lunes, 15 de septiembre de 2014

Godzilla: ¡Los monstruos son el director y el guionista!

Cuando suponíamos que el epítome del cine basura (ese que te hace reabsorber las mucosidades nasales con estupor, al observar un despliegue inútil de millones para conseguir contar una historia que podría haber sido igual de mala haciendo que la escriba un camarón con disentería, ahorrándose un buen puñado de dólares) se hallaba, deleznablemente, representada por la saga Transformers y por ese producto de la mente de un zombie parapléjico con una bala de fusil alojada el el inutilizado lóbulo occipital de su cerebro, llamada Need for Speed;  nos damos con la sorpresa de que aún se puede insultar a la audiencia de manera más clamorosa. 

No cabe duda que el último reboot de Godzilla se halla al nivel del más ominoso comentario racista lanzado en un concurso de chascarrillos étnicos organizado por el Ku Klux Klan, superando largamente a la miserable versión de Roland Emmerich. El guión es un adefesio comparable a los argumentos estadounidenses para justificar el bloqueo comercial a Cuba, las actuaciones son risibles (si estamos en un buen día y acabamos de ganar la lotería. De lo contrario, son -directamente- abominables) y los efectos especiales tan pocos y tan mal hechos (a pesar de notarse que son muy, muy caros) que uno termina mirando al techo durante buen rato, tratando de encontrar la cámara oculta que esté grabando nuestras reacciones de estupor; porque, hay que tener la cara más dura que el adamantium para afirmar que esa película ha sido hecha en serio. 

La historia (porque no hay en nuestra rica lengua otro sustantivo que defina mejor era despreciable sucesión de imágenes sin mayor conexión, cuya única finalidad es que empiecen a pelear los monstruitos) empieza con una escena del pasado remoto (de cuando se accedía a la Internet por módem telefónico) protagonizada por el papá de Malcolm (Pues me niego a pensar que se trate del mismo actor que representaba a Walter White), cuyo maníqueo y trágico desenlace hace ver como cine arte experimental a melodramas hindúes como Joker o 20000 Millas en Busca de Mamá. Es hasta obsceno ver como debe cerrar la puerta del túnel por donde llega la nube radioactiva en el momento preciso en que su esposa está a punto de salir de él y como le alcanza el tiempo para sacarse el protector de la cabeza para decirle que viva por su hijo mientras termina de morirse mientras la última puerta se va cerrando entre ellos). 

A pesar de eso, esta primera parte es, de lejos, lo mejor de la película; pues, existe cierta coherencia en la búsqueda de respuestas a los extraños movimientos telúricos por parte del papá de Malcolm y el desastre que acarrea el secretismo del gobierno japonés por ocultar la existencia de Godzilla. A partir de allí, ya veinte años después, en pleno auge de Miley Cyrus y las Kardashian, tenemos al hijo del papá de Malcolm (que, curiosamente, no es Malcolm) volviendo a Japón a salvar a su padre (que, claro, es un alma torturada y obsesionada en desentrañar el misterio del terremoto que lo dejó viudo).

A diferencia de los blockbusters tradicionales, en las que el protagonista humano es crucial en el desarrollo de la historia (miren a Shia Labeouf salvando a los Autobots), la película bebe de las fuentes del cine de autor europeo y opta por una participación absolutamente nula del protagonista en el desarrollo de los eventos. Godzilla y sus enemigos siguen avanzando y les da absolutamente igual hacia donde vaya el hijo del papá de Malcolm, quién no acaba de creerse que va a cobrar como estrella principal por un papel de extra que aparece muchas veces, así que trata de cobrar algún protagonismo llamando a su esposa (que es un hombre de bien y los hombres de bien siempre están casados, aunque haciendo cálculos con la primera parte, no debe tener más de 23 años) desde el otro lado del mundo para decirle que Godzilla y un par de gigantes destructores se encaminan a San Francisco, donde vive, y que, además, el gobierno ha decidido (sabiamente, como pasa con todas las decisiones militares que toma Estados Unidos últimamente) lanzar un ataque nuclear en una ciudad con cuatro millones de habitantes para acabar con la amenaza (a pesar de que el científico loco de turno ha asegurado que Godzilla se encargaría del problema porque ha leído a Osho y ama el equilibrio cósmico). Luego de esta información algo inquietante, le dice que no vaya a ninguna parte, que lo espere, que como todo héroe hollywoodense llegará en el momento más álgido para salvarla; por lo tanto, ella (siguiendo los principios judeo cristianos de obediencia ciega al marido, que nos enseña la Biblia y que tanta degenerada niega tan frescamente) decide ignorar los convoys de evacuación y quedarse en la ciudad esperando el rescate de su príncipe azul. Hasta allí lo normal, debería llegar, salvarla cuando un monstruo está a punto de devorarla ydestruirlo con una brillante idea que cogió de su padre antes de morir pero que recién recuerda en este momento providencial. Pero no. En Godzilla, el protagonista ni siquiera salva a la damisela. Solo se encuentra con ella al final, cuando ya todo está decidido y, apenas, logra librar de la muerte a un niño X, que ni siquiera es su hijo. Godzilla se encarga solito de destruir a sus antagonistas y, después de una breve siesta, se para y se va, sin aceptar la medalla de honor de la ciudad o presentarse para regidor en las elecciones. Entonces, si el personaje principal no iba a participar en el desarrollo de la trama central ¿Porqué no se filmó desde el punto de vista de Godzilla? ¿No hubiera sido interesante conocer las motivaciones del gigante para viajar alrededor del mundo y arriesgar su vida para destruir unos mostrencos que no le habían hecho el menor daño?

Definitivamente, Gareth Edwards, muestra que la promesa aquella que convirtió una premisa interesantísima como la que tenía Monsters, en un bodrio insufrible, es, ahora, toda una realidad. Estamos, me atrevo a decirlo, ante el nacimiento de un nuevo Michael Bay.