sábado, 29 de enero de 2011

Leusemia: Al colegio no voy más, ni al baile de promoción

La vida es una historia que jamás puede tener un final feliz. Por mucho que seas un modelo de éxito y la suerte te sonría en el plano económico, sentimental, sexual, profesional, místico o lo que sea que consideres importante, terminarás muriendo. Muchas veces, con un penoso paso por la vejez. Es inevitable: Cada día que pasa te acercas un poco más a ese dramático final de película coreana. No existe nada más falso que "Y vivió feliz por toda la eternidad", ni siquiera un modesto "Y vivió mediocremente por siempre". 

Pero el ser humano tiene a su favor que no es muy dado a pensar en términos tan contundentes. La esperanza de "una vida plena y feliz" casi nunca contempla una muerte simple y definitiva como cualquier otra y la "realización" de metas e ideales varios, cumple efectivamente con su función de placebo. 


Y es así que, sin darnos cuenta, la vida se nos va yendo. Vamos envejeciendo. Nuestros cuerpos no son tan fuertes. No aguantamos el licor como antes. Dejamos las grasas y el azúcar. Pensamos en planes de retiro. Y sobre todo: Trabajamos. Trabajamos mucho y encima nos consideramos afortunados por tener ese trabajo. Conseguimos dinero, o peor aún: Tratamos de conseguirlo y no lo logramos. Y la vida no se hace más complicada (a pesar de ser esa complejidad la vara justificante para los fracasos adultos) sino más monótona. Vas reduciendo tu círculo de amigos a un puñado, a los compañeros de trabajo o a los parientes cercanos. Te vuelves padre, tío, abuelo y aunque envejezcas con dignidad, no te haces menos viejo.

Pero hay algo que sí le agradezco al paso del tiempo. Una sola cosa que la atemporalidad no me permitiría disfrutar como lo hago y me hace, gustoso, ser esclavo del destino infame de la mortalidad. Una cosa que cada que recuerdo me causa un profundo orgasmo en el lóbulo izquierdo del cerebro: No tengo que volver jamás a la escuela. Pienso que todos los que consideran que la etapa escolar es "la mejor de la vida", y añoran cada reunión de ex alumnos como se ansía a la amante perdida, han evitado pasar por la dura experiencia de la vida y se encuentran, definitiva y sin asomo de dudas, muertos.

Es por eso que cada fibra sensible de mi ser vibra como las cuerdas de la guitarra de Joe Satriani en "Surfing with the Alien"cuando escucho a Daniel F tocar esta canción -que representa el supremo desprecio por la educación formal- con la misma sincera emoción de los 17 años, aunque ya bordee los 245.