domingo, 9 de mayo de 2010

El extraño caso de la señora Bustos: La Tigresa del Oriente

Cuando, por fin, un grupo de investigadores se reúna y escriba –en cuatro tomos bellamente ilustrados– la indispensable Historia Abreviada de la Estupidez, ya no podrá sorprendernos el significado fundamental que esta categoría (la estupidez) ostenta para explicar el sentido de nuestra época. ¿De qué otra forma podríamos entender a menesterosas estrellas del firmamento político como Silvio Berlusconi o George Bush, a simios esclarecidos del zoológico latinoamericano como Hugo Chávez o Alan García, o a consagrados santos de la memez como Benedicto XVI o el cardenal Cipriani? Pues de ninguna otra, creo yo. Sin embargo, muy probablemente sobrecogerá nuestros corazones recibir –por la compra de tan importante documento de la sandez humana– una grabación con los mejores éxitos de la inolvidable Judith Bustos, nombre original de la popular Tigresa del Oriente.

Y es que, ¿cómo podríamos estar preparados para mirar y escuchar cantar a este peluquera peruana? Quien haya tenido la experiencia de ver alguno de sus videos en Youtube me dará la razón. Es virtud de la atigrada cantante –pero no sólo de ella– zarandear nuestras creencias más arraigadas, echar abajo –como si fueran un frágil castillo de naipes– nuestros pronósticos y expectativas más oscuras e inconfesables. Éxitos como “Nuevo amanecer” o “En tus tierras bailaré” nos confirman con súbita violencia que el ser humano siempre puede llegar más lejos, que el verdadero límite es el cielo y que nuestro parentesco con los monos (o con los tigres) es un hecho inobjetable.

Muchos son los anatemas que recaen sobre nuestra felina compatriota. No es mi propósito negar ninguno. Tampoco me interesa hacer carga montón y repetir una vez más lo que tibiamente ya ha sido sugerido en otros sitios. Quiero, simplemente, señalar que el trabajo de la señora Bustos representa uno de los proyectos mediáticos más radicales de los que haya tenido noticia. Su mérito mayor consiste en hacer sin embozos lo que otros “artistas” realizan con mucho más presupuesto y disimulo. La cálida acogida alcanzada en programas nacionales e internacionales sólo ratifica que, al fin y al cabo, la Tigresa pertenece por derecho propio al bestiario de la televisión del Perú y América Latina (aunque España, por lo que parece, reclamará pronto la doble nacionalidad de la peruana).

¿Existe, acaso, alguna diferencia esencial entre Shakira, Ricky Martin, Juanes y la Tigresa? Yo francamente no veo ninguna. Es cierto que la Tigresa no tiene el cuerpo ni la fortuna de Shakira, pero cualquiera de los mencionados estarían dispuestos a hacer lo que sea por conservar su fama y engordar sus exorbitantes cuentas en el banco. ¿No da exactamente lo mismo bailar al compás de Lady Gaga que al ritmo de el Delfín?, ¿empañará nuestra diversión corear unos minutos los insólitos estribillos de la Tigresa?, ¿será exagerado decir que –a los ojos de Dios– Judith Bustos, Hannah Montana y Beyonce son una y la misma persona?

C. Q.