jueves, 24 de febrero de 2011

Prejuicios: Siempre eres tú el que los tiene ¡No yo!

Una de las características indiscutibles del ser humano, es su capacidad de discriminar a los demás. Es como el poder sonreír. Todos discriminamos. Todos cargamos prejuicios desde el momento mismo en que somos conscientes de nuestra existencia individual. Ya de pequeños consideramos que, aparte de nuestros padres, todos los demás son feos y extraños que, aunque nos hagan caritas, sabemos que si pudieran nos comerían con papas y ensalada.

Este germen de la discriminación se va puliendo poco a poco. Son particularmente importantes, en esta educación del prejuicio, nuestra familia, la escuela y el entorno social cercano.

Gracias a tan valiosas influencias podemos colegir que "Todos los negros son ladrones", "todos los ricos son superficiales", "todos los latinos son holgazanes", "todos los artistas son drogadictos", "todos los empresarios son explotadores", "todos los indios son brutos". También, a corta edad sabemos que "todos en mi familia son buenos", "mis amigos son los más confiables", "sólo mi Dios es el verdadero", "si no se casa con ella es porque no la quiere". Luego profundizamos más en las relaciones humanas y descubrimos, con naturalidad, que "todo político es corrupto", "los chinos quieren apoderarse del mundo porque la tienen chiquita", "todos los maricones me desean", "todas las mujeres son unas putas", etc.

Cuando llegas a la mayoría de edad, tu mundo ya se ha deformado adecuadamente. Ya has elegido los bandos de buenos y malos. Entre estos últimos tenemos: El sistema, si eres punkeke; el neoliberalismo, si eres socialista; los árabes; los estadounidenses; la sociedad; la religión; los ateos; los amarillos; el increíble Hulk, los amantes de la tauromaquia, los enemigos de los animales; los antiecologistas; la vecina de la esquina; los emos; el Opus Dei; los filósofos; los agentes de Bolsa; los futbolistas; los intelectuales.

Entre los buenos, los que son como nosotros; los que piensa lo mismo o son como quisiéramos ser.

El origen del prejuicio se encuentra, justamente, en esa dicotomía: Lo que es como yo es bueno, lo demás debería desaparecer para que podamos tener un mundo mejor. Nadie es conscientemente un hijo de puta. Todos encontramos una justificación valedera para marginar a alguien. Ese es, justamente, el mayor problema de los prejuicios: Sabemos que existen y que son malos, pero nosotros nunca los tenemos.

Por ejemplo: Está muy mal que la gente coma carne -piensa el vegetariano, e inmediatamente emite el juicio moral: "Yo no como carne porque soy mejor que ellos". Entonces, poco amigo de los churrascos, empezará a despreciar a quienes "no entienden que es de bárbaros matar animales, ergo todos ellos son sub humanos" y, por supuesto, fiel a sus principios morales, predicará entre sus conocidos y familiares la "buena nueva" y sólo dejará entrar en su círculo a quienes reconozcan la "verdad evidente". Escojan cualquier prejuicio "que no tengan" y pasará lo mismo: Sexual, moral, religioso, físico, intelectual, racial, genético.

Es, incluso, peor el prejuicio del libre pensador "libre de prejuicios" porque será implacable en su "juzgarte razonadamente" (Como el super héroe de mente más clara y visión empresarial fulminante que es Tony Stark)  o como cualquier poeta "ciudadano del mundo").

¿Y hay alguna solución a la discriminación? -nos preguntan. ¿Realizar vigilias? ¿Juntar firmas? ¿Realizar marchas pacíficas? ¿Apagar las luces un sábado en la noche durante quince minutos?. La respuesta es, para el grupete insoportable de bienintencionados y deficientes mentales que luchan por diversas causas idealistas (donde se cargan de prejuicios contra los que no luchan por lo mismo), que no hay posibilidad humana de quedarnos sin prejuicios, sólo de esterilizarlos, para que el daño no sea ostensible (Y sobre todo, para que no se reproduzcan en nuestros hijos). Y esa manera, ferviente lector de Periódico de a china, es el reconocimiento de nuestros prejuicios: Pregúntate hoy mismo a que sub-grupo  cultural detestas y deja de encontrarle razones. Reconoce que los odias porque sí, no porque se lo merecen y de esa manera lograrás dos cosas importantes: Sabrás que no hay justificación para enseñarle ese comportamiento a tus hijos (a menos que seas, verdaderamente, un psicópata, por lo cual me disculpo contigo) y, tan importante como eso, no tendrás que avergonzarte de ello y sentirás que nadie tiene el derecho de multarte por expresiones raciales en el partido de fútbol, y dejarás de acumular resentimiento.