jueves, 15 de julio de 2010

Maradona o el tronar de las vuvuzelas

¡Felicidades! La nueva Italia ha salido campeona del peor Campeonato del Mundo de la Historia. Sólo nos queda, ahora, dar vuelta a la página y tratar de olvidar este infame mes de vuvuzelas y catenaccio.

Sin embargo, no podemos iniciar nuestra abstinencia temporal de fútbol sin dedicarle un post al personaje más polémico de la historia del balompié. Muchos tendrán dudas sobre si fue o no el mejor jugador de la historia pero nadie podrá negar que aún ahora -dieciséis años después de su último Mundial dentro de la cancha- sigue levantando pasiones de una manera que, me atrevo a decir, ningún deportista en la historia ha logrado jamás. Michael Jordan fue el mejor basquetbolista; Federer es (y será por siempre, por los siglos de los siglos) el mejor tenista; Woods, el golfista por excelencia. Y así podríamos hablar de iconos deportivos en todas las disciplinas que representen la esencia del esfuerzo y el talento -en el mismo fútbol podríamos mencionar a Pelé o al Puma Carranza. Pero hay algo que diferencia al deporte de las patadas de todos los demás deportes. Algo indefinible. Algo que lo convierte en la actividad de multitudes por excelencia, en el deporte del pueblo. Y por lo tanto, en la expresión cultural -y no sólo física- más importante del proletariado en el último siglo. Podríamos llenar el post sólo con adjetivos que intentaran describir dicha esencia balompédica, su alcance histórico y socio cultural en el mundo contemporáneo; pero lo resumiremos en una sola palabra, aquella que define por si misma todas sus contradicciones: Maradona.

Maradona entendió en su momento algo que Messi no ha llegado a comprender aún (y ya no creo que lo haga jamás): que el fútbol es un deporte individual donde los compañeros de equipo cumplen la misma función de las bandas en el billar. Puedes utilizarlos para que jueguen a tu favor, pero nunca debes pretender jugar como si fuesen tus iguales. En base a dicha verdad absoluta el “Diez” (siempre será el Diez, así como Fernando Torres seguirá siendo el Niño a los cuarenta) forjó su propia leyenda haciendo grande a una selección mediocre y gigante a un equipo de barrio bravo italiano. La gente del Nápoles entendió que su presencia era un milagro irrepetible para ellos y lo santificó (cosa que deberían hacer ahora los malagradecidos españoles con el pulpo Paul). Los argentinos dieron un paso más y, vista la mano de dios, directamente lo deificaron creando la Iglesia Maradoniana, con no pocos creyentes. ¿Alguién supone que podría existir una iglesia Zidanesca? ¿O Stoichkoviana? Ni David Beckham podría lograr tal grado de fanatismo siquiera en los rinconcitos del Venecia de Macao donde es tan admirado. Basta decir que a pesar de la barba de yonki caballesco, ni los esculpidos abdominales de Ronaldo lograron enfervorizar a las tribunas tanto como el taquito que regaló Maradona para devolver una bola a la cancha enfundado en su traje gris.

Todos sabemos que Maradona dista mucho de ser el deportista ideal; casi siempre gordo, drogadicto empedernido, megalómano (pero no como un argentino, como una docena de argentinos juntos más bien), poco amigo del pensar, sensiblero hasta la cursilería, metido en tal cantidad de escándalos y controversias que no hay ser humano capaz de documentarlas todas (que lo diga el pobre Kusturica), socialista furibundo o sibarita en ejercicio pleno de su hedonismo (de acuerdo al humor que le ponga la pureza de la sustancia del momento) porque a decir verdad él, como el pulpo Paul, no necesita de la razón ni sigue las reglas de la naturaleza. Diego Armando carece de doctrina y no sufre de principios morales (salvo los básicos e infaltables en un futbolista de bien: el amor a la familia y la pelota -y, bueno sí, una cierta obsesión por cierto polvillo blanco). El Diego actúa de acuerdo a lo que le sale de los intestinos así que cague muchas veces encima. Como entrenador no tuvo planes a corto ni a largo plazo pero aún así nos deja la sensación de haberlo hecho mejor de lo que todos esperábamos (lo mismo pasó cuando tuvo su programa de entrevistas, y es que el talento de su zurda basta y sobra para sacarlo de incontables apuros). Muchos suponíamos que era el fin de la leyenda, que por fin se humanizaba para todos ese gordo ególatra de mierda. Pero D10S salió indemne de esta segunda venida y, al pelearse con los hinchas alemanes, dejó en claro que Maradona lo único que no va a ser en la vida es un hombre corriente y -mientas el mundo sea mundo- seguirá siendo adorado y despreciado: como Cristo o Alá pero -aunque comparte su vacuidad con ellos- hizo algo que los otros dos no, y es haber ganado completamente solo una Copa del Mundo.

Hay un estudio sobre Diego Armando que justifica su éxito no en su zurda, sino en que Maradona es probablemente la única persona en la historia de la humanidad que verdaderamente ha gustado de su trabajo y eso logró elevarlo de la mediocridad a la que estaba condenado. La idea original de este post era analizar esa teoría, pero, aparte de adscribirla plenamente, no podemos aportar nada más a ello sino agregar apenas, como sostuvimos al comienzo del post, que Maradona es el espejo de irreflexión en el que se mira el pueblo. Él es el pueblo mismo, y lo es incluso más que la Tigresa del Oriente, aunque eso les joda a tantos.

H. P.