miércoles, 4 de mayo de 2011

De Rockys y Terminators a Obamas y Papas Beatos: Los Torcidos Senderos de la Admiración

La nostalgia ha transformado a los ochentas en una época, por lo menos, mágica. La música, la vestimenta -hasta las zapatillas Converse- han hecho un exitoso retorno a la moda. La joven Madonna ha vuelto a la vida convertida en Lady Gaga y los revivals y conciertos de reencuentro causan furor por donde se presente. Los remakes fílmicos y televisivos de viejos hits, son cotidianos y hasta Stallone se mantiene vigente con sus infinitos Rockys y Rambos

Uno de los factores de la gran acogida popular de aquella "colorida" década en las nuevas generaciones, es la existencia de héroes para todo el público. Esos modélicos personajes se acostaban con cientos de hermosas mujeres sin protección de látex alguna -y aunque las amaban durante todo un capítulo, no se comprometían; eran capaces de destruir ejércitos completos de malos muy malos, sin rasguñarse siquiera; no tenían castrantes fijaciones metrosexuales (ni siquiera Fast o Michael Knight desperdiciaban su tiempo en gimnasios o su dinero en cremas antiarrugas);
Eran fuertes; decididos; no tenían conflictos morales ni crisis existenciales; no cuestionaban su lugar en el mundo ni si sus métodos de impartir justicia dañaban la capa de ozono; eran buenos buenos y sus enemigos, malos malos, sin mucho más que elucubrar; ninguno hubiera tenido adicciones químicas, neurosis o agorafobia.

Eran, en suma, personajes dignos de admirar y todos lo hacían. No cabía la posibilidad de pensar que, quizás, Mac Gyver violaba múltiples derechos de propiedad industrial con sus inventos, puesto que no pagaban regalías al autor de las patentes. Hannibal Smith no se moría de cáncer ni pensaba en dejar los inmensos habanos de cada capítulo. Marty Mc Fly siempre tendría un Biff Tanen en cualquier época de la historia y las gemelas Olsen no pensaban ser millonarias y disfuncionales sino, una sola niña dulce rodeada de familiares sin un gramo de maldad en sus seres.

Incluso los líderes políticos alcanzaban alturas mitológicas, como la Dama de Hierro: Margaret Tatcher o el Actor-Presidente: Ronald Reagan. Tiempos en que la voz cantante en política la tenían personas como Lech Walesa y otros, como Bono, era cantantes a secas. 

En la música, el glam se había apoderado, incluso, del metal y parecía que "el mundo libre" se encaminaba a una era de prosperidad indiscutible, donde hasta el triunfo contra los demoníacos soviéticos era posible.

Pero llegaron los noventas. La caída del muro y de la Unión Soviética, dejaron a Occidente sin enemigo colectivo. Hasta los violentos genocidas de Sendero Luminoso y otros grupos guerrilleros latinoamericanos fueron controlados y el libre mercado campeó a sus anchas por el tercer mundo, pero la gente no bailaba en las calles coreografías improvisadas sino que se seguía muriendo de hambre. África se hacía más pobre y más violenta. Se recortaban derechos laborales para alcanzar una enorme productividad para "seguir progresando" ¿Y a quién se podía culpar al no haber enemigo común? La muerte de Cobain reafirmó que la fama y la fortuna no dan felicidad y, peor aún, parece que las drogas tampoco. 

La televisión y el cine reflejaban el desencanto que se empezaba a vivir en las calles. ¿Contra quién luchamos? Nadie tenía una respuesta. -Luchamos contra nosotros mismos -nunca es una respuesta que alguien quiera escuchar. Casi sin darnos cuenta, el mundo se volvió cínico. Hasta los superhéroes empezaron a conflictuarse, a dudar de sus motivaciones altruístas. 

De pronto, los niños ya no tenían valores claros. El viejo -y efectivo- modelo tradicional de adquisición moral que se resume en: "Eso es bueno porque sí" y "Eso es malo porque yo lo digo", empezaba a fallar. Incluso se plantearon custionamientos tan antinaturales (hasta para los hippies y comunistas ortodoxos) como ¿Vale la pena? ¿Existen realmente el bien y el mal? ¿Tendrán sentido nuestras vidas?, lo que lleva a pensar cosas del tipo: "Lo que me ofrecer puede que sea tan malo como lo que ya tengo, así que me da igual", con lo cual la presencia del ser humano como especie dominante en la Tierra, se ponía -por primera vez en miles de años- en duda. 
Pero llegó el nuevo milenio, y el hombre -sabedor de su fragilidad ante la ausencia de modelos éticos y sociales- decidó buscar paradigmas de emergencia: "Los musulmanes son los malos malos y los cristianos los buenos buenos", "El estado de bienestar es comunista", "Obama es tan bueno e inteligente que se merece un Premio Nobel de la Paz así haya hecho sus propias y personalísimas aportaciones a las diversas guerras estadounidense en el mundo", "hay que santificar al Papa peregrino, pues ha viajado mucho y de  joven era portero de un club de fútbol y tenía mucho talento y eso demuestra su cercanía a Dios", "America's Next Top Model" nos dará íconos de moda, que dejarán en vergüenza a las Claudias Schiffers del ayer". "El Opus y/o el celibato son opciones de vida razonables".

Y es así, que en pleno siglo XXI, cuando Asimov y tantos otros ya nos tenían colonizando el espacio, seguimos emocionándonos con la "Boda Real" de toda la vida; seguimos lanzando cohetes mientras nos abrazamos jubilosos ante la muerte de "el enemigo de la humanidad número uno de turno", asesinado a la vieja usanza de la CIA y se regalan premios Nóbeles y reelecciones a quienes las ordenan. 

Es que -por mucho desarrollo y evoluciones varias- el mundo necesita héroes, esperanzas, enemigos, aliados, grupos a quienes hay que envidiar y otros a quienes hay que compadecer. Y, claro, un grupo de personas con quienes chismorrear sobre otras personas (Cortesía de las redes sociales). De lo contrario terminaríamos por darnos cuenta de la intrascendencia de nuestras vidas, e incluso optaríamos por la pastilla roja de Matrix, y hasta nos atreveríamos a pensar.