sábado, 7 de diciembre de 2013

A propósito de Mandela: ¿Realmente merece tantos elogios?

La suma de todas las virtudes siempre nos sabe a poco cuando queremos describir a un muerto fresco, quien siempre es el mejor padre, marido ejemplar, gran trabajador y el mejor puntero izquierdo que se recuerde en las pichangas de los sábados. 

Si bien una vez muertos somos los más inteligentes, los más carismáticos y los más guapos, cuando el fallecido no es un vulgar Juan Anónimo sino todo un Nelson Mandela o, al menos, un rápido y furioso Paul Walker, necesitamos una amalgama de adjetivos calificativos en siete idiomas para acercarnos un poco al cúmulo de dones que tuvo en vida el recordado. 

Es en esas ocasiones cuando nadie quiere quedar fuera de la fiesta: Ni los diarios, ni los twitteros, ni los etiqueteros del feisbug ni, por supuesto, Periódico de a China. Pero, por cuestiones de espacio, esta vez no vamos a hablar del noble corazón del oficial Brian O'Conner ni de su alma latina, como tampoco de la devastación planetaria y efecto rebote en el calentamiento global ocasionado por la muerte de Corey Monteith. Solo vamos a hablar del que para los culturosos twitteros de siempres es el clon de Morgan Freeman y para los sudafricanos, simplemente: Madiba. 


Seguramente todos han escuchado sobre lo bueno que fue Mandela,  pero como de eso ya está hablando todo el mundo, vamos a hacer algo un poco diferente y, haciendo gala de nuestra ya tradicional petulancia exacerbada, tratar de encontrar al humano debajo de las toneladas de piropos. Nelson, Rolihlahla para los más cercanos, como nosotros, no siempre fue el anciano bondadoso que nos recuerda a un Gandhi o a un Cristo negro. 

Hubo un tiempo en que era considerado un peligroso terrorista, no sólo para los líderes del Apartheid (que no serían los más calificados moralmente para criticar la violencia de otros) sino para la misma ONU (que algunos inocentes debieron morir también por su culpa). 

 Por otro lado no todo fue política en su vida; también se dio un tiempecito para el amor, llegando a casarse por tercera vez a los 80 años con la viuda del primer presidente de Mozambique, logro que empequeñece las proezas sexuales del mismisimo Hugh Hefner, quién apenas logró una hazaña similar con una rubia cazafortunas como miles de otras y no con alguien conocida como la Jackie Kennedy del África. 

Pero no pensemos que el insigne luchador contra la discriminación era en el fondo un viejo verde libidinoso depravado adicto al sexo -ese honor que si tienen Silvio Berlusconi y la alta curia católica- o un sanguinario Rambo subsahariano; simplemente que Mandela, a diferencia del Capitán América, fue un hombre con errores, deseos, frustraciones y, estamos seguros, rencores como cualquiera. Sin embargo, lo que diferencia a Madiba de la mayoría, fue su capacidad de renunciar a la mediocridad de las emociones humanas, por el ideal que escogió como motor de vida. 

El decidió luchar por la igualdad de negros y blancos en su patria. No escogió la lucha de clases ni aterradoras dictaduras del proletariado. Tampoco se apoyó en históricas vejaciones y lógicos resentimientos para darle vuelta a la pirámide racial de poder (en lo que sí se han apoyado hipócritamente un par de recientes presidentes peruanos), que hubiera sido entendible, dadas las condiciones de vida de todos aquellos que no fueran blancos en aquella Sudáfrica del siglo XX. 

Mandela creyó, contra todo sentimiento natural de justa venganza, que el único camino posible para su pueblo se encontraba en la reconciliación. Algo como "Es cierto que los Afrikaners han sido unos hijos de puta pero son los vecinos que tenemos y habrá que ponerles buena cara" y de esa manera actuó hasta el fin de sus días. Sin mostrar jamás un atisbo de rencor, de odio o de revancha a quienes destruyeron gran parte de su vida. 

El punto culminante de una vida plasmada en una idea se nos muestra el día en que Mandela encuentra al juez que le sentenció a cadena perpetua y, en lugar de escupirle en la cara y bañarlo en excrementos antes de lanzarlo por un precipicio, como haría cualquiera; le estrecha la mano. Me queda claro que ese no fue un acto de bondad absoluta. 

Estoy casi seguro que lo que menos hubiera querido en ese momento es sonreír para la foto. Pero actuar como un ser humano hubiera significado para un pueblo herido, que lo tenía como icono, el permiso formal para actuar como manda el instinto y prenderle fuego a todo lo que oliera a europeo. Ese pequeño gesto tuvo como finalidad aprovechar nuestra tendencia natural imitativa hacia los machos alfa para salvar una nación, y casi lo lograron, que hasta organizó Sudáfrica un mundial (si bien eso de la igualdad no es que se haya conseguido ni remotamente, pero ya la injusticia está donde corresponde: En lo económico, como en todo el mundo). Sólo por ese acto, por esta vez, todos los elogios, me parecen justos.