jueves, 9 de septiembre de 2010

Larissa: Tan poco divina como un Riquelme cualquiera

Debo confesar que la primera vez que vi a Larissa sentí una punzada de amor. La perfecta armonía estética lograda por el pequeño teléfono móvil sobresaliendo tímidamente entre las dos inmensas montañas que hacia el norte se adornaba con un rostro preocupada y fanáticamente angelical; me hizo pensar que el paraíso que los curan aseguraron que obtendríamos si tomábamos la primera comunión, era completamente real, tenía forma femenina y se encontraba de paseo por Sudáfrica, alentando -como yo mismo- a un equipo del montón, porque -tal como lo dijeron los curas- hasta el más insignificante ser (En este caso Paraguay) tiene un ángel que vela por él.

En ese momento decidí tomar un avión y buscarla, a ciegas, en las hostiles calles de Johannesburgo. No me preocupaba demasiado no poder encontrarla pues me la habían prometido los curas y el día de la ceremonia sacramental aquella juro que fui el niño con mayor cara de santo.


En el momento en que colocaba mi último calzoncillo -perfectamente doblado- en la maleta, me asaltó una punzada en el estómago, que entendí que los infieles reconocen como duda: ¿Sería, ella, realmente ese oasis bíblico -del que ansiaba hacer manar leche y miel- o, en realidad, lo que había observado era la presentación en sociedad de una de esas fotografías que son capaces de cambiar el mundo para siempre -como la que tomó Alberto Korda al Che Guevara.

Al cabo de pocos minutos de investigación en la red, la realidad me abofeteó con violencia. Recogí los dientes que el desencanto me había arrancado; me levante compungido; cogí el paquete de cigarrillos que indentaba olvidar , y salí al balcón convencido -una vez más- de la inexistencia de Dios y de la nula fiabilidad de la palabra de los sacerdotes.

Nokia en cambió se comió con satisfacción el anzuelo divino -y creyendo en la repetibilidad de lo único- le ofreció un contrato millonario -para intentar un fallido deja vu- a la estafadora, cuyo apellido -ya de por sí infecto- no menciono.

La felicidad sólo dura un instante y el mío ya se había ido.