, como pelota, una lata de atún. El deporte que se lleva tatuado en el alma y que no necesita la mariconada de una camiseta como ese juego indigno de 11 personas corriendo tras un balón. El tenis es, por si no ha quedado claro, mi deporte favorito y por eso puede expresarme de él como se me ocurra, el tenis, como el efecto Josephson en la mecánica cuántica, es más que un deporte, es un sentimiento. Y como se lee en los graffitis urbanos, tres cosas esenciales hay en la vida (o debería leerse, si el mundo no estuviera dirigiéndose velozmente al abismo existencial) “Dios, mi madre y Federer”. Esta simple frase demuestra los tres máximos valores que puede encontrarse en la gama moral del homo sapiens. La veneración a Dios representa el anhelo a no ser simplemente un trozo de carne sin misión alguna. El amor a la madre representa, no sólo ese noble sentimiento del hijo agradecido al ser que le dio la vida, sino también, el respeto a todos los seres humanos puesto que todos somos hijos de una madre y, por extensión, el amor a la naturaleza en su conjunto, la madre tierra, la que engendró la vida -como en Avatar, para que se entienda mejor- y, at last but not at least (perdón, pero no se me ocurre una frase que pueda rimar como esa en castellano y encima expresar lo mismo, recuerden que quise ser futbolista) la veneración a Federer, no entendida como el deseo homoerótico, sino como la admiración sincera a toda la perfeccion que puede llegar a alcanzar nuestra especie. Ver jugar a Federer es como oir cantar a los ángeles, no tienes que encontrarle una razón, no tienes ni siquiera que contar los puntos, solo sentarte y disfrutar de algo que excede en belleza a todas las artes en su conjunto ¿Qué es la pintura ante un revés a una sola mano del mago? ¿Qué, los millones de libros escritos ante su drive endiablado? ¿Qué, la cultura en cualquiera de sus manifestaciones, ante un excelso drop shot del Único y, todavía, frente a Nadal? No voy a hablar de sus innumerables records que para eso está Wikipedia (lo mismo le digo a cualquiera que espere hallar algún tipo de informacion util en este blog. Recuerden, somos un periódico de a china, como el Ajá, La Chuchi o el que se les ocurra nombrar) pero sí de las pasiones que despierta su virtuosismo (deseche inmediatamente cualquier pensamiento en doble sentido en este momento, insisto, estamos hablando de tenis). Por regla general, un estadio en el que juegue Federer es un estadio entregado, ansioso por ser testigo de la leyenda viviente en acción, la gente lo observa extasiada como sabiendo íntimamente que ese es el recuerdo que uno quiere legar a sus nietos, si el rival es Nadal pues es como si el mundo apoyara a Harry Potter contra Voldemor, la elegancia de la muñeca divina de Federer contra la impía mano que no para de rascar el trasero del ogro de siete pulmones. Si, acaso, ganara este último (que Roger demuestra su magnanimidad dejándose incluso derrotar) el estadio es un cementerio, los niños lloran y, francamente, a los padres no les importa, el choque de tal experiencia puede llegar a ser mortal. Lo único que empaña la ksflkajfkl (francamente no se me ocurre ninguna palabra para describir cabalmente la sensación que produce su juego) es que en el fondo todos sabemos que su talento no es natural, que hace algunos años era un buen jugador como tantos otros, que ganaba partidos, que perdía partidos, hasta que llegó el fatídico día en que perdió con Luchito Horna en el Roland Garros del 2003. Sé por fuentes confiables, que haber sido vencido por un paisano de Kukín Flores o del Puma Carranza fue lo que le decidió a tomar la decisión que tomó. El día siguiente a dicha derrota, Roger se dirigió con paso resuelto a las catacumbas de París, donde sin el menor asomo de temor vendió su alma al diablo a cambio de la genialidad. Su siguiente torneo fue Wimbledon, el primer Grand Slam que ganó y que ganaría durante cinco años consecutivos (justo después de perder en otro Grand Slam con Luchito -¿coincidencia?- Allá ustedes si son tan inocentes), ahora ya lleva 16 y seguimos contando. Roger, desde esta humilde tribuna te agradecemos de corazón que hayas sacrificado tu alma inmortal para regalarnos la magnificencia de tu juego. Si esto no es el equivalente deportivo del sacrificio del redentor (y con resultados más palpables, permítanme decirlo) pues cerramos inmediatamente el Periódico de a china y nos dedicamos a redactores de El Bocón.

H. P.