viernes, 11 de marzo de 2011

Terremoto en Japón: Por fin un desastre en 2011, para que los medios se regodeen con el rating

Probablemente una de las experiencias más aterradoras en la vida, sea vivir un terremoto de la magnitud del ocurrido hoy (11 de marzo) en Japón. La sensación de saber que la muerte te está sacudiendo como si tratara de despertarte de una pesadilla debe ser probablemente una sensación que no te vuelva a abandonar hasta tu último suspiro de consciencia. 

En Latinoamérica sufrimos movimientos telúricos con mucha frecuencia, los que suelen tener efectos más desastrosos que en países mucho mejor preparados para ello que los nuestros. Las cifras de menos de cien muertos, a pesar de la magnitud de 8,9 grados Richter, palidece ante cifras como las del terremoto de 1970 en Huaraz en la sierra central peruana, que cobró 75 000 víctimas (7,9 grados Richter), o el de Chillán en Chile (1930), con 30 000 muertos. Justamente este último país es el que ha tenido el terremoto de mayor intensidad registrado en la Historia, al sur del país, cerca a la ciudad de Valvidia (9,5 grados Richter), que ocasionó más de 6 000 muertes. El terrible terremoto en la ciudad de México ocasionó más de 10 000 víctimas, a pesar de haber tenido una magnitud de "apenas" 8,1 grados Richter. ¿Imaginan lo que podría suceder con uno que tuviera la fuerza del japonés, en esa misma ciudad, o en Santiago o Lima?

Esta clase de experiencias, este vivir sabiendo que tenemos colgada esa espada de Damocles geofísica sobre nuestras cabezas (o, mejor, bajo nuestros pies), debería haber sensibilizado a nuestros pueblos sobre la desgracia ajena, nos debería haber enseñado no a llorar, sino, al menos, a mantenernos callados si es que sentimos que estos acontecimientos no nos afectan. Sin embargo, gran parte de la información mediática, además de resaltar morbosamente las consecuencias del terremoto y del tsunami y alarmar a la población sobre la llegada del Apocalipsis a nuestras costas, ha tenido la miseria moral de celebrar -al menos en Perú- la no existencia de víctimas mortales de nuestra nacionalidad. "Lo bueno, es que no hay peruanos muertos" -festejaban diversos noticieros. Replico: ¿Puede haber algo bueno en una tragedia de este tipo?. Esto sólo demuestra la bajeza casi completa de los mecanismos informativos no sólo peruanos, pues son varios los noticiosos de diversos países cuya única preocupación era informar que sus nacionales estaban seguros. Sé que hay gente que tiene amigos  o familiares en ése país y su primera -y, tal vez, única- preocupación, era saber que se encuentran a salvo, y es deber del periodismo averiguarlo. Sin embargo considero que de allí a expresar alegría ante el infortunio de otros, porque, sencillamente, no nos ha afectado es casi como ignorar las matanzas de los cárteles de narcotraficantes, porque no pasan en mi vecindario.