domingo, 16 de febrero de 2014

Benedetti: La primavera tiene una esquina rota cuando se acerca el invierno.

 A veces solemos olvidar que antes de la caída del muro de Berlín, conocido también como la post edad media o el interregno pre twitter, existía una literatura política altamente comprometida, ideada fundamentalmente por escritores altamente comprometidos; pero no con compromisos ecológicos del tipo: salvemos a la rana gigante del Titicaca o zoohumanizadores como: Dona un riñón para hacer feliz a un perrito.

Su compromiso, por muy rancio y anacrónico que nos suene, era con nuestra propia especie. Muchos de ellos creían sinceramente en que la lucha contra los poderes fácticos era una obligación moral y la búsqueda de la igualdad, una necesidad improrrogable. Claro que ellos no vislumbraban, ni en sus sueños más alocados que algún día podríamos llegar a estar en contacto con el american dream de consumo, a tal punto de considerarlo como propio, y renunciar a cualquier derecho laboral (como esa manía musulmano-terrorista de crear sindicatos o esa necesidad de vagabundo barriobajero de tomar vacaciones anuales), en aras de la competitividad que nos permitiría comprar lo mismo que se compra en las mejores ciudades de Europa y Estados Unidos. Imaginen que ni siquiera consideraban la posibilidad de gastarse el 30% de su sueldo en un seminario de liderazgo para garantizar el triunfo sino que hasta llegaban a barbaridades como juntarse a tomar un trago y hablar ¡oiganlo, bien! sobre literatura, arte y qué hacer para cambiar el mundo! ¿Pueden creerlo? 

Naturalmente, la existencia de ese componente político hacía que la mayoría de aquellos escritores mostraran una imaginación contenida (opuesta, sobre todo, a los desbordantes delirios del realismo mágico)
y una estética cuidada pero poco ostentosa, casi siempre al servicio de la ideología. Por ello, uno siempre sabía cuando un personaje era bueno o malo, casi como en las telenovelas (y casi siempre era malo si era rico, militar o de derecha; mientras el héroe, un 95% de las veces, era un aspirante a escritor dedicado circunstancialmente al periodismo y con una enorme tendencia al debate filosófico literario en burdeles, al buen estilo griego clásico).   

Esta novela comprometida fue crucial en la literatura latinoamericana de la segunda parte del siglo XX; pero luego de la caída de la mayoría de régimenes socialistas y la reinvención del comunismo chino que mantiene de su antecesor el control de los  medios, la censura, la falta de libertades y la concentración de poderes, pero se deshizo de la pesada carga que significaba la búsqueda de la igualdad; la mayoría ha entendido que la utopía social es sólo eso y que las opciones son dos: O te insertas en el mercado o te vas a la mierda. Y que dentro del mercado igual te irás a la mierda, por el vacío emocional que eso conlleva. 

Así, literatura del siglo XXI tiende mucho más al nihilismo, la soledad y el individualismo antisocial; por mucho que en algunos países de latinoamérica, la mayoría de aspirantes a escritores sigan anclados en repetir la vieja fórmula, para lo que ambientan sus historias en ese pasado legendario, en el que no había celulares y la violencia de Estado era el enemigo a vencer, aterrados de escribir una historia que no esté ambientada en ese mundo con el que sueñan y que sólo conocieron de oídas.

Mario Benedetti fue uno de esos escritores comprometidos, de los antiguos, no de los imitadores de ONG, pero ni siquiera cuando escribía narrativa se desligó de su sensibilidad de poeta; y por eso sus pocas novelas se disfrutan estéticamente más de lo que, pienso, él hubiera esperado; lo que ha valido que se hable mucho de su poesía, pero que el resto de su obra se pierda, progresivamente, en el olvido. 

Sin embargo, en Primavera con una Esquina Rota, el uruguayo -con 62 años y en el exilio- aunque sigue escribiendo de la misma manera, también se pone autobiográfico -sin mucha justificación en el argumento, valgan verdades- y cargado de recuerdos, como corresponde a alguien de esa edad y condiciones.

En esta pequeña obra, poco reflexiva pero muy alegórica y tremendamente nostálgica, nos muestra mediante cartas de un puñado de personajes cómo los ideales se van gastando; como debes recomponerte en un mundo que ya no espera mucho de ti; como los revolucionarios deben lidiar con la vejez, la soledad y esa sensación de desapego, que sufre cualquier hijo de vecino; y, como al final, todo se restringe al sexo, por muchas etiquetas que queramos ponerle a nuestras vidas para sentirnos más interesantes. ¡Y todo eso una década antes de que en verdad muriera el comunismo!

El gran pero de la novela, es el personaje de la niña, puesto que es una inverosímil especie de Mafalda de frases largas, que puede quedar muy bien en una viñeta, pero fatal en un libro que pretende estar describiendo personajes reales. 

Por lo demás, podríamos decir que es una obra estupenda no para iniciar una carrera, sino como epílogo de esta, que más o menos lo fue, si no le hubiera dado a Benedetti por escribir un par más, antes de su muerte, 27 años después.