jueves, 23 de diciembre de 2010

Dr. House: El espantapájaros rengueante halló un corazón

Gregory House no es un buen cristiano y seguramente no sería la mejor persona para nombrar padrino del bautizo de tu primogénito, pero a lo largo de muchas temporadas, el personaje ha ido transitando por el camino de ladrillos amarillos de la soledad y la adicción, hasta llegar a la tierra de Oz (o el Hospital Psiquiátrico donde lo llevaron las alucinaciones causadas por el abuso del Vicodín) donde, por fin, adquirió un corazón.
Ahora, un médico con sentimientos es algo muy noble y necesario para humanizar al enfermo, para no tratarlo como una cosa y sí como una persona, como alguien importante cuya recuperación es el fin último de haberse pasado de 8 a 15 años estudiando medicina. Pero estamos hablando de un médico ficticio, que no curará el cáncer (ni lo hará su amigo Wilson) ni logrará detener permanentemente la oxidación de las células y la vejez. Estamos hablando de un actor inglés con papeles en 101 Dálmatas y en Stuart Little 2, que hubiera seguido adornando el mural de los actores subfamosos de no ser por esa espectacular serie de médicos, en la que el protagonista no es un dechado de virtudes cuyo único fin es salvar los cuerpos y almas de sus pacientes, sino un drogadicto cojo, misántropo, malhumorado e increíblemente inteligente, y a pesar de ello sin la capacidad de acertar sus diagnósticos a la primera, teniendo que esperar la iluminación divina, o el golpe de suerte, para llegar a la inequívoca solución.
Hablamos del médico que no usa mandil ni se viste de blanco para que los pacientes no le consulten nada pues ni le interesa la empatía ni le interesan las personas, sólo las enfermedades muy raras. Ni siquiera sueñen que House atendería su resfriado, preferiría atravesarles el bastón por la boca y hacerle recorrer todo su tracto digestivo antes que recetarles un Desenfriolito.
Supongo que la nueva bondad de House, luego de siete temporadas, es natural pues hasta la ironía y el sarcasmo terminen aburriendo, y -aceptémoslo- hay muchos que siempre quisieron que House asiente cabeza y tenga un romance presenil con Cody. Personalmente, no creo que la serie dé para una temporada más. Las enfermedades raras ya no impactan si te las diagnostican con una sonrisa afectuosa o con palabras de consuelo. El encanto de la serie radicaba justamente en la frialdad analítica de House, que resolvía sherlockianamente sus casos como si jugara charadas, o incluso con menos pasión. Ahora que hasta los genios lloran, pienso que el grueso de fanáticos se decantará por algún nuevo villano encantador. Es más, con dolor debo decir que House se ha transformado en una especie de Gru, de Mi Villano Favorito y eso lo convierte en una caricatura, o peor aún, en la versión disney de una caricatura ideada por Frank Miller. 
Les dejo con el trailer de la sexta temporada, la de la transformación del monstruo en mariposa (o casi)