viernes, 27 de agosto de 2010

Angie Jibaja: Poniendo el pecho por el Perú

Ahora que Larissa Riquelme es tan conocida gracias al guarda teléfonos que ostenta bajo la camiseta, cuesta creer  que algunas veces la fama, especialmente internacional, sea  esquiva a gente que –como Larissa antes del Mundial o Mercedes Sosa antes de Shakira- hacen hasta lo imposible por vivir para siempre en nuestros corazones. Uno de esos personajes –a la vez uno de los más queridos de la farándula peruana por su capacidad de lograr al menos un escándalo semanal- es Angie Jibaja.

Angie, con sus infinitos tatuajes, su cuerpo de gimnasio, sus pechos de quirófano y su sonrisa de fronteriza se las ha ingeniado para brindar dicha y solaz -ya durante varios años- a nuestro pueblo siempre necesitado de héroes.

Angie ha sido denunciada por narcotráfico; acusada de prostituta; encarcelada por delitos contra la vida, el cuerpo y la salud; filmada orinando en la vía pública; ha sido modelo, actriz, animadora televisiva y, de haber superado el 80 de coeficiente intelectual, estoy seguro que hubiera llegado a ser neurocirujana. Angie pertenece a la misma especie de Britney o Lady Di; son personas a quienes el agregado de la palabra “pública” las ha condenado a vivir para divertir a la humanidad, no con sus talentos –que suelen ser escasos- sino con sus vidas y eso ya las equipara a Gandhi o a Mandela.

Aunque ahora nuestra adorada Angie haya vuelto al ojo de la tormenta al mostrar ¿sin intención? su abundantemente siliconado epitelio pectoral en su primera participación del soporífero reality “El Gran Show” de Gisela Valcárcel; quizás pocos recuerden uno de sus primeros escándalos –mucho antes de llegar a la fama mediática, injustamente sólo nacional- en el que era coanimadora de un programa inclasificable llamado “Deporte Caliente” en el que junto a otro inclasificable como el ex portero de selecciones nacionales Christian del Mar y una anodina modelo argentina realizaban extrañas entrevistas –con ciertos toques de ceremonia vudú- que consistían en bailar y hacer bailar a sus invitados de la manera más sexy posible.

De más está decir que a veces la vergüenza ajena hacía que uno tuviera que desviar la mirada. Pero no se vayan todavía: Ése no es el escándalo. En realidad lo fue que en algún momento invitaron a un futbolista extranjero (no recuerdo de dónde, pero supongo que era argentino) al programa y parece que los bailes antieróticos realizados despertaron una retorcida química amorosa, pues a los pocos días, el futbolista emigró a algún otro país (me imagino que al amparo de la noche, al descubrirse sus nulas habilidades futbolísticas) y se llevó con él a la sesuda animadora, quien –naturalmente- no se molestó en informar a sus compañeros de trabajo sobre sus románticos planes y sus productores, en un injusto acto de mercantilismo insensible a la naturaleza mágica del amor, le entablaron una demanda por incumplimiento de contrato. A los pocos meses –o días- regresó dispuesta a nuevas aventuras. (el programa, languideciendo sin ella, había sido sometido a una eutanasia que fue festejada y llorada por igual por sus cuatro fieles seguidores, entre los que me incluyo). Había nacido una estrella y su luz aún ilumina nuestras pantallas. ¡Angie, internacionalízate ya! y siéntate a la diestra de la gran Tigresa del Oriente y a la siniestra de Vargas Llosa, que bien merecido lo tienes.