jueves, 8 de septiembre de 2011

Dejame Entrar: La Disyuntiva entre verla desnuda o que te arranque la garganta

Siguiendo una sana tradición de Periódico de a China (que nos permite saber los finales definitivos de las historias antes de que lleguen las segundas partes de las trilogías) hablaremos sobre "Déjame Entrar".

Pero no nos referiremos a la película sueca del 2008, dirigida por Tomas Alfredson ni a su versión light norteamericana del 2010 (Que a pesar del edulcoramiento, espantaría a muchos). Hablamos directamente (y sin pasar por ese intermediario llamado cine, al que sólo nos acercamos cuando la existencia de un guión original nos obliga a pagar tarifas ridículamente altas, para ver imágenes en movimiento envueltos en la tenue nube que forma la grasa del pop corn) del libro "Låt den rätte komma in" de John Ajvide Lindqvist.

La novela, utiliza el trillado recurso del vampiro enamorado para crear una historia de suspenso; aunque, a diferencia de la joya monumental por la que será recordada la humanidad cuando ya no estemos aquí como es Crepúsculo, éste no es un héroe metrosexual sufriente mitad emo y mitad Lady Gaga, sino el clásico demonio asesino, sediento de sangre, en la piel de una dulce pre adolescente.


Es, entonces, que la historia se encuentra mucho más cerca del oscuro anonimato y las obsesiones (homo)sexuales rayanas en la pedofilia de "Entrevista con el Vampiro" de Anne Rice, que del realismo mágico para adultos de True Blood. Incluso, ¿la? protagonista es una especie de híbrido entre el inocente y torturado (por dudas existenciales de las de verdad, de las de antes de los emos  y no por amoríos de high school y castidades que deban esperar al matrimonio) Louis y la pequeña desquiciada, Claudia (cuya versión cinematográfica, que tanto prometía, terminó por convertirse en la olvidable obsesión platónica de Peter Parker).

Eli es un personaje misterioso, aún más de lo que sería razonable para una vampiresa de aparentes trece años, por variadas razones, pero quizás la más importante el que no sólo se haga amiga del loser del barrio (Y pareciera ser, de Suecia en general), sino que se siente atraída por él, lo que no sería raro sino, incluso, de rigor en cualquier comedia romántica; pero, ni en la historia más desquiciada, este niño sería un gordo, a quien obligan a chillar como cerdo (a lo que accede sin muchos remilgos, debido a su inexistente valentía) y que colecciona noticias de asesinatos mientras destroza la corteza de un árbol, imaginando que se convierte en una especie de Dexter para el bullying escolar (a diferencia tuya, buen lector o de tu hijo, que sueña/s con ser algún día como Messi, tal vez). Para ponerle la guinda al pastel, el niño utiliza una bola de esponja para que pase desapercibida, en la escuela, su incontinencia urinaria. Por eso, para él, convertirse en el consorte de un ser de las tinieblas supone más bien un contundente ascenso en la escala social. Como no podía ser de otra manera, el niño es adecuadamente adelgazado en ambas versiones fílmicas, pues se sabe acá y en Marte mostrar grasa corporal en pantalla, hablando de un protagonista, es -moralmente. más censurable que mostrar a un bebé de pecho chutándose heroína por el ojo. 

La historia tiene sus puntos flacos, como los ocasionales flashbacks que pretenden explicar el origen de Eli, pero que, en honor a la verdad, aportan tanto a la historia como "Yo soy el Diego de la Gente", de Maradona, a la literatura universal. A pesar de ello, y sin ser tremendamente original, la novela aporta un poco de esperanza al género de vampiros, que en lo que va del siglo se había convertido en una especie de Real Madrid,cargándose de metrosexualidad y catenaccio, resignado a ser la comparsa de los zombies, género que cada día juega mejor.