viernes, 20 de junio de 2014

Sigue el Mundial: Argentina, campeón aunque sea con la mano del Papa

Argentina es tan mediterránea en su componente racial, tan italiana en su gastronomía, tan universal en su cultura. Pero también es tan arquetípicamente latinoamericana en lo social, con ese gen perdedor indesligable a todo aquel nacido al sur del río Grande. No nos podemos quitar el colonialismo de la sangre por mucho que lo intentemos y, mientras bolivianos o mexicanos tratan de disfrazarlo con reivindicacionismos varios; los argentinos simplemente miran para otro lado, sintiendo que son el punto más austral de la península itálica, mientras campean en un presente de pobreza y corrupción vívidamente latinoamericano.

Argentina se debate entre el ego gigantesco de sus individualidades y el sentimiento de inferioridad que compartimos los hispanoamericanos hacia el mundo. Y pasa lo mismo con su selección: Un grupo débil, sin la capacidad de los equipos europeos de atacar y defender en bloque. Un conjunto que no gusta, que no emociona positivamente ni al bueno de Francisco I, pero en el que el talento individual de su puñado de estrellas puede llegar a ser preponderante. 

En un momento futbolístico en el que los demás equipos practican valores desconocidos en Sudamérica, como la solidaridad y el juego en conjunto; Argentina es, quizás, la última representante del fútbol clásico; ese en el que los defensas podían salir de la cancha a tomar un mate en el minuto 25 y dejar en su lugar unos cuanto ladrillos y nadie se daría cuenta (O se pensaría que han elevado su nivel) y cuya filosofía consistía en errar pases hasta que la mega estrella, la divinidad de turno, el escogido uno y trino, coja el balón y marque el único gol: El de la victoria. Ése es el fútbol de verdad, el romántico, el inútil, el que no representa ni estética ni eficiencia, el que te mantiene en vilo desde el comienzo hasta el fin, el que no cree en corrección política ni en fair play. Fútbol egoísta, en suma, y por tanto, tan argentino como el tango.

EL EQUIPO



Hablar de Argentina es hablar de Borges y Gardel, de Calamaro y Campanella, de Atahualpa Yupanqui y del Che. Pero si hablamos de un equipo de fútbol, no queda más que morderse la lengua para evitar la carcajada. Argentina tiene tanto de equipo como el congreso peruano de honradez. El argentino se encuentra genéticamente impedido de entender el colectivo como otra cosa que no sea un conjunto de egos pegados malamente con cinta para embalar. Por si eso no fuera ya un grave handicap en un deporte en el que once personas deben jugar juntas contra otras once, Argentina se deleita en brindar ventajas a los rivales con un arquero risible, una defensa transparente como un cristal, lenta como la llegada del sueldo a fin de mes y predecible como escándalo de Miley Cyrus y un medio campo cuya mediocridad recuerda a las decisiones del Nobel en literatura de los últimos años; y una delantera en la que encontramos hasta al ex yerno de Maradona. Pero todo eso ¿A quién le preocupa? Porque Argentina siempre se ha tratado de 10 recogebolas y un D10S.

LA ESTRELLA

El campeonato del mundo dependerá de las ganas que tenga Messi de llevárselo. Si está encendido, el Mundial será un mero trámite; cargado, eso sí, de falsas emociones para incautos como partidos decididos por penales, goles en el tiempo de descuento o contragolpes letales luego de estar encerrados en su área chica contra Costa Rica o Bangla Desh (Que si el primero está en el Mundial, no veo porqué no poner como ejemplo al segundo). No cabe duda que desde Maradona, no ha existido un jugador que entienda como él la filosofía del fútbol argentino, que consiste en: "Pasámela, che, que me llevo a cinco y fusilo" ni, sobre todo, que tenga los recursos para hacerlo.

LAS HIJASTRAS

Inauguramos ésta sección de jugadores que todos quisieran esconder debajo de la alfombra cuando llegan de visita los medios de comunicación, pero lamentablemente el reglamente exige jugar con once, por lo que no se puede, sino, ponerlos y rezar porque jamás les llegue la bola. No podemos olvidar nuestra mención honrosa al Niño Torres, Casillas ni a Hulk, cuyos equipos ya fueron analizados.

En Argentina hay infinidad de hijastras: 22 de 23 seleccionados, para ser exactos; pero si debemos escoger a los peores, sin dudarlo optamos por Rojo, lateral siniestro exquisito, sin proyección, marca ni carisma, cuya incapacidad con el balón hace ver como un portento, a lo Zanetti, a Zabaleta; y al Maxi Rodríguez, jugador experimentado, viejo comodín de la selección, siempre presto a ingresar a empeorar la situación de los partidos ya perdidos, un mediocampista absurdo que no le llega a la suela del zapato a Javier Pastore, que ni siquiera fue mencionado en la convocatoria (Probablemente poco amigo de Messi, que es quien decide la cosas en el rebaño).

LOS RIVALES

El mayor rival de Argentina es Brasil, que hará hasta lo imposible porque en su campeonato campeone cualquiera menos un rioplatense. Respecto a los del grupo, demás está decir que son tres partidos de calentamiento lo que les toca, para que Messi gane confianza y afine la puntería y que no merecen, siquiera, ser mencionados.

EL PRONÓSTICO

Luego de tantas frustraciones, por fin hay un nuevo mesías que llevará a los argentinos a la tierra prometida donde beberán las mieles del éxito, que les ha sido esquivo durante tantos años. Si Moisés hizo caminar a los judíos cuarenta años, es lógico pensar que la espera desde el 86 es hasta moderada para saborear el tricampeonato de la mano de Diego Armando ... quiero decir Lionel.