lunes, 13 de diciembre de 2010

Tribus Urbanas (1): Porque ser uno mismo, es ser parte de un organismo superior

En estos tiempos que corren, uno podría suponer que la globalización ha hecho bien su trabajo y absolutamente todos los habitantes de la Tierra saben quienes son Lady Gaga, Lionel Messi y Vargas Llosa (aunque de no ser por el Nobel, hubiéramos tenido que poner García Márquez). También se nos puede hacer una verdad arrejuntada y sacramentada por el santo de nuestra elección, que no hay ciudadano del mundo para quién reconocer las diferencias entre un otaku, un mekay y un hikkikomori sea un problema mayor a reconocer a tu hijo a la salida de la escuela.

Sin embargo, y aunque le parezca increíble, pasmado lector de Periódico de a China, hay aún muchos bárbaros culturales que confunden las diversas tribus urbanas entre ellas, o sencillamente les parecen lo mismo. Peor aún, algunos ni siquiera tienen idea de lo que es una tribu urbana y tildan de hippie vago y drogadicto, metalero satánico o -como lo sufre en carne propia el Emo Oliente- emo de mierda a cualquier hijo de vecino que por sus características estéticas o comportamiento, se les presuma como miembros o afines a una subcultura determinada.

Es por eso que en un arranque de caridad cristiana, como una santa Reina Isabel (despojándose de sus joyas para dárselas a Colón, para que cumpla su sueño, sin pensar en ningún momento en las ingentes ganancias que repercutirían en su bolsillo y en las arcas del Estado castellano, en caso de monopolizar una nueva "ruta de las especias") hago mía la tarea de abrir los ojos a esas ovejas que se han descarriado del rumbo histórico de la cultura popular y siguen escuchando, con seguridad, música en un viejo walkman, ignorando la existencia de Ipads y demás embates tecnológicos del nuevo siglo. Y empezamos:
Tribu Urbana: De nada serviría irnos por las ramas, sino definimos que tipo de árbol vamos a despedazar. Entonces se hace necesario entender porqué tantas subculturas surgen y pululan por casi toda ciudad del mundo (Al menos en el mundo regido por el libre mercado y sus cercanías, pues en lugares como Pyongyang, hago mías las sabias palabras del Puma Carranza y afirmo categóricamente que "desconozco mayormente").

Nuestra teoría es que Fukuyama tenía razón al predecir el "Fin de la Historia", pero lo que no previó fue que -al terminar la guerra fría- se fragmentaría en infinidad de mini historias con la misma trascendencia de "Joey" luego de "Friends". El mundo se había acostumbrado a la dualidad: este-oeste; norte-sur; capitalismo-comunismo; pobres-ricos; pero en este nuevo panorama el hombre más rico del mundo es ciudadano mexicano, o lo que es lo mismo, tercermundista. La economía de países como Bangla Desh o Perú crecen sostenidamente y las de países desarrollados -al menos, más que los mencionados, como Irlanda o Portugal se resquebrajan bruscamente. Ya no hay buenos ni malos, hemos descubierto los matices y eso, para una civilización es la desnudez bajo la nieve. Incluso el intento de satanizar al Islam (chivo expiatorio de un acto cometido por un grupo (y no por una religión) como el ataque a las Torres Gemelas) como el nuevo mal que amenaza al "mundo libre", ha calado muy poco en la población. (Salvo en el lado negativo pues la frase: Moros de mierda, no pierde vigencia; lo que no significa que su contraparte: Nosotros, se libre de ser adjetivada de la misma manera)

Todo ello ha mermado nuestra confianza social. Necesitamos saber que tenemos un rumbo y que, colectivamente, vamos hacia él o que si sufrimos pobreza, injusticia, burocracia, intolerancia, marginación; a los del otro lado les va peor. ¡Pues no! ¡Ya no es así! Ya no podemos solazarnos en que el mal ajeno es peor y que debemos estar agradecidos por nuestras limitaciones. Estamos jodidos porque el mundo (y no nuestra parte del mundo) funciona así y, salvo desastre natural u ocurrencia divina, eso no va a cambiar.
Es por ello que, ante la poca claridad y nula confianza acerca de que lado de la balanza del bien y del mal se encuentran las instituciones sociales, y ante el pánico congénito que suele sufrir el ser humano ante la libertad, es que muchos, principalmente adolescentes, buscan -casi con desesperación- un microcosmos al cual integrarse, un grupo de reglas sencillas que seguir y una estética (visual, lingüística, etc) común que adoptar. Es decir, lo que se ha hecho toda la vida, pero con implicaciones demográficas más reducidas. Entonces, las moléculas sociales mutan. Los hepatocitos laboriosos se convierten en inútiles fibrocitos. Empiezan a proliferar los tumores en la epidermis social: punks, emos, góticos, reguetoneros, psichobillies, etc. Y, de pronto, se hacen más llamativos. Todo el mundo empieza a notarlos ¿De donde han salido? -Se preguntan muchos. "Del infierno" -responden en conjunto las variantes religiosas occidentales y condenan sus prácticas inmorales. "Del maltrato y la pobreza" -responden las ONGs y todo aquel que se precie de políticamente correcto y condenador de las corridas de toros, mientras critican al sistema al que no renunciarían, porque "¿que puedo hacer yo, que tengo que velar también por mi familia?". Y pasamos a los inacabables: "en mis tiempos todo era mejor" "dónde vamos a parar" y la vida continúa colorida, como siempre.

Sin embargo, es cierto que "ya los tiempos no son los de antes" y esta rebeldía social es simplemente otra forma de generar pingües ganancias a las industrias multinacionales,  porque ¿si eres miembro de una tribu, tienes que usar lo mismo que los demás y no es gratis, no? y los publicistas se frotan las manos ante el menor indicio de aparición de nuevos "rebeldes".

Se nos pasó la hora, así que en el siguiente capítulo: los emos.